29 de mayo de 2017

A la intemperie

Rosamond Lehmann

A la intemperie es la cuarta novela de Rosamond Lehmann, esa gran escritora inglesa que ha escandalizado en su época, al tiempo que fue aclamada por la crítica. Lehmann es una autora imprescindible del panorama de la literatura londinense del siglo XX, de la talla de Virgina Woolf.

A la intemperie es la cuarta novela de esta autora moderna que comenzó a publicar en 1927 y no paró hasta muy avanzada la segunda mitad del siglo XX. Es autora de novelas, sobre todo, pero también publicó un libro de relatos y una obra de teatro. Su primera novela, Dusty Answer, fue un succés de scandale por su temática (una relación amorosa entre dos mujeres), al tiempo que fue alabada por la crítica y convertida en un best seller de la época.

A la intemperie fue publicada en 1936 después de haber publicado Invitación al baile, en 1932, novela que nos presenta a Olivia, la protagonista de ambas historias. Si en Invitación al baile todavía es una adolescente insegura de su cuerpo, de su espíritu y de su feminidad toda, en A la intemperie Olivia ya es una mujer intelectual y moderna, soltera e independiente, rodeada de amigos de su misma condición y enamorada de un hombre casado, Rollo Spencer.

La familia Spencer es anfitriona en el baile al que Olivia y su hermana Kate son invitadas en la primera de estas novelas. Asisten a ese baile sin pareja y llenas de inseguridades. Olivia más que Kate, puesto que no es tan guapa como su hermana. Marigold y Rollo Spencer son los hijos del matrimonio Spencer. A él lo conocen menos pero con Marigold tienen una relación de amistad. Sin embargo, por la clase social a la que pertenece esta distinguida familia, es evidente que Marigold se irá alejando de las hermanas Curtis más temprano que tarde. Al menos así lo vive Olivia, apenada por no tener ese vuelo intelectual, ese acceso a la alta sociedad y cultura:

«El vocabulario de Marigold, como todo en ella, era extravagante, vago, atrevido y caprichoso. Su formación, dirigida por Lady Spencer con la debida consideración hacia las bondades de la lengua materna, la había familiarizado con gran cantidad de palabras rebuscadas cuyo significado, ortografía y pronunciación, sin embargo, desconocía» (Lehmann, Rosamond, Invitación al baile (Trad. R. López Muñoz), Madrid, Errata Naturae, 2015).

Es en este baile de la primera novela donde Olivia, con diecisiete años, se siente atraída por Rollo, y como luego va a repetirse en la segunda historia, la propia Marigold, entre ingenua y cómplice, alienta a Olivia a estar con él. Pero esto sucede en ambas historias, siempre, en la tensión entre el acercamiento y el alejamiento, entre corresponder o no ser correspondida en absoluto, entre la posibilidad de ganarse a alguien al tiempo que se pierde a otra persona, si no a la misma:

«–¿Andáis bien de parejas de baile? Seguro que sí. Y si no, me avisáis. Rollo ha venido, ¿os lo he dicho ya? ¡Bailad con él! El pobre estará más aburrido que una ostra; sólo conoce a los invitados de la familia.

[…] Marigold se alejaba de ellas, de sus vidas, sin ningún reparo de las clases compartidas, de las meriendas en su sala de estudio, de las bromas y confidencias mutuas, del tedio feliz, de la agitada vacuidad, de la dicha melancólica e irreal de su adolescencia común, hacia un mundo donde ni Kate ni Olivia podían seguirla. Los amigos a los que iba a saludar no eran amigos de ellas. Eran quienes recorrerían con Marigold el camino próspero y bien trazado de la vida en sociedad, entre cuyos secretos y encantos se moverían con total naturalidad. ¡Bailad con Rollo…!» (Lehmann, Rosamond, op. cit., pág. 149).

Este breve repaso por Invitación al baile es fundamental para, ahora sí, meterse de lleno en A la intemperie.

La cuestión formal

A la intemperie está narrada en una tercera persona equisciente o apoyada en el personaje de Olivia. Es un narrador que sólo sabe de ella. Pero lo curioso es que esta tercera, tan cerca de Olivia y por lo tanto de una primera, deviene en eso: en primera persona permanentemente y casi sin marcas de puntuación ni de ningún tipo. Es una tercera que se vuelca al monólogo interior de la primera, de Olivia, y de esta manera el lector no podría estar más cerca de ella:

«Olivia desvió la mirada. Parecía como si entre ellos se formara y estallara una burbuja de tensión. Rollo me observaba desde la otra punta del salón» (De aquí en en adelante, todas las citas son de A la intemperie en esta edición: Lehmann, Rosamond, A la intemperie (Trad. R. López Muñoz), Madrid, Errata Naturae, 2017.)

