‘París era una fiesta’ de Ernest Hemingway

En 1964 veía la luz a título póstumo París era una fiesta, de Ernest Hemingway. Este testamento literario que el escritor y periodista norteamericano -ganador del premio Nobel de Literatura en 1954- legó al mundo, difiere mucho de lo que podríamos esperar de un hombre que pasó sus últimos años atormentado de tal forma que acabó suicidándose de un disparo de escopeta en la boca.

París era una fiesta es una obra brillante y luminosa en la que el autor se sirve de la ficción para contar verdades. En su prefacio, escrito en Cuba en 1960, Hemingway nos advierte:

Si el lector lo prefiere, puede considerar el libro como obra de ficción. Pero siempre cabe la posibilidad que un libro de ficción arroje alguna luz, sobre las cosas que fueron antes contadas como hechos.

Estos hechos se sitúan en los años que vivió el autor en París, entre 1921 y 1926, cuando trabajaba como periodista para diferentes periódicos norteamericanos y empezaba a perfilar su estilo narrativo.

La crónica de estos años es alterna y no sigue una linealidad temporal habitual. Las veinte secciones que componen la obra son básicamente independientes entre sí, es decir, podemos disfrutar de la lectura de cualquiera de estos capítulos sin necesidad de conocer el todo de la narración. Aún así, su lectura completa será una delicia para cualquier lector, tenga un bagaje literario mayor o menor. Esto se debe a la calidad de la narración que nos ofrece el escritor de Illinois:

-Podemos tomar dos copas.
-Entonces también podemos cenar en alguna parte.
-Eso no. No olvides que hay que pagar en la librería.
-Bueno, volveremos y cenaremos aquí y tendremos una buena cena y para beber compraremos vino de Beaune de ese de la cooperativa de enfrente que marca el precio en el escaparate. Y luego leeremos un rato y nos iremos a la cama y haremos el amor.
-Y yo te querré siempre a ti y tu siempre a mi.
-Siempre. Y a nadie más.
-Seremos felices toda la tarde y toda la noche. Y ahora vamos a almorzar.
-Estoy muerto de hambre -dije-. He estado trabajando en el café y no he tomado más que un cortado.
-¿Que tal el trabajo?
-Me parece que bien. Veremos. ¿Que hay para comer?
-Unos rábanos, y un buen foie de veau con puré de patatas y escarola. Y tarta de manzana.
-Y tendremos para leer todos los libros del mundo y cuando nos marchemos de viaje nos los podremos llevar.
-¿Hay derecho a hacer eso?
-Claro que sí.
-Hombre -dijo ella-. Qué suerte encontrar eso.
-Siempre estamos de suerte -dije, y como un necio no toqué madera. Y en un piso que tenía madera por todas partes.

París era una fiesta es una narración en primera persona que se basa en personajes reales de la famosa Generación Perdida y del ambiente literario en París en los años veinte del siglo pasado. Gertrude Stein, James Joyce, Ezra Pound entre otros, como el matrimonio compuesto por Zelda y Scott Fitzgerald -este último cuenta con varios capítulos en los que se desgranan sus fobias y manías, a la vez que su maravilloso talento- aparecen por las páginas de esta obra que como ya hemos dicho entremezcla ficción y realidad, con el objetivo de que la verdad aparezca de esta unión. Una verdad que busca reflejar el espíritu de toda una época, una de las más vistosas del siglo XX y que dejó numerosos mitos modernos que Hemingway, transformado en cronista oficial de su generación, se encarga de avivar o menospreciar como en el caso de las dudas sexuales de Fitzgerald o de su control sobre la bebida.

