‘La palabra del mudo’ de Julio Ramón Ribeyro

Observaba el mundo con gran curiosidad, Ribeyro posaba su mirada en todo: imágenes, escenas cotidianas, anécdotas, experiencias propias.

Hace poco que conocí a Julio Ramón Ribeyro, y cuando digo “conocer”, me refiero al escritor a través de su obra, a Julio, posiblemente, quien sabe, lo vi, quizá nos saludamos en otras realidades. Nació en Lima, Perú a principios del siglo pasado (1929) y murió el año que recibió el Premio Juan Rulfo (1994). Tal vez tenga que recurrir a la imaginación para describirlo, tal vez tenga que recurrir a sus cuentos para hablar del escritor, tal vez ambos…

Veo las fotos publicadas en algún periódico limeño que le rindió homenaje, y parece que era pequeño o de estatura media; eso sí, flaco como una rama seca, hombre enjuto de sonrisa franca, mirada nostálgica, pero inteligente.

Me imagino que Ribeyro era una persona, tal vez callada, tal vez no, pero sí bastante observador. Mirada de escritor, es decir se concentraba en detalles que para el resto de las personas pasaban desapercibidos. El mundo que le rodeaba era observado con bastante curiosidad, Ribeyro posaba su mirada en todo: imágenes, escenas cotidianas, anécdotas, experiencias propias o ajenas, situaciones cómicas o crueles o extrañas, y todo esto le servía de inspiración para escribir sus cuentos.

Esta mañana releía la introducción que realizó este escritor a La palabra del mudo, libro dividido en dos volúmenes que recopila toda su obra cuentística. Se me quedaron grabados dos momentos específicos de esta lectura, el primero cuando este escritor recuerda a los jóvenes que está bien escribir lo que está sucediendo en ese momento, pero, les recomienda, que no se olviden que las obras literarias son anacrónicas. El otro momento es cuando el escritor expresa que sus cuentos son el reflejo de su vida y del mundo que le rodeaba, y a mi parecer no se enfocaba en temas o situaciones específicas de su vida, sino en la variedad. Anacronía y variedad temática, dos características que describen a la perfección la cuentística de este escritor.

Las historias de sus relatos son atemporales, pudieron suceder en los años cuarenta o en los cincuenta como también en nuestra época actual. Creo que por eso se mantienen frescos cuando el lector los lee.

Si tuviese que clasificar estos relatos tendría que recurrir a algunos términos que utiliza la crítica literaria, aunque la intención final es diferente. Mi intención es muy subjetiva, mi intención es compartir con el lector por qué disfruté cuando leí estos relatos. En la narrativa de Ribeyro hay cuentos realistas, otros fantásticos o inexplicables, están aquellos donde se yuxtaponen lo real y lo inverosímil, otros son irónicos, hay algunos que ridiculizan a los protagonistas o las situaciones en las que se encuentran. Hay algunos cuentos que son extraños, más oníricos o con sentido ocultista.

La palabra del mudo

Ribeyro en la introducción a La palabra del mudo explica que:

En la mayoría de mis cuentos se expresan aquellos que en la vida están privados de la palabra, los marginados, los olvidados, los condenados a una existencia sin sintonía y sin voz. Yo les he restituido este hálito negado y les he permitido modular sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias.

Incluso en una entrevista expresó que el relato Vida gris es el padre de todos sus cuentos, porque éste representa a cabalidad lo que en su posterior obra realizó; el protagonista de este relato es un tipo mediocre, tímido, como el de varios de sus cuentos posteriores. La verdad no me cabe en la cabeza ese intento kafkiano de Ribeyro de pretender pasar por inadvertido, sus cuentos son increíbles, precisamente porque narra de manera extraordinaria situaciones ordinarias.

¿Qué se podría crear con la palabra “no”? Es decir, no es blanco, no es negro, no es bueno, no es malo, no resalta, ni tampoco es objeto de burla. Si se tiene la inventiva del escritor peruano se puede crear un personaje que es nada. Así es Roberto, el protagonista de la Vida gris; un ser mediocre, una vida mediocre…

El único hecho prominente de su vida fue un terminal que agarró en el sorteo de Fiestas Patrias: obtuvo quinientos soles. Era justo que esto sucediera en su existencia: de lo contrario su vida habría sido tan absolutamente mediocre que se hubiera convertido en un caso interesante, excepcional de mediocridad, y, en consecuencia, hubiera dejado de ser mediocre, puesto que ya era interesante.

Ya era interesante, así viviendo una vida vacía, una vida que hace una oda a la palabra “no”. No esto, no aquello, no nada. Así es Roberto. Una vida mediocre que se convierte en extraordinaria a través de las palabras de un buen narrador.

Y si de simplezas hablo, mejor dicho, historias bonitas de gente simple no podría olvidar cuán importante es que una mujer se sienta bien consigo misma, «uno no se imagina todo lo que significa un vestido en la vida de una mujer». Mucho más si esa mujer sólo viste un vestido raído color mostaza. Angustias la protagonista de Los españoles, no es que sea como Roberto, una negación, más bien es el recordatorio de una belleza juvenil que languidece en manos de la pobreza. Tal vez, si Angustias hubiese conocido a Roberto se habrían enamorado porque ambos se asemejan en su simpleza, ambos son seres sin voz.

