14 de julio de 2017

Una muerte muy dulce

Simone de Beauvoir

En 1964 Simone de Beauvoir publica Una muerte muy dulce, libro en el que narra la agonía y muerte de su madre, víctima de un cáncer que nunca llegó a saber que tenía. Los temas de la vejez y la muerte, tan recurrentes en la obra de la autora, se hacen carne también en este libro que despelleja el alma.

Narrar la muerte de la madre. O: el libro sobre la madre. Hay un listado muy largo de textos al respecto. Se me ocurren ahora: Mi madre, de Richard Ford; También esto pasará, de Milena Busquets; Nadar en un mar de muerte, de David Rieff; Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan, Carta a mi madre, de George Simenon… Algunas obras se centran más en la relación madre-hija o madre-hijo; otras, en la narración de la enfermedad; y en el dolor, en las preguntas, en los reproches; y en la muerte; en la vida.

Una muerte muy dulce es una novela desgarradora. Simone de Beauvoir narra allí la agonía de su madre en el hospital hasta el día de la muerte, así como el cansancio suyo y de su hermana (Simone y Poupette, así nombradas en la novela, con las identidades reales).

El libro comienza con una caída de la madre y una fractura de fémur como consecuencia. Este accidente es el que les abre las puertas del hospital, unas puertas que no van a cerrarse sino hasta que por ellas salga la madre muerta, y de cáncer.

Poco antes de las ocho, un furgón negro se detuvo en la calle desierta: antes del amanecer había ido a la clínica a buscar el cuerpo de mamá que habían sacado por una puerta trasera.

Desde el comienzo y hasta el final avanzamos junto a la evolución de la catástrofe: primero, un drama óseo; luego, la noticia (dada solo a las hijas) de que hay un tumor en el intestino; después los dolores, a los que les siguen los delirios, las pesadillas, las alucinaciones, los miedos, el terror, y una mano de hija tratando de calmarlos, y otra hija con su mano menos certera; las complicaciones propias de una internación: las escaras hasta un cuerpo despellejado; las inyecciones, las agujas que no encuentran venas y desparraman líquido que pintarán de morado unos brazos nulos; los gritos; el llanto; la súplica por más morfina; la agonía, y la muerte. Pero muy dulce, claro: después del sufrimiento, solo queda ser muy dulce.

Yo pensaba en todos aquellos que no pueden dirigir ese ruego a nadie: la angustia de sentirse un objeto indefenso, enteramente a merced de médicos indiferentes y enfermeras agotadas. Sin una mano en la frente cuando el dolor los tortura; sin una charla engañosa para colmar el silencio de la nada. […] Me imaginaba a mamá cegada por ese sol tenebroso que nadie puede mirar de frente: el horror de sus ojos desmesuradamente abiertos, con las pupilas dilatadas. Tuvo una muerte muy dulce, una muerte de privilegiada.

Solo en el segundo apartado, la novela ‘sale del hospital’ para contarnos algo de esa madre, Françoise de Beauvoir: sobre su infancia y juventud; sobre su marido ya muerto, el padre de Simone y de Poupette; sobre fracasos y frustraciones; sobre placeres y deseos; sobre la relación con sus hijas:

Después de la muerte de papá, cuando pasó a depender de nosotras, tuvo el mismo escrúpulo: no molestarnos. Se había convertido en nuestra deudora y no le quedaba otro modo de mostrarnos sus sentimientos, en tanto que antaño el cuidado que nos dedicaba justificaba a sus ojos la tiranía.

El cuerpo de la madre: un tabú

No importa en qué época estemos, el cuerpo de la madre es un tabú, es una presencia tan definitiva que tenemos que anularla, y eso es una gran paradoja (estuvimos allí dentro, salimos de su vagina o de su panza, bebimos de sus pezones… pero no querremos verlo desnudo en la adultez). Y es, al tiempo, la posibilidad de un reflejo (que horroriza) para las hijas. La desnudez de la madre es algo sagrado. Y lo curioso, o mejor dicho, lo tristísimo, es que el velo que lo cubre se desgarra con la enfermedad o con la muerte. La escena de hospital es de las más típicas para romper el cristal (opaco) que envolvía a la madre. Enfrentarse con el cuerpo (enfermo) de la madre es como ver el horror, el fin y la muerte (de todas, quizá); es un trauma.

