16 de marzo de 2018

Cerca del corazón salvaje

Clarice Lispector

Cerca del corazón salvaje muestra dos características contrapuestas: Juana acompañada y Juana sola. Cuando Juana está acompañada, los demás personajes no logran comprenderla, mientras que, sola es ella misma, deja ver su mundo interno al lector.

«Creo que te estás enamorando de (Clarice) Lispector (1920-1977), ¿no?», insinúa irónicamente un compañero de trabajo a quien lo debo tener, me imagino, cansado y aburrido ya que desde hace más de un mes siempre en mis conversaciones han aflorado esta escritora como su obra.

Me interesé mucho por la vida de esta mujer, no sólo por la escritora, sino por el personaje misterioso que sus biógrafos afirman fue. Según escribe Benjamín Moser en su libro Por qué este mundo, Lispector logró mantenerse alejada de los medios de comunicación como de sus fans, muy pocos sabían los datos básicos: ¿dónde vivía?, ¿con quiénes vivía?, ¿su nombre era real o era un pseudónimo?, etc.

Momentos claves como por ejemplo que en su infancia inventaba historias para contarle a la madre enferma, historias las cuales finalizaban relatando una cura milagrosa ya que creía que de esa manera la curaría de esa enfermedad incurable que padecía y que contrajo cuando todavía vivía en Chechelnic, Ucrania. Ya desde niña se le notaba las aptitudes de escritora, aunque los editores de los periódicos a los que enviaba sus relatos jamás publicaron nada porque «nunca empezaban con un “Érase una vez”» como solían hacer los otros niños que enviaban sus historias, afirmó en un momento.

La mujer «mitad humana, mitad caballo», como solía autodenominarse, es decir, el centauro que representa al signo zodiacal de sagitario, su signo, fue ama de casa, madre de dos niños, pero no le agradó ser “domesticada” por la vida diplomática que llevó casi por dieciséis años con el padre de sus hijos.

En una última entrevista, publicada en internet, noto su acento diferente cuando habla el portugués. Mujer de cincuenta años, delgada, rasgos felinos, mira con recelo al entrevistador, mira como miran los gatos, mejor dicho: observa. Realmente parece una esfinge. La primera vez que vi esa charla, me concentré en sus movimientos corporales y en algunas palabras que se pueden entender del portugués que se asemejan al español. En ese primer momento me llamó la atención ese largo silencio de ella cuando afirma que la soledad del ser humano es triste. Silencio que se vuelve incómodo, pero ella se sobrepone a ese momento y retoma las respuestas. Murió un año después con cáncer de los ovarios.

Cerca del corazón salvaje

Cerca del corazón salvaje fue publicada en 1944, con esta primera novela ganó el premio Graça Aranha. Novela muy bien recibida por la crítica brasileña, diferente a las que hasta ese momento fueron escritas en Brasil, menos tradicional, más introspectiva.

La novela tiene como protagonista a Juana, una joven que más o menos oscila entre los veintiuno y los veinticinco años. Juana es un personaje bastante peculiar, una mujer muy peculiar. No expresa mucho de manera externa, sí de manera interna, sus pensamientos, su subjetividad, pero el lector tampoco sabe todo de ella porque incluso a veces ni siquiera piensa lo que le está sucediendo, sólo lo vive sin nominar la experiencia.

Esta narrativa es una narración constante de la interioridad de Juana, una interioridad que fascina por esos pensamientos tan reflexivos y, al mismo tiempo, tan sin sentido, tan incoherentes. La escritora en esa última entrevista expresa que el ser humano lleva consigo una soledad triste, incluso se siente ese sentimiento de vacío cuando lo expresa, sin embargo, su personaje Juana en esta primera novela lleva una soledad “llena”, necesaria para poder recargarse a sí misma, para pensar y crear sus palabras nuevas, tener su espacio propio en el que no entra su esposo, Octavio, y una soledad en la que existe una comunión epifánica con algo más profundo, quizá espiritual.

