‘La poética del espacio’ de Gastón Bachelard

La poética del espacio es un libro sobre filosofía de la poesía; pero también es, en sí mismo, una obra poética. Bachelard pretende observar el surgimiento de las imágenes en la psique, estudiar la imaginación como un proceso del alma que no puede ser analizado desde el pensamiento estrictamente racional.

¿Cómo describir La poética del espacio? Podríamos comenzar diciendo que es un libro al cual es recomendable acercarnos sin preconceptos. Si esperamos una estricta delimitación teórica o un texto filosófico sistemático, habremos acudido al lugar incorrecto (no obstante, incluso así, es muy posible que quedemos gratamente sorprendidos con la lectura). Desde la Introducción, se nos advierte de esta condición:

Un filósofo que ha formado todo su pensamiento adhiriéndose a los temas fundamentales de la filosofía de las ciencias (…) debe olvidar su saber, romper con todos sus hábitos de investigación filosófica si quiere estudiar los problemas planteados por la imaginación poética. Aquí, el culto al pasado no cuenta, el largo esfuerzo de los enlaces y las construcciones de los pensamientos, el esfuerzo de meses y años resulta ineficaz. Hay que estar en el presente, en el presente de la imagen: si hay una filosofía de la poesía, esta filosofía debe nacer y renacer con el motivo de un verso dominante, en adhesión total a una imagen aislada, y precisamente en el éxtasis mismo de la novedad de la imagen. La imagen poética es un resaltar súbito del psiquismo.

La poética del espacio es un libro sobre filosofía de la poesía; pero también es, en sí mismo, una obra poética. Se trata de una exposición que gira en torno a lo que el autor denomina «fenomenología de la imaginación», término que, no obstante su insistencia en apartarse de conceptualizaciones, define como:

Un estudio del fenómeno de la imagen poética cuando la imagen surge en la conciencia como un producto directo del corazón, del alma, del ser del hombre captado en su actualidad.

Lo que pretende Bachelard es observar el surgimiento de las imágenes en la psique, estudiar la imaginación como un proceso del alma, que no puede ser analizado porque es independiente del pensamiento estrictamente racional. Las imágenes y sus resonancias despiertan y operan en nosotros casi de forma independiente, son manifestación de un onirismo profundo que tiene vida propia; se trata de un proceso que tampoco podrá ser totalmente descrito, a no ser mediante las imágenes mismas –por ser estas, también, inabarcables–.

Bachelard –no puede dejar de hacerlo– busca enmarcar sus reflexiones en la fenomenología como escuela filosófica. Pero, lo repetimos una vez más, también pretende ir más allá de la misma, «retar» ese saber con el «no–saber» innato de la imagen como fenómeno de la psique humana. Simplemente esboza, al comienzo del libro, de forma breve pero a la vez clara, de qué trata el estudio de la fenomenología, para luego entregarse a las «imágenes del espacio feliz», a las imágenes sencillas –pero profundas– asociadas a «los espacios amados». Bachlerd estudia estos «cuerpos de imágenes» por capítulos divididos de la siguiente manera:

I. La casa. Del sótano a la buhardilla. El sentido de la choza
II. Casa y universo
III. El cajón, los cofres y los armarios
IV. El nido
V. La concha
VI. Los rincones
VII. La miniatura
VIII. La inmensidad íntima
IX. La dialéctica de lo de dentro y de lo de fuera
X. La fenomenología de lo redondo

Son capítulos que nos invitan a soñar –mejor dicho, a ensoñar–. Este recorrido por los espacios está definido de forma totalmente aleatoria, mediante una subjetividad poética. Sólo queda ofrecer nuestra disposición receptiva a estas imágenes y a la observación de nuestro ser a través de ellas.

