11 de mayo de 2018

El Crack-Up

Francis Scott Fitzgerald

El Crack-Up es una recopilación de ensayos, apuntes, reflexiones, correspondencia y artículos que escribió Scott Fitzgerald. Es una lectura imprescindible no sólo para los apasionados de Fitzgerald, si no para cualquier amante de lo literario.

Si Francis Scott Fitzgerald ha pasado a la historia siendo conocido por algo ha sido por narrar de forma magistral los felices años 20: “la Era del Jazz”.

Gracias a su primera novela, publicada con tan sólo 24 años, titulada A este lado del Paraíso, Fitzgerald se erigió en portavoz de una generación de jóvenes norteamericanos y, lo más importante, asentó su pluma en lo alto de la jerarquía de las letras norteamericanas. Desde entonces y hasta el momento de su muerte se sucedieron tres novelas más –además de una inacabada, la que podría haber sido su obra maestra–; incontables relatos en publicaciones de la talla de The New Yorker o el Saturday Evening Post y, una gran cantidad de artículos. De éstos, aquellos que se publicaron en Esquire uniendo una mezcla de narración e investigación de la vida propia, son los que dan sentido a esta obra que comentamos hoy en Clave de Libros.

Sin embargo, como ya hemos indicado, El Crack-Up no sólo se compone de estos ensayos sobre el estado de las cosas durante ese año 1936 en el que Scott Fitzgerald tocó fondo en lo personal. Esta es una obra heterogénea, y encontramos desde la maravillosa correspondencia de Scott con su hija Frances, tres ensayos de personalidades del mundo literario de la época tan relevantes como John Pale Bishop o John Dos Passos, pasando por un gran cajón de sastre donde podemos entrar en el taller de creación del autor de Saint Paul.

En este espacio vamos a intentar transmitir todo aquello que el escritor que está detrás de El gran Gasby tenía en su atormentada cabeza. Todo aquello que Edmund Wilson, amigo de Scott y editor, consideró reunir como digno de representar el epitafio de esta personalidad legendaria, que vivió y contó como nadie la realidad norteamericana durante los años que el destino consideró a bien mantenerlo entre nosotros.

El Crack-Up

Claro, toda vida es un proceso de demolición, pero los golpes que llevan a cabo la parte dramática de la tarea—los grandes golpes repentinos que vienen, o parecen venir, de fuera—, los que uno recuerda y le hacen culpar a las cosas, y de los que, en momentos de debilidad, habla a los amigos, no hacen patentes sus efectos de inmediato. Hay otro tipo de golpes que vienen de dentro, que uno no nota hasta que es demasiado tarde para hacer algo con respecto a ellos, hasta que se da cuenta de modo definitivo de que en cierto sentido ya no volverá a ser un hombre tan sano. El primer tipo de demolición parece producirse con rapidez, el segundo tipo se produce casi sin que uno lo advierta, pero de hecho se percibe de repente.

Con estas arrolladoras palabras Francis Scott Fitzgerald, el que fue el príncipe de las letras norteamericanas, sumido en el cenit de su propio declive comienza su artículo titulado El Crack-Up, que da nombre al libro que hoy tenemos entre manos y que se nos ofrece en séptimo lugar en este compendio de destellos de inteligencia fitzgeraldiana.

La certera inteligencia del autor continúa este alegato de vida y salvación con una reflexión sobre la inteligencia misma:

Antes de seguir con este relato, permítaseme hacer una observación general: la prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad para retener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo, y seguir conservando la capacidad de funcionar. Uno debería, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas son irremediables y, sin embargo, estar decidido a hacer que sean de otro modo.

Esta dicotomía es la que brilla en la prosa de Fitzgerald, tanto a nivel expresivo –capaz de llevar la alta literatura a las publicaciones de tirada masiva– como a nivel personal y conceptual –siendo capaz de escribir reflexiones positivas sobre la vida y el paso del tiempo poco después de hacerse presente en el texto como protagonista de aquel proceso de demolición–.