Pero también hay pasajes donde se cuela la segunda persona, es decir, una Olivia hablándose a sí misma:

«Mientras se aseaba y vestía, Olivia preparó a toda prisa el equipaje. Meteré en la maleta el vestido rojo, y me pondré el de tweed marrón oscuro, heredado de Kate, bien cortado, con mi blusa de punto verde lima, tan bonita y favorecedora; echaré también la otra, la marrón vieja. Ya está. Vístete con esmero; péinate, maquíllate… ponte guapa. No llegues desastrada, desaliñada, como si te hubieras caído de la cama; no llegues como un mal presagio.»

La primera persona está puesta para marcar o señalar el fluir de la conciencia de Olivia. En este sentido, en algunos de los diálogos las acotaciones están hechas por esta primera persona y no por la tercera narradora, porque suelen tratarse de cosas que Olivia piensa pero no dice en ese mismo instante que habla:

«–Adiós. Y muchísimas gracias, no sabe cuánto se lo agradezco… –No corte la comunicación, no me deje sola, en las tinieblas de los excluidos….»

Pero este recurso de hacer de la acotación del diálogo no una acotación del narrador sino más discurso directo del personaje, aunque sin ser pronunciado, sino sólo pensado, está puesto en otros personajes también, no únicamente en Olivia, como se puede ver en este fragmento donde habla su madre:

«–Vaya… –Qué exagerada es esta niña, cuántas historias…–. Haz lo que buenamente te apetezca, hija mía.»

Incluso, también se da la situación de que cuando quien habla es otro personaje, ese discurso directo puede verse interrumpido por el fluir de la conciencia o el monólogo interior de Olivia. Este es un recurso fascinante que se acerca, aunque sin conseguirlo sino sólo como sensación, a la posibilidad de subjetivar un discurso directo ajeno, como en este donde habla Rollo Spencer:

«–¡Ah, la anarquía! Pero eso sería muy poco constructivo, ¿o no? –se está riendo de mí…–. Deberías proponer otro remedio. –Está vengándose…–. Yo soy miembro de la Sociedad para la Preservación del Medio Rural Inglés, creo que se llama así…»

A la intemperie está escrita con un manejo magistral de las personas narradoras y de los discursos directos, tanto libres como en diálogos. Así como se vale, con la misma fortuna, del recurso del monólogo interior. Y lo más bello: el modo en que todos estos recursos se conjugan y funcionan.

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La cuestión femenina y de la maternidad

Si bien en Invitación al baile ya aparece algo de esto, en A la intemperie la cuestión femenina se ve potenciada por el tema de la maternidad o su negación, del mismo modo que se esboza la cuestión feminista a partir del personaje de Olivia, una mujer totalmente moderna e independiente para su época. Kate, su hermana, en cambio, lleva una vida convencional y es madre:

«Kate, con su vida convencional, apacible y feliz, tan unida a su marido por los hijos, las costumbres, el cariño y el respeto… Ella no lo entendería….»

En un diálogo entre ellas, queda en evidencia que esta libertad de Olivia es también a costa de cierto sufrimiento, y que ser mujer y ser libre y ser feminista no es desear la soledad sino desear otros modos de querer y ser querida, de dar y recibir. Le dice su hermana:

«–[…] No sé por qué te empeñas en dártela de mujer poco tradicional y partidaria del amor libre… Por aquel entonces, al menos, no lo eras.

Olivia se quedó callada. No le faltaba razón. El problema es que en realidad sigo siendo la misma: quiero lograr algo lo bastante importante como para que dure para siempre.»

Al comienzo de la novela, Rollo y ella coinciden por casualidad en un tren. Beben un café y cuando el camarero va a cobrarles, ella no acepta que él la invite, a pesar de que, como las páginas anteriores se ocuparon de dejarle muy en claro al lector, ella tiene apenas unas pocas monedas:

«–¿No me vas a permitir que te invite a una taza de café?

–Sí, claro, con mucho gusto… Cuando quieras. Pero ahora coge esto, por favor. Da buena suerte.

–Detesto los alardes feministas.

–Yo también.

Olivia cogió el chelín y se lo puso en la mano. Rollo lo miró y acabó por ceder.»

También aparece el personaje de la madre de Rollo, Lady Spencer, como una figura femenina muy potente, casi una madre simbólica para Olivia:

«–Tu madre es como un símbolo para mí… No sé explicarlo… De niña ansiaba su aprobación. Se ha quedado alojada en un rincón de mi mente, como un modelo de buen comportamiento… A menudo… hace unos años pasé por un periodo convulso, y la veía, era como una aparición que me reprochaba mi actitud.»

Olivia es una mujer separada de su marido porque la relación no funcionó. Kate le pregunta acerca de la posibilidad de un divorcio. Olivia lo ve innecesario:

«–[…] Cada vez que veo los cochecitos en el parque, me muero por tener uno que empujar y con el que subir escalones.

–¿Por qué no te divorcias?

Olivia se echó a reír.

–Ya veo por dónde vas.

–Bueno, ¿y por qué no?

–No tengo ganas de quebrarme la cabeza.

–No volverías con él por nada del mundo, ¿no?