¿Por qué Ribeyro se interesaba por estos seres antihéroes? Porque son la mímesis de lo cotidiano. Una mujer de ojos celestes, pálida como su vida, con tan sólo un vestido mostaza que usa hasta el cansancio conoce el amor, y el hombre que la pretende quiere formalizar ese romance, pero ella no puede asistir a la fiesta porque sólo tiene el vestido color mostaza. Mímesis de lo cotidiano: un estúpido y testarudo orgullo puede determinar el futuro de una persona, en el caso del relato, en la vida de Angustias. Tal vez no un final de cuento de hadas, tal vez sólo ver, por un instante, a la mujer del vestido raído color mostaza, transformada, transformada para los otros personajes y para la imaginación del lector:

Comprobamos que nuestra pobre pensión de Lavapiés había sido visitada por una reina. Angustias estaba delante del espejo, peinada, enjoyada, contemplándose sin reposo, incrédula aún, lagrimosa aún, pero irradiando un brutal resplandor de felicidad.

Una reina sólo para nosotros, no para el amante, pero para nosotros. Cuentos simples de gente sencilla, pero tienen algo, una esencia especial que agradan, que seducen por las palabras con las que fueron escritas.

Lo inexplicable o lo fantástico

Sin embargo, no todos los personajes de Ribeyro atraviesan situaciones simples y cotidianas como Roberto o Angustias, sino hay otros que experimentan lo inexplicable.

El doble que vive en las antípodas o el doble como desdoblamiento de uno mismo, me quedo con el segundo, me gusta mirarme a mí misma, pero ¿mirar mi propia muerte? una interesante curiosidad que surge en algunos, no muchos, más bien pocos de los relatos de este escritor.

Era una mancha de sangre. Estaba seca; sin embargo, algo había en ella de viviente que lo succionaba y lo retenía con una fuerza inexplicable. Se incorporó para mirar más adelante y pudo observar otras manchas similares que se iban disgregando al azar, como un archipiélago visto desde el aire.

Tal vez la sensación de extrañeza del protagonista de La huella ante el reguero de sangre, su propia sangre, nos recuerde esos momentos tan dramáticos que tratamos de negarlos, es como si este cuento dijese: “esto no me puede estar sucediendo”, pero la huella de sangre es el testigo tangible del hecho… Un desdoblamiento, tal vez el último, el que nos conduce a nuestra propia muerte.

Un acto de crueldad inverosímil, pero sucede dentro del mundo ficcional de este otro cuento inexplicable: La careta. En la Fiesta de la Risa del marqués, los invitados llevan puestas caretas que simulan grandes sonrisas, entre ellos se infiltra Juan con el rostro pintado y mostrando su verdadera sonrisa, pero ¿qué pasa cuando esa sonrisa se congela y ya no quiere desaparecer? «¿No ve que ya es hora de ponerse serio? —y, dirigiéndose a la concurrencia, exclamó—: ¡A este rebelde quítenle todos la careta!», pero nadie se percató que esa sonrisa es auténtica no fingida como de los otros invitados…

Juan comenzó a reírse de veras porque, de pronto, todo le pareció un juego comiquísimo. Hasta que sintió un instrumento cortante que le tajaba la frente y le corría por la sien. Toda precaución fue tardía. Antes de que pudiera oponerse, sintió que le arrancaban la piel de un solo tirón.

Crueles e inexplicables. Existen otros relatos que cuentan sucesos cotidianos, pero por la manera en cómo son narrados parecen relatos de ciencia ficción o fantásticos. Eso sucede con La molicie. Si el lector ignorase la definición de esta palabra y le siguiera el juego a Ribeyro, nos encontramos con un relato de apariencia irreal:

Mi compañero y yo luchábamos sistemáticamente contra la molicie. Sabíamos muy bien que ella era poderosa y que se adueñaba fácilmente de los espíritus de la casa. Habíamos observado cómo, agazapada en las comidas fuertes, en los muelles sillones y hasta en las melodías lánguidas de los boleros, aprovechaba cualquier instante de flaqueza para tender sobre nosotros sus brazos tentadores y sutiles y envolvernos suavemente, como la emanación de un pebetero.

La molicie o pereza que ocurre, especialmente en días calurosos, como en verano, pero en este cuento esta sensación se convierte en un ser con vida propia, un ser monstruoso contra el que se debe luchar. Y así va transcurriendo el cuento, los personajes luchan con todas sus fuerzas contra la molicie, pero ésta es un monstruo que va creciendo y haciéndose más fuerte mientras el verano se intensifica, hasta que la lucha de los dos hombres se hace insostenible: «No corría un aliento de aire y el tiempo detenido husmeaba sórdidamente entre las cosas. En estos días, mi compañero y yo comprendimos la vanidad de todos nuestros esfuerzos».

Realmente a través de las palabras se siente el calor sofocante, y deviene la pereza, la molicie…

Entonces, desplomándonos en nuestras camas, oyendo cómo nuestro sudor rebotaba sobre las baldosas, decidimos nuestra capitulación. Al principio llevamos la cuenta de las horas (un campanario repicaba cansadamente muy cerca nuestro, ¿quién lo tañería?), la cuenta de los días, pero pronto perdimos toda noción del tiempo. Vivíamos en un estado de somnolencia torpe, de embrutecimiento progresivo. No podíamos proferir una sola palabra. Nos era imposible hilvanar un pensamiento. Éramos fardos de materia viva, desposeídos de toda humanidad….

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