9 de noviembre de 2018

Los adioses

Juan Carlos Onetti

¿Qué motiva la conducta distante de un hombre enfermo? ¿Quiénes son las mujeres que lo visitan? ¿Cómo se explica un testigo lo que ve o le cuentan? Los Adioses, del uruguayo Juan Carlos Onetti, nos acerca a la mirada de un hombre sobre los momentos finales de la vida.

En primer lugar, se trata de escoger una estrategia. En segundo lugar, de aceptar que cualquier estrategia es más o menos igual de válida que otra. Entonces: escribir sobre Los adioses, la novela del uruguayo Juan Carlos Onetti. Esta novela, por alguna razón que hoy no indagaremos, se edita actualmente en un mismo volumen junto con la primera obra del autor, El pozo (1939). Entonces, elijo reparar en que, en mi ejemplar, las “orejas”, los pequeños dobleces en las esquinas de las páginas, se acumulan claramente en la mitad que corresponde a Los adioses. Eso señala el rastro de una impresión vívida. Los adioses, en el recuerdo, es, sobre todo, el recuerdo de una impresión vívida.

Los datos duros dicen que Los adioses fue publicada originalmente en 1954, por la editorial Sur, en la ciudad de Buenos Aires, en rústica. Aún pueden encontrarse ejemplares a la venta en las librerías de usados porteñas. No es un libro especialmente caro, supuesto su potencial interés para los bibliófilos. La obra es una novela breve que en esa edición original no ocupó más de 88 páginas. Narra, desde la perspectiva de un testigo, la historia de un hombre que se muda a un pueblo serrano para tratarse una enfermedad mortal.

Es la quinta novela de Onetti. La crítica la sitúa como una de las novelas de sus años de madurez, inmediatamente posterior a su novela consagratoria, La vida breve (1950), y la caracteriza habitualmente como un magnífico relato en primera persona en el cual el narrador está lejos de ser omnisciente.

Pero ¿dan cuenta estos datos, sin dudas verdaderos, de la vívida impresión?

Porciones diversas de esperanza, disimulo y reto

Recorro mi ejemplar siguiendo las marcas. No he subrayado y paso la vista por las páginas marcadas tratando de adivinar qué fue lo que quise preservar del olvido.

La primera marca señala sin demora la segunda página de la historia. El párrafo viene de la página anterior y dice:

En general, me basta verlos y no recuerdo haberme equivocado; siempre hice mis profecías antes de enterarme de la opinión de Castro o de Gunz, los médicos que viven en el pueblo, sin otro dato, sin necesitar nada más que verlos llegar al almacén con sus valijas, con sus porciones diversas de vergüenza y de esperanza, de disimulo y reto.

«Porciones diversas de vergüenza y de esperanza, de disimulo y reto». Sin dudas quise ser capaz de volver a hallar eso. La prosa de Onetti se muestra desde el inicio mismo de la novela cincelada por estos golpes certeros y agudos. El que habla es el almacenero del pueblo y se refiere a la procesión de desahuciados que al llegar recalan en su bar, ubicado frente a la parada de ómnibus. El almacenero nos dice que es capaz de saber inmediatamente quién se curará y quién no, y ofrece a nuestra imaginación la escena del viajero que llega con su equipaje, una escena estereotipada y banal:

(…) El hombre entró con una valija y un impermeable; alto, los hombros anchos y encogidos, saludando sin sonreír porque su sonrisa no iba a ser creída y se había hecho inútil o contraproducente desde mucho tiempo atrás, desde años antes de estar enfermo.

No obstante, nos da con precisión la medida de lo que hace única a cada una de las repeticiones de esta misma escena: la proporción específica de vergüenza, esperanza, disimulo y desafío que cada viajero comunica.

La historia ha comenzado.

La defensa contra la aceptación de estar enfermo

Los adioses será, entonces, el relato sobre la peculiar proporción de estas pasiones que anima la vida de uno de esos hombres enfermos a su paso por un pueblo de las sierras.

El nuevo habitante que ha llegado, en lugar de internarse en la clínica del pueblo, ha decidido instalarse en un hotel. En estas páginas iniciales, el almacenero (llamo así a este hombre que regentea un comercio que es a la vez almacén, bar, estafeta postal y lugar de espera frente a la parada del ómnibus) pondrá todo su empeño en hacernos comprender que, según su juicio experto, el recién llegado reniega de su condición de enfermo y de exiliado en un pueblo perdido, que no la acepta y procura neutralizarla:

Después empecé a verlo venir desde el hotel en ómnibus y esperar frente al almacén el otro, el que iba hasta la ciudad; casi nunca entraba, seguía vestido con las ropas que se trajo, siempre con corbata y sombrero, distinto, inconfundible, sin bombachas, sin alpargatas, sin las camisas y pañuelos de colores que usaban los demás. Llegaba después del almuerzo, con el traje que usaba en la capital, empecinado, manteniendo su aire de soledad, ignorando los remolinos de tierra, el calor y el frío, despreocupado del bienestar de su cuerpo; defendiéndose con las ropas, el sombrero y los polvorientos zapatos de la aceptación de estar enfermo y separado.