–¡Por Dios, no!

–Un día de estos querrás ser libre, e Ivor podría complicarte las cosas si quisiera.

–¿Y por qué iba a querer?

–Nunca se sabe. Tú misma acabas de decir que es muy vengativo. Y algún día querrás volver a casarte, seguro.

–No sé. No creo. No conozco hombres casaderos.»

Acerca del llanto, como característica o elemento propio de lo femenino y como consecuencia de un daño masculino, hay un excelente diálogo en el que Rollo se refiere a las mujeres como víctimas de los hombres y Olivia, aunque al principio puede parece estar de acuerdo con las observaciones de él, acaba recordando cuánto lloró su ex marido, haciendo triunfar la experiencia y la sensibilidad humana sobre el estereotipo:

«–[…] No soporto que las mujeres lloren. Me resulta deplorable.

–Sí, es una mala costumbre.

–Eso mismo opino yo –convino con viveza; se detuvo un instante y agregó en tono vago–: No…

–¿Cómo te sientes cuando la gente llora? –preguntó sin mucho afán–. ¿Te da pena? ¿Te irrita? ¿Te enternece, te petrifica?

Rollo caviló un instante.

–No sé. Una mezcla de todo eso. En cualquier caso, es una sensación tremendamente desagradable. Me dan ganas de poner tierra de por medio… –Hizo un mohín, suspiró–. Es tristísimo lo mucho que los hombres hacen llorar a las mujeres.

–¿Tanto lloramos?

–¿A ti no te lo parece?

–Pues… –Olivia vaciló. ¡Ah sí! Un recuerdo relampagueó ’mal á propos’, inoportuno… Mucho tiempo atrás, en los comienzos de su idilio con Ivor: días remotos, casi olvidados. Él también había llorado, necesitado de consuelo…»

Pero es en el personaje de Marigold donde la maternidad, como cosa irreversible, que suscita hasta arrepentimiento, se pone en cuestión:

«–[…] Pensaba que tener hijos me curaría. Es una de las pocas cosas que no admiten simulaciones. Pero por muy bien que vaya todo al principio, por muy poco que sufras, al final hay que prepararse para lo peor… La maternidad también ha resultado ser como una especie de sueño. Me drogaron tanto que pasé por el trance como si la cosa no fuera conmigo. Y, cuando me desperté, zas, la joven madre. Conmovedor. La gallina de los huevos de oro para los fotógrafos.»

Y luego sobre el matrimonio agrega:

«–Livia, el matrimonio es un puñetero infierno, ¿no te parece? Tan degradante…

[…]

–Bueno, ya no tiene remedio. No tendría que haberme casado con él… Me atrevo a decir que no estoy hecha para el matrimonio.»

La madre de Marigold, Lady Spencer, luego le dice a Olivia:

«–[…] Yo he tenido mucha suerte, he sido feliz en mi matrimonio, pero no por ello creo que el matrimonio sea la solución para todas las mujeres. […] Tú eres una mujer fuerte.

–No, no lo soy.»

Hacia el final de la novela, es la propia Olivia la que debe deshacerse de un hijo, que sería ilegítimo si lo tuviera. El médico que va practicarle el aborto le dice:

«En mi opinión, la naturaleza no ha sido nada justa con las mujeres, siempre lo he dicho; nada, nada justa, pobrecitas mías.»

Desde un punto de vista formal pero también narrativo, A la intemperie es una novela grandiosa que con un tono sobre todo irónico y sarcástico, como son los propios personajes de la historia, aborda la vulnerabilidad y sensibilidad del ser humano, poniendo el foco en la mujer, atendiendo el tema de la familia como institución, y retratando la sociedad londinense de los años treinta, esos felices años del periodo de entreguerras. Rosamond Lehmann trabaja muy bien la escena cotidiana, la cosa familiar y doméstica, de la que tanto se ha ocupado luego la narrativa anglosajona con autoras como Grace Paley. Olivia es un personaje entrañable, una mujer ya madura, que se planta con su condición femenina ante la sociedad a pelear por lo que desea sin caer por esto en una desaprensión hacia la familia, al género masculino o lo sentimental, sino todo lo contrario: el deseo es parte de este ser mujer, y desde allí cabe existir y actuar sin negar la vulnerabilidad, la necesidad del otro, la aspiración a una vida menos solitaria o mejor.

Ficha del libro

TítuloA la intemperie
AutorRosamond Lehmann
EditorialErrata Naturae
Fecha de ediciónEnero de 2017
GéneroNovela
FormatoPapel
Páginas505
mm

Acerca de Florencia del Campo

Florencia del Campo nació en Buenos Aires en 1982. En el año 2013 se mudó a la ciudad de Madrid donde vive actualmente. Su primera novela para adultos publicada en España se titula La huésped (Base editorial, 2016), y más recientemente Madre mía (Caballo de Troya, 2017). Ha publicado, además, libros infantiles. Colabora en diversos medios culturales.

Categoría

Literatura, Novelas