30 de marzo de 2018

La campana de cristal

Sylvia Plath

Ser humano atormentado, mujer adelantada para su época, víctima de circunstancias de vida difíciles y de un matrimonio nocivo: Sylvia Plath es todo eso, pero ante todo es a través de su escritura.

Desde los alrededores de Nueva Inglaterra

Sylvia Plath nació Boston, EE.UU., el 27 de octubre de 1932. Principalmente es reconocida como poeta, sin embargo, escribió La campana de cristal –novela semiautobiográfica que ve la luz bajo el seudónimo de Victoria Lucas en 1963–, relatos, ensayos y sus diarios –los cuales han sido aclamados como textos de gran valor literario–.

Inició sus estudios universitarios en el Smith College, de donde se graduó en el año de 1955. Posteriormente obtuvo una beca Fulbright para realizar estudios en la Universidad de Cambridge, donde conoció al poeta Ted Hughes, con el cual contrajo matrimonio en 1956.

Durante mucho tiempo se pensó que la muerte de su padre cuando era niña, produjo una inestabilidad emocional que la llevó a un intento de suicidio el mismo año en que ingresa a la universidad. Sin embargo, posteriormente se ha especulado que Plath padecía de trastorno bipolar, el cual producía las constantes depresiones y deseos de suicidio que la acompañaron hasta 1963, año en que decide acabar con su vida. El primer intento de suicidio de la autora es tratado en La campana de cristal, donde Esther Greenwood se convierte en un alter ego de Plath:

Un sentimiento lleno de ternura me llenó el corazón. Mi heroína sería yo misma, aunque disfrazada. Se llamaría Elaine. Elaine. Conté las letras con los dedos. Esther también tenía seis letras. Parecía un buen presagio.

Sylvia/Esther/Elaine

La relación entre la trama de la novela y la vida de la propia autora es evidente. En el texto, Esther es una estudiante de Lengua Inglesa en un pueblo de los alrededores de Boston, que gana un concurso de una revista de modas –gracias a un ensayo de su autoría–, el cual otorga como premio un trabajo en la Ciudad de Nueva York durante un mes.

A lo largo de las páginas de la novela, observamos como Esther nunca está satisfecha con lo que le sucede. Al inicio del texto se presenta a la protagonista desde una prometedora llegada a Nueva York, pero poco a poco iremos siendo testigos de la debacle emocional que la va apoderando. Al regresar a la casa de su madre en Boston luego del término de la beca en Nueva York, se zambulle en un período de depresión –que la conduce al intento de suicidio– y que, finalmente, lleva a la protagonista por un proceso de consultas psiquiátricas, terapias de electroshock e internamientos en instituciones de salud mental. Si en un principio creemos que Esther no se siente satisfecha en ningún lugar ni alrededor de nadie, poco a poco nos damos cuenta que esa insatisfacción no proviene del entorno que la rodea, sino de su propio interior. La misma menciona:

El silencio me deprimía. No era realmente el silencio. Era mi propio silencio.

El monólogo interior de la protagonista nos hace saber que ella desea escribir y viajar, pero no desea cuestionarse acerca de qué futuro le espera en su vida. Uno de los pasajes más hermosos del texto habla acerca de la encrucijada en la que se siente posicionada Esther y en su imposibilidad de elegir ante las proyecciones de vida que se presentan ante ella:

Vi mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento. De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, y otro higo era un brillante profesor, y otro higo era E Ge, la extraordinaria editora, y otro higo era Europa y África y Sudamérica y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesiones poco usuales, y otro higo era una campeona de equipo olímpico de atletismo, y más allá y por encima de aquellos higos había muchos más higos que no podía identificar claramente. Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies.

Los diferentes caminos que puede tomar la vida de Esther no logran emocionarla. Constantemente se confiesa como una persona que no desea tener que escoger una posibilidad para su vida, que anhela todas las opciones latentes y que esta falta de decisión ante el propio destino la llevará a no poder realizar nada concreto en su vida. A medida que avanzamos en la novela, vemos como esta imposibilidad se va convirtiendo en una inacción que va carcomiendo la mente de Esther, a tal punto que considera innecesario realizar tareas tan cotidianas como lavar su ropa o lavarse el pelo y se le vuelven imposibles actividades como el sueño y la escritura.

