13 de abril de 2018

El juguete rabioso

Roberto Arlt

Silvio Astier, personaje principal de ‘El juguete rabioso’ (1926) de Roberto Arlt, atraviesa su vida en una relación constante entre literatura, dinero y delito. La obra pone en jaque el canon literario argentino de entonces y aún estremece su actualidad.

Roberto Arlt escribe La vida puerca, nombre original de su primera novela, tiempo antes de que se publique; las peripecias por lograr que el texto se diera a conocer, a veces nos recuerda la perseverancia y la obstinación de algunos de sus personajes cuando se proponen algún cometido. Así es como en un principio, el texto fue rechazado por la Editorial Claridad; pero finalmente, Ricardo Güiraldes, responsable del cambio del título, lo incita y ayuda a publicarlo en la Editorial Latina, gesto que Arlt retribuye dedicándole la novela. Mucho se ha hablado acerca de la similitud entre la novela y la vida del escritor: Astier y Arlt comparten el deseo por lo literario en una incesante interrupción por la necesidad de trabajar. Sin embargo, más allá de ése y otros rasgos autobiográficos, el contexto de publicación de la obra trae consigo las problemáticas literarias de la época que, además, evidencian las problemáticas sociales y económicas de la Argentina de principio del siglo XX y, por qué no, de las actuales.

En ese sentido, no es posible leer a Roberto Arlt sin mencionar que durante los años 1920 y 1930 la producción literaria estuvo dividida en dos grupos que obtuvieron el nombre de Florida y Boedo. Ambos se nombraron así por las que calles en las que estaban situadas sus revistas, Martin Fierro y Claridad, respectivamente. Florida concebía la literatura a partir de la estética, del juego con lo formal, de la experimentación y ruptura que tomaron de las vanguardias europeas de las que sus escritores se influenciaron. En cambio, Boedo pensaba a lo literario desde lo social, prevalecía el contenido frente a la forma y creían en la revolución proletaria, bandera que enarbolaron a partir de la lucha comunista de la Unión Soviética. Lo que hoy puede resultar reconciliable entre ambas ideas sobre la literatura, en aquel momento era imposible. Los tiempos y las utopías para un bando o para el otro demandaban una pertenecía y una convicción que hoy difícilmente podamos encontrar.

De cualquier forma, la oposición mencionada es analizada desde la crítica literaria y por lo tanto, la vinculación a un sector u otro no siempre es clara. Roberto Arlt es un ejemplo notable de esta tensión ya que si bien muchos rasgos de su vida y el estilo de su obra podrían clasificarse como un escritor del grupo Boedo, el tono amargo y trágico que adopta hacia el final El juguete rabioso genera que Elías Castelnuovo, uno de los máximos representantes del grupo Boedo, rechace la publicación de su texto. A su vez, quien ayuda al escritor a publicarla es Ricardo Güiraldes, escritor vinculado al grupo Florida, para quien Arlt trabajaba.

A pesar de la increíble complejidad que posee su novela, una de las primeras cosas que pienso cuando escribo sobre Arlt es que se lo acusó de escribir mal, de escribir con errores. Es cierto, no era un escritor culto en el sentido que el canon entiende a lo letrado, a lo erudito, a Borges, al grupo Florida. Pero es en esa falta donde se enaltece como escritor. Escribir bajo su código significa mostrar la falta de dinero. Es decir, es poner de manifiesto que el acceso a lo que se consideraba culto se permite a través del dinero. En ese sentido, escribir es evidenciar los problemas de acceso a la cultura: evidenciar el error, la falta de decoro, lo soez. Por lo tanto, la elección de escribir en y desde el subsuelo no es sólo literaria sino también, económica y política. Tal vez, escribía mal; pero el problema no fue ése sino la falta de comprensión de su texto. No se entendió en su época que él estaba vaticinando el acontecer de un sujeto asquerosamente actual y lo que no se comprende, naturalmente, se ataca.

Querer ser entre la literatura, el dinero y el delito

La novela se divide en cuatro capítulos cuyos nombres anticipan de forma explícita el contenido que desarrollarán. En Los ladrones, el primero, y en Los trabajos y los días, el segundo, Silvio Astier narra en el seno de un ambiente marginal, los delitos y las labores en los que se involucra para conseguir dinero y para progresar. De cualquier forma, la presencia de lo literario es la que articula y le da validez a su vida. En ese sentido, así se da inicio a la novela:

Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia. Decoraban el frente del cuchitril las polícromas carátulas de los cuadernillos que narraban las aventuras de Montbars el Pirata y de Wenongo el Mohicano. Nosotros los muchachos al salir de la escuela nos deleitábamos observando los cromos que colgaban en la puerta, descoloridos por el sol.

