8 de diciembre de 2017

Respiración artificial

Ricardo Piglia

Respiración artificial tiene dos características, es una novela tipo ‘matrioshka’, es decir, no cuenta una sola historia, sino cuatro, cuyo hilo conductor es Emilio Renzi que es el protagonista y narrador de tres de ellas, la otra historia crea la ilusión de que las contiene a las otras tres. Además, se caracteriza por hacer de la imaginación el lugar de encuentro entre dos personajes históricos y disímiles entre sí como fueron Hitler y Kafka y las consecuencias que pudo haber tenido dicha charla.

Para ese día de noviembre de 2013 había leído muy poco de su obra. Un fragmento de El último lector, ¿qué fragmento? Ni siquiera lo recuerdo. Sólo que era lectura obligatoria para la universidad, nada más; y el cuento «La loca y el relato del crimen». Me gustó ese relato de la mujer que perdió su mente, pero era la única testigo de un crimen. (Un mes después presenté como trabajo final una ambigüedad para una de las materias más temidas de la universidad. En esa ambigüedad estaba incluido este relato. Más bien no reprobé esa materia, más bien tenía puntos que solventaban mi aprobación, pero estoy divagando).

Esos fueron los únicos acercamientos que tuve a la obra de Ricardo Piglia. Ese día de noviembre solamente estaba esperando la llegada del invitado a la Feria Internacional del Libro de Santiago (Filsa) sin fanatismo, pero con curiosidad. El que sí lo esperaba con ansiedad era mi amigo el poeta sonetista uruguayo Leonardo León.

Cuando lo vi entrar al salón donde impartiría la charla me pareció ver a Bilbo Bolsón de El señor de los anillos. No muy alto, hombre de más de sesenta años, caminaba a pasos acelerados como si lo único que quisiera fuese llegar, lo más rápido posible, a la mesa del frente, evitando a toda costa a todos los lectores piglianos que le abordaban con un sinfín de libros para que los autografíe. Parecía molesto o cansado de ese asedio. Mi amigo poeta lo saludó muy respetuosamente y le hizo un comentario sobre una obra específica, creo que era sobre uno de sus ensayos. Ricardo Piglia giró a observarlo, se detuvo un instante para intercambiar unas cuantas palabras con el poeta sonetista uruguayo. Yo estaba detrás junto con otra poeta, las dos estábamos mirando esta fugaz charla en silencio. Sólo fue un intercambio de palabras entre dos desconocidos, que lo único que tenían en común era el aprecio por la palabra escrita; luego el escritor argentino giró y continuó su paso rápido y fue a sentarse a la silla que cordialmente le ofrecían los encargados de la Filsa.

Ése fue el único encuentro en persona que tuve con el escritor argentino, muy a la rápida, sin mucho interés por mi parte sin ningún interés por parte suya. Si en ese entonces habría leído Respiración artificial, tal vez hubiese sido parte de esos fanáticos que lo abordaban en la Filsa. Sigue muy fresca en mi cabeza las palabras que leí en esta novela. Cierro los ojos y me parece que escucho esa parte de la conversación entre el polaco expatriado Tardewski y Emilio Renzi que me pareció fascinante, extrema, intensa. No suelo usar adjetivaciones, pero esa conversación entre estos dos personajes me impactó porque trasciende la ficción y también trasciende la realidad.

Iré por partes. El plato fuerte lo dejaré para el final.

Nació el 24 de octubre de 1940, en Androgué, Argentina y murió a principios de este año (6 de enero, 2017) a causa de las complicaciones que padecía hace dos años, la esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Un poco de información tipo nota de prensa que todo el mundo puede indagar poniendo en un buscador el nombre de este escritor. ¡Hay tanto material que se ha escrito sobre él como de su obra! Papeles que podrían pavimentar kilómetros y kilómetros de una gran avenida… Incluso este escrito, posiblemente vaya a ser una contribución para ese empapelamiento de aquella vía imaginaria.