Aquella mañana había intentado escribirle una carta a Dooren, que estaba en West Virginia, preguntándole si podía vivir con ella y quizá conseguir un empleo en su universidad, de camarera o de otra cosa. Pero cuando cogí la pluma, mi mano hizo letras grandes, espasmódicas, como las de un niño, y las líneas se inclinaron en la página de la izquierda a derecha casi diagonalmente, como si fueran bucles de cordel dispuestos sobre la hoja y alguien hubiera venido y los hubiera soplado de lado. Sabía que no podía enviar una carta así, de modo que la rompí en pedacitos y los metí en mi bolso, junto al estuche de múltiples usos, por si el psiquiatra quería verlos.

¿Compartes nuestra misión de vida de leer los mejores libros?

Si vuelves a leernos cada vez que publicamos un nuevo ensayo que te introducen a las claves fundamentales de los mejores libros, o si consideras relevante el texto que ahora estás leyendo, piensa en demostrarnos tu apoyo través de una donación:
Pago seguro a través de Stripe.com

La campana de cristal y su relación con los Diarios completos

El temor ante la imposibilidad de la escritura lo plasmó también en sus diarios, donde en algunos fragmentos del texto manifiesta su miedo ante la idea de no poder escribir la novela que tiene en mente. Es importante destacar el lugar que, en su ámbito de creación personal, le otorgó a la vida y obra de la escritora inglesa Virginia Woolf. Plath menciona en sus Diarios completos lo siguiente:

Me encanta Woolf […] Pero en el verano negro de 1953 yo sentí que estaba replicando su suicidio. Solo que yo sería incapaz de meterme en un río y ahogarme. Supongo que siempre seré excesivamente vulnerable y algo paranoica. Pero también soy condenadamente sana y resistente. Y tengo la sangre dulce como una tarta de manzana. Solo que tengo que escribir y esta semana ya me siento angustiada porque no he escrito nada últimamente. La Novela se ha convertido en una idea tan grande que me da pánico. Sin embargo, sé y siento que he vivido muchas cosas, y que precisamente por eso he acumulado tanta experiencia para mi edad; he dejado atrás la moral convencional y me he forjado mi propia moral, que consiste en el compromiso en cuerpo y alma con la fe en ser capaz de construirme una vida que merezca la pena. No obstante, no tengo otro dios que el sol (Sentí que estaba replicando el suicidio de Virginia Woolf. Lunes por la tarde, 25 de febrero de 1957).

Pareciera que para Plath, la vida merece la pena solo si es suficientemente buena como para ser escrita. Una de las opciones que Esther añora en La campana de cristal, es poder estudiar en el extranjero, ya que en algunos momentos declara que probablemente no escribe porque no tiene nada emocionante que contar acerca de su monótona vida. Al respecto Esther menciona:

Yo siempre había creído que pensaba conseguir una buena beca universitaria o una subvención para poder estudiar en Europa, y después pensaba ser profesora y escribir libros de poemas, o escribir libros de poemas y ser una especie de redactora. Solía hablar mucho de esos planes.

La protagonista considera que es necesaria una vida excitante para que el impulso creativo la invada. La falta de emociones en la vida de una chica de las afueras de Boston que vive con su madre, en su opinión, no le ha permitido acumular la suficiente experiencia del mundo, con lo cual no posee material acerca de qué escribir. Leemos en el texto:

Entonces comprendí cuál era el problema. Necesitaba experiencia. ¿Cómo podía escribir de la vida cuando nunca había tenido ningún enredo amoroso, ni un bebé, ni había visto morir morir a nadie? Una muchacha que yo conocía acababa de ganar un premio por un cuento acerca de sus aventuras entre los pigmeos en África. ¿Cómo podía yo competir con algo así?

Plath indica en sus Diarios completos que este deseo de viajar que poseía de joven, de tener una vida excitante, no había logrado llenar el vacío que la embargaba. La autora tomó como motivo para La campana de cristal la vida que le tocó vivir, con sus decepciones, sus sueños no cumplidos o aquellos que, realizados, no llenaron sus expectativas, lo cual sumió a la autora en una profunda melancolía.

