28 de julio de 2017

París era una fiesta

Ernest Hemingway

En 1964 veía la luz a título póstumo París era una fiesta, de Ernest Hemingway. Este testamento literario que el escritor y periodista norteamericano -ganador del premio Nobel de Literatura en 1954- legó al mundo, difiere mucho de lo que podríamos esperar de un hombre que pasó sus últimos años atormentado de tal forma que acabó suicidándose de un disparo de escopeta en la boca.

París era una fiesta es una obra brillante y luminosa en la que el autor se sirve de la ficción para contar verdades. En su prefacio, escrito en Cuba en 1960, Hemingway nos advierte:

Si el lector lo prefiere, puede considerar el libro como obra de ficción. Pero siempre cabe la posibilidad que un libro de ficción arroje alguna luz, sobre las cosas que fueron antes contadas como hechos.

Estos hechos se sitúan en los años que vivió el autor en París, entre 1921 y 1926, cuando trabajaba como periodista para diferentes periódicos norteamericanos y empezaba a perfilar su estilo narrativo.

La crónica de estos años es alterna y no sigue una linealidad temporal habitual. Las veinte secciones que componen la obra son básicamente independientes entre sí, es decir, podemos disfrutar de la lectura de cualquiera de estos capítulos sin necesidad de conocer el todo de la narración. Aún así, su lectura completa será una delicia para cualquier lector, tenga un bagaje literario mayor o menor. Esto se debe a la calidad de la narración que nos ofrece el escritor de Illinois:

-Podemos tomar dos copas.
-Entonces también podemos cenar en alguna parte.
-Eso no. No olvides que hay que pagar en la librería.
-Bueno, volveremos y cenaremos aquí y tendremos una buena cena y para beber compraremos vino de Beaune de ese de la cooperativa de enfrente que marca el precio en el escaparate. Y luego leeremos un rato y nos iremos a la cama y haremos el amor.
-Y yo te querré siempre a ti y tu siempre a mi.
-Siempre. Y a nadie más.
-Seremos felices toda la tarde y toda la noche. Y ahora vamos a almorzar.
-Estoy muerto de hambre -dije-. He estado trabajando en el café y no he tomado más que un cortado.
-¿Que tal el trabajo?
-Me parece que bien. Veremos. ¿Que hay para comer?
-Unos rábanos, y un buen foie de veau con puré de patatas y escarola. Y tarta de manzana.
-Y tendremos para leer todos los libros del mundo y cuando nos marchemos de viaje nos los podremos llevar.
-¿Hay derecho a hacer eso?
-Claro que sí.
-Hombre -dijo ella-. Qué suerte encontrar eso.
-Siempre estamos de suerte -dije, y como un necio no toqué madera. Y en un piso que tenía madera por todas partes.

París era una fiesta es una narración en primera persona que se basa en personajes reales de la famosa Generación Perdida y del ambiente literario en París en los años veinte del siglo pasado. Gertrude Stein, James Joyce, Ezra Pound entre otros, como el matrimonio compuesto por Zelda y Scott Fitzgerald -este último cuenta con varios capítulos en los que se desgranan sus fobias y manías, a la vez que su maravilloso talento- aparecen por las páginas de esta obra que como ya hemos dicho entremezcla ficción y realidad, con el objetivo de que la verdad aparezca de esta unión. Una verdad que busca reflejar el espíritu de toda una época, una de las más vistosas del siglo XX y que dejó numerosos mitos modernos que Hemingway, transformado en cronista oficial de su generación, se encarga de avivar o menospreciar como en el caso de las dudas sexuales de Fitzgerald o de su control sobre la bebida.

Por fin, mientras comíamos la tarta de cerezas y terminábamos la última jarra de vino, me dijo:

-Ya sabes que nunca me he acostado con ninguna mujer, salvo con Zelda.
-No, no lo sabía.
-Creía habértelo dicho.
-No. Me has dicho muchas cosas, pero no esto.
-Bueno, quiero consultarte sobre esto.
-Venga.
-Zelda me dijo que con mi conformación nunca podré dejar satisfecha a ninguna mujer, y que por esto tuvo ella su primer trauma. Dijo que es una cuestión de tamaño. Me destrozó, y quiero saber la verdad.

Pero además de intentar ser un reflejo de su tiempo, y de mostrar las personalidades más influyentes que se cruzó en su camino, la obra de Hemingway acomete temas imprescindibles para entender lo humano y la trayectoria del escritor norteamericano.

