‘A la intemperie’ de Rosamond Lehmann

A la intemperie es la cuarta novela de Rosamond Lehmann, esa gran escritora inglesa que ha escandalizado en su época, al tiempo que fue aclamada por la crítica. Lehmann es una autora imprescindible del panorama de la literatura londinense del siglo XX, de la talla de Virgina Woolf.

A la intemperie es la cuarta novela de esta autora moderna que comenzó a publicar en 1927 y no paró hasta muy avanzada la segunda mitad del siglo XX. Es autora de novelas, sobre todo, pero también publicó un libro de relatos y una obra de teatro. Su primera novela, Dusty Answer, fue un succés de scandale por su temática (una relación amorosa entre dos mujeres), al tiempo que fue alabada por la crítica y convertida en un best seller de la época.

A la intemperie fue publicada en 1936 después de haber publicado Invitación al baile, en 1932, novela que nos presenta a Olivia, la protagonista de ambas historias. Si en Invitación al baile todavía es una adolescente insegura de su cuerpo, de su espíritu y de su feminidad toda, en A la intemperie Olivia ya es una mujer intelectual y moderna, soltera e independiente, rodeada de amigos de su misma condición y enamorada de un hombre casado, Rollo Spencer.

La familia Spencer es anfitriona en el baile al que Olivia y su hermana Kate son invitadas en la primera de estas novelas. Asisten a ese baile sin pareja y llenas de inseguridades. Olivia más que Kate, puesto que no es tan guapa como su hermana. Marigold y Rollo Spencer son los hijos del matrimonio Spencer. A él lo conocen menos pero con Marigold tienen una relación de amistad. Sin embargo, por la clase social a la que pertenece esta distinguida familia, es evidente que Marigold se irá alejando de las hermanas Curtis más temprano que tarde. Al menos así lo vive Olivia, apenada por no tener ese vuelo intelectual, ese acceso a la alta sociedad y cultura:

«El vocabulario de Marigold, como todo en ella, era extravagante, vago, atrevido y caprichoso. Su formación, dirigida por Lady Spencer con la debida consideración hacia las bondades de la lengua materna, la había familiarizado con gran cantidad de palabras rebuscadas cuyo significado, ortografía y pronunciación, sin embargo, desconocía» (Lehmann, Rosamond, Invitación al baile (Trad. R. López Muñoz), Madrid, Errata Naturae, 2015).

Es en este baile de la primera novela donde Olivia, con diecisiete años, se siente atraída por Rollo, y como luego va a repetirse en la segunda historia, la propia Marigold, entre ingenua y cómplice, alienta a Olivia a estar con él. Pero esto sucede en ambas historias, siempre, en la tensión entre el acercamiento y el alejamiento, entre corresponder o no ser correspondida en absoluto, entre la posibilidad de ganarse a alguien al tiempo que se pierde a otra persona, si no a la misma:

«–¿Andáis bien de parejas de baile? Seguro que sí. Y si no, me avisáis. Rollo ha venido, ¿os lo he dicho ya? ¡Bailad con él! El pobre estará más aburrido que una ostra; sólo conoce a los invitados de la familia.

[…] Marigold se alejaba de ellas, de sus vidas, sin ningún reparo de las clases compartidas, de las meriendas en su sala de estudio, de las bromas y confidencias mutuas, del tedio feliz, de la agitada vacuidad, de la dicha melancólica e irreal de su adolescencia común, hacia un mundo donde ni Kate ni Olivia podían seguirla. Los amigos a los que iba a saludar no eran amigos de ellas. Eran quienes recorrerían con Marigold el camino próspero y bien trazado de la vida en sociedad, entre cuyos secretos y encantos se moverían con total naturalidad. ¡Bailad con Rollo…!» (Lehmann, Rosamond, op. cit., pág. 149).

Este breve repaso por Invitación al baile es fundamental para, ahora sí, meterse de lleno en A la intemperie.

La cuestión formal

A la intemperie está narrada en una tercera persona equisciente o apoyada en el personaje de Olivia. Es un narrador que sólo sabe de ella. Pero lo curioso es que esta tercera, tan cerca de Olivia y por lo tanto de una primera, deviene en eso: en primera persona permanentemente y casi sin marcas de puntuación ni de ningún tipo. Es una tercera que se vuelca al monólogo interior de la primera, de Olivia, y de esta manera el lector no podría estar más cerca de ella:

«Olivia desvió la mirada. Parecía como si entre ellos se formara y estallara una burbuja de tensión. Rollo me observaba desde la otra punta del salón» (De aquí en en adelante, todas las citas son de A la intemperie en esta edición: Lehmann, Rosamond, A la intemperie (Trad. R. López Muñoz), Madrid, Errata Naturae, 2017.)

Pero también hay pasajes donde se cuela la segunda persona, es decir, una Olivia hablándose a sí misma:

«Mientras se aseaba y vestía, Olivia preparó a toda prisa el equipaje. Meteré en la maleta el vestido rojo, y me pondré el de tweed marrón oscuro, heredado de Kate, bien cortado, con mi blusa de punto verde lima, tan bonita y favorecedora; echaré también la otra, la marrón vieja. Ya está. Vístete con esmero; péinate, maquíllate… ponte guapa. No llegues desastrada, desaliñada, como si te hubieras caído de la cama; no llegues como un mal presagio.»

La primera persona está puesta para marcar o señalar el fluir de la conciencia de Olivia. En este sentido, en algunos de los diálogos las acotaciones están hechas por esta primera persona y no por la tercera narradora, porque suelen tratarse de cosas que Olivia piensa pero no dice en ese mismo instante que habla:

«–Adiós. Y muchísimas gracias, no sabe cuánto se lo agradezco… –No corte la comunicación, no me deje sola, en las tinieblas de los excluidos….»

Pero este recurso de hacer de la acotación del diálogo no una acotación del narrador sino más discurso directo del personaje, aunque sin ser pronunciado, sino sólo pensado, está puesto en otros personajes también, no únicamente en Olivia, como se puede ver en este fragmento donde habla su madre:

«–Vaya… –Qué exagerada es esta niña, cuántas historias…–. Haz lo que buenamente te apetezca, hija mía.»

Incluso, también se da la situación de que cuando quien habla es otro personaje, ese discurso directo puede verse interrumpido por el fluir de la conciencia o el monólogo interior de Olivia. Este es un recurso fascinante que se acerca, aunque sin conseguirlo sino sólo como sensación, a la posibilidad de subjetivar un discurso directo ajeno, como en este donde habla Rollo Spencer:

«–¡Ah, la anarquía! Pero eso sería muy poco constructivo, ¿o no? –se está riendo de mí…–. Deberías proponer otro remedio. –Está vengándose…–. Yo soy miembro de la Sociedad para la Preservación del Medio Rural Inglés, creo que se llama así…»

A la intemperie está escrita con un manejo magistral de las personas narradoras y de los discursos directos, tanto libres como en diálogos. Así como se vale, con la misma fortuna, del recurso del monólogo interior. Y lo más bello: el modo en que todos estos recursos se conjugan y funcionan.

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