Leila Guerriero en la entrevista que denominó «Delator de realidades» realizada a Piglia explica que cuando apareció Respiración artificial Argentina se encontraba bajo el yugo dictatorial de Videla: «Todos vieron subterráneas alusiones a la dictadura, que se multiplicaron en el espíritu de los lectores asfixiados de la época, y Piglia devino un autor fundamental», pero ¿qué pasa cuando lees una novela muchos años después, mucho después de que ésa como otras dictaduras en América Latina hayan acabado?, ¿qué pasa cuando lees una novela de esta clase y no tienes como recuerdo vivencial un régimen dictatorial? El escritor en dicha entrevista le dijo a la cronista: «El libro sintonizó con algo. De una manera completamente ajena, porque yo no tenía ninguna intención de decir: ‘Voy a escribir un libro sobre la dictadura’. Yo, en realidad, quería escribir la historia de un tío mío».

Las obras, las buenas obras son anacrónicas porque no se estancan en el momento socio histórico en el que fueron concebidas. Cuando un lector nuevo de cualquier época lea estos libros siempre encontrará nuevos sentidos, nuevas interpretaciones.

Como una matrioshka

Lo confieso, tengo predilección por esas novelas que no sólo cuentan una historia sino varias a la vez y, de alguna manera, todas ellas se enlazan entre sí.

Las matrioshkas son esas muñecas rusas huecas por dentro que cuando levantas una te encuentras otra más pequeña por dentro, y luego otra y otra y así sucesivamente. En algunos casos, es la misma muñeca pero reducida en tamaños diferentes, se podría decir que todas ellas tienen ese lazo en común. Manteniendo esta lógica, Respiración artificial tiene a su protagonista Emilio Renzi como el lazo que relaciona a todas las otras historias.

Si tuviese que resumir esta novela compleja, la simplificaría de esta manera: Emilio Renzi reconstruye la historia de su tío Marcelo Maggi a través de la comunicación epistolar que mantiene con aquél, luego tiene una entrevista con Luciano Ossorio y, finalmente, conoce y tiene una increíble charla con Vladimir Tardewski. Tres historias: la de Marcelo Maggi, la del exsenador Luciano Ossorio y la del polaco expatraido Vladimir Tardewski, falta una historia para tener a la matrioshka completa: la de Enrique Ossorio que cuenta su historia desde sus escritos autobiográficos ciento cincuenta años antes de las otras tres historias. Esta otra narrativa es la que puede llegar a confundir al lector porque, según Enrique, escribe una novela sobre el futuro y en un momento parece que las otras historias son contenidas por ésta.

¿Quiénes son esos otros dos personajes? Son junto a Enrique Ossorio, el abuelo de Luciano, los personajes más importantes de esta novela, cada uno con su historia particular. Cada uno, de una u otra forma interactúa con Renzi, por eso es el lazo en común de esta matrioshka que es Respiración artificial.

El soporte escritural

Emilio Renzi publica una novela de tipo familiar, en la que relata lo que para él era la enigmática vida de su tío: «¿Hay una historia? Si hay una historia empieza hace tres años. En abril de 1976, cuando se publica mi primer libro, él me manda una carta…».

Cartas sobre los secretos y engaños familiares, rectificaciones por el propio Maggi; cartas de corte pedagógico de un tío que enseña a su sobrino sobre literatura, y sobre todo historia y más específicamente sobre los Ossorio, el exsenador Luciano Ossorio y el bisabuelo, Enrique Ossorio secretario de Juan Rosas en la época independista de Argentina. Fue acusado de ser espía de Lavalle, por tal motivo fue exiliado. En su exilio se dedica a buscar oro y a escribir sus memorias y algunos escritos que según este personaje se conectarán con los sucesos de 1970, casi 150 años después de su existencia.

Luciano Ossorio, hombre nonagenario…

Los hijos lo tenían recluido en un ala de la casa y le daban toda la droga que quisiera con tal que se dejara de joder. Yo lo quiero a ese hombre, me escribía Maggi, y si te confundió conmigo es porque yo tenía tu edad cuando empecé a frecuentarlo. Siempre me entendí mejor con él que con su hija Esperancita, a quien Dios tenga en la gloria. A veces lo sacaba a tomar sol, empujando la silla de ruedas, y el viejo estaba hablando lo más tranquilo y de pronto daba vuelta la cara, lívido, y me decía: Nunca aceptés decir un discurso arriba de un palco aunque sea el 25 de mayo. ¿Me oís, Marcelo? Aunque sea el 25 de mayo y esté el embajador inglés y toda la parentela, vos no aceptés porque es ahí donde los tipos aprovechan para meterte un tiro en la columna vertebral.

