28 de febrero de 2017

Cartas a un joven poeta

Rainer Maria Rilke

Las Cartas a un joven poeta que Rilke escribió para Franz Xavier Kappus entre 1903 y 1904 son un clásico del género epistolar y del pensamiento sobre la vocación literaria. En ellas encontramos el talento de un escritor que ha interiorizado profundamente su ámbito de creación y trasmite sus percepciones con la vitalidad y la elegancia de una prosa epistolar que responde al momento, sin por ello perder relevancia y profundidad.

La comunicación epistolar es una práctica perdida en este presente de imágenes y palabras diluidas en el fluir digital. Algo tenía la contingencia del papel y la pluma, o la simple ausencia de otros medios, que obligaba al escritor de cartas a ser más reflexivo para conseguir trasmitir con máximo efecto su sentir por medio de la palabra escrita. Entonces las cartas obligaban al escritor esporádico o experimentado a sopesar la eficacia y el poder de las palabras escogidas para comunicar del mejor modo posible nuestras circunstancias y sentimientos. De este constante ejercicio de lectura y escritura podía surgir el gusto con el que escribir mejor, con el que valorar más conscientemente nuestras circunstancias. Los epistolarios seguramente serán a partir de la era digital, en la que ya nos encontramos plenamente, géneros del pasado o al menos textos mucho más raros de encontrar.

Rilke escribió a Kappus nueve cartas a lo largo de los dos años en los que se desarrolló lo fundamental de esta testimonio epistolar, que fue publicado 20 años después, hasta convertirse en un clásico. Entre febrero de 1903 y diciembre de 1904, el autor de las Elegías a duino se encontraba viajando, no sólo físicamente, sino también literariamente. Kappus acababa de cumplir 20 años cuando escribió a un Rilke que ya rondaba los 28. Uno iniciaba sus años de aprendizaje y el otro empezaba a salir de ellos, ya dueño de un poderoso talento literario.

La primera carta fue enviada desde París, las siguientes desde Italia –desde Viareggio primero y Roma después– en la primavera de 1903, pasando brevemente por Bremen. En la primavera siguiente, en mayo de 1904, Rilke aún seguía en Roma, bajo el sol meridional. La última carta, que cierra el círculo, fue enviada desde París en diciembre de 1908 como saludo y recuerdo tras años de silencio.

¿Debo escribir?

En la primera de las Cartas a un joven poeta, Rilke, después de la introducción de cortesía no tarda ofrecernos una de las mejores semblanzas que recordamos sobre la vocación y la inspiración literaria:

Pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes ha preguntado a otros. Los envía a usted a revistas. Los compara con otros poemas, y se intranquiliza cuando ciertas redacciones rechazan sus intentos. Ahora bien (puesto que usted me ha permitido aconsejarle), le ruego que abandone todo eso. Mira usted hacia fuera, y eso, sobre todo, no debería hacerlo ahora. Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Hay solo un único medio. Entre en usted. Examine ese fundamento que usted llama escribir; ponga a prueba si extiende sus raíces hasta el lugar más profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted sí le privaran de escribir. Esto, sobre todo: pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escribir? Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si ésta hubiera de ser de asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo, entonces construya su vida según esa necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente y pequeña, debe ser un signo y un testimonio es impulso. Entonces, aproxímese a la naturaleza. Entonces, intente, como el primer hombre decir lo que ve y lo que experimentan y ama y pierde. No escriba poesías de amor; apártese ante todo de formas que son demasiado corrientes y habituales: son las más difíciles, porque hace falta una gran fuerza madura para dar algo propio, donde se establecen las multitud de tradiciones buenas y, en parte, brillantes. Por eso, sálvese de los temas generales y vuélvase a los que ofrecen su propia vida cotidiana: describa sus melancolías y deseos, los pensamientos fugaces y la fe en alguna belleza; descríbalo todo con sinceridad interior, tranquila, humilde, y use, para expresarlo, las cosas de su ambiente, las imágenes de sus sueños y los objetos de su recuerdo. Si su vida cotidiana le parece pobre no se queje de ella; quéjese de usted mismo, dígase que no es bastante poeta como para conjurar sus riquezas: pues para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre e indiferente.