Durante esta primera parte del libro encontramos una disertación en tres partes sobre la decadencia y la ruptura de la sociedad americana tras el Crack del 29, de la literatura y del propio autor. Algo que queda perfectamente reflejado en fragmentos como éste:

Una noche de cansancio y desesperación hice mi maleta y me fui hasta un sitio situado a más de mil kilómetros para pensar en ello. Tomé una habitación de a dólar en un pueblo triste donde no conocía a nadie y gasté todo el dinero que llevaba encima en un surtido de carne en lata, galletas saladas y manzanas. Pero no me dejen sugerir que el cambio de un mundo más bien lleno de cosas a un relativo ascetismo era una Búsqueda Magnifica —yo sólo quería tranquilidad absoluta para pensar en por qué se había desarrollado en mi una actitud triste hacia la tristeza, una actitud melancólica hacia la melancolía y una actitud trágica hacia la tragedia—, por qué había llegado a identificarme con los objetos de mi horror o compasión.

¿Parece una distinción sutil? No lo es; una identificación semejante supone la muerte de todo logro.

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Los cuadernos

Sin embargo, no todo en este compendio que encontramos en la presente obra nos lleva en esta dirección, y éste es el encanto de la misma.

Unas páginas después de terminar sus ensayos más o menos breves sobre la vida y su posición al respecto de ella encontramos un descubrimiento quizá más apasionante todavía: sus cuadernos.

De acuerdo a Edmund Wilson, editor original de la obra, Fitzgerald había admirado los cuadernos de trabajo de Samuel Butler, y se dedicó a recopilar los suyos una vez vio avanzada su carrera. En ellos, clasificados en categorías como “Anécdotas” “Aleluyas y canciones” “Ideas” o “Disparates y frases sueltas” encontramos un manojo de curiosidades que se pueden leer de forma dispersa o ordenada, como los mejores libros de greguerías o poemas.

Como en aquella escena de Tiempos modernos de Chaplin, en la cual disfrutábamos de un recorrido agridulce por el sistema de producción fordiano, en esta sección podemos atrevernos a entrar en los engranajes de la mente del Scott Fitzgerald escritor. Unos engranajes creativos que nos permiten, una vez habiendo leído suficiente, instalarnos cómodamente –no como el pobre Chaplin– en la mente de uno de los grandes escritores del siglo XX.

En esta manera de trabajar nos damos cuenta que la creación para el autor del medio oeste norteamericano viene dada desde una observación constante que el mundo que le rodea, y, a partir de ahí, descubre al lector en sus historias ese algo que distingue a los grandes autores y que no es más ni menos que lo que late en algún lugar oscuro del subconsciente y que lo conecta irremediablemente a la vida.

*** todavía es una flapper. Modas, nombres, costumbres y principios morales cambian, pero para *** todavía es 1920. Esto me concierne, pues no hay duda de que ella se modeló originariamente a si misma a partir de de ciertos escritos míos inmaduros y poco logrados, así que soy especialmente indulgente con ***, como con alguien que ha perdido un brazo o una pierna al servicio de uno.

Un padre enseña a jugar a su hijo con una ruleta tocada; posteriormente el hijo pierde, inconsciente, a su novia por eso.

Borracho a los 20, fracasado a los 30, muerto a los 40. Borracho a los 21, humano a los 31, maduro a los 41, muerto a los 51.

Como todos los hombres que son fundamentalmente parte de un grupo, de un rebaño, era incapaz de adoptar una actitud enérgica con la inevitable soledad que eso implica.

Estas son algunas de las palabras que pueblan los cuadernos de Scott Fitzgerald, que se extienden durante la mayoría de las ediciones actuales de El Crack-Up. La parte que se recoge aquí es una fracción mínima de lo que podemos encontrar. El valor formativo para todos aquellos que quieran saber cómo escribir es incalculable.

La correspondencia

Esta última sección del libro se centra en la correspondencia de Scott Fitzgerald. Cuenta con una selección de «Cartas a amigos» ente los que se cuentan Edmund Wilson, John Pale Bishop, o Ernest Hemingway. Ordenadas de forma cronológica, nos sirven para seguir trazando una línea que aúna la biografía y la obra del autor de forma que somos capaces de vivir su evolución personal y artística.