Pero la principal manifestación de esa denegación, y a su vez la razón de esa espera por el ómnibus que va a la ciudad, es la estratagema de ir regularmente a la más importante ciudad próxima sólo para evitar despachar un par de cartas desde la estafeta del bar:

Supe por el enfermero que iba a la ciudad para despachar dos cartas los días que había tren para la capital, y del correo iba a sentarse en la ventana de un café, frente a la catedral, allí tomaba su cerveza. Yo lo imaginaba, solitario y perezoso, mirando la iglesia como miraba la sierra desde el almacén, sin aceptarles un significado, casi para eliminarlos, empeñado en deformar piedras y columnas, la escalinata oscurecida. Aplicado con una dulce y vieja tenacidad a persuadir y sobornar lo que estaba mirando, para que todo interpretara el sentido de la leve desesperación que me había mostrado en el almacén, el desconsuelo que exhibía sin saberlo o sin posibilidad de disimulo en caso de haberlo sabido.

Juan Carlos Onetti y la narración de una vida ajena

Y aquí se observa un aspecto clave del dispositivo narrativo desplegado por Onetti: «…supe por el enfermero…». Las habladurías, los chismes, la conversación entre pares como combustible para una imaginación reconstructiva serán el modo en que el narrador nos irá pintando la vida del otro.

En cuanto a las cartas, serán también el eje de una serie de conjeturas. Son la respuesta a dos corresponsales que envían a su vez, regularmente, cartas al enfermo. El narrador deduce, porque inevitablemente esas cartas sí llegan a la estafeta, que son enviadas por mujeres. Puede, además, individualizarlas, porque una muestra en el sobre una caligrafía manuscrita mientras que la otra está escrita a máquina.

Si bien Los adioses es, como ya he dicho, una novela corta y los hechos se suceden a un ritmo sin fisuras, el relato tiene cierta parsimonia, carece de prisa o precipitación.

Así, sin preámbulos, una de las mujeres de las cartas, una mujer madura, llegará al pueblo buscando al enfermo:

La mujer bajó del ómnibus, de espaldas, lenta, ancha sin llegar a la gordura, alargando una pierna fuerte y calmosa hasta tocar el suelo; se abrazaron y él se apartó para ayudar al guarda que removía valijas en el techo del coche. Se sonrieron y volvieron a besarse (…)

Una convicción, el derecho a un orgullo

Al llegar, la mujer tiene la ocasión de mantener una breve conversación con el almacenero. Fiel al dispositivo elegido, la escena sirve a Onetti para que el narrador se entere por medio de otra persona que el hombre taciturno ha sido un conocido basquetbolista. En una página marcada con un doblez en la esquina, el narrador dice:

Sin alegría, pero excitado, pude explicarme la anchura de los hombros y el exceso de humillación con que ahora los doblaba, aquel amansado rencor que llevaba en los ojos y que había nacido no sólo de la pérdida de la salud, de un tipo de vida, de una mujer, sino, sobre todo, de la pérdida de una convicción, del derecho a un orgullo.

Lo impresionante de estas cinceladas de Onetti es la velocidad con que las ejecuta: «la pérdida de una convicción, del derecho a un orgullo». Breves, fugaces, pero significativas. Un lector apresurado podría tal vez pasar sobre ellas sin reparar en su magnitud. Se perdería, en ese caso, que esas cuñas incrustadas en la sucesión de los hechos, esas observaciones, esas hipótesis breves y veloces, son también puntadas que hilvanan algo más que un simple relato de aconteceres.

La mujer se instala con el hombre en el hotel y el flujo de correspondencia se interrumpe. Se produce en el enfermo un cambio de hábitos y de temperamento. Se pone locuaz y establece por fin algún contacto con los habitantes del pueblo.

Por supuesto, el cambio dura lo que dura la presencia de la mujer. Una vez que se haya ido, el hombre enfermo volverá a sus maneras distantes:

Cuando ella se fue, el hombre volvió a visitar la casa que había alquilado, a veces desde la mañana, con un envoltorio de cosas para el almuerzo, y no aparecía hasta la noche, arrinconado en su mesa del hotel, abstraído y lacónico, apresurándose a reconstruir los muros de separación que había derribado catorce días antes, exterminando todo tallo de intimidad con su mirada gris, discretamente desconsolada.