Rilke comienza dando consejos que parecen elementales y ahí está su importancia. En muchas ocasiones nos olvidamos que el perfeccionamiento de los fundamentos es lo más valioso. Dominar los fundamentales es siempre la clave de resultados perdurables. Y continúa escribiendo sobre una de las esencias del arte literario, la memoria y la nostalgia:

Y aunque estuviera usted en una cárcel cuyas paredes no dejarán llegar a sus sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no seguiría teniendo siempre su infancia, como esa riqueza preciosa, regia, el tesoro de los recuerdos? Vuelva ahí su atención. Intente hacer emerger las sumergidas sensaciones de ese ancho pasado; su personalidad se consolidará, su soledad se ensanchará y se hará una estancia en penumbra, en que se oye pasar de largo, a lo lejos, el estrépito de los demás. Y si de ese giro hacia dentro, de esas sumersión en el mundo propio, brotan versos, no se le ocurrirá usted preguntar a nadie si son buenos versos.

La vida es el material de la literatura desde «su hora más indiferente y pequeña», le dice a su admirador, el cual también podemos ser nosotros. Desde ahí podemos construir, dar forma a la materia del fluir que forman nuestras las palabras, los medios que trasmiten nuestros recuerdos, que nos sirven para anudar nuestras ideas y sentimientos; tan propios, tan únicos de la expresión de nosotros mismos. Estos signos construidos en la doble historia del mundo y de nuestro ‘yo’, son los únicos recursos con los que contamos para intentar acercarnos a la voluble verdad de nuestra existencia.

Los inspiradores

En la segunda carta de abril de 1903, el poeta, aquejado de problemas de salud, se disculpa por la tardanza de su respuesta. Un recuerdo de lo eventual de las circunstancias en las que Rilke escribió estas cartas. Sucintamente le ofrece a su corresponsal deseoso de consejos dos referencias literarias que para él son de gran importancia, la del escritor naturalista danés Jens Peter Jacobsen y la del escultor francés Auguste Rodin:

Si he de decir de quién he sabido algo sobre la esencia del crear, sobre su profundidad y eternidad, sólo hay dos nombres que pueda dar: el de Jacobsen, el grande, el poeta, y el de Aguste Rodin, el escultor, que no tienen par entre todos los artistas que hoy viven.

A Rodin, Rilke le dedicó un memorable libro de título Auguste Rodin, escrito ese mismo año de 1903 en el que demuestra su gran admiración por el escultor francés, al mismo tiempo que refleja su propio oficio poético y deja ver la transformación creativa que estaba viviendo.

El intenso deseo que se mueve dentro

En la cuarta de las cartas, Rilke ofrece al joven Kappus su visión de la sexualidad. El poeta le dedica entonces palabras lucidas que brotan de una consciencia que ha comprendido que la más instintiva de las sensaciones puede ser la más simbólica:

La voluptuosidad corporal es una experiencia sensorial, no diversa del puro mirar o de la pura sensación con que una hermosa fruta llena la lengua; es una experiencia grande, infinita, que nos es dada, un saber del mundo, la plenitud y el fulgor de todo saber. Y no es malo que lo aceptemos; lo malo es que casi todos hagan mal uso de esa experiencia y la desperdicien, y la pongan como excitación en los lugares fatigados de su vida, y como diversión en vez de concentración en puntos cumbres. En efecto, los hombres han hecho del comer algo diferente; la necesidad por un lado, la sobra por otro lado; han turbado la claridad de esa exigencia, e igualmente turbias se han vuelto las profundas necesidades simples en que se renueva la vida. Pero el individuo puede aclarárselas para sí mismo y vivir claramente (y si no cada hombre concreto, que es demasiado dependiente, sí el hombre solitario).