Dos momentos que se contraponen en la novela todo el tiempo: Juana acompañada y Juana sola. En Juana acompañada, ella está rodeada por los demás personajes: el padre, la tía, el esposo, la amante del esposo, el hombre que es su amante y la mayoría de estos personajes no logran penetrar en ella ya que se mantiene distante, callada, a veces incluso les demuestra una especie de superioridad. Mientras que Juana sola es ella misma, es decir sus pensamientos, sus momentos líricos e imaginativos, los verdaderos sentimientos que no muestra a los demás; de esa manera el lector puede conocerla mejor que los personajes que la rodean.

Juana acompañada

Cuando Juana está acompañada no puede expresarse como ella quisiera y eso causa que la gente no le entienda, ésta una opción. Otra es que parece que su interioridad, de alguna manera, rebasa a los demás. Tiene sueños e ideas extraordinarios, incluso mágicos:

Al principio soñaba con ovejas, con ir a la escuela, con gatos bebiendo leche. Luego, soñaba con ovejas azules, con ir a la escuela en medio del bosque, con gatos bebiendo leche en cazos de oro. Y los sueños cada vez eran más densos y adquirían colores difíciles de traducir en palabras.

—Soñé que unas bolas blancas me subían por dentro…

—¿Qué bolas? ¿De dentro de dónde?

(…)

—Estoy pensando que tal vez te abandonaron muy pronto… en casa de tu tía… los extraños… después el internado…

Juana pensó: pero estaba el profesor. Contestó:

—No… ¿Qué más habrían podido hacer conmigo? ¿Haber tenido una infancia, no es lo máximo ya? Nadie podrá arrancármela… —En ese instante ya empezaba a escucharse, curiosa.

¿Por qué las palabras no le salen? Es tan vívido su mundo interno, pero delante de los otros las palabras se obstinan en no salir. Sólo balbucea, sólo dice tonterías. Con su padre hablaba, poco, pero hablaba, luego de la muerte de éste muy pocos se esforzaban en entenderla de verdad. Tal vez el profesor, obviamente la tía no le entiende y después, cuando ya es adulta, el hombre sin nombre:

Juana continuaba escuchándolo, y era como si sus tíos jamás hubiesen existido, como si el profesor y ella misma estuvieran aislados dentro de la tarde, dentro de la comprensión.

—No, realmente no sé qué consejos podría darte —le decía el profesor—. Dime antes que nada: ¿qué es bueno y qué es malo?

—No lo sé…

—No, «no lo sé» no es la respuesta. Aprende a encontrar todo lo que existe dentro de ti.

—Bueno es vivir… —balbuceó Juana—. Malo es…

—¿Es?…

—Malo es no vivir…

—¿Morir? —preguntó él.

—No, no… —gimió Juana.

—¿Qué es entonces? Dime.

—Malo es no vivir, solo eso. Morir es otra cosa. Morir es diferente de bueno y malo.

Octavio

El amor aprisiona o puede hacerlo, por lo menos eso sería lo que piensa Juana. Da la impresión que se queda con el esposo por ese pedacito de felicidad, por ese pequeño amor que todavía siente por él. Aunque la convivencia parece que ha acabado casi todo, ya que ésta puso en evidencia las grandes diferencias que existen entre ambos.

Tal vez Juana acompañada se siente más incómoda cuando la compañía es Octavio, la convivencia entre ambos no hizo más que mostrar lo antagónicos que son. Hay un capítulo, “Boda”, uno piensa que hablará sobre ese gran acontecimiento en la vida de una mujer, pero son meros y lejanos recuerdos, el capítulo se enfoca más en ese presente en el que Juana sigue casada con Octavio. Un presente donde se muestra la languidez de un convivir juntos, una especie de aburrimiento. El hombre trabajando y la mujer atenta a sus movimientos, servil por fuera, pero sus pensamientos expresan lo que realmente siente… Lo observa bastante crítica, hay como una rabia mutua.