La pobreza

La pobreza, por ejemplo, es uno de los temas que trata, sobre todo en los primeros capítulos del libro, antes de llegar a ser el autor que todos conocemos. Vemos en la obra que Hemingway le concede mucha importancia al dinero, que realizaba esfuerzos para ahorrar en básicos como la comida, llegando incluso a mentir al respecto a su mujer Hadley. El octavo capítulo, de hecho, se titula El hambre era una buena disciplina. En él, Hemingway nos deja párrafos como este, desgarradores y narrados en un ejercicio de estilo que se extiende al resto de la narración:

Si uno vive en París y no come bastante, les aseguro que el hambre pega fuerte, ya que todas las panaderías presentan cosas tan buenas en los escaparates y la gente come al aire libre, en mesas puestas en la acera frente a los restaurantes, y uno ve y huele la buena comida. Y si uno había renunciado al periodismo, y estaba escribiendo cosas por las que nadie en América daba un real, y si al salir de casa uno decía que le habían invitado a comer pero no era verdad, el mejor sitio para matar las horas de la comida era el jardín de Luxemburgo, porque uno no veía ni olía nada de comer en todo el trayecto desde la plaza de l’Observatoire hasta la rue de Vaugirard.

Vemos como la falta de dinero llegaba a niveles preocupantes en los primeros tiempos en París de Hemingway. Ya sea parte de su ejercicio de memoria o de su ejercicio de creación el mensaje es claro.

El extranjero

Otro mitema recurrente en la obra primera de Hemingway es el del extranjero. En obras como Adiós a las armas, ambientada en los años inmediatamente anteriores a esta, también se hace hincapié en la cuestión de ser un invitado en un país extraño. Encontramos, sobre todo al principio de la obra que aquí nos ocupa pasajes como este, del primer capitulo:

Tenía trabajo hecho para periódicos de Toronto que todavía no había cobrado. Cosas para periódicos las podía escribir en cualquier lugar y de cualquier humor y el dinero del viaje lo teníamos. Tal vez, lejos de París podría escribir sobre París tal como en París era capaz de escribir sobre Michigan. Pero no me daba cuenta de que eso era prematuro, porque todavía no conocía París bastante bien. Aunque llegó un día en que fue verdad.

Esto contrasta con las descripciones que el norteamericano hace de los bares y restaurantes en los que hace vida. Las cuales se antojan como las de alguien que disfruta de tener lugares de recogimiento, donde puede no sentirse extranjero porque ya conoce a los camareros y a los clientes habituales. Según avanza la obra esta cuestión del extranjero se va minimizando -igual que la de la pobreza- como vemos en este extracto, en el cual ya se maneja hábilmente por la capital francesa y nos lo muestra de esta forma tan explícita:

Ya de noche, atravesamos andando las Tullerías, y nos paramos a mirar el Arc du Carrusel tras la negrura de los jardines, y al fondo de toda aquella severa tinieblas se veían los faroles de la plaza de la Concordia y la larga hilera de luces alejándose hacia el Arco del Triunfo.

También se refiere varias veces al idioma en el que se comunica e intercala extranjerismos habitualmente en la narración.

Además hace varias referencias a la forma en la que se escribe en cada idioma. Pero esto lo desarrollaremos en el siguiente aspecto a destacar de la obra: las cuestiones metaliterarias, es decir, literatura dentro de la literatura.

Metaliteratura como norma

Desde las múltiples referencias a Shakespeare and Company, la librería donde Hemingway entabló gran amistad con Sylvia, la dueña, y que ahora es lugar de peregrinaje para todo amante de la literatura que viaja a París; pasando por párrafos y párrafos describiendo su proceso creativo y de escritura; hasta las referencias a libros y a otros autores, con y de los que discute, y que Hemingway deja retratados de manera impresionista para la posteridad en la obra:

En los puestos de libros que hay en el pretil de los muelles uno contaba a veces libros americanos recién publicados, y los vendían muy baratos. Entonces el restaurant de La Tour d’Argent tenía encima unas cuantas habitaciones y las alquilaban haciendo un descuento en el restaurant, y si los inquilinos al marcharse dejaban algún libro en la habitación y la dueña del resto los daba por muy poco dinero.

Tengo que escribir sobre el extraño mundo de las carreras de seis días y las maravillas de las carreras por carretera en la alta montaña. El francés es la única lengua en que se ha escrito bien sobre esto y los términos son todos franceses, y por eso es difícil escribir en otra lengua.

Zelda estaba celosa del trabajo de Scott, y cuando llegamos a conocerles bien nos dimos cuenta de que la situación se ajustaba a un esquema regularmente repetido. Scott tomaba la resolución de no embarcarse para las juergas de borrachera que iban a durar toda la noche y de hacer cada día un poco de ejercicio y a trabajar con regularidad. Se ponía a trabajar, y en cuanto se había calentado y el trabajo marchaba bien, allí estaba Zelda quejándose de lo mucho que se aburría, y arrastrando a otra borrachera.

Llegando a las cuestiones más personales que trata Ernest Hemingway en París era una fiesta nos centraremos en tres.

El amor tranquilo

En cuanto al amor, Papa nos habla desde la vejez de los recuerdos de su primera esposa. Nos encontramos en una época en la que el autor quiere mostrarse como un hombre fiel, y es algo que deja ver claramente en el texto. Podemos imaginarnos a un joven Hemingway paseando enamorado por París, henchido de sentimientos y con una mujer buena a su lado. De Hadley, su primera esposa habla siempre con dulzura y cariño, quizá con el paso de los años miraba con otros ojos a aquella mujer con la que consiguió trabajar y vivir más o menos tranquilo, lo más importante que necesita un escritor. Incluso en los momentos malos siempre la escribía con el aroma de un buen recuerdo:

Escondí la cara entre sombras rehuyendo la luna, pero no pude dormirme y seguí dándole vueltas a aquella emoción. Los dos nos despertamos dos veces aquella noche, pero al final mi mujer durmió con dulzura, con la luz de la luna en su cara. Yo quería pensar en todo aquello, pero estaba atontado.