Pero las mujeres que escribían al hombre eran dos, y no tardará en llegar al pueblo la segunda:

Era flaca, rubia, triste, vestida de negro, con un gran escote, con un collar de perlas, con un broche de oro encima del corazón, con una mueca nerviosa que le desnudaba la encía superior, una contracción alegre, asqueada y feroz que le alzaba instantáneamente el labio y se deshacía con lentitud (…)

Es más joven que la otra y también ha venido a reunirse con el hombre enfermo. La visita alentará las habladurías de los residentes, y mientras esta mujer esté en el pueblo, llegará una nueva carta manuscrita, que el almacenero guardará para entregar en mejor momento.

Hay, en todo este episodio un párrafo que se me hace bellísimo. Dice el almacenero:

De modo que se fueron para la sierra poco después que yo dejé de verlos abrazados en la escalera, cuando el cuerpo de la muchacha corregía la furia inicial para ofrecer solamente cosas que no exigían correspondencia: protección, paciencia, variantes del desvelo.

Otra vez una de esas enumeraciones que marcan el estilo de Onetti: sintéticas en su brevedad, analíticas en su precisión.

A medida que avanza la lectura, algo más de la estrategia narrativa se hace notable: el narrador no deja de transcribir diálogos en los que participa. Sin embargo, ninguno de esos diálogos involucra al hombre enfermo. De manera algo taimada, Onetti es fiel a la idea de que lo que importa en la narrativa es la acción y expresa ese principio mediante el hecho de que el narrador toma nota de las acciones del otro, las que vé por sí mismo o las que le cuentan y, aunque especula sobre sus motivaciones, no toma en consideración para nada ni procura conocer lo que ese personaje tuviera para decir. Las pocas conversaciones entre el almacenero y el enfermo están contadas, salvo una única excepción, en estilo indirecto, o son la transcripción de un fragmento de conversación del hombre con alguna otra persona, pescado al vuelo.

Al contrario, las conversaciones con otros personajes, superficiales, prácticas, más bien válidas como manifestación del acto de transmitir chismes que por la información que contienen, son recreadas como diálogos literales:

-Una cerveza helada, si le viene bien. -Se hechó a reír y me palmeó-. Así están las cosas. Por fin dejó la cueva y almorzaron en el hotel; ella se va hoy. Puede ser que ya no aguantaran más eso de estar juntos y encerrados. De todos modos, parece un suicidio. Se lo dije a Gunz y tuvo que darme la razón. Y el tipo siguió con la cuenta del hotel, completa, toda la semana. Y, hablando de todo, hace mal también por ella; no es caballeresco, no debía haberla llevado al hotel, donde todo el mundo lo vio vivir con la otra. Todos saben que han dormido juntos en el chalet desde que ella llegó. Y ella, puede imaginarse, todo el almuerzo mirando el plato, escondiendo los ojos. En todo caso, él no debiera exponerla, provocar mostrándola. Yo no lo haría. Ni usted.

Son las palabras del enfermero las que el almacenero transcribe.

La otra mujer partirá, entonces.

Y tras su partida, seguirán las especulaciones sobre la relación del hombre con cada una de las mujeres. Los residentes compondrán una escena verosímil donde una es la esposa y la otra la amante, se comunicarán la indignación y tomarán partido.

Tiempo de Los adioses

Casi todos los personajes han sido presentados. Tenemos una hipótesis, urdida por el almacenero y avalada por los demás residentes, acerca de la relación que los vincula y el drama que viven: un hombre enfermo se ha retirado a la sierra con la intención formal de curarse mas con la íntima convicción de despedirse, y dos mujeres procuran acompañarlo de alguna manera en ese trance final, en una competencia de amor.

Tenemos también un tema o un motivo: Los adioses es una novela sobre los sentidos profundos que creemos vislumbrar detrás de lo hechos de las vidas ajenas.

Sin embargo, lo único que podemos saber hasta aquí es que el narrador testigo ha especulado o conjeturado basado en observaciones circunstanciales, información fragmentada y habladurías.

Y, no lo olvidemos, que se ha guardado una carta.

Ficha del libro

TítuloLos adioses
AutorJuan Carlos Onetti
EditorialDebolsillo
Fecha de ediciónJunio, 2016
GéneroNovela
FormatoPapel & Ebook
Páginas256
mm

Acerca de Pablo Ferraioli

Nacido en Buenos Aires, vive en la ciudad de La Plata, donde se graduó como Licenciado en Comunicación Social. Tiene también un diploma en Comunicación y Gestión Cultural por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Ha publicado dos libros de cuentos y textos breves (Elephant Talk, Funesiana, 2016 y Abominables, Gata Peluda, 2018). Es padre de tres hijos.

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Categoría

Literatura, Novelas