22 de diciembre de 2017

Nocturno de Chile

Roberto Bolaño

Nocturno de Chile (2000) de Roberto Bolaño presenta el punto de vista de un sacerdote cómplice con respecto a la dictadura de Pinochet. La historia remite a un pasado reciente que, sin embargo, pone de manifiesto denuncias actuales que nos interpelan a todos.

En el 2000 Roberto Bolaño escribe su séptima novela que se centra en la confesión perturbada del sacerdote Sebastián Urrutia Lacroix, quien también es un crítico literario que se apoda a sí mismo H. Ibacache. Esta relación sugiere también la complicidad que la literatura y los literatos chilenos tuvieron con la dictadura de Pinochet, que al igual que el clérigo, optaron por el silencio y la indiferencia frente a los mecanismos del horror. No es la primera vez que el escritor retoma en su literatura esta temática; también, su cuarta novela Estrella distante (1996), texto que inicia la publicación regular en la editorial Anagrama, explora esta época histórica de Chile. Sin embargo, aunque esta novela tuvo repercusión entre el público, su gran reconocimiento se produjo por otros textos como Los detectives salvajes (1998) y, la póstuma, 2666 (2004) en los que se presentan otros escenarios y argumentos.

El contexto de producción de su séptimo trabajo estuvo enmarcado por una serie de polémicas que surgieron tras los comentarios negativos de Bolaño hacia reconocidos escritores chilenos en la revista Ajoblanco y que evidencia la relación hostil que mantenía con algún sector de la intelectualidad chilena. No es casual que en este texto no utilice su alter ego, Arturo Belano; actitud que lejos de despistar pone en escena la tensión entre ser parte o no de la actitud repudiable que se narra. De esa manera, abordar Nocturno de Chile es involucrarse con el pasado histórico y personal del autor, que casi no vivió en Chile, y que bien nos permite reflexionar y comprender su imagen íntegra de intelectual. En ese sentido, el hecho de que el escritor haya estado alejado de su país de origen evidencia una actitud que, ¿es ajena a la denuncia que genera su novela? Tal vez, el texto desmantele no sólo una crítica a los letrados cómplices de su país, sino que permite entrever un complejo entramado de responsabilidades en los que Bolaño, en tanto literato chileno, ¿puede estar exento? Y, ¿nosotros? ¿Podemos nosotros estarlo de la perversión dictatorial?

Quizá, el logro de esta novela es generar interrogantes con respecto a los distintos grados y rasgos de la complicidad en las que los latinoamericanos nos sentimos inevitablemente interpelados por nuestras actitudes, incluso actuales, con respecto a la persistencia de un sistema represivo.

No amarás al prójimo

En el comienzo de Nocturno de Chile, el narrador protagonista nos advierte de su estado convaleciente y mediante la retrospección nos relata su vida; de cualquier forma, el relato se ve posibilitado en una especie de confesión o redención. Si bien el a lo largo de su vida tuvo una marcada postura en contra del gobierno de Allende y simpatizó y colaboró con la ideología propuesta por la dictadura de Pinochet, algo de esa actitud se vuelve tan infernal como los hechos de la historia que luego contará; su conciencia o «el joven envejecido» no parece dejarlo morir en paz, en ese sentido, se da inicio a la novela:

Ahora me muero, pero tengo muchas cosas que decir todavía. Estaba en paz conmigo mismo. Mudo y en paz. Pero de improviso surgieron las cosas. Ese joven envejecido es el culpable.

En un principio, Sebastián Urrutia Lacroix/H. Ibacache no puede intervenir en la realidad que lo acontece; la postura que adopta consiste en recluirse y negar la pobreza como el surgimiento de la ideología marxista en el gobierno chileno. En la novela, se pone de manifiesto, además de la represión y tortura del cuerpo marxista como formas de silencio o negación del mismo mediante el aparato estatal, el silencio del personaje principal que se vuelve un cómplice de la represión sistemática. Los paseos de Sebastián Urrutia Lacroix por los espacios chilenos, en los que incluso se pierde, se ven escandalosamente interrumpidos por la presencia de elementos que desmantelan un orden imperante en tanto que, para el padre del Opus Dei, los campesinos actúan como la invasión de su propia subjetividad. Cuando visita el fundo de Farewell, el crítico literario con el que parece tener ciertos acercamientos sexuales, el choque con la clase baja le recuerda que existe otra realidad de la que sólo puede sentir miedo y asco:

Más tarde salí a dar un paseo por los jardines del fundo. Creo que me perdí. (…) Golpeé y sin esperar respuesta entré a la cabaña. Alrededor de una mesa vi a tres hombres, tres peones de Farewell, y junto a una cocina de leña había dos mujeres, una vieja y la otra joven, que al verme se me acercaron y tomaron mis manos entre sus manos ásperas. Qué bueno que haya venido, padre, dijo la más vieja arrodillándose delante de mí y llevándose mi mano a sus labios. Sentí miedo y asco, pero la dejé hacer.

