27 de julio de 2018

La novela de mi vida

Leonardo Padura

La novela de mi vida permite al lector acercarse a dos hombres, uno de ellos considerado entre los mejores poetas de Cuba, y a las circunstancias que obligan a ambos a vivir en el exilio y a regresar para reencontrarse con su pasado y el país que intentaron olvidar.

El detective Mario Conde es quizás el personaje más conocido del escritor cubano Leonardo Padura Fuentes, debido a que es el protagonista de la mayoría de sus libros de ficción. Padura, graduado de Filología y Letras por la Universidad de La Habana, se desempeñó por varios años como periodista y su interés por los problemas de la sociedad cubana no terminó con sus días de reportero o cronista, sino que continúan siendo la materia prima que utiliza ahora en sus libros de ficción.

Su carrera como escritor despegó precisamente con la serie de novelas policiacas Las cuatro estaciones, protagonizadas por este peculiar investigador con títulos conocidos como Vientos de cuaresma, Pasado perfecto, Máscaras y Paisajes de Otoño. En los últimos años Padura ha entregado a sus lectores dos libros que han requerido una investigación histórica significativa. Uno de ellos es El hombre que amaba a los perros, que se centra en los últimos años de vida en Cuba de Ramón Mercader, el asesino de León Trotski, el otro es La novela de mi vida, que tiene como uno de sus personajes al poeta cubano José María Heredia.

Entre la realidad y la ficción

La novela de mi vida en sus más de 400 páginas presenta 3 historias que en su conjunto nos permiten conocer la vida de dos hombres, ambos cubanos que vivieron con casi dos siglos de diferencia, quienes comparten con el lector los hechos que los llevan a enfrentarse con su pasado mientras se reencuentran con un país que han intentado olvidar en vano.

El primero de ellos Fernando Terry, quien regresa a Cuba después de 18 años de exilio con el propósito de encontrar un texto inédito de uno de los poetas cubanos más importantes. La posibilidad de tener en sus manos este manuscrito, que se ha convertido en la obsesión de su vida, lo hace encontrarse nuevamente con su grupo de amigos, entre los cuales siempre ha sospechado está el culpable del rumbo que tomó su vida y que lo obligó a vivir lejos de todo lo que conocía por casi dos décadas.

El otro hombre que define esta historia es el poeta José María Heredia, conocido como el cantor del Niágara, quien nos cuenta su historia en primera persona acercándonos a los pocos años que permaneció en la isla y a los que luego vivió en el de destierro. Al mismo tiempo que nos narra como surgen sus poemas más conocidos y los amores, hacia dos mujeres y hacia la patria, los cuales definirían el destino de su corta vida.

La novela, publicada en el año 2002, tiene una tercera línea narrativa, y es precisamente el recorrido que hace este manuscrito que se sospecha es la novela de la vida de Heredia, pasando de mano en mano de diferentes guardianes, a partir del momento en el que José de Jesús Heredia, el hijo más pequeño del poeta, los entrega a la logia masónica a la que perteneció su padre.

Pero ahora, con la evidencia del acta masónica, por primera vez podía asegurarse la existencia real de un documento que nadie parecía haber leído y que, presumiblemente, podía ser la comentada novela escrita por Heredia entre 1837 y 1839, poco antes de su muerte. Sólo de pensar en la posibilidad de realizar el hallazgo, Fernando temblaba: aquellos papeles podían convertirse en el texto más revelador de la literatura cubana, y por eso insistió en apuntalar sus esperanzas.

Para este libro, Padura toma elementos de la biografía de José María Heredia como sus intereses, sus poemas o su participación en actividades políticas, que le dan veracidad al texto. «¿Por qué no acabo de despertar de mi sueño? ¡Oh!, ¿cuándo acabará la novela de mi vida para que empiece su realidad?», le escribe en una carta José María Heredia a su tío Ignacio en junio de 1824 mientras estaba desterrado y es precisamente el exergo que Padura pone al inicio de la novela. También aparecen en el texto personajes reales y de gran importancia en la época en que vivió Heredia, como el padre Félix Varela o José Antonio Saco.

