27 de abril de 2018

Tres tristes tigres

Guillermo Cabrera Infante

«Showtime! Señoras y señores. Ladies and gentlemen». Así eran recibidos cada noche los asistentes al Cabaret Tropicana, el más famoso de Cuba. Precisamente con esta bienvenida Guillermo Cabrera Infante nos invita a disfrutar de otro espectáculo, aquel que tomaba a La Habana como escenario cada noche a finales de la década de 1950, y que el escritor narra en su libro Tres tristes tigres.

La capital cubana de aquella época se había convertido en un lugar de ocio, llena de hoteles, casinos, cabarets y música. Pero la fascinación de Cabrera Infante por esta ciudad había empezado mucho antes, cuando tenía 12 años y su familia decidió mudarse desde un pueblo de campo del centro de la isla. Con esa corta edad Cabrera Infante se enamoró de una ciudad sobre la cual aseguraba era más suya que de los que habían nacido en ella porque él la había adoptado. En varias oportunidades afirmó que La Habana era para él una obsesión.

Allí creció y desarrolló su pasión por el cine, sobre el que comenzó publicando críticas y terminó creando guiones para Hollywood. Al mismo tiempo se dedicaba a la literatura, convirtiéndose en editor de Lunes de Revolución el suplemento cultural del periódico Revolución, el cual reunió a múltiples escritores cubanos cuyos nombres se convirtieron, o ya eran en aquella época, imprescindibles en la literatura nacional.

El año 1965 marcaría la despedida definitiva de Guillermo Cabrera Infante con la ciudad que amaba, estableciéndose en Londres para vivir en el exilio hasta su muerte. Desde entonces su relación con La Habana se alimentó de recuerdos y se hizo más intensa.

Es precisamente esta ciudad que vivía en su memoria el escenario de varias de sus novelas, entre ellas La Habana para un infante difunto, y por supuesto Tres tristes tigres. Esta última nació con el nombre Amanecer en el trópico y fue enviado al Premio Biblioteca Breve resultando ganador, más tarde cuando salió publicado en el año 1967 el libro era diferente.

Los tigres y su historia

Tres tristes tigres es un conocido trabalenguas infantil y un título que adelanta uno de los aspectos más reconocidos y estudiados de este libro, el juego de Guillermo Cabrera Infante con el lenguaje. Nos deja ver además algunas de las características de los personajes de la novela, un grupo de amigos que convierten la ciudad en su campo de acción.

Además del prólogo y el epílogo, la novela tiene 8 secciones con determinada independencia unas de otras, que nos permiten ir conociendo a Arsenio Cue, actor y aspirante a escritor, a Eribó bongosero y amante de la música en general y a Silvestre y su preferencia por el cine, el mar y las calles de La Habana. Algunas aventuras son narradas por Codac, fotógrafo de profesión empleado en un periódico de la época o por Bustrófedon a quien le obsesionaba el lenguaje y sus múltiples posibilidades.

En una de estas secciones, mientras Arsenio Cue manejaba a alta velocidad por la ciudad, Silvestre cree descubrir la obsesión de Cué por el tiempo y el espacio. Menciona además la del resto de sus amigos como se aprecia a continuación.

(…) supe por qué corría Arsenio Cué. No quería devorar los kilómetros como se dice (…), sino que estaba recorriendo la palabra kilometro y pensé que su intención era pareja a mi pretensión de recordarlo todo o a la tentación de Códac deseando que todas las mujeres tuvieran una sola vagina (aunque él no dijera exactamente vagina) o de Eribó erigiéndose en el sonido que camina o el difunto Bustrófedon que quiso ser el lenguaje.

Junto a ellos, se convierten en personajes de esta novela, o son mencionados en ella, reconocidos exponentes de la cultura cubana. Entre ellos por ejemplo Carlos Fraqui, escritor y crítico de arte, el también crítico e investigador Rine Leal, el escritor Calvert Casey, el director de cine Tomás Gutiérrez Alea (Titón), la cantante Olga Guillot y el músico Benny Moré, conocido como el Bárbaro del Ritmo.

La forma en que todos estos personajes se comunican, su forma de hablar tan típica de La Habana, es un empeño de Cabrera Infante de retratar la ciudad y su ambiente tal y como son. De ahí que al inicio del libro el propio Cabrera coloque una advertencia que señala que Tres Tristes Tigres está escrito en cubano, es decir, en los diferentes dialectos del español que se hablan en Cuba. Incluso aclara que algunas páginas tomarán más sentido escucharlas que leerlas, así que leer en voz alta puede ser más adecuado. La nota aclaratoria también señala:

(…) la escritura no es más que un intento de atrapar la voz humana al vuelo, como aquel que dice. Las distintas formas del cubano se funden o creo que se funden en un solo lenguaje literario. Sin embargo, predomina como un acento el habla de los habaneros y en particular la jerga nocturna que, como en todas las grandes ciudades, tiende a ser un idioma secreto.

