23 de noviembre de 2018

Poesía reunida

Philip Larkin

La poesía reunida de Philip Larkin permite recorrer la obra de este gran poeta inglés del siglo XX a través de sus poemas más destacados, que surgen de sus tres libros de madurez.

Cuando se habla de la poesía de Larkin se marcan dos momentos: su primera etapa, donde tienen lugar sus early poems, y donde sus influencias literarias son, sobre todo, Yeats y Auden; y una segunda etapa, de madurez, que se le abre gracias a la lectura de Thomas Hardy y que, separada ahora del vanguardismo, se ilumina con temas como lo cotidiano, la familia, la casa, el trabajo. Es decir, un viaje desde el simbolismo y la poesía más oscura con sus significados en sombra, a la claridad.

Cuando se habla de poesía larkiana se habla de esta poesía de la vida común, de lo cotidiano, de los temas de la humanidad, sin “criptografías”, con lo mundano a flor de pluma.

En la poesía de Larkin, donde está el hombre común en sus temas, en sus entrañas, está la rima y la métrica en su forma. Y así como a veces está la nostalgia, la pena y la angustia, está también el humor, la ironía y la risa.

La primera mitad de la década del 50, Larkin la pasa en Irlanda del Norte, empleado de bibliotecario en Belfast, y en 1955 se traslada a trabajar en una biblioteca de Hull, en Inglaterra. Estos movimientos, estos viajes, estos desplazamientos; esta extranjería, esta lejanía o periferia, están retratadas en muchos poemas de su obra. En estos años se publica su primer libro de poemas de esta etapa tardía (anteriormente, en los años cuarenta, Larkin publica dos novelas, para luego abandonar ese género para siempre): Un engaño menor o Engaños (según la traducción; 1955). Pero no es hasta la década del 60 cuando Larkin publica el libro con el que salta al reconocimiento: Las bodas de Pentecostés (1964).

A estas obras le sigue Ventanas altas (1974), el libro que acaba por hacer de este poeta todo un éxito de ventas y que lo posiciona definitivamente como un referente de la poesía inglesa.

De estos tres libros de poesía sale la Poesía reunida de Larkin, que hoy podemos leer en edición bilingüe.

La pertenencia y el desarraigo

El tema del lugar de origen, del movimiento, de las mudanzas, de la migración y la tierra, todos, están presentes en varios poemas de Larkin. Las llegadas y las partidas son, además, desde y hacia lugares menos geográficos en ocasiones. Hablan de pasado y de futuro, de juventud o infancia, y de adultez. En estos vaivenes se mueven los versos de algunos poemas de Larkin.

En Engaños, el poema “Lugares, amores” dice:

No, todavía no he encontrado
el lugar del que pueda decir
este es mi sitio,
aquí me quedo

Lo que hace en este poema es identificar esa falta de identificación (sí, una repetición para hacer de eso casi una paradoja) con el lugar y con la falta de compromiso amoroso con una persona: dos desarraigos, dos dificultades para plantar raíces. Sigue el poema:

[…] encontrar eso parece demostrar
que no quieres decidir
dónde construir, ni a quién amar;

El yo poético arriesga que una de las razones por las cuales eso es así podría ser porque el deseo de alcanzar ambas cosas (lugar, amor) todavía no ha aparecido. Como un deseo de libertad, no de anclaje. Pero este no deseo no es una certeza. Antes de esta posible trampa, el yo poético intenta salvarse de esta manera:

[…] así no será tu culpa
si la ciudad te aburre
o la chica es imbécil.

Pero después de un intento de salvación puede venir un intento de honestidad:

Y al no encontrarlos, sin
embargo, te obligas a actuar
como si lo que tienes
en realidad te encantara

“Llegada”, el poema que le sigue, no es la llegada a un sitio sino la llegada a la adultez. Como el poema anterior, el movimiento interno, de llegada o de partida, habla de las posibilidades de felicidad, en última instancia, de una vida:

Pronto será primavera,
pronto será primavera…
y yo, cuya infancia
es un tedio olvidado,
me siento como un niño
que aparece en una escena
de reconciliación entre adultos,
y no entiende nada
[…]

La llegada con la primavera; la llegada a un mundo que ya queda lejos de la infancia. Ahora la “Partida”. La partida con el anochecer; y el desarraigo:

Un anochecer se acerca
[…] cuando se acerca a las rodillas y al pecho
no trae ningún consuelo.