En un caso como el de Fitzgerald que, por un lado, como ya hemos comentado, vivió gracias a combinar su talento literario con una capacidad de observación de su alrededor magnífica que podrán disfrutar en sus Cuadernos; y que por otro, ha trascendido lo que salió de su pluma para convertirse en un icono debido a su vida personal, descubrir su correspondencia se convierte en un hallazgo.

Los estudios que quieren relacionar la vida de Scott y Zelda Fitzgerald con su obra, ya sean basados teorías como la del Imaginario, o en una relación más impresionista entre lo humano y el escritor abundan en la crítica literaria de nuestros días.

Estas cartas, así como las selecciones que se han publicado en los últimos años de sus cartas con su esposa (“Querido Scott, Querida Zelda”) son un material de trabajo magnífico para este cometido.

En este El Crack-Up encontramos fragmentos en el que el mismo Scott reflexiona sobre la evolución de su obra, en este caso sobre su obra capital, El Gran Gatsby:

Querido Conejo (Edmund Wilson)

Gracias por tu carta sobre el libro. Me siento terriblemente feliz de que te haya gustado y de que aprobaras su intención. Su defecto más grave creo que es un GRAN DEFECTO: No tuve en cuenta, y no tuve la sensación ni el conocimiento de las relaciones emocionales entre Gatsby y Daisy desde el momento en que se conocen hasta la catástrofe. Sin embargo, esa falta está tan astutamente oculta por la visión retrospectiva del pasado de Gatsby y por capas de excelente prosa que no la ha notado nadie –aunque todo el mundo haya sentido esa falta y le haya dado otro nombre–.

Es evidente que la preclara mente de Scott Fitzgerald estaba más que capacitada para analizar su obra y hacer autocrítica de ella. Esta capacidad hará infeliz a un Fitzgerald, que mientras escribía relatos para el gran público dejaba de buscar en si mismo al gran narrador que podría haberle aupado a un lugar aún más alto en el Olimpo de las letras norteamericanas. Los excesos de alcohol y gastos o la inestabilidad mental de Zelda hicieron varias veces de antagonistas y le llevaron a ese estado en el que como Hemingway mencionaba en París era una fiesta: «aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo».

Pero no solo de su propia obra escribe Fitzgerald. La segunda de las secciones de estas Cartas, son unas preciosas misivas que escribe a su hija en sus últimos años, cuando Frances ya va a la Universidad y se encuentra con las dudas que asolaron también al joven Scott y con las luchas de popularidad que llevan marcando la vida de los jóvenes americanos desde hace más de un siglo.

Sorprende encontrar un Fitzgerald tan alejado de su propia imagen mítica. Encontramos un gran padre que hace despreocuparse a su hija por el dinero de la Universidad –para la que tendría que emplearse como guionista a sueldo en Hollywood, y que le brindará el conocimiento necesario para escribir su última gran novela, El último magnate– brindándole tranquilidad, o que le aconseja sobre que debe hacer para convertirse en una buena escritora. A ella, y a todos nosotros, por suerte:

Me pregunto si habrás leído algo este verano, quiero decir, algún libro bueno como Los hermanos Karamazov o Diez días que conmovieron al mundo o la Vida de Cristo, de Renan. Nunca hablas de lo que lees a no ser de los fragmentos que lees en la facultad, esos trozos tan breves que deben obligarte a leer a la fuerza. Sé que has leído algunos de los libros que te dejé el verano pasado; pero no me has dicho nada al respecto. ¿Has leído, por ejemplo, Padre Goirot o Crimen y castigo o incluso Casa de muñecas o a San Mateo o Hijos y amantes? Un buen estilo no se adquiere a no ser que uno absorba por lo menos a media docena de autores de primera fila cada año. O mejor aún, se adquiere, pero en vez de ser una amalgama inconsciente de todo o que uno ha admirado, es simplemente un reflejo del último escritor al que has leído: lenguaje periodístico aguado.

La preocupación de Fitzgerald por su hija, su evolución intelectual y su posición social parece venir motivada por la idea constante de que su pequeña no acabe pasando por lo mismo que él sufrió. De la Universidad de Princeton al mundo, las atenciones de Scott por Frances son quizá más interesantes para el lector o la posteridad que para una chiquilla que no llega a la veintena. Por lo menos en el momento en el que se dio la correspondencia.

