2 de marzo de 2018

La vida tranquila

Marguerite Duras

La vida tranquila es la segunda novela de Marguerite Duras, una historia que explora un tema recurrente y autobiográfico en la autora: el incesto. Deseo y familia acaban en muerte. Pero el discurso pretende decirnos sobre “una vida tranquila”.

¿Qué es la vida tranquila? Acaso el campo, acaso el mar. O tal vez lo que pueda la mente, lo que pueda el cuerpo. La novela de Marguerite Duras se organiza en tres partes: la primera transcurre en un escenario rural; la segunda, en la playa; la tercera, gran parte escrita en cursiva, es un monólogo interior, y la otra mitad de esta última parte regresa al punto de partida. Entonces, ¿dónde está la vida tranquila?, ¿en el campo, en el mar, en el cuerpo?… O siempre en la búsqueda, que es a través de todos esos espacios, pero también atravesando el lenguaje. La narradora sabe de los primeros, Duras de lo último.

Dice el monólogo interior del final en cursivas:

Soy la más abandonada. La más pesada, con mis pensamientos. Por más que estén en desorden, por más que me las arregle. Estoy habituada. Ya las reconozco cada vez a cada una con su carita de rata. No habrán más que sean nuevas. Tendré la vida tranquila. Doy vueltas en mi cabeza. Es la más pesada. Nadie lo sabe. Soy la que debe ser más compadecida, parecida a todos, la que debe ser más compadecida. Me importa un cuerno ser la más compadecida, la menos compadecida. Tendré la vida tranquila, la tendré.

El campo

La vida tranquila transcurre en un ambiente rural cargado de hastío, casi despoblado, y muy humilde. Las descripciones del trabajo de campo, así como del paisaje a través de los olores y de la luz, aunque también puestos todos los demás sentidos, son de una fotografía documental escalofriante. Narrada en primera persona, dice la narradora, por ejemplo:

Olía a flor caída, un olor, casi un sabor, muy dulce, y algo podrido ya.

Pero también están las personas. La familia. Si esta es una novela sobre la muerte, lo es mucho más sobre la familia y sobre el amor descontrolado –entre la pasión, el cariño y el desprecio, tomando forma en el incesto incluso– que se enmaraña en su interior. La muerte no llega más que como la evidencia de que los límites son inexistentes, de que la locura late, de que la venganza está dispuesta a pagar el remordimiento, de que a la infancia no se regresa, de que madre y padre van caducando mientras los jóvenes con fuerza se matan.

Cuando comienza la novela, Nicolas, el hermano de la narradora, acaba de golpear a Jérôme, el tío de ambos, para matarlo. Jérôme agoniza diez días y luego muere, según lo planeado. Mientras tanto, en esa espera, el campo:

Los días fluían, iguales en apariencia. Sin embargo, la muerte de Jérôme no podía tardar. […]. Me acuerdo de esa obstinación y esa delicadeza que todos poníamos en no hablar de eso. Como si cada uno desconfiara del otro. Y al contrario; estábamos unidos como nunca.

Los hombres guardaron el trigo. Además, cortaron leña en el bosque. Había que pensar en el invierno. Ya estábamos a fines de agosto.

Lo rural cotidiano es el escenario donde sucede también la muerte. El contraste entre lo ordinario y lo extraordinario es casi como el que existe entre la vida tranquila y la vida imposible. Si la narradora habla de una vida tranquila (aunque en futuro), no menos dice que estaban destinados a una vida imposible. Del mismo modo, Jérôme agoniza a gritos y luego muere en la calma, en la cámara lenta, de este campo que de nuevo, siempre, se describe desde la sinestesia:

Matamos dos hermosos pollos de los que nos llegaba un olor dorado y alegre. Teníamos esa hambre que acontece después de las jornadas al aire libre, cuando se siente la necesidad de huir del horizonte humeante de los campos, en donde la mirada no encuentra en qué posarse, a fin de sentirse cernidos por cuatro paredes cercanas.

