‘El ruido y la furia’ de William Faulkner
Mucho antes de que el lenguaje televisivo nos acostumbrara a la fragmentación narrativa, William Faulkner publicó El ruido y la furia (1929), un relato de apariencia caótica sobre las pasiones de una familia tradicional del sur norteamericano.
He acordado livianamente con el señor editor de Clave de Libros que escribiría sobre El ruido y la furia. ¡El Ruido y la Furia! Fue recién al momento de comenzar a escribir que caí en la cuenta de la gravedad del asunto. ¿Qué decir sobre esa novela? Impactante, inmisericorde, técnicamente admirable, El ruido y la furia ha sido referida, estudiada y analizada muchísimas veces, incluso por grandes maestros de la literatura.
¿Cómo abundar sobre ella?
Tal vez, una posibilidad sea admitir que hay algo que es único e independiente del debate erudito y de la discusión académica, algo irrepetible por muchas veces que acontezca: la experiencia del lector. Quizás, el lugar más genuino desde el cual invitar a otro a repetir una experiencia que no es, ni tiene por qué ser, la del especialista.
Dicho esto, me propongo compartir mi experiencia como lector de El ruido y la furia. Comienzo entonces por conectar con la evocación: ¿qué ha dejado en mí esta obra, en ese espacio donde sedimentan las muchas sensaciones que llenan el recuerdo de un lector apasionado?
A saber:
- Una frase magistral, bella, fuente de desasosiego, sobre el hecho de convertirse en dueño de un reloj.
- Una sensación de maravilla y perplejidad ante los monólogos interiores del personaje llamado Benjy Compson, una profunda sensación de identificación con la cruda inmediatez, el puro presente sin causa ni consecuencia, con que percibe el misterio del mundo.
- Un amor difuso, inocultablemente erótico, miméticamente culposo, por la indomable Caddy Compson.
- Un serio desconcierto respecto de la sucesión de los hechos.
William Faulkner, una frase magistral y la cuestión del tiempo
No tiene sentido encarar este pequeño ensayo sobre El ruido y la furia pretendiendo resumir los acontecimientos que componen la historia desde un punto de inicio y en dirección a un punto final. El ruido y la furia es, sobre todo, un estado de ánimo, un tono, o más bien varios tonos, una atmósfera en la que el tiempo anda a tumbos, tropieza, se muerde la cola. Comienzo entonces por cualquier lugar, un lugar caprichoso, un punto por el que siento afecto, el párrafo famoso donde el personaje llamado Quentin Compson relata el momento en que su padre Jason le regala el reloj que había sido de su propio padre, y del padre de su padre. Es decir, un don que es el testigo de un linaje, pero también una señal en la novela:
Cuando la sombra del marco de la ventana se proyectó sobre las cortinas, eran entre las siete y las ocho en punto y entonces me volví a encontrar a compás, escuchando el reloj. Era el reloj del abuelo y cuando Padre me lo dio dijo, Quentin, te entrego el mausoleo de toda esperanza y deseo; casi resulta intolerablemente apropiado que lo utilices para alcanzar el reductio absurdum de toda experiencia humana adaptándolo a tus necesidades del mismo modo que lo adaptó a las suyas o a las de su padre. Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas tratando de someterlo. Porque nunca se gana una batalla, dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles.
Así nomás: ilusión de filósofos e imbéciles. Yo no sé ustedes, pero a mí este párrafo, cuando lo leí por primera vez siendo todavía muy joven, me causó un gran desasosiego: el tiempo no puede ser sometido. Y esa es la señal, una especie de clave o cifra, pero está en un lugar al que el lector debió llegar después de leer, según qué edición, más o menos un centenar de páginas. Claro, no es ni la única señal ni, para nada, la primera. Es, tal vez, la más explícita y, sin dudas, una de las más bellas. La cuestión del tiempo es crucial en El ruido y la furia y vuelve al centro de la atención una y otra vez. O vale decir: la cuestión de la imposibilidad de someter el tiempo es crucial en esta novela.
Porque Padre decía que los relojes asesinan el tiempo. Él dijo que el tiempo está muerto mientras es recontado por el tictac de las ruedecillas; sólo al detenerse el reloj vuelve el tiempo a la vida. Las manecillas estaban extendidas, ligeramente inclinadas haciendo un leve ángulo, como una gaviota suspendida en el viento.
Algo hay que maliciar respecto del lugar que ocupa la temporalidad en una novela que se inicia con la inocente apariencia de un diario o una crónica: “Siete de abril de 1928” es el cándido y engañosamente transparente título del primer capítulo, literalmente, lo primero que enfrenta el lector. Y a partir de ahí ya nada será tan simple, porque la forma que elige Faulkner para hacernos pasar de alguna comprensión intelectual sobre la ingobernabilidad del tiempo a la sensación visceral de que no lo dominamos es la de la ruptura de la linealidad narrativa:
Siempre que se paraba el tranvía ya oía el reloj, pero sólo a veces ya estarían comiendo Quién tocaría un Comiendo el asunto de comer en tu interior espacio también espacio y tiempo confundidos El estómago diciendo mediodía el cerebro diciendo la hora de la comida en punto Bien Me pregunto qué hora será qué pasa. La gente se bajaba. Ahora el tranvía ya no se paraba con tanta frecuencia, vaciado por el almuerzo.