Este hombre tullido estaba interesado en reconstruir la historia de Enrique Ossorio, y veía en Marcelo al hombre que por medio de un escrito biográfico limpiaría el honor del que fue su bisabuelo.

Emilio relata esa comunicación epistolar que mantuvo por un tiempo con su tío. Aunque tal vez habría preferido saber más de Marcelo, éste poco a poco empieza a contarle menos de sí mismo y más sobre el libro que escribe:

De hecho, la historia de Enrique Ossorio se fue construyendo para mí, de a poco, fragmentariamente, entreverada en las cartas de Marcelo. Porque él nunca me dijo explícitamente: Quiero hacerte conocer esta historia, quiero hacerte saber qué sentido tiene para mí y lo que pienso hacer con ella. Nunca me lo dijo de un modo directo pero me lo hizo saber, como si en un sentido ya me hubiera nombrado su heredero, como si previera lo que iba a pasar o lo temiera. Lo cierto es que yo fui reconstruyendo, fragmentariamente, la vida de Enrique Ossorio.

Así va yendo y viniendo la comunicación epistolar entre tío y sobrino hasta que es interrumpida por Marcelo. En la última carta que le escribe a su sobrino le pide que visite a Luciano Ossorio y luego le invita a Concordia, el pueblo donde habitaba desde hace unos años, para por fin conocerse en persona. Emilio escribe una breve reflexión sobre la comunicación epistolar a modo de que desista de ya no escribirle más:

Hace un rato recibí tu carta. Punto uno: por supuesto iré a verte cuando quieras. Punto dos: ¿qué significa el aviso de que por un tiempo no voy a recibir noticias tuyas? Quiero aclararte que no tenés ninguna obligación de escribirme a fecha fija, ninguna obligación de contestarme a vuelta de correo o cosa parecida. No me parece que se trate de jugar una carta atrás de otra como en el truco. No me parece que haya que confundir la correspondencia con una deuda bancaria, si bien es cierto que en algo están ligadas: las cartas son como letras que se reciben y se deben. Uno siempre tiene algún remordimiento por algún amigo al que le debe una carta y no siempre la alegría de recibirlas compensa la obligación de contestarlas. Por otro lado, la correspondencia es un género perverso: necesita de la distancia y de la ausencia para prosperar.

Monólogo de un exsenador

¿Delirio o realidad?:

¿Las imagino, las sueño? ¿Esas cartas? No me están dirigidas. No estoy seguro, a veces, de no ser yo mismo quien las dicta. Sin embargo», dijo, «están ahí, sobre ese mueble ¿las ve? Ese manojo de cartas», ¿las veía yo?, sobre ese mueble. «No las toque», me dijo. «Hay alguien que intercepta esos mensajes que vienen a mí. Un técnico», dijo, «un hombre llamado Arocena. Francisco José Arocena. Lee cartas. Igual que yo. Lee cartas que no le están dirigidas. Trata, como yo, de descifrarlas. Trata», dijo, «como yo de descifrar el mensaje secreto de la historia.

¿Esas cartas, de verdad existen? O son solamente ¿los desvaríos de un viejo drogadicto?, ¿las veía Emilio?, son cartas que le escriben los muertos le confía Luciano. Cartas que vienen de un pasado, escritos que hablan de un futuro…

Francisco José Arocena, ¿quién es este tal Arocena? Parece una especie de espía, pero tampoco queda claro si realmente lo es, lo único que prevalece es la sugerencia de esa posibilidad:

«Usted, joven», dijo después, «usted entonces irá a verlo a Marcelo. Debe decirle esto: Que se cuide. Que apenas recibo ya sus cartas. Hay interferencias, graves riesgos. Que se cuide y se resguarde. Arocena, ese mandria, interrumpe la comunicación, interfiere los mensajes. Trata de descifrarlos. ¿O son mis hijos los que custodian la entrada y no dejan pasar las palabras a este lado?

Escritos entremezclados

¿Reconstrucción de la vida de un tío?, ¿reconstrucción de un personaje histórico?, o simplemente ¿un juego ficcional?, o ¿todas las posibilidades anteriores?