Estos hechos se mezclan durante esta narración con elementos de la ficción o con dudas que siempre han existido sobre la figura del poeta, como la existencia o no de esta “novela” alrededor de la cual Padura organiza todo el libro.

José María Heredia, el poeta romántico de América

A pesar de haber nacido en la provincia oriental de Santiago de Cuba y de haber vivido en diferentes países del continente americano, José María Heredia se enamoró de La Habana al verla por primera vez con 14 años y luego de Matanzas, ciudad conocida como la Atenas de Cuba. A pesar de haber vivido pocos años en la isla, Heredia escogió la mayor de las Antillas como su patria.

Por primera vez había sentido la posibilidad de pertenecer a un sitio, de tener tierra y casa propias, y aquella isla desgraciadamente donde sólo por casualidad había nacido y a la cual, por avatares imprevisibles, regresé para dar el salto tremendo de la niñez a la adultez, se me estaba convirtiendo en una necesidad y, luego lo sabría, en una maldición de la cual nunca habría de librarme. ¿por qué no pude yo ser dominicano, venezolano o mexicano, si en cualquiera de esas tierras viví tantos o más años más que en Cuba? ¿Sería acaso el primero en sufrir la amarga experiencia de sentir aquella tierra venal era insustituible en el corazón?

La independencia de la isla de la metrópoli española fue un tema sobre el cual Heredia se pronunció muchas veces a través de su poesía, para finalmente dar un paso más en su búsqueda al formar parte a principios de los años 20 del siglo XIX de la conspiración Soles y Rayos de Bolívar. El resultado para el poeta, después de que toda la organización fuera descubierta, fue el destierro que lo llevó primero a Estados Unidos y más tarde a México donde se estableció definitivamente.

A cuba, regresaría en el año 1836 en un corto viaje de alrededor de un mes para ver a su madre y el resto de su familia, encontrándose ya en un estado avanzado de la tuberculosis, enfermedad que acabaría con su vida 3 años más tarde. En una nota histórica que Leonardo Padura coloca al final de la novela explica la trascendencia de este poeta para Cuba.

A dos siglos de su nacimiento su poesía sigue siendo estimada como la primera gran clarinada de la cubanía literaria y del romanticismo hispanoamericano, y poemas suyos como la oda “Niágara”, “En el teocalli de Cholula”, “Himno del desterrado” y “La estrella de Cuba” son estudiados como los más altos ejemplos de la naciente lírica del país, y citados por especialistas y lectores. Sus versos patrióticos hacen de José María Heredia el primer gran poeta civil de Cuba y el gran romántico de América, como lo reconoció José Martí, al evocar la memoria del poeta muerto en la miseria y el olvido.

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Vivir para la poesía

Entre los poemas más conocidos de José María Heredia destaca el Himno del desterrado, como menciona Leonado Padura en la cita anterior, un poema que Heredia escribió durante su viaje en barco desde Estados Unidos a México en el año 1825. Durante la travesía Heredia pudo divisar el litoral norte de Cuba, en particular el de la provincia de Matanzas donde vivía su familia, y ver desde la distancia la tierra a la que no podía volver le hizo escribir este poema.

¡Cuba, Cuba, que vida me diste,
dulce tierra de luz y hermosura!
¡Cuánto sueño de gloria y ventura
tengo unido a tu sueño feliz!
¡Y te vuelvo a mirar…! Cuán severo,
hoy me oprime el rigor de mi suerte
la opresión me amenaza con muerte
en los campos do al mundo nací.

La filósofa e investigadora cubana Ana Cairo en un artículo titulado Orgullo por Himno del desterrado publicado en la revista digital La Jiribilla se refiere a los diferentes temas que aborda este poema. Entre ellos menciona la esclavitud que existía en la isla, la corrupción y enriquecimiento de las autoridades y la libertad como un derecho de cada cubano.