El poeta abraza la fuerza que la sexualidad tiene para acercarnos a la plenitud pero también advierte que puede distraernos y llevarnos a malgastar su relevancia, la cual es siempre algo que está más allá, que debe trascenderla, que más bien reside en nuestra capacidad de entremezclar estas experiencias con las sensaciones y singularidades de nuestra existencia. Así entiendo las palabras que en otra ocasión destinó a la escritora Marina Tsvetáieva, a la que Rilke también enamoró:

El amor vive en la palabra y muere en las acciones.

El amor nos permite vivir sensaciones que se convierten y permanecen en la creación poética, pero con el paso del tiempo se pierden en la acción que se convierte en texto. De ello lo mejor es el recuerdo hecho palabra, la obra poética que alumbra el hombre en soledad.

Roma, la ciudad del sol del mediodía

En la quinta carta, escrita ya desde Roma a finales de octubre de ese mismo año, Rilke se disculpa de que sus viajes no le permiten responder adecuadamente. Con la maestría del poeta que es, nos cuenta con vivas pinceladas la experiencia de su viaje a Italia y su llegada a Roma, esa costumbre de los intelectuales y artistas de esta época a la que se refiere con desdén:

A Roma hemos llegado hace unas 6 semanas, en una época en que era aún la Roma vacía, caliente, podrida de fiebre, y esa circunstancia, con otras dificultades prácticas de instalación, dio lugar a que no se acabará la intranquilidad en torno nuestro, pesando sobre nosotros la extrañeza junto con la carga de la falta de hogar. Además, hay que contar con que Roma (cuando no se la conoce todavía) es, en los primeros días, abrumadoramente melancólica, por el muerto y turbio ambiente de museo que exhala, por la abundancia de antigüedades desenterradas y laboriosamente mantenidas en pie (y de las cuales se nutre un pequeño presente), por la valoración innombrable de todas estas cosas deformadas y corrompidas, fomentadas por eruditos y filólogos e imitada por los que recorren Italia siguiendo la costumbre; cosas que, sin embargo, en el fondo no son más que restos casuales de otro tiempo y otra vida, de algo que no es nada nuestro ni lo ha de ser. Al fin, después de semanas de defenderse cotidianamente, se encuentra uno, aunque un poco confundido, vuelto a sí mismo, y se dice: no, aquí no hay más belleza que en cualquier otro sitio, y todos estos objetos que han venido siendo admirados por generaciones, completados y mejorados por manos de albañiles, no significan nada, no son nada y no tienen corazón ni valor; pero aquí hay mucha belleza porque en todas partes hay mucha belleza. Aguas infinitamente llenas de vida llegan por los antiguos acueductos hasta la gran ciudad, y danzan en las muchas plazas sobre pilones de piedra blanca, y se ensanchan en cuencos anchos y espaciosos, rumorosos de día y más rumorosos de noche, que aquí es una noche grande, estrellada y suave de vientos. Y hay jardines, inolvidables alamedas y escaleras, escaleras ideadas por Miguel Ángel, escaleras construidas a imitación de las aguas que se deslizan hacia abajo: pariendo anchamente, en la cascada, un escalón de otro escalón como una onda de otra onda. Con tales impresiones se concentra uno, se recobra regresando de la muchedumbre con sus pretensiones, que charla y charla (¡y qué charlatana es!), y lentamente llega a reconocer las pocas cosas en que perdura lo eterno que se pueda llamar, y lo solitario en que se puede tomar parte silenciosamente.