La kinesiterapeuta se acercó a la cama, retiró la sábana y tomó la pierna izquierda de mamá, que con el camisón abierto, exhibía con indiferencia su vientre arrugado, replegado en minúsculas arrugas, y su pubis calvo. «Ya no tengo ningún pudor», dijo con tono de sorpresa. «Tienes razón», le dije. Pero me volví de espaldas y me quedé absorta en la contemplación del jardín. Ver el sexo de mi madre me había producido un shock. Ningún cuerpo existía menos para mí, ni existía más. De niña lo había querido; de adolescente, me había inspirado una inquieta repulsión; es clásico y me parecía normal que hubiera conservado ese doble carácter repugnante y sagrado: un tabú. Sin embargo, me sorprendió la violencia de mi desagrado.

Pero la mímesis, la síntesis: la madre en el cuerpo de la hija, como si al estar evaporándose uno fuera corporizándose en el otro que queda, que todavía queda. Una sola será.

Hablé a Sartre de la boca de mi madre, tal como la había visto aquella mañana, y de todo lo que en ella descifraba: una glotonería reprimida, una humildad casi servil, esperanza, angustia, soledad –la de su muerte, la de su vida– que no quería confesarse. Y mi propia boca, me dijo él, ya no me obedecía: yo había puesto la de mamá en mi rostro y sin quererlo imitaba sus mímicas. Allí se materializaba toda su persona y toda su existencia.

El equipo médico: una élite

En ocasiones, la figura del médico impone respeto. A veces es miedo. Los envuelve un aura, sobre todo cuando se desplazan en equipo, como si dijeran: juntos somos mucho más que todos lo enfermos del mundo. Son autoridad, en alguna medida: dan indicaciones, obligan o exigen, intimidan. Pero también hay un aura protectora. En ellos convive lo científico y lo humano y eso nos vuelve a todos un poco ambivalentes. Como un vizconde demediado en maldad y bondad, el médico se parte en frialdad y calidez. Hay que ver qué parte, cuál mitad, es la que entra cada día a la habitación de hospital; o tal vez esto: cuál sabe ver el paciente cada vez.

Yo sentía simpatía por el doctor P. No se daba aires de importancia, hablaba a mamá como a una persona y contestaba mis preguntas con buena voluntad. Por el contrario, el doctor N. y yo no nos gustábamos. Era elegante, deportivo, dinámico y ebrio de técnica y reanimaba a mamá con entusiasmo: pero para él ella era el objeto de una interesante experiencia y no un ser humano. Le temíamos.

Sí, una cumbre de científicos (aunque sea uno solo al que debemos enfrentarnos) que viene con sus conocimientos universales a depositarlos en un cuerpo, eso sí que es solo uno, aunque la élite pueda pensar que en ciertos aspectos son todos idénticos.

El doctor J., el profesor B., el doctor T.: lavados, planchados, estirados y perfumados, se inclinaban desde lo alto sobre esa anciana mal peinada, un poco huraña; estaban hechos unos señores. Reconocía esa impronta fútil: la de los magistrados de la Corte frente a un acusado cuya cabeza está en juego. […] ¿Y con qué derecho B. me había dicho: «Podrá reemprender su vida normal»? Yo rechazaba sus medidas. Cuando esa élite hablaba por la boca de mi madre me estremecía.

La contradicción es permanente: el equipo médico es el único que puede ser el héroe de la historia, al tiempo que es el mal, son «los malos»:

¿Piensan en una operación? Es casi imposible, la enferma está demasiado débil, me dice el cirujano al salir de la habitación. Se aleja, y una enfermera entrada en años, la señora Gontrand, que lo ha oído, no puede contenerse y me dice: «No deje que la operen.» Luego se tapa la boca con la mano: «¡Si el doctor N. supiera que le he dicho eso! Le he hablado como si se tratara de mi propia madre.» Le pregunto: «¿Qué sucederá si la operan?» Pero no responde; vuelve a encerrarse en sí misma.