La misma noche de la muerte de Jérôme llega Luce a Bugues, adonde viven. Ahora en la casa están madre, padre, Nicolas, Luce, Clémence, ella y Tiène. Luce, que viene del pasado, entabla con Nicolas una relación amorosa que arrastran. Tiène, por su parte, es el amante de ella, aunque ella desea a su hermano y tanto más si está con Luce. Clémence y Nicolas tienen un hijo, y ella es, además, un poco la llave del motor del asesinato de Jérôme: es la amante de él, y por eso Nicolas lo mata, ya que se entera de la aventura gracias a la narradora. Bugues es el escenario, es lo que los envuelve a todos, es el campo, pero es también la ruina, el declive, el laberinto, la norma aunque la locura:

Terminada la comida, observé que Tiène estaba distraído. También él miraba la galería. Dijo que debía ser muy tarde y que jamás, antes de esa noche, había sentido tan profundamente qué lejos uno se sentía de todo, en Bugues.

En un flashback, se cuenta el momento en que Tiène, amigo de Nicolas, llega a Bugues a vivir. Ella no puede evitar preguntarse por qué una persona, sin motivo aparente, iría a vivir allí. Es una pregunta que no propone solución para ella a lo largo de la historia. Ella rememora ese primer diálogo entre ambos, y de esas palabras se desprende toda la desolación del sitio:

Le revelé que era una idea extraña; aquí sería siempre como si no hubiese nadie cerca de él. Me contestó que no, que era falso, y que, por otra parte, incluso, si fuera cierto, su deseo era quedarse con nosotros. “Hay el domingo por la tarde donde no hay nada que hacer. Hay la noche, noche tras noche, y son largas, del invierno, y no hay café cercano, no hay vecinos.” Sonreía. Lo que le decía yo parecía divertirlo. “¿Y ustedes?”, me dijo. “¿Y usted?” Nosotros estamos acostumbrados. Para nosotros, la cuestión del aburrimiento no se planteaba, ni siquiera el domingo.

Bugues es otro personaje más en la historia. Bugues encierra la vida imposible de la vida tranquila; Bugues es el mismísimo pozo donde toda la trama cae y es absorbida hasta las entrañas, para luego ser escupida hasta la playa. Hay una duda originaria, como un dolor originario (el dolor que se gesta en la familia y se percibe desde la infancia) que siempre está rondando la pregunta de por qué Bugues:

¿Qué hacía Tiène acá, en Bugues? ¿Qué quería de mí? ¿Qué hacía con estar vivo? Lo miré de pronto sin reconocerlo, sin amor, en su soledad inabordable.

La playa

Poco después de la muerte de Jérôme, Nicolas se suicida. Ella huye a la playa. A una playa en concreto pero cuyo nombre, sin embargo, no es mencionado más que por una inicial seguida de tres puntos suspensivos: T…

Llegué a T… hacia la caída de la noche. Me recomendaron una pensión de familia honesta, barata, y que da al mar.

Esta segunda parte de la novela está narrada bajo un registro bastante más lírico que el anterior. Si en la primera parte tienen lugar las acciones, que son muertes, en esta parte es la reflexión lo que impera. Y más concretamente, las reflexiones sobre la propia identidad. El cuerpo es tema en el libro. Ya en la primera parte aparecían ideas como “…un cuerpo triste, sin hermano”. Aquí se hace más carne. Ella toma conciencia de sí misma y es a través del cuerpo:

Estaba acostada cuando me descubrí acostada en el espejo del armario; me miré. El rostro que miraba sonreía de un modo incitante y tímido a la vez. En sus ojos danzaban dos charcos de sombra y su boca estaba duramente cerrada. No me reconocí. Me levanté y fui a cerrar la puerta del armario. Aunque cerrada, tuve la impresión de que el espejo seguía conteniendo en su espesor no sé qué personaje, fraternal y odioso a la vez, que disentía en silencio acerca de mi identidad. Dejé de saber qué cosa se relacionaba más conmigo, ese personaje o, antes bien, mi cuerpo allí acostado, tan conocido. ¿Quién era yo? ¿A quién había tomado por mí hasta entonces?