Pienso que el ensayo “Patriotismo” (1824) de Félix Varela y el “Himno del desterrado” deberían también enseñarse porque son textos imprescindibles para entender los diálogos entre la pasión y la razón en el proceso de conformación del pensamiento independentista y de la nacionalidad cubana, como una identidad anticolonialista, como un ejercicio de la dignidad personal y colectiva, de la libertad autoemancipatoria, que nos ha definido como seres humanos y que nos debe enorgullecer, como pueblo y como nación soberana.

La naturaleza es uno de los temas recurrentes en la poesía de José María Heredia, ejemplo de esto es su conocida Oda Niágara o su Himno al Sol. El artículo Heredia: La lira perdurable, la revista Librínsula, perteneciente a la Biblioteca Nacional de Cuba reproduce fragmentos de otros publicados en la Revista Carteles en el año 1954, donde se hacía referencia a la obra de José María Heredia. Raúl Roa, uno de los autores seleccionados califica la poesía de Heredia como, cargada, sonora, solemne e incluso melodramática, en ocasiones.

Pero, nadie en nuestra América supo traducir, como él, los desahogos terríficos de la naturaleza: el fragor de la tempestad, el tumulto de la catarata, el rugido del volcán. Ni nadie supo apresar más sutilmente que él, la melancolía de las grandezas que fueron. Casi un siglo antes de que Paul Valery hiciese el panegírico de las civilizaciones muertas, Heredia había cantado, con trémolo impresionante, la gloria apagada del México precolombino. ¿Y quién como él, más que él, le infundió a su plectro más noble prestancia y eficacia más perdurable al ponerlo al servicio de la libertad de su patria?

México fue un lugar de gran importancia para José María Heredia y también una inspiración a la hora de escribir sus versos. Una muestra de esto son sus poemas Al Popocatepelt y En el teocalli de Cholula ambos escritos cuando tenía solo 15 años, pero donde ya se evidenciaba la maestría del poeta y su capacidad para transmitir la impresión que le causaba la belleza de tierras como la mexicana, en este caso. Su poema En el teocalli de Cholula comienza de la siguiente manera:

¡Cuánto es bella la tierra que habitaban,
Los aztecas valientes! En su seno
En una estrecha zona concentrados,
Con asombro se ven todos los climas
Que hay desde el Polo al Ecuador. Sus llanos
Cubren a par de las doradas mieses
Las cañas deliciosas. El naranjo
Y la piña y el plátano sonante,
Hijos del suelo equinoccial, se mezclan
A la frondosa vid, al pino agreste,
Y de Minerva el árbol majestoso.

Fernando Terry, el otro gran protagonista de esta novela también es poeta, aun cuando sus esfuerzos por olvidar el pasado hicieran que la pasión por crear versos quedara también dormida. En sus años de juventud Fernando y sus amigos, muchos de ellos aspirantes a poetas, dramaturgos o guionistas, se reunían a leer sus textos y se hacían llamar Los Socarrones.

Junto a su obsesión por escribir mejores versos, o quizás por ella, Terry tenía como modelo a seguir a Heredia y se interesaba también por todos los aspectos de su vida. A pesar de la enorme diferencia en el tiempo, es sorprendente las múltiples similitudes en la vida de estos dos hombres, la mayoría de ellas determinadas por factores externos. En algún momento de la novela Terry incluso llega a preguntarse si le pasa lo mismo que a Heredia o es que se empeña en que sea así.

Una de estas coincidencias es que ambos tienen que irse de Cuba exiliados, José María Heredia por su participación en una conspiración que nunca llega a materializarse y Terry por conocer la intención de uno de sus amigos de marcharse de Cuba de forma ilegal.