Pero también está en Larkin ese otro registro, el de la ironía y el humor. Cuando el poeta se aleja de la melancolía para acercarse a este tono, entonces, al mismo tiempo, se aproxima a lo cotidiano en su cualidad de rutinario y patético, incluso a las formas de vida absurdas y tramposas de un mundo organizado por un sistema (familiar, laboral, etcétera) que aleja al hombre del hombre, al hombre de sí mismo, al hombre de la poesía:

Pero hoy mismo me largaría,
sí, me pavonearía por caminos llenos de nueces,
[…] si eso no fuera tan artificial,
un paso tan deliberado hacia atrás
para crear un objetivo:
libros; porcelana; una vida
reprensiblemente perfecta.

Los versos recién citados son de “Poesía de la partida”, incluida en Engaños. Creo que es uno de los poemas de ese poemario que mejor refieren a esos “engaños”. Esas farsas, esas traiciones de la vida doméstica, cotidiana, pero tramposa y bestia. Los viajes en Larkin son viajes por el tiempo y por el espacio, por la geografía y por la vida. “Recuerdo, recuerdo” condensa muy bien ambas cosas: es un viaje en tren que, de pronto, se ve atravesado por la sorpresa de haber viajado al lugar de la infancia (el lugar obvio, que no es el destino); un viaje al pasado sin saberlo, porque el tren iba hacia el futuro, hacia el próximo destino:

Cruzando Inglaterra por una línea distinta
por una vez, temprano en el frío de año nuevo,
nos detuvimos, y al ver a unos hombres con unas matrículas
correr por el andén hacia unas puertas conocidas,
«¡Vaya, Coventry!», exclamé. «Yo nací aquí».

Asomé medio cuerpo, y me puse a buscar una señal
de que esa era aún la que fue “mi” ciudad
durante mucho tiempo, pero no tenía muy claro
dónde me encontraba…

Y este extrañamiento es la contracara de aquel reconocimiento de una vida presente, cotidiana, llena de marcas para la identificación, pero la pérdida detrás, siempre la pérdida, porque lo que se pierde es el sentido, y por supuesto, el rumbo. En esa tensión del lugar y el no-lugar aparece también, como otra locura, la tensión del “aquí” con un “no-aquí”. Dos poemas quiero citar al respecto: “Aquí” y “La importancia de otro lugar”, respectivamente.

[…] aquí, donde se apiñan cúpulas y estatuas, agujas y grúas
junto a calles salpicadas de grano, un agua poblada de gabarras,
y habitantes de feas urbanizaciones, que en furtivos
trolebuses han recorrido millas y millas
y ahora empujan grandes cristaleras rumbo a sus deseos:
trajes baratos, cacharros rojos, zapatos de puntera, polos,
batidoras eléctricas, tostadoras, lavadoras, secadoras:
gentes de saldo, urbanas pero simples, a cuya morada
solo llegan vendedores y parientes, encerradas
en una escena bucólica que huele a pescado…

Aquí, ese deíctico que pareciera hablar de un lugar, ese lugar mismo, tal vez, encierra estos engaños. O estas realidades, más reales imposibles. El otro lugar, por su parte, también contribuye a la formación de una identidad, como en el poema anterior son esos habitantes o esas gentes de saldo. El lugar, ahora el otro lugar, es el que condiciona la existencia:

Cuando estaba solo en Irlanda, puesto que no era mi país,
era lógico ser forastero. El salobre rechazo del habla,
que tanto insistía en la diferencia, se me hacía acogedor:
una vez eso quedó constatado, conseguimos comunicarnos.
[…] Vivir en Inglaterra eliminaba esa excusa:
estas son mis costumbres y mis instituciones
y sería mucho más grave rechazarlas.
Aquí no hay ese otro lugar que avale mi existencia.

