1 de septiembre de 2017

La herencia de Eszter

Sándor Márai

El escritor húngaro Sándor Márai se ocupó a lo largo de su obra –y también en ‘La herencia de Eszter’– de temas como la vejez, el destino, la moral, las pasiones y el ajuste de cuentas. Maestro de la prosa y de los diálogos largos, sus personajes siempre nadan en las aguas de la profundidad humana; aguas revueltas de valores y sentimientos.

La herencia de Ezster fue escrita en 1939, nueve años antes de que el escritor austrohúngaro abandonara Hungría para huir del régimen comunista. Sándor Márai es a día de hoy un escritor muy reconocido, pero cabe recordar que durante muchos años su obra solo tuvo cabida en las sombras. Esto se debe a que la gran popularidad con la que contaba en Hungría, mientras residía y escribía desde el extranjero primero y desde su país después, se vio interrumpida por el régimen comunista con la ocupación soviética. Su obra no fue reconocida sino hasta varios años más tarde, tras la caída del régimen. Márai tuvo que exiliarse primero dentro de Europa, pero más tarde a Norteamérica, donde con la vejez a cuestas se quitó la vida.

Como ocurre también en El último encuentro, una de las novelas más reconocidas del autor, La herencia de Eszter se articula entre los recuerdos y las rememoraciones, por un lado, y un potente diálogo de ajuste de cuentas e indagación en los valores humanos, por otro.

Las cartas y la escritura: resonancia y sentido del pasado

La herencia de Eszter comienza con la noticia de que Lajos, un viejo amigo de la familia, llegará de visita. Entre la noticia y la llegada: la espera, como ocurría también en la otra novela mencionada cuando el General aguarda a su amigo. Sin embargo, todo esto es anterior al presente de la narración. En el aquí y ahora de la trama, Eszter recuerda aquella noticia, aquella espera y aquella visita: hechos que la dejaron en la ruina (emocional y económica) y que ahora, ya más vieja, acercándose a la muerte, se anima a narrar por escrito:

(…) antes de morir, quisiera poner por escrito el relato del día en que Lajos vino a verme, por última vez, para despojarme de todos mis bienes. Voy postergando la escritura de estas notas desde hace tres años; pero, ahora, tengo la sensación de que una voz, de la cual no me puedo defender, me está apremiando para que escriba la historia de aquel día y de todo lo demás que sé sobre Lajos. Es mi deber, y ya no me queda mucho tiempo para cumplir con él.

Eszter recibe un sábado un telegrama con la noticia de la visita de Lajos, que dice que llegará el domingo. Es una noche de espera que pasa entre recuerdos y preparativos. El elemento más significativo de este momento son las cartas que Eszter relee. Si bien en la narración pasan desapercibidas, podría valer la pena resignificarlas a la luz del final de la novela, en el que otras cartas, diferentes, revelan parte de la historia que Eszter desconocía. Y, sobre todo, porque sobre ambos grupos de cartas (las que aparecen al comienzo de la novela, es decir, durante la espera, y las del final de la novela, cuando Lajos ya partió de nuevo) se hacen valoraciones estilísticas que dan lugar a la «escritura» como un subtema en la novela; en esta novela, que cuenta una historia, precisamente, a través de “la escritura”. Por todo esto, parece pertinente atender a “la carta” (como sinécdoque de “escritura”) y entenderla(s) como un símbolo que abre la espera y prácticamente clausura la historia:

En la noche anterior a su fantasmal visita, al releer sus cartas, me quedé asombrada por la intensidad de aquella fuerza. En cada carta se dirigía a mí de tal manera que era capaz de conmover no sólo a una persona, a una mujer sentimental, sino también a muchos otros, quizá incluso a multitudes. […] sus cartas no revelaban ningún talento profundo, digno de un escritor; sus adjetivos eran descuidados y su escritura desaliñada, pero su manera de expresarse era, en cada línea, total e inequívocamente suya, ¡sólo suya!.

En el final de la novela, Eszter le pide a Nunu, la mujer que vivió con ella en esa casa de sus padres toda la vida, que le lea las tres cartas que Lajos le acaba de dejar en la visita. Cartas que fueron escritas hace veinte años pero que nunca llegaron a manos de Eszter porque su hermana, celosa, lo impidió. Apenas un párrafo antes de que acabe la novela, se lee esto:

Se ajustó las gafas, se inclinó hacia la llama y empezó a leer una de las cartas, con una voz melodiosa, como de colegiala:

–«Amor mío –empezaba la carta–, la vida juega con nosotros de una manera maravillosa. No tengo más esperanza que haberte encontrado a ti para siempre…».

Dejó de leer, se puso las gafas sobre la frente, me miró con ojos brillantes y me dijo, emocionada y entusiasmada:

–¡Qué cartas más maravillosas sabía escribir!

–Es verdad, escribía unas cartas maravillosas.