En este suceso los amigos de cada uno tuvieron un papel esencial. Heredia pensaba que unos conocidos de la propia conspiración lo habían delatado, pero años después se enteró que quien lo había traicionado era a quien había considerado su mejor su amigo, Domingo del Monte, empujado por su envidia hacia el poeta.

En el caso de Fernando Terry ocurrió a la inversa, salió de Cuba convencido de que uno de los Socarrones lo había delatado, una sospecha que lo acompañó durante todos los años de exilio y era la causante de que se rehusara a visitar a la isla. Su regreso, alentado por la posibilidad de encontrar los papeles de Heredia, lo lleva a descubrir que ninguno de sus amigos lo había delatado, sino que lo habían manipulado y una pequeña frase le había cambiado la vida.

El regreso pone también a ambos nuevamente frente a sus grandes amores, a Fernando le da la oportunidad de materializar una relación que deseaba desde adolescente y Heredia se despide por última vez de su amor de juventud la hermosa Dolores Junco.

La vida en el exilio

José María Heredia sale de Cuba en un barco en medio de la noche con destino a Boston, Estados Unidos. Su salida era la forma de evitar la cárcel después de que fuera delatado, en aquella época el exilio era la solución de los que tenían ideas independentistas. El camino de Fernando Terry fue un poco más largo.

Después de ser expulsado de su trabajo como profesor en la universidad, Terry trabajó en la imprenta y luego en una revista dedicada al tabaco. En ese tiempo siguió albergando la esperanza de ser restituido en su puesto como profesor. Luego de esperar casi dos años sin resultado alguno, y sin ver otra salida, Terry se unió a los muchos cubanos que salieron de la isla por el puerto del Mariel en los años 80 con destino a Estados Unidos.

Una vez más Leonardo Padura crea coincidencias en los destinos de ambos poetas, cada uno en correspondencia con la situación social y política que les tocó vivir en sus respectivos tiempos.

Sosteniendo la mirada del hombre, Fernando siguió la navegación del velero hasta que la más modesta de las olas levantadas por su paso vino a morir en los arrecifes de la costa. Aquel desconocido, que lo observaba con tan escrutadora insistencia, alarmó a Fernando y le hizo sentir, como una rémora capaz de volar sobre el tiempo, el dolor que debió embargar a José María Heredia aquella mañana, seguramente fría, del 16 de enero de 1837, cuando vio, desde el bergantín que lo devolvía al exilio luego de una lacerante visita a la isla, cómo las olas se alejaban en busca precisamente de aquellos arrecifes, el último recodo de una tierra cubana que el poeta ya nunca volvería a ver.

José María Heredia decide al poco tiempo residir en México, país donde había vivido antes y que tenía semejanzas con el idioma y el clima de la isla. Fernando Terry toma la misma decisión y se establece en España por las mismas razones del gran poeta, un idioma conocido y un lugar donde dejar de ser señalado por la forma en que salió de Cuba.

El regreso a Cuba, el sueño que los acompañó por años, era imposible para Heredia por su situación con la justicia que lo había condenado a destierro perpetuo y para Fernando por sus propios miedos a enfrentarse a su pasado. En el caso del primero una carta que le dirigió al entonces gobernador de la isla le otorgó un indulto que le permitió volver a Cuba por un período de alrededor de un mes. Con diferencia de casi doscientos años Fernando Terry solicitó también un visado a las autoridades cubanas que le permitió permanecer en la isla por el mismo período de tiempo.

A través de la vida de ambos personajes Leonardo Padura muestra una situación que se ha mantenido en Cuba desde siempre y es el problema del exilio que ha llevado a cubanos a vivir en diferentes partes del mundo soñando siempre con la posibilidad de regresar a residir definitivamente a su tierra.