También, en la ciudad, el padre se dedicaba a caminar por la mañana hasta el centro de Santiago pero una vez fue interceptado por dos maleantes; a partir de ello, se recluye en «barrios menos peligrosos donde se pudiera contemplar la magnificencia de cordillera» para, de esa forma, poder seguir con sus caminatas. Sin embargo, el encierro se hace presente cuando el padre regresa de realizar el estudio sobre la conservación de iglesias en Europa y se encuentra con un Chile distinto al que él había dejado:

¿Cómo has podido cambiar tanto?, le decía a veces, asomando a mi ventana abierta, mirando el reverbero de Santiago en la lejanía. ¿Qué te han hecho? ¿Se han vuelto locos los chilenos? ¿Quién tiene la culpa?.

Un colaborador del horror

La cita retrata el momento anterior a la victoria de Allende y además, deja en evidencia cómo el padre disiente de la ideología de izquierda que propone el gobierno; como un gesto de rechazo a ello, se abstrae de lo que concibe como una realidad infernal dedicándose exclusivamente a la relectura de los clásicos que implica conservar la tradición. De esa manera, frente a aquello que genera un cuestionamiento al orden establecido, Urrutia Lacroix/Ibacache, elige el silencio. Hace caso omiso frente a la marginalidad de los campesinos como al de la revolución social que implicó la adhesión de rasgos socialistas en la política de Allende. Es decir, que los personajes de Bolaño eligen la indiferencia frente a aquellos elementos que implican una denuncia al orden hegemónico como los campesinos o la presencia de la política de izquierda. La complicidad del personaje principal se da en tanto que no puede tomar partido para cambiar la realidad que lo acontece; es decir, la única opción que toma es recluirse, negando, de esa forma, la pobreza y el surgimiento de la ideología marxista en el gobierno chileno porque él es un cómplice del orden dictatorial:

Y después vino el golpe de Estado, el levantamiento, el pronunciamiento militar, y bombardearon La Moneda y cuando terminó el bombardeo el presidente se suicidó y acabó todo. Entonces yo me quedé quieto y pensé: qué paz. Me levanté y me asomé a la ventana: qué silencio. El cielo estaba azul, un azul profundo y limpio, jalonado aquí y allá por algunas nubes. A lo lejos vi un helicóptero. Sin cerrar la ventana me arrodillé y recé, por Chile, por todos los chilenos, por los muertos y por los vivos. Después llame a Farewell por teléfono. ¿Cómo se siente?, le dije. Estoy bailando en una patita, me contestó.

De esta manera, lo que perturba al personaje al igual que al lector de la novela, más que los hechos que narra, son sus silencios ya que si bien la novela está centrada en uno de los momentos más de Chile, las descripciones no retratan de manera explícita la violencia sino que ella se hace presente por la actitud silenciadora que mantienen los personajes de la misma con respecto a los hechos que acontecen:

Uno tiene la obligación moral de ser responsable de sus actos y también de sus palabras e incluso de sus silencios, sí, de sus silencios, porque también los silencios ascienden al cielo y los oye Dios y sólo Dios los comprende y los juzga, así que mucho cuidado con los silencios. Yo soy responsable de todo. Mis silencios son inmaculados. Que quede claro. Pero sobre todo que le quede claro a Dios.

Esos silencios de los que habla el personaje se pueden ver en varios hechos; en principio, con la ya mencionada actitud hacia los campesinos con casas y ropas precarias, o hacia los niños pobres llenos de mocos; cuando se retrata la visita al pintor guatemalteco quien estaba muerto de hambre y del que no se tiene la menor consideración y frente a la dictadura. No obstante, también se evidencia, cuando, por ejemplo, los señores Odeim y Oido (o Miedo y Odio) le proponen a darle clases de marxismo a Pinochet:

Es un servicio a la patria, dijo el señor Odeim. Un servicio que se realiza en la oscuridad y mudez, lejos del fulgor de las medallas.

En ese sentido, en varias ocasiones se describe la necesidad de discreción con respecto al «nuevo trabajo» de Urrutia/Ibacache. Por ejemplo, el coche que lo llevaba al encuentro con sus alumnos tenía sus ventanillas vedadas por medidas de seguridad y el lugar tenía guardias «invisibles» y pasillos extensos por donde poco a poco iba escuchando la voz de sus discípulos. Sin embargo, lo que alarma es el silencio del padre frente a esta propuesta ya que no pone en evidencia un juicio con respecto a la dimensión de su acto. Él sabía, incluso por las mismas palabras de Pinochet, que estaba aleccionado al dictador para que sepa qué medidas tomar con sus enemigos marxistas; en definitiva, lo que calla el padre serán los crímenes que también se silenciaran más tarde en la casa de María Canales. Además, otro dato con respecto a las clases a Pinochet, es que si bien el padre en varias ocasiones se pone a llorar parecería que lo hace, más que por la culpa acerca de la dimensión social y política del acto, como mero cuestionamiento por su inseguridad con respecto a las calidad de las clases ya que representa el retrato de un colaboracionista:

Nueve clases. Nueve lecciones. Poca bibliografía. ¿Lo he hecho bien? ¿Aprendieron algo? ¿Enseñé algo? ¿Hice lo que tenía que hacer? ¿Hice lo que debía hacer? ¿Es el marxismo un humanismo? ¿Es una teoría demoníaca? ¿Si les contara a los amigos escritores lo que había hecho obtendría su aprobación? ¿Algunos manifestarían un rechazo absoluto por lo que había hecho? ¿Algunos comprenderían y perdonarían? ¿Sabe un hombre, siempre, lo que está bien y lo que está mal? En un momento de mis cavilaciones me eché a llorar, desconsoladamente, estirado en la cama, echándoles la culpa de mis desgracias (intelectuales) a los señores Odeim y Oido, que fueron los que me introdujeron en esta empresa.

La complicidad letrada

Aunque la culpa invada su conciencia, ya que muchos de sus amigos literatos eran opositores del régimen de Pinochet, y decida contarle a Farewell sobre su labor secreto, éste no sólo no lo juzga sino que tampoco se lo cuenta a nadie; es decir, que nuevamente la violencia se ve resguardada por la complicidad y el silencio de los personajes de Bolaño. Sin embargo, la culpa no aparece por el arrepentimiento sobre su conducta colaboracionista con la dictadura sino por sus «desgracias (intelectuales)» lo que genera que el personaje de la novela se vuelva aún más perverso. Otro de los episodios centrales en la novela son las tertulias literarias que ocurrían en la casa de las afueras de la escritora María Canales donde Jimmy Thompson, su esposo norteamericano, usaba el sótano de la misma como centro de interrogatorios debido a que era uno de los principales agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA); esta historia está basada en los hechos reales que involucran a la escritora Mariana Callejas y su esposo, Michael Townley. Más allá del exterminio de los cuerpos que se realizaban en ese lugar, se evidencian, además, otros tipos de silencios presentes en la novela. Por un lado, el de los personajes debido que María Canales tenía conocimiento de las actividades de su esposo y elegía callar, el de la ciudad/espacio porque son exterminados en las afueras de la capital y en el subsuelo de casa de la anfitriona, y el de la literatura debido que se escribía a espaldas de los crímenes cometidos:

Un amigo me contó que durante una fiesta en casa de María Canales uno de los invitados se había perdido. Iba muy borracho, o iba muy borracha, pues no quedaba claro su sexo, y salió en busca del baño o del wáter, como aún dicen algunos de mis desdichados compatriotas. Tal vez, quería vomitar, tal vez sólo quería hacer sus necesidades o mojarse un poco la cara, pero el alcohol ayudó a que se extraviara. En vez de tomar el pasillo de la derecha, tomó el de la izquierda, luego se metió por otro pasillo, bajó unas escaleras, estaba en el sótano y no se dio cuenta, la casa, en verdad, era muy grande: un crucigrama. (…) Finalmente, llegó a un pasillo más estrecho que todos los demás y abrió una última puerta. Vio una especie de cama metálica. Encendió la luz. Sobre el catre había un hombre desnudo, atado de las muñecas y de los tobillos. Parecía dormido, pero esta observación es difícil de verificar, pues una venda le cubría los ojos. El extraviado o la extraviada cerró la puerta, desaparecida instantáneamente la borrachera, y descorrió sigilosamente el camino andado. Cuando llegó a la sala pidió un whisky y luego otro y no dijo nada.

Por otra parte, con la presencia del joven envejecido, y la resolución final de la novela, se deja entrever como el silencio con el que obró en el pasado se vuelve a sí mismo en forma de eco:

¿Esto es el verdadero, el gran terror, ser yo el joven envejecido que grita sin que nadie lo escuche? ¿Y que el pobre joven envejecido sea yo? Y entonces pasan a una velocidad de vértigo los rostros que amé, odié, envidié, desprecié. Los rostros que protegí, los que ataqué, los rostros de los que me defendí, los que busqué vanamente.

Y después se desata la tormenta de mierda.

Por lo tanto, el maricón, el opudeísta, el profesor de Pinochet, en efecto, con su intento de redención, realiza un llamado de atención para sí mismo pero también, para la construcción de la literatura y de la Nación chilena. De esta manera, se abre un interrogante en la literatura de Bolaño que permite entrever al menos un cuestionamiento con respecto al ámbito intelectual que fue servil con el horror y con esa especie de concesión siniestra hacia la democracia chilena.

Una denuncia que se actualiza de distintas formas y que nos compromete, nos responsabiliza y también, nos denuncia a todos los que vivimos, en especial, en Latinoamérica.

Ficha del libro

TítuloNocturno de Chile
AutorRoberto Bolaño
EditorialDebolsillo
Fecha de ediciónAbril de 2017
GéneroNovela
FormatoPapel & Ebook
Páginas112

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Acerca de María Ayelén Spinelli

Es Profesora y Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Ejerce la docencia en el nivel secundario y universitario. A su vez, participa en diversas actividades académicas y escribe en distintos medios digitales.

Categoría

Literatura, Novelas