El hogar

Y entre tanto movimiento, el hogar. Un hogar que no se sabe muy bien dónde está. Que se atraviesa de casualidad, pero no se reconoce. O que se hace evidente en los gestos de la rutina, de la convivencia, de lo tangible. El hogar es la casa, pero también la deriva. Lo permanente y lo provisorio.

El poema “Viernes por la noche en el Royal Station Hotel” transmite muy bien esto:

[…] Qué
aislado es esto, como una fortaleza…
El papel con membrete, hecho para escribir a casa
(si hubiera casa) cartas del exilio…

Hay un famoso poema de Larkin que se llama “Sea este el verso”. A propósito de él Larkin explicó lo complicada que él encontraba la convivencia con los padres. Dijo: «Creo que lo peor de las familias es cómo tus padres te imponen sus neuróticas deficiencias y pautas de comportamiento». Por un lado está esta idea, presente en muchos otros poemas de Larkin, de lo doméstico como foco de incomodidad. En esa línea, en el hogar negativo, el poema “Poesía de la partida” dice:

Todos odiamos nuestro hogar
Y tener que estar en él:
yo detesto mi habitación
[…] así que cuando oigo decir

Los dejó a todos plantados
me entra un cosquilleo, un entusiasmo,
igual que con Entonces ella se desabrochó el vestido

Aparece en el poema recién citado ese tono canalla que Larkin a veces utiliza, sobre todo cuando habla de lo doméstico, de lo familiar, así como del trabajo, es decir, cuando habla de anclajes.

En “Recuerdo, recuerdo”, ese poema en el que el yo poético de pronto descubre que está en el lugar de su infancia, que el tren ha parado justo en él, el recuerdo del hogar viene descrito con ironía larkiana:

[…] pero ahora ya lo tengo todo situado.
Nuestro jardín, primero: donde no inventé
deslumbrantes teologías de flores y frutos,
y donde no me habló un viejo sombrero.
Y aquí tuvimos esa magnífica familia
a la que nunca acudí corriendo cuando estaba deprimido

Hay una idea terriblemente profunda y triste que atraviesa la poesía de Larkin, y es la de que en lo cotidiano (hogar, familia, trabajo) se esconde, se disfraza y hasta se burla lo terrible, lo inevitable, lo único: la soledad, el tedio, la muerte.

Pero si se quedaba de pie mirando el viento glacial
que alborota las nubes, o echado en la cama mohosa
diciéndose que ese era su hogar, y sonreía,
y temblaba, sin sacudirse el temor
de que somos tal como vivimos,
y que si a su edad lo único que podía enseñar
era una caja alquilada no debería dudar
que nada mejor merecía, eso no lo sé.

Como los versos recién citados, que pertenecen al poema “Mr. Bleaney”, “Qué triste el hogar” vuelve a la carga, a cargar la casa de cosas tristes, la casa de cosas. Las cosas también tristes:

Qué triste el hogar.
[…] Ya ves lo que fue:
mira las fotos, y la cubertería.
Las partituras en el taburete del piano. Ese jarrón.
Y de las cosas a la cama. También tristes. Y de la cama al cuerpo. También hogar.
Hablar en la cama debería ser tan fácil
después de tanto tiempo durmiendo juntos,
[…] Pero cada vez pasamos más tiempo en silencio.
(“Hablar en la cama”)

[…] nadie que te viera podría imaginar
que hasta entonces tu belleza no tenía hogar
(“Última cara”)

El tiempo

Son muchos los temas en la poesía de Larkin, y llevaría muchas páginas un análisis exhaustivo. Pero si se pueden pasar por alto algunos, el tiempo no. Porque es demasiada, muy fuerte su presencia en los versos del poeta. «Compás en tres tiempos», por ejemplo, ordena pasado, presente y futuro en tres estrofas de cinco versos cada una. Del presente dice que es «un tiempo tradicionalmente amargado». Del futuro, que al final siempre es presente, dice que es el tiempo «que vio nuestra más remota infancia». «Y al día siguiente será pasado» dice el primer verso de la tercera estrofa, y así habla del paso del tiempo.

