10 de noviembre de 2017

La poética del espacio

Gastón Bachelard

La poética del espacio es un libro sobre filosofía de la poesía; pero también es, en sí mismo, una obra poética. Bachelard pretende observar el surgimiento de las imágenes en la psique, estudiar la imaginación como un proceso del alma que no puede ser analizado desde el pensamiento estrictamente racional.

¿Cómo describir La poética del espacio? Podríamos comenzar diciendo que es un libro al cual es recomendable acercarnos sin preconceptos. Si esperamos una estricta delimitación teórica o un texto filosófico sistemático, habremos acudido al lugar incorrecto (no obstante, incluso así, es muy posible que quedemos gratamente sorprendidos con la lectura). Desde la Introducción, se nos advierte de esta condición:

Un filósofo que ha formado todo su pensamiento adhiriéndose a los temas fundamentales de la filosofía de las ciencias (…) debe olvidar su saber, romper con todos sus hábitos de investigación filosófica si quiere estudiar los problemas planteados por la imaginación poética. Aquí, el culto al pasado no cuenta, el largo esfuerzo de los enlaces y las construcciones de los pensamientos, el esfuerzo de meses y años resulta ineficaz. Hay que estar en el presente, en el presente de la imagen: si hay una filosofía de la poesía, esta filosofía debe nacer y renacer con el motivo de un verso dominante, en adhesión total a una imagen aislada, y precisamente en el éxtasis mismo de la novedad de la imagen. La imagen poética es un resaltar súbito del psiquismo.

La poética del espacio es un libro sobre filosofía de la poesía; pero también es, en sí mismo, una obra poética. Se trata de una exposición que gira en torno a lo que el autor denomina «fenomenología de la imaginación», término que, no obstante su insistencia en apartarse de conceptualizaciones, define como:

Un estudio del fenómeno de la imagen poética cuando la imagen surge en la conciencia como un producto directo del corazón, del alma, del ser del hombre captado en su actualidad.

Lo que pretende Bachelard es observar el surgimiento de las imágenes en la psique, estudiar la imaginación como un proceso del alma, que no puede ser analizado porque es independiente del pensamiento estrictamente racional. Las imágenes y sus resonancias despiertan y operan en nosotros casi de forma independiente, son manifestación de un onirismo profundo que tiene vida propia; se trata de un proceso que tampoco podrá ser totalmente descrito, a no ser mediante las imágenes mismas –por ser estas, también, inabarcables–.

Bachelard –no puede dejar de hacerlo– busca enmarcar sus reflexiones en la fenomenología como escuela filosófica. Pero, lo repetimos una vez más, también pretende ir más allá de la misma, «retar» ese saber con el «no–saber» innato de la imagen como fenómeno de la psique humana. Simplemente esboza, al comienzo del libro, de forma breve pero a la vez clara, de qué trata el estudio de la fenomenología, para luego entregarse a las «imágenes del espacio feliz», a las imágenes sencillas –pero profundas– asociadas a «los espacios amados». Bachlerd estudia estos «cuerpos de imágenes» por capítulos divididos de la siguiente manera:

I. La casa. Del sótano a la buhardilla. El sentido de la choza
II. Casa y universo
III. El cajón, los cofres y los armarios
IV. El nido
V. La concha
VI. Los rincones
VII. La miniatura
VIII. La inmensidad íntima
IX. La dialéctica de lo de dentro y de lo de fuera
X. La fenomenología de lo redondo

Son capítulos que nos invitan a soñar –mejor dicho, a ensoñar–. Este recorrido por los espacios está definido de forma totalmente aleatoria, mediante una subjetividad poética. Sólo queda ofrecer nuestra disposición receptiva a estas imágenes y a la observación de nuestro ser a través de ellas.

La casa y el ensueño de la memoria

Para Bachelard, los «soñadores de casas» son aquellos que recrean imágenes de ese primer lugar que habitamos en el mundo y quienes lo presentan a través de la escritura poética –la cual no necesariamente se enmarca dentro del género de la poesía, sino que puede trascender a cualquier tipo de texto–. Pero también es un «soñador de casas» el lector que imagina activamente estos espacios y, más aún, todo el que se ha detenido en las imágenes de lo habitado y de lo habitable, a través del ejercicio creador de la evocación. En este sentido, todos somos soñadores de casas: todos alguna vez descubrimos sus rincones, sus olores, sus pequeños secretos, y al rememorarlos les conferimos una vida nueva, mucho más rica.

El autor expone en ese primer capítulo que aborda las imágenes de la intimidad doméstica:

La casa (…) nos permitirá evocar, en el curso de este libro, fulgores de ensoñación que iluminan la síntesis de lo inmemorial y del recuerdo. En esta región lejana, memoria e imaginación no permiten que se las disocie. Una y otra trabajan en su profundización mutua. Una y otra constituyen, en el orden de los valores, una comunidad del recuerdo y de la imagen.