En Wellesley solía sentarme en las escaleras de la entrada y, mientras lamentaba mi inactividad, mascullaba para mis adentros: «Ah, si pudiera viajar, conocer a personas interesantes, ¡qué cosas escribiría! Los dejaría a todos pasmados». Ahora he vivido en Cambridge, Londres, Yorkshire, París, Niza, Múnich, Venecia, Roma, Madrid, Alicante, Benidorm. Me zumban los oídos. ¿Dónde estoy? Una novela. Empezar. Los poemas son monumentos a algunos instantes: me propongo hacer estallar las costuras de mi elaborado terceto encadenado (Sentí que estaba replicando el suicidio de Virginia Woolf. Lunes por la tarde, 25 de febrero de 1957).

Pulsión de vida y pulsión de muerte

En La campana de cristal la idea de la muerte está cada vez más presente a lo largo del desarrollo de la trama. Esther fantasea acerca de cómo morir, cuestiona los deseos de vivir de su propio cuerpo ante los intentos fallidos de acabar con su existencia. Considera que su cuerpo es débil, ya que siempre fastidia sus deseos de aniquilación, frustrando cada intento de suicidio:

Las piedras yacían abultadas y frías bajo mis pies desnudos. Pensé con añoranza en los zapatos negros que estaban en la playa. Una ola se echó hacia atrás, como una mano, luego avanzó y me tocó el pie. La marea parecía arrastrar el fondo mismo del mar, donde blancos peces ciegos avanzaban por su propia luz a través del gran frío polar. Vi dientes de tiburones y esqueletos de ballenas esparcidos allá abajo, como lápidas sepulcrales. Esperé como si el mar pudiera tomar la decisión por mí. Una segunda ola se aplastó sobre mis pies, orlada de blanca espuma, y el frío aferró mis tobillos con un dolor mortal. Mi carne retrocedió, acobardada, ante tal muerte. Cogí mi bolso y regresé andando sobre las frías piedras hasta donde mis zapatos continuaban su vigilia en la luz violeta.

Esther describe con exactitud todos sus pensamientos alrededor de acabar con su vida y, en el momento en que decide llevar a cabo su propia muerte, la situación se narra desde una perspectiva que, lejos de causar horror, asombra por su particular belleza. Leemos a continuación:

Las telarañas me tocaron el rostro con la suavidad de las polillas. Envolviéndome en mi abrigo negro como en mi propia dulce sombra, destapé el frasco de pastillas y empecé a tomármelas velozmente, entre tragos de agua, una por una. Al principio nada sucedió, pero cuando me acercaba al fondo del frasco, luces rojas y azules comenzaron a relampaguear ante mis ojos. El frasco se me escapó de entre los dedos y me recosté. El silencio se alejó descubriendo los guijarros y las conchas y toda la sucia ruina de mi vida. Luego, en el umbral de la visión, se congregó, y en una devastadora marea me arrojó al sueño.

En ningún momento se habla desde el temor, sino desde la añoranza de un descanso eterno ante el vacío de la vida. Esta actitud nihilista acompaña a la protagonista durante el desarrollo del texto. La vida no le parece lo suficiente valiosa para sobrellevarla, toda acción le parece vacía. Participamos del diálogo de un individuo que ve la vida como una pesada carga.

Sylvia Plath: una mirada trasgresora

A través de las páginas de La campana de cristal, podemos ver constantemente el nombre de Buddy Willard, presentado como primer amor de Esther. En un inicio es descrito desde la visión de una mujer enamorada: estudiante de Medicina en Yale, digno representante de las buenas costumbres heredadas de su buena familia, entre otras muchas cualidades. Sin embargo, la protagonista comienza a desvirtuar esa visión sin mancha de Buddy –el cual es internado debido a que sufre de tuberculosis–, al punto que al visitarlo en la clínica lo describe casi con desprecio. Ante la propuesta de matrimonio de Buddy, Esther le deja clara su posición ante su pregunta:

Buddy se sentó a mi lado. Rodeó mi talle con su brazo y apartó el cabello de mi oído. No me moví. Entonces le oí murmurar:

–¿Qué te parecería ser la señora de Buddy Willard? Pensé en como aquella pregunta me hubiera hecho caer de espaldas en cualquier momento en el período de cinco o seis años en que yo adoraba a Buddy Willard desde lejos. Buddy me vio vacilar.