Es honesto el amor de Hemingway hacia Hadley, por lo menos en este simulacro -en el mejor sentido del término- entre ficción y realidad que encontramos en París era una fiesta. A pesar de esto, el peso que su mujer tiene en la obra va de más a menos. En los primeros capítulos es la acompañante más habitual del joven Hemingway, para que más adelante, según se acerca el final, los artistas y los escritores tomen el relevo, y lo amoroso, aunque Hemingway llega a reflejar su compromiso con su mujer rechazando la compañía de unas modelos de un pintor amigo, pasa a un segundo plano.

Sin embargo Hemingway vuelve a Hadley al final de la obra y nos regala muchas más cosas tan bellas como esta:

Yo la quería y no quería a nadie más, y el tiempo que pasamos solos fue de mágica maravilla. Trabajé a gusto y juntos hicimos grandes excursiones, y me creí de nuevo invulnerable, y el otro asunto no volvió a empezar hasta que, a fines de primavera, dejamos las sierras y volvimos a París.

Hombre Hemingway

Sin embargo este no es el único tema recurrente en su obra que aparece reflejado en París era una fiesta: el concepto de virilidad es muy importante para él. Lo enfoca de manera diferente en Fiesta, por ejemplo, donde el protagonista tiene problemas sexuales debido a una herida de guerra, así como en obras posteriores a su época de juventud como El viejo y el mar, en la cual el pez se mide al protagonista en una batalla entre hombre y animal. En este libro el tema aparece de forma soterrada, lo importante no son ciertas escenas explícitas, sino el pulso que late durante toda la obra en la que Hemingway enseña a boxear a un amigo escritor, da consejos sexuales a Scott Fitzgerald o aguanta más y mejor la bebida que sus acompañantes.

Ego

El alto concepto de si mismo del autor queda patente en toda la obra, no solo por el devenir de cada una de las historias que componen la obra, sino porque expresa desde el principio una seguridad en la calidad de su escritura, y en el futuro de sus cuentos que impacta al lector conocedor de su trayectoria. De nuevo nos encontramos entre la realidad y la ficción. Hemingway retrata sus primeros años en París de forma idealizada. No es esto algo que empeore la obra, al contrario, es lo que consigue el encanto que el libro transmite y que hace que el lector se traslade al lado del joven escritor americano mientras lee:

Hasta entonces, la idea que yo tenia de mi grandeza como escritor es que era un secreto muy bien guardado entre mi mujer y yo y esas pocas personas con las que se puede hablar. Que suerte que Scott hubiera llegado a la misma satisfactoria conclusión acerca e mi grandeza, pero también era una suerte que su discurso empezara a ratear.

Y los que menos pueden olvidar esto son los que piensan ahorrar en trajes para comprar cuadros. Claro que nosotros no nos veíamos clasificados en la categoría de los pobres. No queríamos aceptar la clasificación. Nos creíamos superiores, y en la clase de los ricos contábamos sólo a ciertas personas que despreciábamos y mirábamos con justa desconfianza. Para mí era la cosa más natural llevar chandail de boxeador para calentarme. Las cuestiones de elegancia eran memeces de ricos. Nosotros comíamos bien y barato, y bebíamos bien y barato, y juntos dormíamos bien y con calor, y nos queríamos.

Nos encontramos ante una obra cumbre en la carrera de Hemingway como narrador. La viveza de sus recuerdos y el estilo de un premio Nobel que quiere despedirse de la literatura como merece hacen de Paris era una fiesta un libro de esos a los que se puede volver siempre, con los que te entran ganas de leer y escribir y vivir la literatura.

Una obra donde París es el verdadero protagonista. El amor que profesa Hemingway a esa ciudad está en sintonía con la satisfacción con la que refleja la mayoría de sus anécdotas. En París era una fiesta casi todo se rodea por lo mejor. Ernest Hemingway pudo volarse la cabeza con un rifle, pero no sin antes dejarnos sus mejores recuerdos de juventud -o sus mejores sueños- en un libro que invita a vivir, a querer y a pensar en las personas. Un adiós a la altura, desde luego.

Ficha del libro

TítuloParís era una fiesta
AutorErnest Hemingway
EditorialDebolsillo
Fecha de ediciónMarzo de 2014
GéneroNovela autobiográfica
FormatoPapel
Páginas280
mm

Acerca de Luís María Martínez

Graduado en Literatura General y Comparada por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Guión, Narrativa y Creatividad Audiovisual por la Universidad de Sevilla. Ha publicado verso y prosa en diferentes medios y trabaja como redactor freelance de contenidos culturales.

Categoría

Literatura, Novelas