Observemos en la primera parte de este párrafo escrito con la inmediatez del género epistolar, la pobre impresión que ha causado en Rilke la Roma reconstruida, la Roma preparada y mantenida para el visitante, al contrario quizá del parecer habitual de otros viajeros coetáneos. Pero también él se ve cautivado –irremisiblemente– por el influjo de los sentidos, por el fluir de la vida que se manifiesta en ese lugar con fuerza poética. Rilke lo capta y lo expresa con su gran sensibilidad y capacidad para dar cuenta de ello en esta sin igual prosa poética.

La búsqueda de la soledad

En la misma carta, un poco más adelante, cambia el tema de su comentario para explicar sus planes de pasar un invierno solitario y entregado a su creación literaria:

Todavía vivo en la ciudad, en el Capitolio, no lejos de la más hermosa imagen ecuestre que nos ha quedado del arte romano, la de Marco Aurelio; pero, dentro de unas semanas, me instalaré en un tranquilo y sencillo cuarto, una vieja azotea, que queda perdida en lo hondo de un gran parque, escondido de la ciudad, de su ruido y confusión. Allí viviré todo el invierno y disfrutaré del gran silencio, del cual espero el regalo de horas buenas y útiles.

Rilke busca de nuevo su espacio interior dentro del viaje, arropado por el territorio sobre el que se mueve, aunque dirigido hacia otro lugar. Después de ese invierno romano retornará al camino que le llevará a otras tantas ciudades y países: de Suecia a Dresde, de Worspswede a Gotinga, de Kassel a Marburgo. Este sueño nos recuerda a otro que tuvo Van Gogh acerca de su habitación en la Casa de Amarilla de Arlés. Aunque el pobre Vincent solo pudo vivirlo fugazmente.

El recuerdo maduro

La última de las Cartas a un joven poeta, ya algo menos joven, está escrita varios años después, en las navidades de 1908. Rilke escribe al señor Kappus diciéndole que ha pensado mucho en él en esos días festivos, imaginándole tranquilo junto a su familia en su casa de la montaña:

Debe ser inmensa la calma en que tienen espacio tales rumores y movimientos, y se piensa que a todo eso se añade aún la presencia del mar alejado, y que resuena también con todo, solo se le puede desear que, confiado y paciente, deje usted trabajar en sí esa grandiosa soledad, que nunca más habrá que borrar de su vida, y que, en todo lo que usted tiene por delante para experimentar y para hacer, continuará actuando como un influjo anónimo, constante y silenciosamente decisivo, tal como se mueven incansablemente en nosotros la sangre de los antepasados, y con lo nuestro propio, concentrada en eso único, irrepetible, que somos en cada giro de nuestra vida.

El señor Kappus ha terminado, a diferencia de Rilke, su instrucción militar y ha hecho carrera en el ejercito. El poeta le recuerda lo sereno que tiene que estar en ese momento de su vida, en una profesión como esa, más cercana a lo real, en la que se puede estar más cerca del arte –dice– de lo que están aquellos «irreales oficios semiartísticos» como el periodismo o la crítica literaria, que más bien son causa de todo lo contrario. Sin embargo, es de Rilke de quién leemos su versos, de quien apreciamos sus cartas, quien ha hecho verdad aquello que escribió en su primera carta:

Pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escribir? Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si ésta hubiera de ser de asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo, entonces construya su vida según esa necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente y pequeña, debe ser un signo y un testimonio es impulso.

Entonces quizá sea verdad que las ilusiones se marchitan y lo sublime permanece.

Ficha del libro

TítuloCartas a un joven poeta
AutorRainer Maria Rilke
EditorialAlianza
Fecha de publicaciónSeptiembre 2012
GéneroEspistolario
FormatoPapel & Ebook
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Acerca de Eduardo Zotes

Fundador y editor de Clave de Libros. Licenciado en Filosofía en la Universidad de Oviedo (2005) y Posgrado en Gestión Cultural en la UOC (2007). Trabajo en el desarrollo y asesoramiento de proyectos de comunicación digital desde 2008.

Categoría

Diarios y Cartas, Ebooks, Literatura