La novela, entonces, estará dividida en cuatro capítulos, contados cada uno por un narrador diferente y encabezados con una fecha que, por cierto, no guarda relación secuencial con las demás. A su vez, el discurrir de cada capítulo seguirá el ritmo enloquecido de los recuerdos y los “flashbacks”. Es necesario recordar algo para entender la envergadura de lo que Faulkner hizo en este libro: en 1929, año en que se publica El ruido y la furia, la televisión (y no hablemos de internet y las redes sociales) no había acostumbrado aún a las audiencias a seguir la ilación fragmentada de multitud de voces ni a la labor de recomponer de forma activa múltiples líneas narrativas.
Una historia contada por un necio, llena de ruido y furia: el monólogo de Benjy
El paradigma se declara en el título, cita famosa a un pasaje de Macbeth, y se establece en el primer capítulo. La novela se inicia con el dilatado monólogo de uno de los personajes. De a poco nos irá resultando claro que ese personaje tiene alguna clase de retraso mental y no puede hablar. Gruñe, emite sonidos inarticulados, llora, y, aunque entiende lo que se le dice, no habla. El discurso que se ofrece a nuestra atención pretende ser el fluir de su conciencia, el más o menos fabuloso testimonio de una interioridad clausurada, un torrente desordenado, aparentemente caótico, pero guiado por las leyes de la asociación y el poder evocativo del afecto:
Fuimos por la cerca y llegamos a la verja del jardín, donde estaban nuestras sombras. Sobre la verja mi sombra era más alta que la de Luster. Llegamos a la grieta y pasamos por allí.
«Espere un momento», dijo Luster. «Ya ha vuelto a engancharse en el clavo. Es que no sabe pasar a gatas sin engancharse en el clavo ese».
Caddy me desenganchó y pasamos a gatas. El tío Maury dijo que no nos viera nadie, así que mejor nos agachamos, dijo Caddy. Agáchate, Benjy. Así, ves. Nos agachamos y atravesamos el jardín por donde las flores nos arañaban al rozarlas…
Faulkner explota en El ruido y la furia una técnica narrativa conocida como “monólogo interior”. Su novela es considerada uno de los ejemplos magistrales en el uso de ese recurso. El personaje cuyo discurso seguimos en este primer capítulo se llama Benjy y a través de su relato conoceremos a la gran mayoría de los hechos y personajes de la novela. También, comenzaremos a comprender que nada sigue un orden cronológico ni se nos expone secuencialmente. A lo largo de un monólogo caótico, iremos recopilando información a través de evocaciones, “flashbacks”, recuerdos y claro, impresiones de lo que Benjy percibe ese siete de abril de 1927.
Caddy y Padre y Jason estaban en el sillón de Madre. Los ojos de Jason estaban hinchados y cerrados y su boca se movía como si estuviese chupando algo. La cabeza de Caddy estaba sobre el hombro de Padre. Su pelo era como el fuego, y había en sus ojos puntitos de fuego, y yo fui y Padre también me subió al sillón, y Caddy me abrazó. Ella olía como los árboles.
Ella olía como los árboles. Estaba oscuro en el rincón, pero yo veía la ventana. Me acurruqué allí, agarrando la zapatilla. Yo no la veía, pero mis manos la veían, y yo oía cómo se iba haciendo de noche, y mis manos veían la zapatilla, y yo me acurruqué allí, escuchando cómo se hacía de noche.
Ah, está aquí, dijo Luster…
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Me resultó de un gran aporte para dar continuidad a la lectura de El sonido y la Furia. Como señalas, es posible el abandono de la lectura (para algunos, yo incluída), sobre todo en los comienzos. Tal vez, por eso busqué alguna mirada que me de algún tipo de apreciación sobre la narrativa o alguna comprensión sobre la complejidad de la escritura con la que tenía que lidiar. Centralmente, tomo nota de la noción de tiempo muerto que juega en la obra, o mejor de no dominio del tiempo, y también destaco el aporte acerca del ritmo del relato, desde los recuerdos de los personajes, los flashbacks, relacionado esto con la no linealidad con la que autor desarrolla la obra.
Un trabajo reflexivo breve que ayuda a no morir en la superficie de la lectura y descubrir la riqueza en lo fragmentario y caótico del relato. Gracias.
Nunca pude leerla. Aunque un cuento de Faulkner, creo que se llama «una rosa para Emily» lo encontré genial y terrible. Lo mismo me pasó con la lectura de «Ulises» de Joyce. Soy un tonto para éste tipo de novela.
A mi , está novela me ayudó en Maputo, podia soportar la lluvia torrencial y me permitió comprender que el tiempo no me acompanaba sino me tironeaba hacia adelante.