La culpa era de él, pensó fríamente, mientras esperaba la nueva ola de rabia. La culpa era de él. La culpa era de él. Su presencia, y más que su presencia: saber que él existía, la privaba de libertad. Ahora, solo raras veces, y de una manera fugaz, conseguía sentir. Eso: la culpa era de él. ¿Cómo no lo había descubierto antes?, se preguntó triunfante. Él se lo robaba todo, todo. Y como la frase resultaba pobre aún, pensó con intensidad, con los ojos cerrados: ¡todo! Se sintió mejor; pensó con más nitidez.

Claro que eso de culpar u odiar al otro de algo es una actitud bastante inmadura, en vez de asumir la responsabilidad de la elección de haberse casado con él. Juana siente que por culpa de él perdió su amada libertad:

¡Antes de que él llegara, estaba siempre con las manos extendidas y cuántas, oh, cuántas sorpresas recibía! Violentas sorpresas, como el rayo, dulces sorpresas, como una lluvia de pequeñas luces… Ahora tenía todo su tiempo entregado a él y los minutos que eran suyos Juana los sentía concedidos, partidos en pequeños cubos de hielo que debía tragar rápidamente, antes de que se derritieran. Y fustigándose para andar al galope: ¡mira, que ese tiempo es libertad!, mira piensa deprisa, mira, encuéntrate deprisa, mira… ¡se acabó! Ahora —solo más tarde, de nuevo la bandeja de cubitos de hielo y tú delante de ella, fascinada, viendo los reguerones de agua escurriéndose—.

Pero no lo abandona, aunque quiere, incluso después de que se entera que él la estaba engañando con la novia de la infancia, Lidia, no lo hace por ese «poquito de felicidad» que él le brinda: «—Aplazarlo, solo aplazarlo. —Pensó Juana antes de dejar de pensar. Porque los últimos cubitos de hielo se habían derretido, y ahora ella era tristemente una mujer feliz».

El hombre

¿Quién, realmente, entiende a esta mujer? Posiblemente aquellos que ponen un poquito de esfuerzo en comprender su mundo. Tal vez su padre y el hombre que conoce después de enterarse de que Lidia está embarazada de Octavio, ese hombre que ni siquiera tiene nombre, porque Juana jamás le pidió que se lo dé:

Se acercaba. Se detuvo a unos pasos de ella. Permanecieron en silencio. Ella con los ojos fijos, abiertos, cansados. Él trémulo, vacilante. Alrededor, las hojas se movían agitadas por la brisa, un pájaro gorjeaba monótono.

El silencio se prolongaba a la espera de lo que pudieran decir. Pero ninguno de los dos descubría en el otro el comienzo de una palabra. Se fundían ambos en la quietud. Instantes después él dejó de palpitar, sus ojos penetraron más adentro en el cuerpo de la mujer, se apoderaron suavemente de él y de su fatiga. La miraba olvidado de sí mismo y de su timidez. Juana lo sentía penetrándola y le dejó.

¡Qué encuentro tan extraño! Dos desconocidos sentados frente a frente en la habitación de él, dos desconocidos sentados en un lugar de tanta intimidad: una habitación. El hombre siente miedo de la mujer que tiene frente suyo, ella se siente fascinada por él, esa vida tan diferente a la de ella junto a Octavio. Ella decide volver a esa casa y el hombre tampoco se lo impide, sólo la mira aterrorizado.

Un hombre sin nombre que sólo se convierte en una manera de escapar de su rutina, también como una venganza de ella a lo que estaban haciendo Octavio y Lidia.

Él la espera, la espera, ella… es diferente a lo que es con Octavio, con el hombre habla y habla, habla libremente, se podría decir. La historia que tiene con el hombre está llena de palabras, de absurdos, él le pide que se invente palabras nuevas y a ella eso le fascina, “lalande”:

—Es como lágrimas de ángel. ¿Sabes lo que son lágrimas de ángel? Una especie de narciso pequeño, la brisa más ligera lo mueve a un lado y otro. Lalande es también mar de madrugada, cuando ninguna mirada ha visto todavía la playa, cuando el sol no ha nacido. Siempre que diga: Lalande, debes sentir la vibración fresca y salada del mar, debes andar a lo largo de la playa aún oscura, lentamente, desnudo. Inmediatamente sentirás Lalande… Puedes creerme, soy una de las personas que mejor conocen el mar.

