‘Poesía reunida’ de Philip Larkin

La poesía reunida de Philip Larkin permite recorrer la obra de este gran poeta inglés del siglo XX a través de sus poemas más destacados, que surgen de sus tres libros de madurez.

Cuando se habla de la poesía de Larkin se marcan dos momentos: su primera etapa, donde tienen lugar sus early poems, y donde sus influencias literarias son, sobre todo, Yeats y Auden; y una segunda etapa, de madurez, que se le abre gracias a la lectura de Thomas Hardy y que, separada ahora del vanguardismo, se ilumina con temas como lo cotidiano, la familia, la casa, el trabajo. Es decir, un viaje desde el simbolismo y la poesía más oscura con sus significados en sombra, a la claridad.

Cuando se habla de poesía larkiana se habla de esta poesía de la vida común, de lo cotidiano, de los temas de la humanidad, sin “criptografías”, con lo mundano a flor de pluma.

En la poesía de Larkin, donde está el hombre común en sus temas, en sus entrañas, está la rima y la métrica en su forma. Y así como a veces está la nostalgia, la pena y la angustia, está también el humor, la ironía y la risa.

La primera mitad de la década del 50, Larkin la pasa en Irlanda del Norte, empleado de bibliotecario en Belfast, y en 1955 se traslada a trabajar en una biblioteca de Hull, en Inglaterra. Estos movimientos, estos viajes, estos desplazamientos; esta extranjería, esta lejanía o periferia, están retratadas en muchos poemas de su obra. En estos años se publica su primer libro de poemas de esta etapa tardía (anteriormente, en los años cuarenta, Larkin publica dos novelas, para luego abandonar ese género para siempre): Un engaño menor o Engaños (según la traducción; 1955). Pero no es hasta la década del 60 cuando Larkin publica el libro con el que salta al reconocimiento: Las bodas de Pentecostés (1964).

A estas obras le sigue Ventanas altas (1974), el libro que acaba por hacer de este poeta todo un éxito de ventas y que lo posiciona definitivamente como un referente de la poesía inglesa.

De estos tres libros de poesía sale la Poesía reunida de Larkin, que hoy podemos leer en edición bilingüe.

La pertenencia y el desarraigo

El tema del lugar de origen, del movimiento, de las mudanzas, de la migración y la tierra, todos, están presentes en varios poemas de Larkin. Las llegadas y las partidas son, además, desde y hacia lugares menos geográficos en ocasiones. Hablan de pasado y de futuro, de juventud o infancia, y de adultez. En estos vaivenes se mueven los versos de algunos poemas de Larkin.

En Engaños, el poema “Lugares, amores” dice:

No, todavía no he encontrado
el lugar del que pueda decir
este es mi sitio,
aquí me quedo

Lo que hace en este poema es identificar esa falta de identificación (sí, una repetición para hacer de eso casi una paradoja) con el lugar y con la falta de compromiso amoroso con una persona: dos desarraigos, dos dificultades para plantar raíces. Sigue el poema:

(…)
encontrar eso parece demostrar
que no quieres decidir
dónde construir, ni a quién amar;

El yo poético arriesga que una de las razones por las cuales eso es así podría ser porque el deseo de alcanzar ambas cosas (lugar, amor) todavía no ha aparecido. Como un deseo de libertad, no de anclaje. Pero este no deseo no es una certeza. Antes de esta posible trampa, el yo poético intenta salvarse de esta manera:

(…)
así no será tu culpa
si la ciudad te aburre
o la chica es imbécil.

Pero después de un intento de salvación puede venir un intento de honestidad:

Y al no encontrarlos, sin
embargo, te obligas a actuar
como si lo que tienes
en realidad te encantara

“Llegada”, el poema que le sigue, no es la llegada a un sitio sino la llegada a la adultez. Como el poema anterior, el movimiento interno, de llegada o de partida, habla de las posibilidades de felicidad, en última instancia, de una vida:

Pronto será primavera,
pronto será primavera…
y yo, cuya infancia
es un tedio olvidado,
me siento como un niño
que aparece en una escena
de reconciliación entre adultos,
y no entiende nada
(…)

La llegada con la primavera; la llegada a un mundo que ya queda lejos de la infancia. Ahora la “Partida”. La partida con el anochecer; y el desarraigo:

Un anochecer se acerca
(…)
cuando se acerca a las rodillas y al pecho
no trae ningún consuelo.