Pero la élite inquieta sobre todo en el discurso: es científico, aunque inventa; algo de lo literario, o por lo menos de la ficción, se cuela en el discurso médico. Como si la verosimilitud fuera una categoría como la verdad:

Ella le había preguntado al profesor B.: «Pero, ¿qué dirán a mamá cuando el mal reaparezca en otra parte?» Él le había respondido: «No se inquiete. Ya se nos ocurrirá algo. Siempre se nos ocurre algo que decir. Y el enfermo siempre se lo cree.

Así todo, dejamos todo en sus manos…

Uno se halla inmerso en un engranaje y es impotente ante el diagnóstico de los especialistas, sus previsiones y sus decisiones. El enfermo se ha convertido en propiedad de ellos: ¿quién es capaz de quitárselo? […] ¿me hubiera atrevido a decirle a N.: «Déjela extinguirse»? Es lo que le sugería cuando le pedí: «No la atormente», y me contestó de mala manera, con la altivez de quien está seguro de su deber.

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El sentimiento inevitable: remordimiento

Es muy difícil saber si una o uno, como familiar, podría haber hecho las cosas de mejor manera. Si una como hija podría haber ayudado más a su madre a que no sufriera, o a morir, o cuidarla mejor, o ser más buena, más dulce, mejor hija. Pero el remordimiento no espera a una respuesta de sí o no para decidirse si aparecer o retirarse. El remordimiento se enquista.

A mí también me devoraba un cáncer: el remordimiento.

Y dos páginas después:

Y aunque ganara la muerte, ¡qué odiosa mistificación! Mamá nos creía junto a ella; pero nosotros nos colocábamos ya del otro lado de su historia. Como un maligno genio omnisciente, yo conocía el revés de las cartas, y, mientras, ella se debatía muy lejos, en la soledad humana. Todo estaba trucado: su empecinamiento en curarse, su paciencia, su valor. No sería recompensada por ninguno de sus sufrimientos. Volvía a ver su rostro: «Me conviene.» Yo sufría con desesperación por una falta que era mía sin ser yo responsable, y de la que nunca podría liberarme.

La relación madre-hija: parálisis mutua, malentendido recíproco

Siempre se habla de que existen preferencias en una madre para con sus hijas. Que no las quiere a todas por igual; existe «la preferida». Simone tiene claro que esa es Poupette. Y la madre no parece disimularlo:

«Esta noche me quedaré yo a dormir.» Mamá pareció inquietarse: «¿Sabrás?, ¿sabrás ponerme la mano sobre la frente si tengo pesadillas?» «Naturalmente», dije. Masculló algo y me miró con intensidad: «Tú me das miedo.» Yo siempre había intimidado un poco a mamá a causa de la estima intelectual que ella me tenía y que deliberadamente había negado a su hija menor.

La hija escritora es más conflictiva; el tema intelectual puede estorbar lo afectivo. Aunque probablemente sea por causas deliberadas. Sin embargo, en la relación de estas dos mujeres, la obra de Simone de Beauvoir tiene consecuencias desfavorables para la relación madre-hija:

Ella se sacrificaba en los actos, pero sus emociones no la sacaban de sí misma. Por otra parte, ¿cómo podía tratar de comprenderme si evitaba leer en su propio corazón? En cuanto a intentar encontrar una actitud que no nos hubiera desunido, nada la había preparado para poder hacerlo. […] El silencio entre las dos se hizo totalmente opaco. Hasta la publicación de La invitada, ella ignoraba casi todo acerca de mi vida. Trató de convencerme de que, por lo menos, en el capítulo moralidad yo era «seria». Los rumores que corrían demolieron sus ilusiones, pero en aquel momento nuestra relación había cambiado. […] Si bien el contenido de mis libros a menudo le chocaba, su éxito en cambio la halagaba.