En los últimos compases de El Crack-Up encontramos los primeros textos del libro dirigidos al protagonista y autor del mismo. En este caso: tres cartas sobre El Gran Gatsby, un par de cartas de escritores y unos ensayos post-mortem sobre diferentes aspectos de su figura.

Por un lado, los ejercicios de estilo que Fitzgerald nos lleva regalando durante todo el libro vienen encapsulados, por decirlo así, en unas dosis mucho más digeribles que sus novelas haciendo que podamos estudiarlas y admirarlas yendo mucho más al detalle. Por otro lado, esta coda final sirve aún más como broche de oro para todos aquellos que quieran escribir y, sobre todo, quieran saber cómo escribir. Dos Passos, Wolfe o los ya conocidos para el lector Bishop o Wilson nos demuestran que la generación de principios del Siglo XX le había cogido el pulso a las letras como pocas antes.

Estas ideas, en concreto, pertenecen a John Dos Passos:

Es precisamente la capacidad de separarse de su época y sintetizar al tiempo esa misma época lo que hace que una obra sea buena. Yo no discutiría con ningún crítico que habiendo examinado la obra de Scott Fitzgerald declarara que en su opinión esta no se separa de su época…

Todo el que ha puesto la pluma encima de un papel en estos últimos veinte años se ha visto diariamente atormentado por la dificultad de decidir si estaba escribiendo cosas “buenas” que satisfarían su conciencia o cosas “baratas” que satisfarían su bolsillo (…) Gran parte de la vida de Fitzgerald fue un infierno debido a esta especie de esquizofrenia, que termina en parálisis de la voluntad y de todas las funciones de cuerpo o mente.

La muerte de Scott dejó a una generación entera sin su hijo pródigo. Y a las generaciones venideras, que escribimos sobre él, leemos sus obras y admiramos su vida, nos privó de hacernos un poco más humanos por cada palabra que dejó de escribir.

Fitzgerald aprendió a vivir sabiendo que se había equivocado, intentado dejar negro sobre blanco, para todos aquellos que quisieran echar un vistazo, ya fuera el público o sus allegados, aquellos errores y toda la experiencia que se puede aprehender mirando la vida a través del cristal de una botella que está a punto de terminarse.

Scott y Zelda Fitzgerald, al igual que tantos otros, tuvieron que llevarse de la vida un sabor agridulce para que otros muchos estemos en disposición de saber. Libres de caer al fango, ¿simplemente? con la experiencia ajena. Sin que ese Saber –con mayúsculas– pierda un poco de su valor. Ya que si se puede poner en valor solo un talento por encima de los demás en este Crack-Up, en este derrumbamiento, en esta demolición (des)controlada, es el de transmitir lo universal desde lo propio, el de hacerse con los planos del abismo de todos y aplicarlos a la experiencia personal de un hombre que fue mucho más que eso.

Me las arreglaré para vivir con la nueva sabiduría, aunque me haya llevado varios meses estar seguro del hecho. Y lo mismo que el risueño estoicismo que ha permitido al negro norteamericano soportar las condiciones intolerables de su existencia le ha costado su sentido de la verdad, en mi caso hay también un precio que pagar. Ya no me gustan el cartero, ni el tendero, ni el editor, ni el marido de mi prima, y a su vez yo les desagrado a ellos, con que la vida nunca volverá a ser muy agradable, y el letrero de Cave Canem está permanentemente colgado justo encima de mi puerta. No obstante trataré de ser un animal correcto, y si me tiran un hueso con bastante carne, hasta puede que les lama la mano.

Ficha del libro

TítuloEl Crack-Up
AutorFrancis Scott Fitzgerald
EditorialCapitan Swing
Fecha de ediciónMarzo, 2012
GéneroVariado
FormatoPapel & Ebook
Páginas374
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Acerca de Luís María Martínez

Graduado en Literatura General y Comparada por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Guión, Narrativa y Creatividad Audiovisual por la Universidad de Sevilla. Ha publicado verso y prosa en diferentes medios y trabaja como redactor freelance de contenidos culturales.

Categoría

Diarios y Cartas, Ebooks, Ensayos, Literatura