Luciano como Marcelo están interesados en el pasado, es decir, en la reconstrucción de la vida de Enrique y éste está interesado en el futuro, incluso Enrique empieza a escribir una novela utópica que hablará de la Argentina de 1979, justo la época de Emilio Renzi. Así es la relación entre estos tres personajes:

He pensado escribir una utopía: narraré allí lo que imagino será el porvenir de la nación. Estoy en una posición inmejorable: desligado de todo, fuera del tiempo, un extranjero, tejido por la trama del destierro. ¿Cómo será la patria dentro de 100 años? ¿Quién nos recordará? A nosotros ¿quién nos recordará? Sobre esos sueños escribo.

Marcelo lee los papeles dejados por Enrique. Sin embargo, esa sería una primera «capa» porque después aparece el tal Arocena que lee todo, pareciera que lee desde los escritos de Enrique, las cartas que recibe Luciano, hasta las cartas entre Emilio y Marcelo. Como un espía o alguien que se pone por encima de todos. Este tal Arocena podría representar a la dictadura, a ese ambiente que me imagino se vivía en esas épocas. Me recuerda a lo que cuenta Piglia en Los diarios de Emilio Renzi, cuando se refiere al ambiente dictatorial que le tocó vivir. Recuerda que había esa constante vigilia, el poder gubernamental que controlaba a todos y siempre se tenía esa sensación de ser vigilados, así es este Arocena.

Una de las cartas estaba cifrada. O todas. Arocena reordenó las que tenía desplegadas sobre el escritorio. Revisó los sobres y estableció rápidamente un primer sistema de clasificación. Caracas. Nueva York. Bogotá; una carta a Ohio, otra a Londres; Buenos Aires; Concordia; Buenos Aires. Numeró las cartas: eran ocho. Dejó a un costado la carta de Marcelo Maggi a Ossorio que recién había leído (…). Alzó la hoja y la observó a contraluz. La dejó otra vez en el escritorio y empezó a leer.

¿Quién reconstruye a quién? La «utopía» del porvenir de Enrique, se asemeja más a una antiutopía:

18.7.1850

Otra diferencia entre la novela que quiero escribir y las utopías que conozco (T. Moro, Campanela, Bacon): en mi caso no se trata de narrar (o describir) esa otra época, ese otro lugar, sino de construir un relato donde sólo se presenten los posibles testimonios del futuro en su forma más trivial y cotidiana, tal como se le presentan a un historiador los documentos del pasado. El protagonista tendrá frente a sí papeles escritos en aquella época futura.

Un historiador que trabaja con documentos del porvenir (ése es el tema). El modelo es el cofre donde guardo mis papeles. ¿Qué podría inferir de ahí alguien que los leyera dentro de 100 años, sin tener frente a sí nada más, sin conocer otra cosa de esta época cuya vida trata de reconstruir?

Realmente es una caja china o una matrioshka, porque funciona de las dos maneras posibles. Luciano Ossorio y Marcelo Maggi reconstruyen la historia biográfica de Enrique Ossorio y éste con su «personaje» que podría ser Arocena tiene en sus manos documentos, correspondencia de otras personas. Como si fuera esa otra escala de la realidad, ¿cuál sería la realidad? Tendría que ser la de Emilio Renzi, pero Enrique abre esa segunda posibilidad:

El tiempo «real» de la novela irá desde marzo de 1837 a junio de 1838 (Bloqueo francés, Terror). Durante ese lapso, por medio de un procedimiento que debo resolver, el protagonista encuentra (tiene en su poder) documentos escritos en la Argentina en 1979. Reconstruye (imagina) al leer, cómo será esa época futura.

La utopía de Enrique si no es una antiutopía es como un sarcasmo… Incluso si su personaje fuese Arocena con esa obsesiva idea de leer cartas ajenas y tratar de decodificarlas ya crea un ambiente que se siente cuando una lee 1984, o We:

La escritura ingenua, pensó Arocena. Por ese lado no lo iban a sorprender. Winnesburg, Ohio: se repite tres veces. Comprendió que había también cierta recurrencia en las palabras mal escritas. Las anotó, aparte, en una ficha. Después contó las letras: conectó ese número con el total de palabras de la carta: analizó esa cifra: clasificó según ese número las vocales del alfabeto. Trabajaba con la hipótesis de que el código debía estar cifrado en la misma carta. Todo podía ser un indicio para encontrar la clave que le permitiera descubrir el mensaje secreto.