Al llegar al barrio y ver su casa, luego de dos días de ausencia, lo había asaltado la sensación de que los regresos eran posibles. Para Heredia no lo había sido. Tampoco para Varela, Del Monte, Saco y tanto otros cubanos, durante casi dos siglos, condenados a vagar eternamente y a dejar sus huesos en sitios distantes. Martí había conseguido romper el ensalmo: había vuelto, para morir, pero había regresado. ¿Aquella inmolación era el precio del regreso? ¿Se suicidaba si volvía? Apenas diez días -había contado, otra vez- le quedaban de su permiso de estancia y entonces se vería obligado a alejarse del mundo que en vano quiso sepultar.

Una imagen de Cuba

En su narración en primera persona Heredia nos lleva a recorrer la Habana de principios del siglo XIX llena de casas de juego, carnavales y donde la prostitución era un negocio rentable y la vemos de nuevo solo años después para encontrarla cambiada. Lo mismo sucede con Matanzas, una ciudad que florece en esos años en que José María Heredia la conoce y le inspira poemas.

Sin embargo, a través del relato de Heredia conocemos también sobre la esclavitud que imperaba en la isla siendo un negocio de gran provecho para algunas familias. También sobre la política, esa que lleva a Varela y otros dos cubanos a marchar hacia España para participar en las Cortes donde cuidarían los intereses de la isla o sobre el creciente sentimiento de independencia que comenzaba a imperar en la isla y que desembocaría décadas después en una guerra.

Mientras Fernando nos permite conocer la Habana de las últimas décadas del siglo XX. Unos años donde pensar diferente no estaba bien visto. En este sentido los amigos tanto de Fernando como Heredia representan una parte de la sociedad de cada época. Por ejemplo, Del Monte o los Junco, familias que realmente existieron en el siglo XIX y manejaban grandes fortunas y con ellas muchas veces la política de la época. También Félix Varela o José Antonio Saco, nombres que forman parte de la historia del país, dedicados por entero, desde la isla o desde al exilio, a lograr la independencia del país.

Los amigos de Fernando muestran un gran espectro de la sociedad cubana contemporánea. Por ejemplo, la emigración no está representada solamente por Fernando, sino que es también un punto importante en la vida de Enrique quien por amor decide irse ilegalmente en una lancha, pero es descubierto y pasa año y medio en la cárcel. Al salir, tuvo que sumarle a los prejuicios que sufría por su preferencia sexual el de ser un ex convicto.

Otro de los grandes temas de la época se menciona al hablar del difunto Víctor, un hombre ejemplar, primer expediente de su graduación, quien fue enviado como corresponsal de guerra a Angola donde murió con 32 años sin cumplir su sueño de convertirse en director de cine. También está Conrado el guajiro que abandonó sus pasiones literarias para convertirse en director de una empresa mixta lo cual le dio una posición privilegiada económicamente, o Tomás que permaneció callado sin dar opiniones para no meterse en problemas y mantener su puesto en la universidad.

Ambos, José María Heredia y Fernando Terry, junto a su entorno, permiten ver etapas distintas de Cuba, donde a pesar de los años hay circunstancias que se repiten. Más allá de hechos históricos comprobables, de los elementos de ficción incorporados durante la historia o de reflejar distintos momentos de la historia de la isla, La novela de mi vida permite al lector acercarse a uno de los poetas más importantes de Cuba, que regaló en sus pocos más de 30 años de vida versos que reflejan la gran belleza no solo de la isla, sino de otras partes del continente. Este libro de Leonardo Padura nos acerca además al hombre que compartió en sus poemas sus aciertos o penas en el amor y que también dedicó versos a otra de sus grandes pasiones: la esperanza de un país mejor.

Ficha del libro

TítuloLa novela de mi vida
AutorLeonardo Padura
EditorialMaxi-Tusquets
Fecha de ediciónEnero, 2017
GéneroNovela
FormatoPapel & Ebook
Páginas353
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Acerca de Adianez Marquez

Nacida en la capital cubana a finales del año 1989. Es Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana y Máster en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universitat de Barcelona.

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Categoría

Literatura, Novelas