Juana es encantadora, el hombre queda fascinado por ella, ya no puede huir de ella ni de su locura, bonita relación, pero extraña. El hombre vive con una mujer, tal vez su pareja, nunca queda claro qué son ni tampoco queda claro por qué la mujer le permite a Juana entrar en esa casa. Tres que forman una pareja, una de ellas casi imperceptible, sólo los dos: el hombre y Juana. Ella contando historias absurdas y él tan sólo escuchándolas.

Juana sola

Yo no pensaba en casarme. Lo más gracioso es que aún tengo como la seguridad de no haberme casado… Creía más o menos eso: el casamiento es el final, después de casarme nada podrá ocurrirme. Imagínate tener siempre una persona al lado, no conocer la soledad (¡Dios mío!), no estar una consigo misma nunca, nunca. Y ser una mujer casada, es decir una persona con el destino trazado. Y, en adelante, solo esperar la muerte.

Es una mujer casada, que viviendo esa experiencia, cuestiona ese estado civil y no es que ya no hay nada después de eso, como pensaba, sino se da cuenta que extraña su soledad, su estarse consigo misma, si se casó con Octavio era por lo que le dice a Lidia, porque simplemente quiso casarse porque «Octavio es guapo, ¿no? No pensé en nada más».

Cuando Juana está sola, está acompañada de sí misma y eso es decir mucho. Hay momentos muy especiales cuando se encuentra sola, hay una comunión consigo misma. Por ejemplo, cuando se da cuenta que deja de ser una niña y se convierte en una adolescente, ese momento es sensual, reconoce su cuerpo y se maravilla de él. Surge, incluso un amor hacia sí misma. Luego siente vergüenza de su desnudez, pero en vez de cubrirse inmediatamente, así desnuda habla con Dios. Si es un rezo, no es un rezo tradicional, en el que se dan ciertas plegarias frías ni los típicos pedidos. Es una charla con Dios en confianza:

Descubrí encima de la lluvia un milagro, pensaba Juana, un milagro partido en estrellas grandes, serias y brillantes, como un anuncio parado: como un faro. ¿Qué intentan decir? En ellas presiento el secreto, ese brillo es el misterio impasible que noto fluir dentro de mí, llorar en notas amplias, desesperadas y románticas. Dios mío, por lo menos comunicadme con ellas, haced realidad mi deseo de besarlas. De sentir en los labios su luz, sentirla fulgurar dentro del cuerpo, dejándolo centelleante y transparente, fresco y húmedo como los minutos que anteceden a la madrugada. ¿Por qué surgen en mí esas sedes extrañas?

Cuando está sola se encuentra cerca del corazón salvaje, en su soledad es salvaje, en su soledad habla con Dios o con lo divino, con ella misma.

La verdad es que estoy arrodillada desnuda como un animal, junto a la cama, y mi alma se desespera como solo el cuerpo de una virgen se puede desesperar. La cama desaparece, las paredes del cuarto se alejan, caen vencidas. Y yo estoy en el mundo libre y ágil como una corza en la planicie. Me levanto suave como un soplo, alzo mi cabeza de flor y, soñolienta, con los pies ligeros, atravieso campos más allá de la tierra, del mundo, del tiempo, de Dios.

El caballo

El caballo salvaje que corre por la pradera, libre, esta imagen es retenida en los recuerdos de Juana. Lispector afirmó en algunas ocasiones que si hubiera nacido animal habría sido un caballo y eso lo transmite a su personaje Juana en esta novela.

Había entonces un caballo suelto en la campiña quieta, la movilidad de sus piernas solo se adivinaba. Todo impreciso, pero de súbito en la imprecisión había encontrado una nitidez que ella solo había adivinado y que no pudo poseer enteramente. Perturbada pensó: todo, todo. Las palabras son guijarros rodando en el río. No fue felicidad lo que sintió entonces, sino algo fluido, dulcemente amorfo, instante resplandeciente, instante sombrío.