Incluso hay una carta de Enrique Ossorio a Marcelo Maggi, obviamente esta carta no podría existir porque entre ambos hay como 150 años de distancia, es un juego ficcional, imaginación pura. Arocena podría ser el personaje de la novela de Enrique y aquél cree que es como una especie de espía.

Una charla intelectual e imaginativa

La segunda parte tiene otro tinte. Renzi va a Concordia a encontrarse con Marcelo y, mientras le espera, conversa con el amigo de aquél, el polaco Vladimir Tardewski. La charla entre ambos invita al lector a ser parte de la misma porque versa en temas diversos y de gran interés como la política, la situación actual de esa época en Argentina, la historia europea, sobre algunos filósofos, sobre algunos escritores como James Joyce o Borges o Arlt. Temas de gran interés que se entrecruzan con las historias de esos personajes fracasados que son amigos de Tardewski.

Entre esos amigos se encuentra Marconi, un poeta mediocre. Es increíble los sentidos que se le puede dar a la poesía. Este poema soñado por este poeta es un ejemplo de eso, ya que dentro de la novela tiene dos sentidos diferentes que sugieren Renzi y luego Tardewski:

Soy

el equilibrista que

en el aire camina

descalzo

sobre un alambre

de púas

la primera interpretación es de Emilio que le pide que lo titule: «Retrato del artista». Esta segunda parte, se podría decir, gira alrededor de este poema y de los sentidos de estos lectores.

El fracaso, el fracasado

¿Quién es Tardewski? Como él mismo se describe es un fracasado que había elegido serlo. Tenía un futuro prometedor, pero estalló la Segunda Guerra Mundial y tuvo que huir de Europa en un barco que lo llevó hasta Argentina. No obstante, más que una definición pesimista, el fracaso para Tardewski es un ideal filosófico, incluso una forma de vida:

Sentía inclinación por lo que uno llama tipos fracasados, dijo. Pero ¿qué es, dijo, un fracasado? Un hombre que no tiene quizás todos los dones, pero sí muchos, incluso bastantes más que los comunes en ciertos hombres de éxito. Tiene esos dones, dijo, y no los explota. Los destruye. De modo, dijo, que en realidad destruye su vida. Debo confesar, dijo Tardewski, que me fascinaban. Todos esos fracasados que circulan especialmente en los alrededores de los ambientes intelectuales, siempre con proyectos y libros por escribir, lo fascinaban, dijo. Hay muchos, dijo, en todos lados, pero algunos de ellos son hombres muy interesantes, sobre todo cuando han empezado a envejecer y se conocen bien a sí mismos.

El fracasado es el que mira más que los otros, de ahí surge el concepto de ostranenie (distanciamiento o extrañamiento): «Pero retomando lo que le decía, esa forma de mirar afuera, a distancia, en otro lugar y poder así ver la realidad más allá del velo de los hábitos, de las costumbres. Paradójicamente es al mismo tiempo la mirada del turista, pero también, en última instancia, la mirada del filósofo». El fracaso de Tardewski es una falsa modestia. Fracaso. Era el sueño juvenil de Tardewski, tenía que convertirse en un fracasado porque así era el final de los filósofos, tal vez de los grandes filósofos…

De todos modos, dijo, no había sido fácil realizar las ilusiones de fracaso que había soñado en su juventud. Durante un tiempo, dijo, incluso en medio de una situación general desesperada, las oportunidades de éxito se siguieron presentando y más de una vez, dijo, fue necesaria la ayuda del azar para lograr que un joven brillante como se suponía que yo era, alcanzara la altura más plena de ese fracaso que él había descubierto, tardíamente pero con total certeza, como la única verdadera forma de vivir que puede considerarse, de un modo cabal, filosófica.