Por fin, mientras comíamos la tarta de cerezas y terminábamos la última jarra de vino, me dijo:

-Ya sabes que nunca me he acostado con ninguna mujer, salvo con Zelda.
-No, no lo sabía.
-Creía habértelo dicho.
-No. Me has dicho muchas cosas, pero no esto.
-Bueno, quiero consultarte sobre esto.
-Venga.
-Zelda me dijo que con mi conformación nunca podré dejar satisfecha a ninguna mujer, y que por esto tuvo ella su primer trauma. Dijo que es una cuestión de tamaño. Me destrozó, y quiero saber la verdad.

Pero además de intentar ser un reflejo de su tiempo, y de mostrar las personalidades más influyentes que se cruzó en su camino, la obra de Hemingway acomete temas imprescindibles para entender lo humano y la trayectoria del escritor norteamericano.

La pobreza

La pobreza, por ejemplo, es uno de los temas que trata, sobre todo en los primeros capítulos del libro, antes de llegar a ser el autor que todos conocemos. Vemos en la obra que Hemingway le concede mucha importancia al dinero, que realizaba esfuerzos para ahorrar en básicos como la comida, llegando incluso a mentir al respecto a su mujer Hadley. El octavo capítulo, de hecho, se titula El hambre era una buena disciplina. En él, Hemingway nos deja párrafos como este, desgarradores y narrados en un ejercicio de estilo que se extiende al resto de la narración:

Si uno vive en París y no come bastante, les aseguro que el hambre pega fuerte, ya que todas las panaderías presentan cosas tan buenas en los escaparates y la gente come al aire libre, en mesas puestas en la acera frente a los restaurantes, y uno ve y huele la buena comida. Y si uno había renunciado al periodismo, y estaba escribiendo cosas por las que nadie en América daba un real, y si al salir de casa uno decía que le habían invitado a comer pero no era verdad, el mejor sitio para matar las horas de la comida era el jardín de Luxemburgo, porque uno no veía ni olía nada de comer en todo el trayecto desde la plaza de l’Observatoire hasta la rue de Vaugirard.

Vemos como la falta de dinero llegaba a niveles preocupantes en los primeros tiempos en París de Hemingway. Ya sea parte de su ejercicio de memoria o de su ejercicio de creación el mensaje es claro.

El extranjero

Otro mitema recurrente en la obra primera de Hemingway es el del extranjero. En obras como Adiós a las armas, ambientada en los años inmediatamente anteriores a esta, también se hace hincapié en la cuestión de ser un invitado en un país extraño. Encontramos, sobre todo al principio de la obra que aquí nos ocupa pasajes como este, del primer capitulo:

Tenía trabajo hecho para periódicos de Toronto que todavía no había cobrado. Cosas para periódicos las podía escribir en cualquier lugar y de cualquier humor y el dinero del viaje lo teníamos. Tal vez, lejos de París podría escribir sobre París tal como en París era capaz de escribir sobre Michigan. Pero no me daba cuenta de que eso era prematuro, porque todavía no conocía París bastante bien. Aunque llegó un día en que fue verdad.

Esto contrasta con las descripciones que el norteamericano hace de los bares y restaurantes en los que hace vida. Las cuales se antojan como las de alguien que disfruta de tener lugares de recogimiento, donde puede no sentirse extranjero porque ya conoce a los camareros y a los clientes habituales. Según avanza la obra esta cuestión del extranjero se va minimizando -igual que la de la pobreza- como vemos en este extracto, en el cual ya se maneja hábilmente por la capital francesa y nos lo muestra de esta forma tan explícita:

Ya de noche, atravesamos andando las Tullerías, y nos paramos a mirar el Arc du Carrusel tras la negrura de los jardines, y al fondo de toda aquella severa tinieblas se veían los faroles de la plaza de la Concordia y la larga hilera de luces alejándose hacia el Arco del Triunfo.

También se refiere varias veces al idioma en el que se comunica e intercala extranjerismos habitualmente en la narración.

Además hace varias referencias a la forma en la que se escribe en cada idioma. Pero esto lo desarrollaremos en el siguiente aspecto a destacar de la obra: las cuestiones metaliterarias, es decir, literatura dentro de la literatura.

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