‘Frankenstein’ de Mary Wollstonecraft Shelley

En 1818, una joven mujer creará una de las figuras más potentes y perdurables de nuestra cultura y la plasmará en un libro que, con el paso de los años, será cada vez menos leído. Una paradoja que está siempre a nuestro alcance resolver: se trata de leer Frankenstein.

¡Maldito creador! ¿Por qué formaste un monstruo tan espantoso que incluso tú te apartaste horrorizado?

Las pesadillas de Mary Wollstonecraft Shelley

Mary Wollstonecraft afirma, en el prólogo a la edición de 1831 de su novela, que la idea para Frankenstein o el moderno Prometeo se le presentó en una pesadilla. Surgido de la materia de los sueños, Frankenstein es un libro fascinante. Que sea más conocido que leído es una razón: hoy, es más probable tener una idea acerca de los personajes y su historia por sus versiones cinematográficas o sus parodias en series animadas que por acceso directo al texto.

Por alguna extraña razón, es un libro que ha quedado además confinado al estante de la literatura juvenil, donde el texto original compite con incontables versiones adaptadas, resumidas, ilustradas, procesadas y empaquetadas de una u otra manera. Tal vez se lo conciba hoy como un libro de iniciación a la lectura. Es curioso, porque es un libro que brilla tanto más cuanto más recursos asociativos pueda uno poner en juego, lo que lo hace interesante también para el lector experimentado.

(…) un trineo parecido al que habíamos divisado se nos había acercado durante la noche sobre un gran fragmento de hielo. Únicamente permanecía vivo un perro, pero había un ser humano a quien los marineros intentaban persuadir para que subiese al buque (…)

Es fascinante porque fue escrito por una mujer feminista y anarquista cuando estaba por comenzar esa era que llamamos “victoriana” y que tan poco asociamos con el feminismo y el anarquismo. Y porque, si damos crédito a quienes afirman que Sor Juana Inés de la Cruz escribió ciencia ficción, contribuye a situar en plumas femeninas el mérito de haber creado uno de los géneros más productivos de nuestro tiempo.

(…) habrá podido ver fácilmente, capitán Walton, que he padecido grandes desventuras sin parangón. Había decidido en cierta ocasión que el recuerdo de estos males moriría conmigo, pero usted me ha incitado a cambiar mi determinación. Usted busca el conocimiento y la sabiduría, como antes hice yo. Deseo con fervor que la gratificación de sus ansias no se convierta para usted en una serpiente que lo muerda como a mí (…)

Porque Frankenstein, aunque se apoyó en los procedimientos de la novela gótica y romántica, inauguró los de la ciencia ficción, ese nuevo género que caracterizará al siglo XX. Dice Mary Wollstonecraft en otro prólogo, el de la primera edición: «El suceso en que se fundamenta este relato imaginario ha sido considerado por el doctor Darwin y otros fisiólogos alemanes como no del todo imposible (…). El hecho que hace despertar el interés por la historia está exento de las desventajas de un simple relato de fantasmas o encantamientos».

(…) me familiaricé con la ciencia de la anatomía, pero esto no bastaba. También debí observar la descomposición natural y la corrupción del cuerpo humano (…). Ahora tenía que estudiar la causa de esta descomposición y me veía obligado a pasar días y noches en criptas y osarios. Atraían toda mi atención los objetos más insoportables a la delicadeza de los sentimientos humanos. Ví cómo se degradaban y se perdían los finos rasgos de un hombre. Contemplé cómo la corrupción de la muerte reemplazaba a la mejilla viva. Observé cómo heredaba el gusano los prodigios del ojo y el cerebro (…)

Pero, sobre todo, Frankenstein o el moderno Prometeo es fascinante porque inaugura sin dudas un linaje que encontrará su lugar en el cine y eclosionará en el Roy Batty que reformula Ridley Scott, pero también en el Edward Scissorhands creado por Tim Burton.

