‘Los adioses’ de Juan Carlos Onetti

¿Qué motiva la conducta distante de un hombre enfermo? ¿Quiénes son las mujeres que lo visitan? ¿Cómo se explica un testigo lo que ve o le cuentan? Los Adioses, del uruguayo Juan Carlos Onetti, nos acerca a la mirada de un hombre sobre los momentos finales de la vida.

En primer lugar, se trata de escoger una estrategia. En segundo lugar, de aceptar que cualquier estrategia es más o menos igual de válida que otra. Entonces: escribir sobre Los adioses, la novela del uruguayo Juan Carlos Onetti. Esta novela, por alguna razón que hoy no indagaremos, se edita actualmente en un mismo volumen junto con la primera obra del autor, El pozo (1939). Entonces, elijo reparar en que, en mi ejemplar, las “orejas”, los pequeños dobleces en las esquinas de las páginas, se acumulan claramente en la mitad que corresponde a Los adioses. Eso señala el rastro de una impresión vívida. Los adioses, en el recuerdo, es, sobre todo, el recuerdo de una impresión vívida.

Los datos duros dicen que Los adioses fue publicada originalmente en 1954, por la editorial Sur, en la ciudad de Buenos Aires, en rústica. Aún pueden encontrarse ejemplares a la venta en las librerías de usados porteñas. No es un libro especialmente caro, supuesto su potencial interés para los bibliófilos. La obra es una novela breve que en esa edición original no ocupó más de 88 páginas. Narra, desde la perspectiva de un testigo, la historia de un hombre que se muda a un pueblo serrano para tratarse una enfermedad mortal.

Es la quinta novela de Onetti. La crítica la sitúa como una de las novelas de sus años de madurez, inmediatamente posterior a su novela consagratoria, La vida breve (1950), y la caracteriza habitualmente como un magnífico relato en primera persona en el cual el narrador está lejos de ser omnisciente.

Pero ¿dan cuenta estos datos, sin dudas verdaderos, de la vívida impresión?

Porciones diversas de esperanza, disimulo y reto

Recorro mi ejemplar siguiendo las marcas. No he subrayado y paso la vista por las páginas marcadas tratando de adivinar qué fue lo que quise preservar del olvido.

La primera marca señala sin demora la segunda página de la historia. El párrafo viene de la página anterior y dice:

En general, me basta verlos y no recuerdo haberme equivocado; siempre hice mis profecías antes de enterarme de la opinión de Castro o de Gunz, los médicos que viven en el pueblo, sin otro dato, sin necesitar nada más que verlos llegar al almacén con sus valijas, con sus porciones diversas de vergüenza y de esperanza, de disimulo y reto.

«Porciones diversas de vergüenza y de esperanza, de disimulo y reto». Sin dudas quise ser capaz de volver a hallar eso. La prosa de Onetti se muestra desde el inicio mismo de la novela cincelada por estos golpes certeros y agudos. El que habla es el almacenero del pueblo y se refiere a la procesión de desahuciados que al llegar recalan en su bar, ubicado frente a la parada de ómnibus. El almacenero nos dice que es capaz de saber inmediatamente quién se curará y quién no, y ofrece a nuestra imaginación la escena del viajero que llega con su equipaje, una escena estereotipada y banal:

(…) El hombre entró con una valija y un impermeable; alto, los hombros anchos y encogidos, saludando sin sonreír porque su sonrisa no iba a ser creída y se había hecho inútil o contraproducente desde mucho tiempo atrás, desde años antes de estar enfermo.

No obstante, nos da con precisión la medida de lo que hace única a cada una de las repeticiones de esta misma escena: la proporción específica de vergüenza, esperanza, disimulo y desafío que cada viajero comunica.

La historia ha comenzado.

La defensa contra la aceptación de estar enfermo

Los adioses será, entonces, el relato sobre la peculiar proporción de estas pasiones que anima la vida de uno de esos hombres enfermos a su paso por un pueblo de las sierras.

El nuevo habitante que ha llegado, en lugar de internarse en la clínica del pueblo, ha decidido instalarse en un hotel. En estas páginas iniciales, el almacenero (llamo así a este hombre que regentea un comercio que es a la vez almacén, bar, estafeta postal y lugar de espera frente a la parada del ómnibus) pondrá todo su empeño en hacernos comprender que, según su juicio experto, el recién llegado reniega de su condición de enfermo y de exiliado en un pueblo perdido, que no la acepta y procura neutralizarla:

Después empecé a verlo venir desde el hotel en ómnibus y esperar frente al almacén el otro, el que iba hasta la ciudad; casi nunca entraba, seguía vestido con las ropas que se trajo, siempre con corbata y sombrero, distinto, inconfundible, sin bombachas, sin alpargatas, sin las camisas y pañuelos de colores que usaban los demás. Llegaba después del almuerzo, con el traje que usaba en la capital, empecinado, manteniendo su aire de soledad, ignorando los remolinos de tierra, el calor y el frío, despreocupado del bienestar de su cuerpo; defendiéndose con las ropas, el sombrero y los polvorientos zapatos de la aceptación de estar enfermo y separado.

Pero la principal manifestación de esa denegación, y a su vez la razón de esa espera por el ómnibus que va a la ciudad, es la estratagema de ir regularmente a la más importante ciudad próxima sólo para evitar despachar un par de cartas desde la estafeta del bar:

Supe por el enfermero que iba a la ciudad para despachar dos cartas los días que había tren para la capital, y del correo iba a sentarse en la ventana de un café, frente a la catedral, allí tomaba su cerveza. Yo lo imaginaba, solitario y perezoso, mirando la iglesia como miraba la sierra desde el almacén, sin aceptarles un significado, casi para eliminarlos, empeñado en deformar piedras y columnas, la escalinata oscurecida. Aplicado con una dulce y vieja tenacidad a persuadir y sobornar lo que estaba mirando, para que todo interpretara el sentido de la leve desesperación que me había mostrado en el almacén, el desconsuelo que exhibía sin saberlo o sin posibilidad de disimulo en caso de haberlo sabido.

Juan Carlos Onetti y la narración de una vida ajena

Y aquí se observa un aspecto clave del dispositivo narrativo desplegado por Onetti: «…supe por el enfermero…». Las habladurías, los chismes, la conversación entre pares como combustible para una imaginación reconstructiva serán el modo en que el narrador nos irá pintando la vida del otro.

En cuanto a las cartas, serán también el eje de una serie de conjeturas. Son la respuesta a dos corresponsales que envían a su vez, regularmente, cartas al enfermo. El narrador deduce, porque inevitablemente esas cartas sí llegan a la estafeta, que son enviadas por mujeres. Puede, además, individualizarlas, porque una muestra en el sobre una caligrafía manuscrita mientras que la otra está escrita a máquina.

Si bien Los adioses es, como ya he dicho, una novela corta y los hechos se suceden a un ritmo sin fisuras, el relato tiene cierta parsimonia, carece de prisa o precipitación.

Así, sin preámbulos, una de las mujeres de las cartas, una mujer madura, llegará al pueblo buscando al enfermo:

La mujer bajó del ómnibus, de espaldas, lenta, ancha sin llegar a la gordura, alargando una pierna fuerte y calmosa hasta tocar el suelo; se abrazaron y él se apartó para ayudar al guarda que removía valijas en el techo del coche. Se sonrieron y volvieron a besarse (…)

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