No se queda en Dios cuando lo nombra, sino que va más allá, más allá de ese concepto. Benjamin Moser en la biografía dedicada a Lispector, en uno de los capítulos en los que menciona Cerca del corazón salvaje, explica que Juana es como un animal que no comprende el Bien ni el Mal, puede ser posible esa lectura, por eso es incomprendida por la mayoría de los personajes de esta novela. No es mala como en algunos momentos le echan en cara, es un animal salvaje, solitario y que aprecia su libertad.

Monté en él y volé por las laderas que la sombra ya invadía y refrescaba. Tiré de las riendas, pasé la mano por el pescuezo palpitante y cálido del animal. Continué a paso lento, escuchando dentro de mí la felicidad, alta y pura como un cielo de verano. Pasé la mano por mis brazos, por donde todavía se escurría el agua. Sentía el caballo vivo cerca de mí, como una continuación de mi cuerpo. Ambos respirábamos palpitantes y nuevos. Un color pesadamente sombrío se había posado sobre los campos aletargados del último sol y la brisa leve volaba mansamente. Es preciso que no olvide, pensé, que fui feliz, que sigo siendo feliz, más de lo que se puede ser. Pero lo olvidé, olvidé siempre.

Aprecia su libertad y la ansía cuando cree que la perdió, es decir cuando se encuentra casada con Octavio.

Esta novela es como un viaje, uno interno, uno donde se cuenta –metafóricamente– la historia de un caballo libre, luego cómo pierde su libertad y finalmente cómo la recupera:

Que terminaría de una vez la larga gestación de la infancia y de su dolorosa inmadurez reventaría su propio ser, al fin, al fin libre. No, no, ningún Dios, quiero estar sola. Y un día vendrá, sí, un día vendrá en mí la capacidad tan roja y afirmativa como clara y suave, un día lo que yo haga será ciegamente, seguramente, inconscientemente, pisando en mí, en mi verdad, tan íntegramente lanzada en lo que haga que seré incapaz de hablar, sobre todo un día vendrá en que todo mi movimiento será creación, nacimiento, quemaré todos los noes que existen dentro de mí, me demostraré a mí misma que nada hay que temer, que todo lo que yo sea será siempre donde haya una mujer con mi principio, alzaré dentro de mí lo que soy un día, a un gesto mío ondas se levantarán poderosas, agua pura sumergiendo la duda, la consciencia, seré fuerte como el alma de un animal y cuando hable serán palabras no pausadas y lentas, no levemente sentidas, no llenas de voluntad de humanidad, no el pasado corroyendo al futuro, lo que yo diga sonará fatal e íntegro, no habrá ningún espacio dentro de mí para que sepa que existe el tiempo, los hombres, las dimensiones, no habrá ningún espacio dentro de mí para notar siquiera que estaré creando instante por instante, no instante por instante: siempre fundido, porque entonces viviré, solo entonces viviré más que en la infancia, seré brutal y mal hecha como una piedra, seré leve y vaga como lo que se siente y no se entiende, me rebasaré en ondas, ah, Dios, y que todo venga y caiga sobre mí, hasta la incomprensión de mí misma en ciertos momentos blancos porque basta cumplirme y entonces nada impedirá mi camino hasta la muerte-sin-miedo, de cualquier lucha o descanso me levantaré fuerte y bella como un caballo joven.

Ficha del libro

TítuloCerca del corazón salvaje
AutorClarice Lispector
EditorialSiruela
Fecha de ediciónJulio, 2015
GéneroNovela
FormatoPapel
Páginas188
mm

Acerca de Angela Quinteros

Angela nació en La Paz, Bolivia. Estudió turismo, diseño gráfico y literatura. Es licenciada en literatura de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). Ganó el premio Pablo Neruda 2013 con el poemario: Consciousness. Entre inconsciencia y conciencia. Actualmente trabaja en el periódico Página Siete.

Categoría

Literatura, Novelas