Un odioso moderno Prometeo

Wollstonecraft concibió un personaje odioso, egoísta, narcisista, pusilánime, cobarde, despreciable. Victor Frankenstein, el naturalista, el científico, el creador, acumulará ignominia sobre ignominia y despertará nuestra repulsa. Al menos, podemos imaginar que a los ojos de un lector de hoy, la manía victimizante del científico, su convicción de que nadie sufre como él (ni siquiera una joven condenada a muerte por un crimen que no cometió y a la que él mismo podría haber salvado) y el inocultable placer morboso que encuentra en la culpa, la angustia y la indecisión, se tornan auténticamente insufribles.

(…) ¿quién puede concebir los horrores de mi tarea secreta mientras removía la húmeda oscuridad de las sepulturas o torturaba a un animal vivo para intentar animar la arcilla inerte? (…) Recogía huesos de los osarios y con dedos profanos perturbaba los tremendos secretos de la constitución humana (…). La sala de disección y el matadero me proporcionaban muchos de mis materiales y con frecuencia mi naturaleza humana detestaba mi trabajo al tiempo que, empujado por una emoción que aumentaba sin cesar, mi tarea se aproximaba a su fin (…)

Personaje característicamente romántico, presa vapuleada de emociones extremas, Víctor Frankenstein ocupa la mayor parte del relato. Es él, y no su criatura, quien fue concebido como personaje principal. Así lo manifiestan el título de la novela, que toma su nombre, y el subtítulo, “el moderno Prometeo”, que hace referencia a la insolencia del científico de arrebatar a los dioses la llama misma de la vida. Ciertamente, Wollstonecraft habrá pensado que nos contaba la historia de la caída de un hombre de genio imprudente y que nos advertía de los peligros de una ciencia arrogante. Pero de hecho nos estaba legando al mismo tiempo un monstruo de estatura mítica que aún hoy habita en nuestros propios sueños.

La forma en que Mary Wollstonecraft organiza su novela es de por sí interesante: se inicia con una serie de cuatro cartas que un narrador, de nombre Walton, le escribe a una hermana suya. El relato se presenta como una novela epistolar que deriva hacia la forma de la bitácora: Walton es un explorador del Ártico que cuenta de este modo las circunstancias en que encuentra a un viajero solitario perdido en los hielos próximos al círculo polar. Procura comunicar la fabulosa historia que el viajero, al borde de la muerte, le refiere. Para ello, agotados los prolegómenos y establecido el marco, cede la palabra al propio viajero, Victor Frankenstein, cuyo relato abarca los capítulos siguientes.

(…) pasé una noche espantosa. El pulso me latía a veces con tanta rapidez y fuerza que sentía las palpitaciones de cada arteria; otras veces, casi me caía al suelo de debilidad y cansancio extremos. Mezclada con ese horror, sentía la amargura del desengaño. Los sueños que habían sido mi alimento y dulce reposo durante mucho tiempo se convertían ahora en un infierno (…)

En la forma de “memorias”, Victor Frankenstein narra en primera persona los hechos que lo terminarán llevando al polo y al encuentro con el explorador. En los primeros capítulos, nos cuenta el proceso tortuoso y febril por el cual logra desentrañar el secreto de la vida y animar un demonio confeccionado con multitud de restos cadavéricos.

Humano, demasiado humano

La creación del monstruo como tal tiene lugar en el quinto capítulo (que sería de hecho el noveno, si contamos las cuatro cartas introductorias). La criatura es apenas entrevista tras su creación y se pierde inmediatamente. En el octavo capítulo sabremos de su primer crimen, pero seguirá siendo más una presencia evocada e imaginada que vista o percibida. Cerca de la mitad de la novela transcurre en realidad entre las dudas, pensamientos torturados, especulaciones más o menos delirantes, angustias y malestares de Victor Frankenstein.

No es sino hasta el décimo capítulo que el demonio, como preferentemente lo llama el científico, reaparece por fin y confronta a su creador. Es entonces que el narrador vuelve a cambiar. En el capítulo 11, el propio engendro toma la palabra, que conservará hasta el capítulo 16. Es él quien, por ese espacio de seis capítulos, evoca lo vivido tras su creación y rememora la cadena de desprecios que lo convirtieron en un resentido.

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