Este paso del tiempo tiene un destino inevitable, un destino final, la muerte. Pero poemas como “Sin nada que decir” lo que narran es ese discurrir del tiempo hacia la muerte, ese paso lento de la vida marcado por latidos que son pasos. Ese viaje, al fin, el viaje de nuevo; el viaje del tiempo:

El día que uno pasa cazando un cerdo
o celebrando una fiesta en el jardín,

horas que dan fe
o dan a luz, avanzan
hacia una muerte igualmente lenta.

“Referencia al pasado” introduce la idea utilitaria del tiempo:

Y aunque, cierto, nuestro elemento es el tiempo,
no nos acostumbramos a las largas perspectivas
que se abren a cada instante en nuestras vidas.

Las horas y los días son dos marcas presentes en los poemas del tiempo. Versos como “Aquí enseguida se hace de noche” condensan el viaje mencionado, y su catástrofe, esa deriva inevitable. Cuando el verso dice que enseguida se hace de noche, el poema se oscurece inevitablemente, y el alma queda apagada; eso es la poesía. En el poema “Días”, por su parte, viene la pregunta y la respuesta con cierto cinismo. Es un poema tan bello y perfecto, que vale la pena citarlo entero:

¿Para qué sirven los días?
Los días son donde vivimos.
Vienen y nos despiertan
una y otra vez.
Están para nuestra felicidad.
¿Dónde vivir, sino en los días?
Ah, para resolver esa cuestión
el médico y el cura
se ponen sus largos abrigos
y con prisas recorren los campos.

La vejez y la juventud son las otras dos agujas con las que Larkin marca el tiempo. “Canciones de amor en la vejez” habla de «la infalible sensación de ser joven», de «esa certeza de tener tiempo por delante». El final del poema “Dockery e hijo” resume el curso de la vida, desde la ingenuidad hasta la muerte:

La vida primero es tedio, luego miedo.
La utilicemos o no, pasa,
y deja lo que algo ajeno a nosotros eligió,
y la vejez, y luego el único fin de la vejez.

Y en el ya citado poema “Referencia al pasado”, entre la juventud y la vejez hay un puente que más que unir, asegura a cada uno su lugar, mantiene ambas categorías en sus extremos, pero permite el encuentro, como buen puente permite la unión, aunque más no sea en la coincidencia de la frustración:

[…] desde tu insatisfactoria vejez
a mi insatisfactoria juventud.

Como todo (viaje) termina con la muerte («[…] la segura extinción hacia la que viajamos/ y en la que nos perderemos para siempre. No estar/ aquí, no estar en ninguna parte,/ y pronto; nada más terrible, nada más cierto»), terminar este artículo en la tumba también: «Una tumba para los Arundel» termina, a su vez (el fin del fin del fin) con una estrofa sobre el engaño (como para volver a una de las primeras ideas larkianas) que acaba (de nuevo) con un verso brillante, luminoso, esperanzador (como si después de tanta noche, al fin, amaneciera):

[…] el tiempo los ha convertido en algo
falso. Esa fidelidad en piedra
que nunca pretendieron ha resultado
su blasón final, y demostrado
que nuestro casi instinto es casi cierto:
lo que sobrevivirá de nosotros es el amor.

Ficha del libro

TítuloPoesía reunida
AutorPhilip Larkin
EditorialLumen
Fecha de ediciónMayo, 2014
GéneroPoesía
FormatoPapel & Ebook
Páginas288
mm

Acerca de Florencia del Campo

Florencia del Campo nació en Buenos Aires en 1982. En el año 2013 se mudó a la ciudad de Madrid donde vive actualmente. Su primera novela para adultos publicada en España se titula La huésped (Base editorial, 2016), y más recientemente Madre mía (Caballo de Troya, 2017). Ha publicado, además, libros infantiles. Colabora en diversos medios culturales.

Categoría

Literatura, Poesía