Así como Tardewski define al fracaso, yo lo entiendo también como el que va contracorriente como Nietzsche, el gran filósofo que fue mal comprendido en su época. Ya desde Sócrates sucedía esto, afirma Tardewski. Cuando menciona a los profesores de la universidad de Buenos Aires, los describe como unos tipos que, por seguir perteneciendo al círculo de intelectuales, habían aprendido a omitir sus ideas propias, sólo repetían lo que la mayoría decía sin cuestionarlas. Es Tardewski que empieza a disentir con ellos:

Yo hablaba con esas eminencias argentinas y de a poco comencé a insinuar, con cierta tímida reserva en francés, a insinuar que Ortega y Gasset (…) este filósofo español, a pesar de la duplicación ilusoria que insinuaba su apellido, no deja de ser, les decía yo, con timidez, en mi suave francés, no deja de ser uno, esto es, les dije: un asno. A ellos esto les pareció un exceso, fruto de los excesos de la juventud y de la desdichada situación por la que atravesaba mi tierra natal, arrasada por una conjunción donde se entreveraban la filosofía alemana, los blindados nazis y los voluntarios españoles de la Legión Azul. Confiaban en el paso del tiempo que todo lo aplaca y todo lo sosiega, y en mi lenta pero paulatina asimilación a las tradiciones culturales argentinas, para que yo terminara, como quien dice, por amaestrarme.

Al final de tanto cuestionar a las masas de intelectuales argentinos, estos terminan desdeñándolo, pero eso era lo que él quería, ser un fracasado:

Me miraron como a un polaquito malsonante, disonante, malsano, insano, insalubre, enfermizo, enclenque, achacoso, maltrecho, estropeado, resentido, dañino, dañoso, nocivo, perjudicial, pernicioso, ruin, bellaco, fastidioso, deslucido, penoso, desagradable, fracasado. Así me miraron ellos, así me vieron: como lo que yo realmente era, dijo Tardewski.

De modo, dijo, que salí de ese salón habiendo roto para siempre con esa zona o comarca de la inteligencia argentina que hubiera podido asegurarme un ingreso decoroso en el decorativo mundo universitario nacional.

«Lo que podemos imaginar siempre existe»

Orgullo intelectual vs. el sueño de fracasar… Tardewski se enfrenta a esta paradoja. El fracaso como el sueño romántico del filósofo en contraposición a las ansias de demostrar a los otros cuán inteligente es. Este polaco «descubre» un posible encuentro entre dos personajes históricos y piensa que con ese escrito se convertirá en un hombre de éxito. En vez de encumbrarlo lo conduce al fracaso total, pero ese descubrimiento, independientemente de si eso haya sido real o no, es una joya literaria, una oda a la imaginación. Piglia en El último lector explica esa sensación que sentí luego de leer el «descubrimiento» de Tardewski: «Entonces comprendí lo que ya sabía: lo que podemos imaginar siempre existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño».

Tardewski reconstruye minuciosamente una etapa específica de Hitler, cuando él era joven, era bohemio y quería convertirse en pintor. Entre 1909 y 1910 el futuro Führer huye del enlistamiento militar.

Kluge señalaba que Hitler había pasado esos meses refugiado en Praga. En esa nota al pie agregaba, al pasar, para demostrar lo detallado de su investigación, que uno de los sitios frecuentados casi diariamente por Hitler era el café Arcos (…)

Al leer esa pequeña nota al pie se produjo una instantánea conexión, lo único parecido a eso que los científicos y los filósofos suelen experimentar, o al menos describir con alguna frecuencia, y que llaman un descubrimiento: la inesperada asociación de dos hechos aislados, de dos ideas que, al unirse, producen algo nuevo. En mi caso se trataba de la conexión entre dos textos leídos de un modo sucesivo y del todo casual (…)

Entre las citas y los textos de Kafka o de Brod transcritos en esa reseña hubo una referencia en la que apenas reparé ese domingo pero que se encendió, como una luz, al día siguiente, mientras leía la nota a pie de página de Kluge. Era esta, dijo Tardewski y volvió a abrir el cuaderno. Max Brod animó al siempre indeciso Kafka a ligarse a los ambientes intelectuales del café Arcos, leyó Tardewski, e impidió hasta 1911 que Kafka se aislara del mundo que lo rodeaba.