Incluso, su hermana Poupette parece hacer de mediadora o desear lo mejor para el vínculo especialmente conflictivo:

Poupette, «la pequeña», menos respetada que yo –y menos marcada por mamá, por lo cual no había heredado su rigidez–, tenía con ella una relación más libre. Ella se encargó de calmarla por todos los medios posibles cuando aparecieron las Memorias de una joven formal. Yo me limité a llevarle un ramo de flores con una frase de disculpa: en realidad, ella se sintió conmovida y estupefacta. Un día me dijo: «Los padres no comprenden a los hijos, pero es recíproco…».

Malentendido recíproco y parálisis mutua. Madre e hija. Vínculo único e irrepetible.

Pero, porque era mi madre, sus frases desagradables me molestaban más que si hubieran salido de otros labios. Y me sentía tan crispada como a los veinte años cuando ella –con su habitual torpeza– trataba de hablar íntimamente: «Ya sé que no me consideras inteligente. Pero, de cualquier manera, de mí procede tu vitalidad, y eso me complace.» De todo corazón me hubiera mostrado de acuerdo sobre este último punto; pero el comienzo de su frase me había cortado el impulso. De este modo nos paralizábamos mutuamente.

El sentimiento contradictorio: amor y muerte

Desear la muerte pero cuando se está deseando lo mejor. Desear la muerte a la madre porque se la ama y por el cansancio también, honestamente, porque si no van a enfermarse todos. Y desear, sobre todo, que no pase hoy. Hoy no, qué miedo, qué triste. Desear también que no suceda nunca.

Poupette estaba con los nervios de punta. Yo tenía tensión alta y la cabeza congestionada. Lo que más nos agotaba eran las agonías de mamá, sus resurrecciones y nuestra propia contradicción. En aquella carrera entre el sufrimiento y la muerte, deseábamos ardientemente que ésta llegara primero. Sin embargo, cuando mamá dormía con el rostro inanimado, vigilábamos ansiosamente el mínimo movimiento de la cinta negra que le sostenía el reloj sobre la mañanita blanca: el miedo al espasmo final nos retorcía el estómago.

Y esto:

Dura tarea, la de morir, cuando se ama tanto la vida.

Pero esta contradicción se pone en juego mucho antes de la enfermedad. Se juega durante la vida; se apuesta en la relación y en el vínculo. Es como un «te amo, pero si fueras diferente». Y es permanente:

Le alegraban mis éxitos en este mundo, pero le afectaba penosamente el escándalo que yo causaba en su medio.

Y a pesar de eso, solo una cosa: llorar a ambos lados de la contradicción.

La «mamaíta querida» de mis diez años ya no se diferenciaba de la mujer hostil que oprimió mi adolescencia; las he llorado a ambas al llorar a mi madre vieja.

Y esas puertas que, al fin, se cierran…

Con detalles preciosos la novela describe muy bien la atmósfera al interior del hospital, con todos sus elementos clásicos: las enfermeras, las visitas, las flores, las ventanas y el exterior que se ve a través de ellas, el timbre de la cama, el hall, el día, la noche, las comidas, la habitación… La 114. Desde que las puertas del hospital se abren para ingresar a una madre que tuvo un accidente doméstico, hasta el final de la novela, cuando sale muerta y de cáncer –de un cáncer que nadie sabía que tenía–, toda la vida, esa que le resta, transcurre al interior de este lugar, donde se genera una rutina, una dinámica específica, muy propia de la vida de hospital.