Ese primer fragmento, evidencia no sólo el encuentro inicial entre Silvio Astier y la literatura sino también, el vínculo que entabla con ella: el placer que genera la lectura y la trasmisión de la misma mediante un obrero inmigrante en el contexto del bajo Buenos Aires. A su vez, la adquisición literaria se da mediante el alquiler del tomo por cinco centavos. En ese sentido, se pone de manifiesto la clase social de pertenencia del protagonista ya que es un poseedor transitorio de la cultura; la presencia constante del dinero interrumpe el tiempo de ocio que implica leer con la necesidad económica y la toma de conciencia de que la literatura es una mercancía:

—Cuidarlo, niño, que dineroz cuesta —y tornando a sus menesteres inclinaba la cabeza cubierta hasta las orejas de una gorra color ratón, hurgaba con los dedos mugrientos de cola en una caja, y llenándose la boca de clavillos continuaba haciendo con el martillo toc… toc… toc… toc…

La literatura aparece desde el inicio como dinero porque se pone en evidencia su valor mercantil. A su vez, en cada paso que da el personaje, recuerda fragmentos de los textos leídos. En ese sentido, Astier recrea en su vida la literatura que anhela pero que no puede terminar de poseer sino a través de la repetición:

Dicha literatura, que yo devoraba en las «entregas» numerosas, era la historia de José María, el Rayo de Andalucía, o las aventuras de don Jaime el Barbudo y otros perillanes más o menos auténticos y pintorescos en los cromos que los representaban de esta forma: Caballeros en potros estupendamente enjaezados, con renegridas chuletas en el sonrosado rostro, cubierta la colilla torera por un cordobés de siete reflejos y trabuco naranjero en el arzón. Por lo general ofrecían con magnánimo gesto una bolsa amarilla de dinero a una viuda con un infante en los brazos, detenida al pie de un altozano verde.

Entonces yo soñaba con ser bandido y estrangular corregidores libidinosos; enderezaría entuertos, protegería a las viudas y me amarían singulares doncellas.

Necesitaba un camarada en las aventuras de la primera edad, y éste fue Enrique Irzubeta.

La literatura como aprendizaje, no obstante, está garantizada por la necesidad de sobrevivir en el mundo del delito. Así es como organizan junto a Enrique Irzubetay Lucio el Club de los caballeros de la media noche. En ese sentido, el último robo que realiza esta organización es una perfecta síntesis de la novela, no hay nada más simbólico que apropiarse de forma ilegal del recinto cultural de lo que entendemos como el primer acceso social al mundo de lo letrado: asaltar la biblioteca de una escuela. Es decir, se podría hurtar cualquier objeto de valor que pueda venderse para obtener dinero; pero la elección de robar libros no es inocente, lo que se pretende sabotear es la desigualdad de oportunidades en el acceso al mundo de lo culto. Además, Astier se presenta a sí mismo como adolescente y se evidencia, a lo largo de la novela, que ante la necesidad de trabajar no puede acceder al mundo estudiantil.

A su vez, el dinero que se obtiene en la organización mediante los robos no tiene el valor de cambio corriente porque es el resultado de una experiencia literaria; en definitiva, para poder pertenecer a ese otro mundo hedonista que implica la lectura es necesario robar según la lógica de la novela. En primer lugar, porque para acceder a esos placeres se necesita dinero; pero al no tenerlo, la única forma en la que Astier los puede conseguir es recreando en su propia vida las andanzas de Rocambole, personaje folletinesco de Ponson du Terrail al que el protagonista alude de forma constante. Por lo tanto, el dinero que se obtiene con los actos delictivos tiene un valor literario:

Así vivíamos días de sin par emoción, gozando el dinero de los latrocinios, aquel dinero que tenía para nosotros un valor especial y hasta parecía hablarnos con expresivo lenguaje.

Los billetes de banco parecían más significativos con sus imágenes coloreadas, las monedas de níquel tintineaban alegremente en las manos que jugaban con ellas juegos malabares. Sí, el dinero adquirido a fuerza de trapacerías se nos fingía mucho más valioso y sutil, impresionaba en una representación de valor máximo, parecía que susurraba en las orejas un elogio sonriente y una picardía incitante. No era el dinero vil y odioso que se abomina porque hay que ganarlo con trabajos penosos, sino dinero agilísimo, una esfera de plata con dos piernas de gnomo y barba de enano, un dinero truhanesco y bailarín, cuyo aroma como el vino generoso arrastraba a divinas francachelas.