Pero también está en Larkin ese otro registro, el de la ironía y el humor. Cuando el poeta se aleja de la melancolía para acercarse a este tono, entonces, al mismo tiempo, se aproxima a lo cotidiano en su cualidad de rutinario y patético, incluso a las formas de vida absurdas y tramposas de un mundo organizado por un sistema (familiar, laboral, etcétera) que aleja al hombre del hombre, al hombre de sí mismo, al hombre de la poesía:

Pero hoy mismo me largaría,
sí, me pavonearía por caminos llenos de nueces,
(…)
si eso no fuera tan artificial,
un paso tan deliberado hacia atrás
para crear un objetivo:
libros; porcelana; una vida
reprensiblemente perfecta.

Los versos recién citados son de “Poesía de la partida”, incluida en Engaños. Creo que es uno de los poemas de ese poemario que mejor refieren a esos “engaños”. Esas farsas, esas traiciones de la vida doméstica, cotidiana, pero tramposa y bestia. Los viajes en Larkin son viajes por el tiempo y por el espacio, por la geografía y por la vida. “Recuerdo, recuerdo” condensa muy bien ambas cosas: es un viaje en tren que, de pronto, se ve atravesado por la sorpresa de haber viajado al lugar de la infancia (el lugar obvio, que no es el destino); un viaje al pasado sin saberlo, porque el tren iba hacia el futuro, hacia el próximo destino:

Cruzando Inglaterra por una línea distinta
por una vez, temprano en el frío de año nuevo,
nos detuvimos, y al ver a unos hombres con unas matrículas
correr por el andén hacia unas puertas conocidas,
«¡Vaya, Coventry!», exclamé. «Yo nací aquí».

Asomé medio cuerpo, y me puse a buscar una señal
de que esa era aún la que fue “mi” ciudad
durante mucho tiempo, pero no tenía muy claro
dónde me encontraba…

Y este extrañamiento es la contracara de aquel reconocimiento de una vida presente, cotidiana, llena de marcas para la identificación, pero la pérdida detrás, siempre la pérdida, porque lo que se pierde es el sentido, y por supuesto, el rumbo. En esa tensión del lugar y el no-lugar aparece también, como otra locura, la tensión del “aquí” con un “no-aquí”. Dos poemas quiero citar al respecto: “Aquí” y “La importancia de otro lugar”, respectivamente.

(…)
aquí, donde se apiñan cúpulas y estatuas, agujas y grúas
junto a calles salpicadas de grano, un agua poblada de gabarras,
y habitantes de feas urbanizaciones, que en furtivos
trolebuses han recorrido millas y millas
y ahora empujan grandes cristaleras rumbo a sus deseos:
trajes baratos, cacharros rojos, zapatos de puntera, polos,
batidoras eléctricas, tostadoras, lavadoras, secadoras:
gentes de saldo, urbanas pero simples, a cuya morada
solo llegan vendedores y parientes, encerradas
en una escena bucólica que huele a pescado…

Aquí, ese deíctico que pareciera hablar de un lugar, ese lugar mismo, tal vez, encierra estos engaños. O estas realidades, más reales imposibles. El otro lugar, por su parte, también contribuye a la formación de una identidad, como en el poema anterior son esos habitantes o esas gentes de saldo. El lugar, ahora el otro lugar, es el que condiciona la existencia:

Cuando estaba solo en Irlanda, puesto que no era mi país,
era lógico ser forastero. El salobre rechazo del habla,
que tanto insistía en la diferencia, se me hacía acogedor:
una vez eso quedó constatado, conseguimos comunicarnos.
(…)
Vivir en Inglaterra eliminaba esa excusa:
estas son mis costumbres y mis instituciones
y sería mucho más grave rechazarlas.
Aquí no hay ese otro lugar que avale mi existencia.

Has leído el 50% de este artículo. Te quedan por leer 1.520 palabras más aproximadamente. Regístrate para leer todos los contenidos de Clave de Libros sin restricción. Además te notificaremos por correo electrónico cada vez que publiquemos un nuevo ensayo.

¿Ya eres suscriptor? Accede a Mi cuenta con tus datos de acceso.

Acepto la política de privacidad de Clavedelibros.com.

Deja un comentario