Pero en Tres tristes tigres la ciudad en sí misma podría considerarse un personaje. La Habana que narra este libro es una ciudad que se mantiene en movimiento y que es objeto de múltiples descripciones. Sus calles, su malecón o su arquitectura son motivo de evocación.

Estos tristes tigres se centran en disfrutar al máximo todas las sensaciones que la noche, el cine y la música de La Habana les brindan. De la mano de este grupo de amigos recorremos una ciudad llena de lugares de ocio, una ciudad que ya mostraba edificios destruidos, pero que continuaba llena de opciones culturales.

La zona de caza

La noche habanera es uno de los temas principales de esta novela, todos sus personajes se mueven alrededor de ella mostrando su esplendor, los placeres y los vicios que esta alberga. En una entrevista concedida a Reynaldo Jiménez en el año 1979 Cabrera Infante explicaba que esta novela es el testimonio de sus noches de amor con La Habana, y que el recuerdo de la capital cubana era mejor incluso que la ciudad misma. En este escenario, los personajes de Cabrera Infante tenían claro lo que buscaban:

Arseniato Cúprico pone los pasadores a la capota y arranca con todos nosotros hacia la noche de amor, de locura y de muerte.

En la novela los narradores se detienen muy pocas veces en las condiciones de vida de sus personajes, en su posición social o en sus problemas económicos. Los protagonistas están más preocupados en decidir en qué cabaret o night-club pasarán la noche, en compañía de quién, con orquesta en vivo o acompañados por la victrola.

La única condición para esta vida de placeres y ocio, que los personajes de Tres tristes tigres parecen comprender muy bien, es que es necesario salir en su búsqueda al lugar preciso.

–Ven no seas bobo tú. A lo mejor nos encontramos con gente conocida.

–Es posible —dijo Cué—. Hay de todo en la noche.

La Banda sonora

La música es un componente indispensable en las salidas nocturnas de los tristes tigres, no podía ser de otra forma en una isla tan musical como Cuba. Al talento de Eribó a la hora de tocar el bongó, se une otro personaje que destaca en una de las secciones por su voz prodigiosa. La Estrella, una cantante empírica que se dedica a entretener hasta la madrugada a los asistentes de un bar sin acompañamiento musical. Otro personaje con menor presencia en el libro, es Cuba Venegas, nombre artístico de una joven que logra convertirse en la artista principal de otro de los cabarets de la Habana de la época.

Junto a ellos, aparecen talentos musicales de la época en la isla como Ignacio Piñeiro, el percusionista Guillermo Barreto, Ñico Saquito, Benny Moré o las cantantes Elena Burke, Rita Montaner o Ella Fitzgerald. Otros nombres como el de Johann Sebastian Bach o la cantante Olga Guillot aparecen en varias ocasiones mencionados en las conversaciones de los tigres.

¿Qué diría el viejo Bacho si supiera que su música viaja por el Malecón de La Habana, en el trópico, a sesenta y cinco kilómetros por hora? (…) Bach—dice Cué— que fumaba tabaco y bebía café y fornicaba como cualquier habanero, pasea ahora con nosotros.

Los carnavales de La Habana eran otro espectáculo donde la música y la noche habanera se convertían en la principal atracción, ya fuera interpretada en vivo por las orquestas o seleccionada de las muchas opciones que brindaban las victrolas.

El séptimo arte

Guillermo Cabrera Infante era un hombre de cine: espectador, crítico y guionista, su terminología y sus técnicas eran siempre constantes en su obra. Pero el cine gozaba también de la preferencia de los habaneros, un ejemplo de esto son las estrategias que utilizaban Silvestre y su hermano para tener el dinero de la entrada de alguna de las salas oscuras de la ciudad. Los hermanos vendían cartuchos, periódicos a la pescadería o los libros familiares, enfrentándose incluso a la ira de su padre, celoso con su biblioteca.

El cine, «la gloria o la panacea de todos los dolores de la adolescencia», como le decían ellos, costaba menos los jueves. A pesar de las condiciones que tuvieran las instalaciones, la intimidad de la oscuridad que los caracteriza, la pantalla y la magia que esta despliega en cada historia para los espectadores, eran siempre razones de sobra para volver. Aun con sus carencias, el cine se describe como un lugar mágico.

El nombre de Alfred Hitchcock se menciona en varias ocasiones en Tres tristes tigres al igual que el de Oliver Hardy. En este libro el cine es también una fuente de aprendizaje. Sus personajes comparan su vida con las historias que observan en la gran pantalla: «(…) y si esto fuera una película y no la vida (…) un crepúsculo de final de película religiosa en Technicolor».

Su amor por el séptimo arte llegaba incluso a hacer que estos tigres utilizaran los términos cinematográficos en su hablar cotidiano.

(…) me dijo Silvestre, que siempre habla en términos de cine: un día me hizo un marco con las manos, siendo él entonces el fotógrafo, y me dijo no te muevas que te me vas de cuadro (…) No vengas a meter en la conversación ese flashback, (…).

¿Qué cazan los tristes tigres?