Y no sólo se trata de la casa primera, de la casa de la infancia al ser recordada. Hablamos de todas las casas que nos han albergado, de todas las moradas que hemos conocido, de todas las que hemos anhelado y de todos esos lugares que viven en nuestro inconsciente personal y colectivo. Sabemos que la imaginación no se adapta a los términos temporales de pasado o futuro, no se limita a la experiencia individual. La intimidad del hogar y sus imágenes conforman un cosmos dentro de nosotros.

Cada parte de la casa abre un tipo diferente de ensueño. La casa es un universo contenedor, a su vez, de múltiples universos; es tanto un cúmulo de imágenes dispersas como una unidad de imágenes cohesionadas. La cocina, plena de olores y vapores, cálida y nutricia, tiene una vida diferente a la de las habitaciones silenciosas, que tal vez sugieren reposo y suavidad; un salón iluminado es un mundo radicalmente distinto al de un sótano en la penumbra.

Hacia el tejado todos los pensamientos son claros. En el Desván, se ve al desnudo, con placer, la fuerte osamenta de las vigas. Se participa de la sólida geometría del carpintero.

El sótano (…) es ante todo el ser oscuro de la casa, el ser que participa de los poderes subterráneos.

La casa puede ser un lugar que no se termina de explorar jamás, sin que esto necesariamente tenga que ver con su tamaño físico. La imaginación hace de cualquier espacio algo inabarcable, más aún si se trata de la imaginación del niño –y todos somos niños, de alguna manera, en los ensueños relativos a la casa–. La curiosidad infantil enriquece cada pequeño rincón, cada espacio –por reducido que sea–; da vida a aquello que para el adulto suele pasar desapercibido.

En el capítulo titulado «El cajón, los cofres y los armarios», el autor aborda la magia de la intimidad que se desprende de tales espacios. Lo que se abre, aquello que guarda algo, enciende el deseo de mirar y de descubrir, lo oculto siempre pertenece a una dimensión maravillosa. Todos los objetos pueden contar historias, pero si estos se encuentran contenidos, guardados, la memoria de la cual son portadores es mucho más poderosa: siempre buscamos resguardar aquello que consideramos valioso. La cerradura de un cofre es un portal a lo secreto, y cuál secreto, cuál enigma, no resulta seductor. Asimismo, el armario representa un cosmos paralelo, sus objetos se relacionan entre sí a través de una dinámica del orden, la manera en que están dispuestos representa una disposición que resuena poéticamente, que hace eco en la memoria de la imaginación.

En un armario, sólo un pobre de espíritu podría colocar cualquier cosa. Poner cualquier cosa, de cualquier modo, en cualquier mueble, indica una debilidad insigne de la función de habitar. En el armario vive un centro de orden que protege a toda la casa contra un desorden sin límites. Allí reina el orden o más bien, allí el orden es un reino. El orden no es simplemente geométrico. El orden se acuerda allí de la historia de la familia.

Lo que se encuentra dentro de un armario se diferencia sustancialmente de las cosas que están «afuera», al igual que los confines de la casa definen un universo que, aunque puede ser también inabarcable, es una extensión familiar, delimitada, para quien la habita.

El espacio minúsculo y la inmensidad

El propio cuerpo es una casa y un mundo. El territorio definido por nuestra extensión es el más íntimo refugio. Bachelard explora las imágenes de «la concha» y «el nido» como manifestaciones de esa seguridad primera que nos ofrece lo confinado, ese primer hogar que se cierne sobre nosotros para separarnos de lo externo.

Obviamente, el nido y la concha no son lugares «habitables» para el ser humano, pero la imaginación burla tal imposibilidad y relaciona esos refugios con el anhelo de una morada primitiva y perdida:

El poeta ha sentido exactamente que una especie de acorde musical iba a resonar en el alma de su lector por la evocación del nido, de un canto de pájaros, de la atracción que nos llama hacia la vieja casa, hacia la primera morada. Pero para comparar tan dulcemente la casa y el nido ¿no es preciso haber perdido la morada de la felicidad? Oímos un ˈayˈ en ese canto de ternura. Si se vuelve a la vieja casa como se vuelve al nido, es porque los recuerdos son sueños, porque la casa del pasado se ha convertido en una gran imagen, la gran imagen de las intimidades perdidas.

Por otra parte, los tesoros más grandes, para la imaginación, suelen encontrarse en lo diminuto. El capítulo más largo del libro es el dedicado a las imágenes de «la miniatura», tal como las han recreado algunos «poetas» (así los llama el autor, aunque hayan sido narradores, dramaturgos, incluso naturalistas o científicos), como Cyrano de Bergerac, quien describe el interior de una manzana; Víctor Hugo, quien observa el pequeño mundo de los escarabajos; Thomas Hardy, quien hace del musgo un bosque de pinos; o Gaston Paris, quien reflexiona sobre la famosa historia de Pulgarcito.

En la miniatura se condensa la imagen, lo mínimo puede albergar la inmensidad. Pero, además, observar lo pequeño requiere una cuota muy superior de atención, exige afilar nuestros sentidos y detenernos en su apreciación.

Pero, ¿no hay acaso tiempo en este mundo para amar las cosas, para verlas de cerca, cuando gozan de su pequeñez? Una sola vez en mi vida he visto un liquen joven nacer y extenderse sobre el muro. ¡Qué juventud, qué vigor en la gloria de la superficie!