[…]

–Creo que debo decirte algo Buddy.

–Lo sé –dijo Buddy duramente–. Conociste a alguien.

–No, no es eso.

–¿Qué es entonces?

–Nunca voy casarme.

–Estás loca –se iluminó Buddy–. Cambiarás de idea.

–No. Lo tengo claro.

Ante la negativa de Esther, Buddy trata de persuadirla, pero ella le recuerda una anécdota pasada donde él le pide escoger entre vivir entre el campo o la ciudad, en la cual ella le dice que quiere vivir entre ambas opciones y esta respuesta, según Buddy, le confirma que Esther padece neurosis –enfermedad considerada por la historia clínica, claramente patriarcal, como un trastorno presente sobre todo en las mujeres–. Esther trae a colación esta anécdota para indicarle a Buddy lo siguiente:

Si ser neurótica es decir dos cosas mutuamente excluyentes en el mismo momento, entonces soy endemoniadamente neurótica. Estaré volando de una a otra cosa mutuamente excluyente durante el resto de mi vida.

Esther manifiesta una constante rebeldía a someterse a los deseos de los hombres, no desea trabajar para ellos, no desea compartir sus trastornos con los psiquiatras que la atienden, tampoco manifiesta deseos de compartir su vida con ningún hombre en ningún ámbito de la misma. La protagonista menciona que:

El problema era que yo detestaba la idea de trabajar para los hombres de cualquier forma que fuera. Quería dictar mis propias emocionantes cartas.

En este punto es revelador recordar la destructiva relación matrimonial que compartió Sylvia Plath con Ted Hughes. Vemos en su relación de pareja esta mutua exclusión de una mujer que no desea ser controlada por un hombre, pero que es obnubilada por la relación con su esposo. Leemos en un fragmento de sus diarios completos la siguiente reflexión:

¿Qué es lo primero? Mantener la calma con Ted y no quejarme. Con él a mi lado me siento terriblemente tentada de lamentarme, de compartir mis temores y mis miserias con él. A la miseria le gusta la compañía. Pero solo consigo magnificar mis miedos cuando los veo reflejados en él […] (He ido tambaleándome por ahí, lúgubre, siniestra. Martes, 5 de noviembre de 1957, por la noche).

Volviendo a la trama de la novela, cuando Esther ya se encuentra internada en un manicomio privado, financiado por su benefactora Philomena Guinea, Buddy vuelve a aparecer en escena, sin embargo, ella sigue convencida de que no desea ceder su libertad a ningún hombre.

Al principio había pensado que sería horrible que Buddy viniera y me visitara en el manicomio: probablemente sólo vendría a deleitarse y a intimar con los otros doctores. Pero luego me pareció que sería un paso ponerlo en su lugar, renunciar a él, a pesar del hecho de que yo no tenía a nadie; decirle que no había ningún intérprete simultáneo, nadie, pero que él no era el apropiado, que yo había dejado de depender de él.

La protagonista también declara la poca emoción que le produce la maternidad, concibiéndola como algo muy ajeno a su persona. No desea tener un esposo, ni una familia, el “instinto maternal” no surge en ella como lo ve surgir en otras mujeres. Cuando se encuentra en una clínica que aparenta ser sólo para mujeres declara:

¡Qué fácil les parecía tener hijos a las mujeres que me rodeaban! ¿Porqué era yo tan poco maternal y distinta? ¿Por qué no podía yo soñar con dedicarme a un bebé tras otro gordo bebé en crecimiento como Dodo Conway?

Esther va a esta clínica, por recomendación de su psiquiatra, la doctora Nolan, porque ella misma manifiesta que quiere obtener un diafragma para así disponer de un mecanismo de control de la natalidad. Declara que este tipo de procedimientos eran ilegales aún en Massachusetts, alegando la presencia de muchos ciudadanos católicos. Sin embargo, ella decide poseer un método anticonceptivo que le permita disfrutar del sexo sin ningún tipo de miedo acerca de la pérdida de su libertad debido a un embarazo no deseado que la obligue a una vida que no desea.