La casa y el ensueño de la memoria

Para Bachelard, los «soñadores de casas» son aquellos que recrean imágenes de ese primer lugar que habitamos en el mundo y quienes lo presentan a través de la escritura poética –la cual no necesariamente se enmarca dentro del género de la poesía, sino que puede trascender a cualquier tipo de texto–. Pero también es un «soñador de casas» el lector que imagina activamente estos espacios y, más aún, todo el que se ha detenido en las imágenes de lo habitado y de lo habitable, a través del ejercicio creador de la evocación. En este sentido, todos somos soñadores de casas: todos alguna vez descubrimos sus rincones, sus olores, sus pequeños secretos, y al rememorarlos les conferimos una vida nueva, mucho más rica.

El autor expone en ese primer capítulo que aborda las imágenes de la intimidad doméstica:

La casa (…) nos permitirá evocar, en el curso de este libro, fulgores de ensoñación que iluminan la síntesis de lo inmemorial y del recuerdo. En esta región lejana, memoria e imaginación no permiten que se las disocie. Una y otra trabajan en su profundización mutua. Una y otra constituyen, en el orden de los valores, una comunidad del recuerdo y de la imagen.

Y no sólo se trata de la casa primera, de la casa de la infancia al ser recordada. Hablamos de todas las casas que nos han albergado, de todas las moradas que hemos conocido, de todas las que hemos anhelado y de todos esos lugares que viven en nuestro inconsciente personal y colectivo. Sabemos que la imaginación no se adapta a los términos temporales de pasado o futuro, no se limita a la experiencia individual. La intimidad del hogar y sus imágenes conforman un cosmos dentro de nosotros.

Cada parte de la casa abre un tipo diferente de ensueño. La casa es un universo contenedor, a su vez, de múltiples universos; es tanto un cúmulo de imágenes dispersas como una unidad de imágenes cohesionadas. La cocina, plena de olores y vapores, cálida y nutricia, tiene una vida diferente a la de las habitaciones silenciosas, que tal vez sugieren reposo y suavidad; un salón iluminado es un mundo radicalmente distinto al de un sótano en la penumbra.

Hacia el tejado todos los pensamientos son claros. En el Desván, se ve al desnudo, con placer, la fuerte osamenta de las vigas. Se participa de la sólida geometría del carpintero.

El sótano (…) es ante todo el ser oscuro de la casa, el ser que participa de los poderes subterráneos.

La casa puede ser un lugar que no se termina de explorar jamás, sin que esto necesariamente tenga que ver con su tamaño físico. La imaginación hace de cualquier espacio algo inabarcable, más aún si se trata de la imaginación del niño –y todos somos niños, de alguna manera, en los ensueños relativos a la casa–. La curiosidad infantil enriquece cada pequeño rincón, cada espacio –por reducido que sea–; da vida a aquello que para el adulto suele pasar desapercibido.

En el capítulo titulado «El cajón, los cofres y los armarios», el autor aborda la magia de la intimidad que se desprende de tales espacios. Lo que se abre, aquello que guarda algo, enciende el deseo de mirar y de descubrir, lo oculto siempre pertenece a una dimensión maravillosa. Todos los objetos pueden contar historias, pero si estos se encuentran contenidos, guardados, la memoria de la cual son portadores es mucho más poderosa: siempre buscamos resguardar aquello que consideramos valioso. La cerradura de un cofre es un portal a lo secreto, y cuál secreto, cuál enigma, no resulta seductor. Asimismo, el armario representa un cosmos paralelo, sus objetos se relacionan entre sí a través de una dinámica del orden, la manera en que están dispuestos representa una disposición que resuena poéticamente, que hace eco en la memoria de la imaginación.

En un armario, sólo un pobre de espíritu podría colocar cualquier cosa. Poner cualquier cosa, de cualquier modo, en cualquier mueble, indica una debilidad insigne de la función de habitar. En el armario vive un centro de orden que protege a toda la casa contra un desorden sin límites. Allí reina el orden o más bien, allí el orden es un reino. El orden no es simplemente geométrico. El orden se acuerda allí de la historia de la familia.

Lo que se encuentra dentro de un armario se diferencia sustancialmente de las cosas que están «afuera», al igual que los confines de la casa definen un universo que, aunque puede ser también inabarcable, es una extensión familiar, delimitada, para quien la habita.

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