Yo también me había acostumbrado a esa existencia. Llegaba a las ocho de la noche; Poupette me informaba de las noticias del día; entraba el doctor N. Llegaba la señorita Cournot y yo leía en el vestíbulo mientras le cambiaba el vendaje. Cuatro veces por día traían a la habitación una mesa rodante cargada de vendajes, gasas, tela blanca, algodón, esparadrapo, cajas metálicas, palanganas, tijeras; cuidadosamente, yo desviaba la vista cuando la sacaban de la estancia. La señorita Cournot, ayudada por una enfermera, lavaba a mamá y la acomodaba para la noche. Yo me acostaba. Ella le ponía a mamá diversas inyecciones y luego se iba a beber una taza de café en tanto que yo leía a la luz del velador. Volvía y se sentaba cerca de la puerta que dejaba entreabierta y que daba al hall de entrada, para tener un poco de luz; leía y tejía. Se oía el ligero rumor del aparato eléctrico que hacía vibrar el colchón. Yo me dormía. A las siete me despertaba. […] Cuando se iba la señorita Cournot, yo me vestía y desayunaba. […] La camarera hacía la limpieza. Yo regaba y arreglaba las flores. A menudo sonaba el timbre del teléfono; cerraba las puertas tras de mí, pero no estaba segura de que mamá no oyera, de modo que hablaba con prudencia. […] Luego la hacía almorzar […] A eso de las dos llegaba Poupette: «Me gusta mucho esta rutina», exclamaba» [la madre].

Parece una locura decirlo, pero cuando todo acaba, cuando la pesadilla se extingue, se percibe un aroma como a nostalgia de esas épocas. Hay algo triste también en el desprenderse de la rutina de una cotidianidad que nadie hubiera deseado nunca, que se suplica que acabe, y que, sin embargo, amarga cuando se extingue y toca despedirse; porque peor es la nada.

Hacia las cuatro fui a la clínica para pagar la cuenta. Habían llegado unas cartas para mamá y una bolsa de bombones de fruta. Subí a decir adiós a las enfermeras. En el corredor me encontré con las jóvenes Martin y Parent, sonrientes. Sentía un nudo en la garganta y me costó pronunciar un par de palabras. Pasé delante de la puerta 114; habían sacado el letrero: Prohibidas las visitas. En el jardín dudé un momento: me faltó valor; y, ¿para qué? Me fui. […] Iba diciéndome que ya no volvería a sentarme en el vestíbulo, que ya no descolgaría el receptor blanco, que no volvería a hacer ese trayecto; con alegría hubiera quebrado esos hábitos si mamá hubiera sanado; pero conservaba la nostalgia de tales costumbres, puesto que las rompía por haberla perdido.

Y, por supuesto, para la enferma también hay rutina. Entre las tareas que desempeña Françoise desde la cama, se cuenta la lectura:

Mamá se sentía tan bien, que leyó unas páginas de Simenon.

La madre de Simone de Beauvoir murió en 1963. En 1970, la madre de Simenon enferma y pasa ocho días en el hospital, agonizando hasta la muerte. Su hijo, el famoso escritor, la acompaña esos ocho días junto a la cama de hospital. Tres años más tarde escribe Carta a mi madre, un precioso libro autobiográfico en el cual le escribe a su madre, entre la culpa y el resentimiento, preguntándole si en verdad llegaron a conocerse. Un texto que describe esos ocho días pero también viaja al pasado para rastrear la historia de ese vínculo tan complejo. Y como Una muerte muy dulce, es una despedida a la madre:

En tu habitación del hospital hay algo que me oprime un poco y que a veces me impide pensar. Es el silencio que reina, con el deslizarse por el suelo, de tarde en tarde, de la silla de alguien que se va, los pasos sigilosos de alguien que entra, los balbuceos violentos que los recién llegados te dirigen. […] En el corredor se forman grupitos. Se ve pasar a enfermos en camilla. Se vislumbran miradas vacías o resignadas. Yo me obstino en la búsqueda de tu verdad, es decir, que sigo intentando comprenderte (Simenon, Georges, Carta a mi madre, Barcelona, Tusquets, 1993).

Ficha del libro

TítuloUna muerte muy dulce
AutorSimone de Beauvoir
EditorialEdhasa
Fecha de ediciónEnero de 2003
GéneroNovela autobiográfica
FormatoPapel
Páginas160
mm

Acerca de Florencia del Campo

Florencia del Campo nació en Buenos Aires en 1982. En el año 2013 se mudó a la ciudad de Madrid donde vive actualmente. Su primera novela para adultos publicada en España se titula La huésped (Base editorial, 2016), y más recientemente Madre mía (Caballo de Troya, 2017). Ha publicado, además, libros infantiles. Colabora en diversos medios culturales.

Categoría

Biografías y Memorias, Literatura