En La Habana, es común que entre los hombres se llamen tigres, una forma también de hacer notar su masculinidad, asociada a la fuerza, al respeto que suele tener este animal. Este sobrenombre apunta también a la actividad preferida de los protagonistas del libro: las salidas nocturnas en busca de aventuras, la mayoría de ellas sexuales, podríamos decir salir a «cazar su presa».

En la noche habanera y los lugares que este grupo solía frecuentar, acaparaban su atención por ejemplo, las mulatas, uno de los principales estereotipos eróticos de la isla a las que Cabrera Infante define como una criatura de la mitología habanera. Estaban también las bailarinas que animaban los cabarets vestidas con muy poca ropa y que hipnotizaban a más de uno, como podemos ver en el siguiente párrafo.

Silvestre miraba al show (más bien a las bailarinas del show todas llenas de piernas y de muslos y de senos) como si lo viera por primera vez en su vida. La fruta del mercado ajeno. (…) Olvidaba esta real belleza de al lado por el espejismo de la belleza en el escenario.

El componente erótico de la novela se aprecia también en el sentido del humor de sus personajes, que como suele suceder en la isla, utilizan frases que en su mayoría juegan con el doble sentido, siempre dejando con la duda al interlocutor de si se está haciendo o no referencia al sexo, jugando con suposiciones, creando más incertidumbre:

(…) pero me fui con ellos y ella caminaba delante con la mujer que era su mujer (quiero decir, mujer de este hombre que caminaba junto a mí: no vayan a malentender nada, todavía) (…) La puerta estaba abierta y ella estaba sobre la cama disponiendo las fotos en que mostraba sus senos desnudos. Eran grandes. Quiero decir, las fotos: cubrían, dos o tres, casi toda la cama.

La Habana disponía en aquella época un ambiente propicio para la caza nocturna de estos tigres: los nigth-clubs o los bares con sus orquestas, con el alcohol y la oscuridad. Todo esto ayudaba a crear la atmósfera perfecta. Este ritual de cada noche que se describe en el libro muestra al ser humano persiguiendo las sensaciones, saliendo a vivirlas.

(…) caminó hacia mí en punta de pies, con el tórax combado y los brazos y los hombros echados hacia atrás en un gesto que debió de haber aprendido de Jayne Mansfield, pero que no me dio risa porque tenía frente a mí (y digo frente a mí) la belleza que se puede ver, tocar, oír, oler y gustar con todos los sentidos: ver con las manos, oír con la boca, gustar con los ojos, oler con los poros del cuerpo: (…).

En este sentido la noche se volvía una aliada para las parejas que no tenían un lugar dónde encontrarse, ya fuera porque no tenían el dinero suficiente para ir a una posada o porque eran muy tímidos para aceptar ir. Esta oscuridad cómplice también se conseguía en los bares o night-clubs.

La música era otro catalizador del erotismo. El texto reconoce en varias ocasiones la sensualidad de las habaneras al caminar, sin embargo, el baile solía despertar muchas más pasiones. Con respecto a los movimientos al compás de la música tenían un lugar privilegiado las bailarinas, también el momento de bailar en pareja, que según las teorías de los tristes tigres no es más que un hombre y una mujer abrazándose apretados en la oscuridad. Siempre la necesidad era intentar tener en una misma experiencia todas las sensaciones posibles, como Cabrera Infante describe a continuación.

(…) me zambullo en la música y en el ruido de los vasos y en el olor del alcohol y el humo y el sudor y en las luces de colores y en la gente y oigo el famoso final del bolero que dice, Luces, copas y besos, la noche de amor terminó, Adiós adiós adiós, que es el tema musical de Cuba Venegas (…).

La Habana, ciudad con magia

Los recuerdos de Cabrera Infante, su maestría para contar historias y los tristes tigres como protagonistas nos llevan a redescubrir La Habana, un recorrido lleno de sorpresas para quienes nacieron después de los años 60.

¿La vida es un caos concéntrico? No sé, yo solamente sé que mi vida era un caos nocturno con un solo centro que era Las Vegas y en el centro del centro un vaso con ron y agua o ron y hielo o ron y soda y allí estaba desde las doce, que llegué cuando se acababa el primer show y este maestro de ceremonias despedía al público amable y distinguido, mientas lo invitaba a quedarse para el segundo (…).

La Habana de las páginas de Tres tristes tigres no es la actual, aun cuando algunos lugares que se mencionan en el libro permanecen activos, sino una ciudad que encendía sin miedos las luces en las noches para mostrar su movimiento constante, a veces frenético, que para algunos duraba incluso hasta después que salía el sol. En esas noches, la ciudad era un espectáculo colectivo de los sentidos.

Ficha del libro

TítuloTres tristes tigres
AutorGuillermo Cabrera Infante
EditorialBooket
Fecha de ediciónOctubre, 2007
GéneroNovela
FormatoPapel
Páginas496
mm

Acerca de Adianez Marquez

Nacida en la capital cubana a finales del año 1989. Es Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana y Máster en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universitat de Barcelona.

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    Literatura, Novelas