Poder y desprecio de lo simbólico

Hay otro elemento significativo en la historia, aunque ya no literario también, que aparece en la espera y luego reaparece cuando Lajos ya está en la casa: un anillo de muchísimo valor. Es otro de lo símbolos de la historia y en este caso hasta es mencionado bajo esa etiqueta. Lajos había contraído matrimonio con Vilma, la hermana de Eszter, y juntos tuvieron una hija, Eva. Cuando Vilma muere, Lajos le entrega el anillo a Eszter y le pide que lo guarde hasta que Eva sea mayor y pueda recibirlo en herencia. Pero antes de llegar Lajos, en esa espera que ya va desvelando cosas y desterrando secretos, Eszter repasa la historia del anillo:

Un anillo así no es simplemente un objeto de valor, sino también un símbolo, el símbolo del escalafón familiar. Después de la muerte de mi madre y de Vilma, me correspondía tenerlo a mí, a la hija menor. […] Naturalmente, ni por un instante se me ocurrió quedarme con aquel objeto de valor. Mi conciencia y la carta que dejé para el caso de mi muerte […] eran testigos de que yo guardaba el anillo para Eva […]

Pero el anillo es falso, porque Lajos es un mentiroso y, en última instancia, algo así como un estafador que todavía va a por más: a por la casa, aunque ellas aún (en la espera) no lo sepan. Nunu es quien le revela sobre la falsedad del anillo a Eszter. Sin embargo, Eva no lo sabe, y cuando llega a la casa junto con Lajos, el día de la visita, reclama lo que es suyo:

–Yo no necesito tu dinero –dijo entonces con frialdad y orgullo–. Yo no necesito nada que no sea mío. Sólo quiero lo que mi madre me dejó. […]

–Mi padre me ha dicho que tú guardas mi herencia. Lo único que me queda de mi madre. Devuélveme el anillo, Eszter, devuélvemelo ahora mismo. ¿Me oyes?

–Claro, el anillo –dije.

El tema del anillo continúa en el capítulo siguiente en una diálogo exasperante en el que se puede ver claramente qué tipo de persona es Lajos, y hasta dónde está dispuesto a llegar con sus mentiras.

–¿Cuándo vendiste el anillo?

–¿El anillo?

[…]

–No me acuerdo –respondió a continuación, afable.

[…]

–El anillo, el anillo –repitió con amabilidad, meneando la cabeza, como si quisiera indicar que estaba dispuesto a responder a una pregunta caprichosa y sin importancia, fruto de una curiosidad infundada–. La pregunta es cuándo vendí el anillo. Pues creo que una semana antes de que muriera Vilma. Ya sabes, en aquellos días necesitábamos mucho dinero…

[…]

–Me regalaste una copia. ¿Te recuerdas? –le pregunté acercándome a él.

–¿Que te regalé una copia? –[…]–. Es posible. ¿De verdad que te la regalé?

[…]

–¿Dónde están tus límites, Lajos?

El jugador inmoral

Es sobre todo a partir de esta última pregunta cuando en el diálogo entre Eszter y Lajos se abren los temas referidos a los valores, a la moral, a las cuestiones humanas en un sentido, incluso, espiritual, como es tan propio de la obra de este escritor. El bien y el mal, la injusticia, la mentira, el sentido de la vida, el destino…

–[…] El sentido de la moral, ya lo sabes, no es un rasgo de carácter heredado, sino que es algo que se adquiere. Uno nace sin moral alguna. La moral del hombre salvaje y la moral del niño son diferentes de la moral de un juez de sesenta años que trabaja en un tribunal de casación de Viena o de Amsterdam. Uno adquiere la moral durante toda la vida, de la misma manera que adquiere modales o cultura […] Hay personas que tienen un carácter fuerte, que son unos genios en su carácter, como hay genios en la música o en la poesía. Tú eres así, Eszter, un genio de la moral, no protestes. Yo sé que eres así. Yo, para las cuestiones de la moral, soy un sordo, un analfabeto.

Pocas líneas más adelante, Eszter agrega lo que tiene ella para decir sobre la moral: una acusación sobre la manera inmoral de proceder de Lajos tiempo atrás, cuando se suponía que ambos estaban enamorados y, sin embargo, él se casó con su hermana:

Tú eres un jugador de cartas muy especial: alguien que juega, en vez de con cartas, con pasiones y con seres humanos. Yo era una dama en tus juegos. Luego, te levantaste de la mesa y te fuiste… ¿Por qué? Porque estabas aburrido. Te fuiste porque estabas aburrido. Esa es la verdad. Esa es la horrible e inmoral verdad. A una mujer se la puede apartar, tirar, como se tira una caja de cerillas vacía, por pasión, porque es así la naturaleza del hombre, porque es incapaz de mantenerse al lado de una mujer, o porque quiere lograr más, llegar más alto, y utilizar para ello a todas y a todos. Todo esto lo puedo comprender… Es infame, pero tiene algo de humano. Pero tirar a alguien sólo por aburrimiento… Eso es peor que infame. Para eso no hay perdón, porque es inhumano. ¿Me comprendes?