Tras el robo a la biblioteca, el Club paraliza sus operaciones ya que Enrique estuvo muy cerca de ser interceptado por un policía y además, se comienza a investigar el robo; así se cierra el primer capítulo. En el segundo, la urgencia de dinero condena a Astier al trabajo a la vez que lo expulsa de ese otro mundo que implica la lectura:

Como el dueño de la casa nos aumentara el alquiler, nos mudamos de barrio, cambiándonos a un siniestro caserón de la calle Cuenca, al fondo de Floresta. Dejé de verlos a Lucio y Enrique, y una agria tiniebla de miseria se enseñoreó de mis días. Cuando cumplí los quince años, cierto atardecer mi madre me dijo: —Silvio, es necesario que trabajes. Yo que leía un libro junto a la mesa, levanté los ojos mirándola con rencor. Pensé: trabajar, siempre trabajar. Pero no contesté. Ella estaba de pie frente a la ventana. Azulada claridad crepuscular incidía en sus cabellos emblanquecidos, en la frente amarilla, rayada de arrugas, y me miraba oblicuamente, entre disgustada y compadecida, y yo evitaba encontrar sus ojos. Insistió comprendiendo la agresividad de mi silencio. —Tenés que trabajar, ¿entendés?

Así es como, consigue trabajar para Don Gaetano, un hombre que compraba y vendía libros usados. En ese sentido, la narración avanza, hasta este momento, en forma de círculos; siempre el personaje ronda entre los mismos perímetros que suponen el contacto efímero con la literatura y sobre todo, en un contexto miserable. La única forma de olvidar ese lugar espantoso donde Silvio trabajaba y vivía es recurriendo a la fantasía literaria:

—Diga, don Silvio.

—¿Qué hacen que no tiran este camastro a la basura?

El venerable anciano, poniendo los ojos en blanco, me respondió con un suspiro profundo, tomando así a Dios de testigo de todas las iniquidades de los hombres.

—Diga, Dío Fetente, ¿no hay otra cama? Aquí no se puede dormir…

—Esta casa es, el infierno, don Silvio… el infierno —y bajando la voz, temeroso de ser escuchado—:

—Esto es… la mujer… la comida… Ah, Dío Fetente, ¡qué casa ésta!

El viejo apagó la luz y yo pensé:

—Decididamente, voy de mal en peor.

Ahora escuchaba el ruido de la lluvia caer sobre el zinc de la boharda.

De pronto me conturbó un sollozo sofocado. Era el viejo que lloraba, que lloraba de pena y de hambre. Y ésa fue mi primera jornada.

Algunas veces en la noche, hay rostros de doncellas que hieren con espada de dulzura. Nos alejamos, y el alma nos queda entenebrecida y sola, como después de una fiesta.

Realizaciones excepcionales… se fueron y no sabemos más de ellas, y sin embargo nos acompañaron una noche teniendo la mirada fija en nuestros ojos inmóviles… y nosotros heridos con espadas de dulzura, pensamos cómo sería el amor de esas mujeres con esos semblantes que se adentraron en la carne.

Congojosa sequedad del espíritu, peregrina voluptuosidad áspera y mandadora.

Astier, violentado por las humillaciones que vive día a día en ese lugar intenta incendiar la librería en la que trabaja pero fracasa y decide no trabajar más allí. Tal vez, destruir, al igual que delinquir, sea una forma «rabiosa» de pertenecer.

En El juguete rabioso, el tercer capítulo, el protagonista atraviesa una serie de eventos desafortunados y desagradables, pero tres situaciones de fracaso notables hacen de su vida una cadena perpetua a la frustración. Primero, intenta ser aprendiz de mecánica aeronáutica en la Escuela Militar de Aviación de Palomar, lo toman pero en seguida le dan de baja. Luego, intenta conseguir trabajo en los transatlánticos para marcharse a Europa, no lo consigue. Más allá, de que en cada una de las situaciones comentadas el personaje como forma de protección frente a su infeliz vida recrea fragmentos de sus lecturas, la decisión de suicidarse es inminente porque ya no hay forma de subsanar tanta miseria. Pero incluso, esa trágica escapatoria tampoco se le concede porque también fracasa al hacerlo. En este momento crucial de hastío y locura es donde el personaje sufre una transformación, un giro inesperado. Los fracasos constantes que sufre, los ambientes y situaciones tétricas que transita, más una juventud desperdiciada en sacrificios sin recompensas, hacen que se termine convirtiendo en un ser despreciable:

Ya en la calle, mi enervamiento se disipó. Entré a una lechería y tomé un café. Todas las mesas estaban ocupadas por vendedores de diarios y cocheros. En el reloj colgado sobre una pueril escena bucólica, sonaron cinco campanadas. De pronto recordé que toda esa gente tenía hogar, vi el semblante de mi hermana, y desesperado, salí a la calle. Otra vez se amontonaron en mi espíritu las tribulaciones de la vida, las imágenes que no quería ver ni recordar, y rechinando los dientes caminaba por las veredas oscuras, calles de comercios defendidos por cortinas metálicas y tableros de madera. Tras esas puertas había dinero, los dueños de esos comercios dormirían tranquilamente en sus lujosos dormitorios, y yo, como un perro, andaba a la ventura por la ciudad. Estremecido de odio, encendí un cigarrillo y malignamente arrojé la cerilla encendida encima de un bulto humano que dormía acurrucado en un pórtico; una pequeña llama onduló en los andrajos, de pronto el miserable se irguió informe como una tiniebla y yo eché a correr amenazado por su enorme puño.

El problema radica en que Silvio Astier busca sólo su progreso. Es decir, el cambio social que busca de manera urgida no implica alterar la distribución de la cultura a nivel estructural sino que intenta cambiar sólo su destino. El recorrido que hace no es el de la lucha de clases como puede pensarse desde una ideología de izquierda, el acontecer de Silvio Astier tiene que ver con una gradual traición a los otros y a sí mismo. «La vida es puerca», no sólo por las desdichas del personaje sino por su intento de conversión a un sector social que no pertenece, un autoengaño sustentado por una idea desesperada de progreso y éxito. Así es como termina convirtiéndose en «Judas Iscariote», último y cuarto capítulo, al delatar al Rengo, un amigo que lo había participado de un robo:

—Sí, ¿por qué ha traicionado a su compañero?, y sin motivo. ¿No le da vergüenza tener tan poca dignidad a sus años? Enrojecido hasta la raíz de los cabellos, le respondí. —Es cierto… Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo qué sé… de destrozar para siempre la vida de un hombre… y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos. Vitri no me miraba ahora a la cara. Sus ojos estaban fijos en el lazo de mi corbata y su semblante iba adquiriendo sucesivamente una seriedad que se difundía en otra más terrible.

La descendencia de Silvio Astier

En Arlt no habita la certeza sino la contradicción y tal vez, ese haya sido el problema de publicar su novela en 1926. La convicción que se demandaba para los que pretendían la revolución proletaria desde la literatura era absoluta. En cambio, la tensión ideológica que supone a un sujeto impuro, quebrantable, traidor es lo que hace que la novela sea una crítica hacia cualquier utopía y un llamado de atención para todas las épocas. Silvio Astier se da cuenta de que hay un mundo al que no puede pertenecer, hay un acceso a la cultura que nunca va a poseer y, de alguna forma, sabe que la única opción que tiene para ingresar a ese mundo de lo letrado es recrear sus lecturas en la vida.

La traición al Rengo es la última oportunidad que le queda para poder pertenecer a ese otro mundo que le fue negado siempre. Pero esta vez, no es el delito codo a codo con sus amigos sino mediante el perjuicio a un par en pos del beneficio a un sujeto de otra clase social. Cuando traiciona al Rengo, traiciona a un amigo, traiciona a la clase social a la que pertenece, se traiciona a sí mismo pero también, instala la subjetividad de cada ser humano en el devenir de la historia, deja entrever el costado marginal de cualquiera de nosotros:

Arsenio Vitri se levantó, y sonriendo dijo: —Todo eso está muy bien, pero hay que trabajar. ¿En qué puedo serle útil? Reflexioné un instante, luego: —Vea yo quisiera irme al sur… al Neuquén… allá donde hay hielos y nubes… y grandes montañas… quisiera ver la montaña… —Perfectamente yo le ayudaré y le conseguiré un puesto en Comodoro pero ahora váyase porque tengo que trabajar. Le escribiré pronto… ¡Ah!, y no pierda su alegría su alegría es muy linda… Y su mano estrechó fuertemente la mía. Tropecé con una silla… y salí.

En la palabra “Tropecé” está la sutil bajada de línea. El texto termina evidenciando el error garrafal que cometió al delatar a su amigo. Silvio Astier podría reconocer hoy a los argentinos traicionando lo mismo que él traicionó aquella vez. En ese sentido, Roberto Arlt nació mucho antes de lo que debería haber nacido y por eso, escribió tan mal.

Ficha del libro

TítuloEl juguete rabioso
AutorRoberto Arlt
EditorialCátedra
Fecha de ediciónEnero, 2011
GéneroNovela
FormatoPapel
Páginas240
mm

Acerca de María Ayelén Spinelli

Es Profesora y Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Ejerce la docencia en el nivel secundario y universitario. A su vez, participa en diversas actividades académicas y escribe en distintos medios digitales.

Categoría

Literatura, Novelas