Me subí a la mesa de reconocimiento pensando: «Estoy trepando hacia la libertad, libertad del temor, libertad de no casarme con la persona inadecuada, como Buddy Willard, sólo a causa del sexo; libertad de los Hogares Florence Cretteden, adonde van todas las muchachas pobres que debieron haber sido ayudadas como yo, porque lo hicieron, lo harían de todas maneras, sin hacer caso…»

Una vez salida de la consulta, Esther siente la mirada de la gente como unos rayos X que logran ver en su interior –todo esto alimentado por su idea acerca delo conservadora que era la gente católica de su pueblo–. En este hecho, Plath evidencia tres situaciones en la vida de las mujeres desde una mirada trasgresora para su tiempo: la maternidad como una condición que no es inherente a ser mujer, el disfrute del sexo sin prejuicios ni temores y el acceso a un control de la natalidad.

Sentada en la campana de cristal, agitándose en su propio aire viciado

Una campana de cristal es un artefacto que funciona para proteger y/o exhibir objetos delicados. Plath utiliza la metáfora de la campana de cristal para representar la sensación que invade a Esther de estar separada del mundo que la rodea. Además, la utiliza como símbolo de su falta de conexión con todo aquello que podría representar una razón para darle valor a su vida. Quizá el mejor fragmento para representar lo anterior es el siguiente:

Para la persona encerrada en la campana de cristal, vacía y detenida como un bebé muerto, el mundo mismo es la pesadilla.

Esther considera que, en realidad, todas las mujeres –y las personas en general– vivimos bajo nuestra propia campana de cristal, solo que algunas son más estigmatizadas que otras. Esto sugiere que, con o sin la presencia de trastornos que podrían ser denominados como “locura”, los individuos nos enfrentamos a una vida con la cual, de una u otra manera, no nos sentimos completamente vinculados.

¿Qué había en nosotras, en Belsize, que fuera tan diferente de las muchachas que jugaban bridge, chismorreaban y estudiaban en la universidad a la cual yo iba a regresar? Esas muchachas estaban sentadas bajo campanas de cristal de cierta clase.

Finalizando la novela, la propia Esther muestra una cierta recuperación que le permite optar por ser candidata para salir del manicomio donde está internada y retomar su vida como estudiante universitaria. Sin embargo, deja constar que realmente no posee ninguna garantía acerca de su completa recuperación.

¿Cómo podría yo saber si algún día en la universidad, en Europa, en algún lugar, en cualquier lugar, la campana de cristal con sus asfixiantes distorsiones, no volverá a descender?

Considerando la vida y desenlace trágico de la autora, la cual se suicida un mes después de ser publicada la novela bajo su nombre real en el año de 1967, podríamos pensar que la campana de cristal tal vez nunca dejó de mediar en la experiencia con la que interactuaba con el mundo Sylvia Plath. La muerte se presenta como una condición anhelada, un descanso eterno de la pesadez de la vida. En su poema Lady Lazarus, recopilado en su antología de poemas denominada Ariel, hay un fragmento que describe el lugar de la muerte en su vida:

Morir

Es un arte, como cualquier otra cosa.

Yo lo hago excepcionalmente bien.

Ser humano atormentado, mujer adelantada para su época, víctima de circunstancias de vida difíciles y de un matrimonio nocivo: Sylvia Plath es todo eso, pero ante todo es a través de su escritura. Su dolor, su miedo, su ansiedad se plasman a lo largo de sus textos, como también sus breves alegrías. Su escritura tal vez fue la única forma en la que logró levantar momentáneamente la campana de cristal que la aprisionaba, con lo cual a través de la palabra, le era posible interactuar con ese mundo al que se sentía tan ajena.

Ficha del libro

TítuloLa campana de cristal
AutorSylvia Plath
EditorialEdhasa
Fecha de ediciónFebrero, 2015
GéneroNovela
FormatoPapel
Páginas384
mm

Acerca de Lucía Leandro Hernández

Nace a las faldas de los volcanes Irazú y Turrialba en Cartago, Costa Rica. Es licenciada en música por la Universidad de Costa Rica y posee un professional performance certificate por Penn State University, EEUU. Ha realizado estudios de educación musical y literatura latinoamericana en la Universidad de Costa Rica. Es máster en teoría de la literatura y literatura comparada por la Universitat de Barcelona, institución donde actualmente es doctoranda del programa en estudios lingüísticos, literarios y culturales.

Categoría

Biografías y Memorias, Literatura, Novelas