Sin embargo, en medio de todas estas acusaciones, y a pesar de las acciones nefastas de Lajos que lo condenan moralmente, como esta última y gran hazaña, que es ir a visitar a Eszter para hacerle firmar un papel por medio del cual le ceda lo único que le queda: la casa de su madre y el jardín, hay un aspecto desinteresado en él, una faceta suya más atravesada por el desapego material que por la codicia o avaricia que parecen guiarlo hasta casa de Eszter. Es sobre todo Eva quien pone este aspecto en palabras:

Mi padre no tiene ningún tipo de apego a las casas, los muebles, a los objetos… A veces creo que no le importa siquiera el tener un techo encima de la cabeza. Tiene algo de cazador o de pescador […]. Esto es precisamente lo que nosotros amamos en él, y esto es lo que tú amas en él, Eszter. Mi padre sabe desprenderse de un piano o de un trabajo con la misma facilidad con la que tira un par de guantes usados: no venera los objetos, no venera ninguno, ya lo sabes. […] Yo, desde mi infancia, tuve la sensación de que éramos los miembros de una tribu nómada, que vivíamos en tiendas, que atravesábamos paisajes hostiles o benignos, que mi padre iba delante con su arco y sus flechas en la mano […]. Los elefantes bajan al río para beber, y entre los matorrales mi padre tensa el arco y prepara la flecha.

El amor donde quepa

¿Radica en esa contradicción una de las ideas más potentes del libro sobre el ser humano? Lajos va a “vaciarla” a Eszter y, sin embargo, y a pesar de hacerlo, le entrega las tres cartas que nunca habían llegado a sus manos, las cartas que lo mostraban sensible, enamorado…: la razón del gran desencuentro, y de que él entonces se casara con su hermana por creer que su amor no era correspondido por Eszter. Va a quitarle lo que le queda pero le entrega una revelación que cambia toda la historia (¿un cazador, que siempre mata para dar?). Y sin embargo: ¿la cambia? ¿Deja Lajos de ser un infame sólo por haber escrito tres cartas de amor hace veinte años? Ante la dificultad de responder esto, la tentación es caer en la pregunta sobe el alcance de la moral: ¿existe ser bueno o ser malo? ¿Hay en la figura del cazador una propuesta de ser humano? ¿O apenas se es?

No me sorprende que un libro de Sándor Márai abra estas preguntas. Y así como en La herencia de Eszter se reconocen los temas de su obra, también se detectan los esquemas formales de sus novelas, aquellos que descansan en una estructura de personajes muy potentes, uno principal y generalmente narrador de la historia, que espera a alguien o encuentra a alguien por azar, y entre ambos mantienen un diálogo que bucea en las profundidades del alma donde el rol que juega el pasado parece clave para revelar, cuando está a punto de ser tarde para todo menos para la muerte, que detrás de la infamia estaba el amor y que delante del amor no necesariamente la infamia, porque lo que impera siempre es un margen humano de error y un margen místico de destino. Pienso no sólo en El último encuentro sino también en La extraña y La hermana, por ejemplo.

Palabras y personas que se desvanecen

Se lee en el último párrafo de la novela:

Sin embargo, el viento, aquel viento de finales de septiembre que estaba merodeando alrededor de la casa, abrió los postigos de la ventana con un empujón, agitó las cortinas y, como si trajera alguna noticia de algún lugar, tocó y removió todo en mi habitación. Luego, apagó la vela y se fue.

Es muy difícil no interpretar el viento como metáfora de Lajos. Ese viento, que en esa escena, le impide a Nunu seguir leyéndole la carta a Eszter y entonces los lectores también nos quedamos sin conocer qué más decía, ni qué decían las otras dos. Y así, en tres oraciones más, se apaga la novela, diciendo todo lo que no está dicho: que la palabra como las personas se esfuman sin servirnos, ni unas ni otras, para definir cuál es el límite entre el bien y el mal o dónde empiezan a ser permutables; cuál es el límite entre el silencio y lo dicho, o dónde dejaron de ser, acaso, lo mismo.

Ficha del libro

TítuloLa herencia de Eszter
AutorSándor Márai
EditorialSalamandra
Fecha de ediciónJunio de 2011
GéneroNovela
FormatoPapel & Ebook
Páginas160
mm

Acerca de Florencia del Campo

Florencia del Campo nació en Buenos Aires en 1982. En el año 2013 se mudó a la ciudad de Madrid donde vive actualmente. Su primera novela para adultos publicada en España se titula La huésped (Base editorial, 2016), y más recientemente Madre mía (Caballo de Troya, 2017). Ha publicado, además, libros infantiles. Colabora en diversos medios culturales.

Categoría

Literatura, Novelas