Es decir, dos hombres, quizás opuestos entre sí cuyas historias de vida en un caso trajo destrucción de la humanidad y en el otro un ensalzamiento a la creación literaria del siglo XX, pudieron haber frecuentado el mismo café. Se habrían conocido, incluso habrían conversado. ¿Qué podría conversar Hitler con Kafka? La imaginación al poder, como decía el movimiento hippie en los setenta y Piglia en Respiración artificial crea esa posible charla…

Tardewski argumenta esa posibilidad con la versión de Mein Kampf (Mi lucha) de Hitler como con lo escrito por el mismo Kafka en sus cartas, de estos encuentros entre Hitler y Kafka a finales de 1909 y principios de 1910 en ese café denominado Arcos. Una charla que pudo haberlos influido a ambos de tal manera que lo siguiente que hicieron en sus vidas fue la consecuencia de ese encuentro.

Se llama Adolf, y su alemán tiene un acento extraño, aunque no más extrañas son las historias que cuenta. Extrañas al menos para alguien que se dice pintor, porque los pintores son mudos, dice Kafka, dijo Tardewski al terminar de leerme la primera de las cartas de Kafka donde hay una referencia a un exiliado austríaco llamado Adolf (…)

Inmediatamente, en el renglón siguiente, Kafka transcribe esto: Discusión A. No quería decir eso, me dice, lee Tardewski. Usted ya me conoce doctor. Soy un hombre completamente inofensivo. Tuve que desahogarme. Lo que dije no son más que palabras. Yo lo interrumpo. Esto es precisamente lo peligroso. Las palabras preparan el camino, son precursoras de los actos venideros, las chispas de los incendios futuros. No tenía intención de decir eso, me contesta A. Eso dice usted, le contesto tratando de sonreír. Pero ¿sabe qué aspecto tienen las cosas realmente? Puede que estemos ya sentados encima del barril de pólvora que convierta en hecho su deseo.

La escritura no es inocente, decía Barthes y es cierto, así como existen charlas que no son inofensivas porque pueden cambiar el rumbo de la vida de las personas que participan en ellas. Una charla que podría durar una o dos horas entre dos desconocidos o entre unos que apenas se conocen, pero pudo haber sido muy intensa, profunda, demencial, entonces la reflexión que ambas partes extraen de ella puede durar días, incluso semanas.

Y no solamente reflexiones, sino actos… «La palabra Ungeziefer, dijo Tardewski, con que los nazis designarían a los detenidos en los campos de concentración, es la misma palabra que usa Kafka para designar eso en que se ha convertido Gregorio Samsa una mañana, al despertar». Sólo de pensar en la posibilidad de esa charla entre estos dos hombres me hace temblar, mi piel se eriza porque, con sólo imaginar que después de esa presunta charla, Kafka solo haya escrito, como una especie de anticipo, lo que después llevaría a cabo Hitler…

Es verdad, las palabras no son inocentes y una charla no siempre es inofensiva.

Pensé en Kafka hoy, dice ahora Tardewski, cuando Marconi nos recitó esa especie de poema que dice haber soñado. Pensé decirle, cuando ustedes discutían sobre el título, dice Tardewski, el título debe ser: Kafka

Soy

el equilibrista que

en el aire camina

descalzo

sobre un alambre

de púas

Kafka o el artista que hace equilibrio sobre el alambre de púas de los campos de concentración.

También podría ser Tardewski ese equilibrista o el filósofo de futuro prometedor que camina descalzo sobre su propio, pero creado por él mismo, fracaso.

«Entonces comprendí lo que ya sabía: lo que podemos imaginar siempre existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño». Cierro los ojos y vuelvo a recordar esa charla nada inofensiva… a veces la ficción es más expansiva que la realidad. Es un hecho.

Ficha del libro

TítuloRespiración artificial
AutorRicardo Piglia
EditorialDebolsillo
Fecha de ediciónOctubre de 2013
GéneroNovela
FormatoPapel & Ebook
Páginas224
mm

Acerca de Angela Quinteros

Angela nació en La Paz, Bolivia. Estudió turismo, diseño gráfico y literatura. Es licenciada en literatura de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). Ganó el premio Pablo Neruda 2013 con el poemario: Consciousness. Entre inconsciencia y conciencia. Actualmente trabaja en el periódico Página Siete.

Categoría

Literatura, Novelas