Hacemos de algo reducido un universo porque nuestra imaginación les concede «valores», asigna cualidades simbólicas a cada objeto, a cada materia, que dialogan con la inmensidad que nos habita. Cada espacio que posibilita el ensueño es un espacio de la intimidad, se hace nuestro espacio, se convierte en una morada, en un cuerpo que nos alberga, en un cosmos propio. La imaginación invierte valores y reconcilia contradicciones. La inmensidad puede ser también un refugio. Los límites son siempre maleables y relativos cuando enfrentamos lo íntimo con lo inabarcable y notamos cómo ambos, por naturaleza, coexisten.

El ser es por turnos condensación que se dispersa estallando y dispersión que refluye hacia un centro. Lo de fuera y lo de dentro son, los dos, ˈíntimosˈ; están prontos a invertirse, a trocar su hostilidad.

La poesía es un ejercicio de la intimidad. Es el encuentro del espacio propio con los espacios u objetos ensoñados. A través de la imagen, hay una correlación del mundo individual con el que se ofrece a los sentidos –y, siempre, uno ejerce su influencia sobre el otro–.

Dar su espacio poético a un objeto, es darle más espacio que el que tiene objetivamente, o para decir mejor, es seguir la expansión de su espacio íntimo.

La inmensidad y la trascendencia

No obstante, más allá de la conciliación de contradicciones que puede lograr la imaginación, las imágenes de lo inmenso tienen particularidades que las diferencian de aquéllas relacionadas con lo doméstico. Es distinta la predisposición ante lo que no plantea un límite, una contención, como puede hacerlo la casa.

La contemplación de los espacios vastos nos engrandece. Estas imágenes transmiten un estado psíquico específico, pero también exigen cierta receptividad previa y necesaria. La quietud es la condición para la contemplación de lo inmenso.

La inmensidad está en nosotros. Está adherida a una especie de expansión de ser que la vida reprime, que la prudencia detiene, pero que continúa en la soledad. En cuanto estamos inmóviles, estamos en otra parte; soñamos en un mundo inmenso. La inmensidad es el movimiento del hombre inmóvil. La inmensidad es uno de los caracteres dinámicos del ensueño tranquilo.

Bachelard toma las imágenes del bosque y del árbol, recreadas por diferentes poetas, para ilustrar este punto. La contemplación del bosque invita a una trascendencia; así lo encontramos en un texto de Pierre Gueguen, referido por el autor.

Diciendo que el bosque profundo se llama también «La tierra tranquila, a causa de su silencio prodigioso, cuajado en treinta leguas de verdor», Gueguen nos llama a una «tranquilidad trascendente», a un silencio «trascendente» (…) Cuando se vive la página de Gueguen, se siente que el poeta ha apaciguado toda ansiedad. La paz del bosque es para él la paz del alma. El bosque es un estado del alma.

El árbol, como elemento constitutivo del bosque, también transmite una inmensidad:

Así el árbol tiene siempre un destino de grandeza. Difunde ese destino. El árbol engrandece lo que le rodea. En una carta reproducida en el libro tan humano de Claire Goll, Rilke le había escrito: «Esos árboles son magníficos, pero es más magnífico todavía el espacio sublime y patético entre ellos, como si con su crecimiento aumentara también.

Lo pequeño, como comentamos anteriormente, exige atención; mientras que lo inmenso exige quietud. Se podría decir que el ejercicio de la imaginación, en general, siempre viene dado por una predisposición anímica. Las imágenes deben ser invitadas, tanto si somos creadores como si nos situamos como lectores –la lectura es también un tipo de creación o recreación de lo que un libro nos ofrece–.

Todos somos creadores en potencia, pero no todo el tiempo ni bajo cualquier condición. Más allá de las herramientas técnicas o de los conocimientos teóricos, existe una preparación más profunda –¿una preparación del alma o del espíritu?– para el hecho poético. Curiosamente, tal facultad suele ser alcanzada, casi siempre, cuando dejamos a un lado lo que sabemos o aquellas habilidades que dominamos y nos situamos en esa pureza de estar despojados. Es entonces cuando podemos volver a asombrarnos. Tal vez no haya nada más asombroso que la propia imaginación.

Ficha del libro

TítuloLa poética del espacio
AutorGaston Bachelard
EditorialFondo de Cultura Económica
Fecha de ediciónJulio de 2012
GéneroEnsayo filosófico
FormatoPapel & Ebook
Páginas288
mm

Acerca de Cristina Gálvez

Cristina Gálvez Martos nació en Caracas. Es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Ha publicado los poemarios Psicopompa (Monte Ávila Editores, 2015) y Bicorne (Casa de las Letras Andrés Bello, 2016). Se ha desempeñado como tallerista literaria. Sus textos han sido incluidos en diversas antologías poéticas editadas en Venezuela, Puerto Rico, Argentina, Reino Unido e Italia. Actualmente reside en Montevideo, Uruguay, donde cursa un Diplomado en Gestión Cultural.

Categoría

Ensayos, Filosofía