El tema de la identidad aparece con fuerza en esta segunda parte sin poder desvincularse el “yo” del lugar, que es Bugues. Esa fusión entre ser y sitio, que quedaba evidenciada en la primera parte desde todos los personajes, aquí, en T…, se hace palabra para acabar en la carne y resignificar la propia existencia:

Rememoraba los últimos sucesos de Bugues: en vano, era otra quien los había vivido, una que siempre me había reemplazado, a la espera de esta noche. Y a riesgo de volverme loca, era preciso que la reencontrara, a ella, que los había vivido, mi hermana; y enlazarme a ella. Bugues se deformaba en sobresaltos de imágenes sucesivas, frías, ajenas. No las reconocía. No me acordaba. Esta noche, reducida a yo sola, tenía otros recuerdos. […]. Recuerdos anteriores a mí, de antes de mis recuerdos.

Se da entonces un desdoblamiento de la persona para reconocerse desde afuera y, al mismo tiempo, no reconocerse en absoluto sino inventarse o descubrirse por primera vez. Toda la carga existencialista de esta segunda parte tiene su culminación en una idea muy fuerte, que es la idea de cuerpo y de mujer:

Entonces pienso que soy una mujer. Que estoy viviente en mujer, no en cualquier cosa, únicamente en mujer.

La distancia con Bugues permite, entonces, el acercamiento al cuerpo. Todo se reduce a cuerpo y en ese sentido es lógico que del lugar de la playa no sepamos el nombre, apenas la inicial. Así como el espejo le devuelve el cuerpo en la habitación, es el mar luego el que hace posible ese cuerpo que nada, que existe. En el contacto con este nuevo entorno, ella se descubre viva, aunque morirá:

En mi carne se absorbió todo lo que me ha pasado, en verdad pocas cosas, pero lo que me pasó en propiedad, por ejemplo, todas las imágenes que mis ojos han visto desde mi nacimiento, todas, todas. Pues mis ojos están enlazados a mi cuerpo por mi cuello y, no hay nada que hacer, ellos no hubieran podido ver en lugar de los de Nicolas, por ejemplo. No tengo más que la existencia de este cuerpo para alojar en él la mía y probarme que solamente ha empezado a existir. […]. Es bello este cuerpo de veinticinco años que tengo. […]. Es acá, en este pequeño campo de carne, que todo aconteció y que todo acontecerá. Que un día mi muerte morderá y se aferrará por el hocico hasta que juntas formemos un grupo de piedra.

Pero T… también es un pozo sin salida. En T… tampoco pasa nada. Ella vive en la espera de que algo pase, pero los días se suceden entre cuerpo y mar. Está encerrada en la reflexión de la historia y de la existencia, y percibe el mundo exterior como si le fuera ajeno. En ese sentido, se comporta de manera rara cuando ve a un nadador ahogarse en el mar: en vez de reaccionar y pedir ayuda, o hacer algo para impedir su muerte, ella se queda frente a esa imagen, contemplativa, viéndolo desaparecer. Algo similar a la actitud que tomó frente a todas las muertes familiares. Este hecho, que es repetitivo, y que habla de su ensimismamiento, la expulsa del paraíso:

Tenía que pasarme alguna cosa. Esperaba que, una mañana, algún acontecimiento surgiera y me curase definitivamente de la ridícula espera en que se había convertido mi vida desde que estaba en T… Hace quince días que estoy y nada ha sucedido.

Recién, la dueña del hotel me dijo que no podía hospedarme más después del “incidente de ayer”.

El otro sitio, que queda dentro del cuerpo

Es la cabeza. Allí sucede lo que se narra en cursiva en esta tercera parte. Es el monólogo interior. Después de Bugues, después de T…, queda ella misma, lo anterior y lo posterior, todo y nada:

Ahora, nada más en qué pensar. Nada. Mi cabeza está fresca vacía de golpe. En mi cerebro, se diría que la lluvia cae. Que el viento le lleva, sobre un camino, ese pensamiento último. Mañana por la mañana, alguien lo aplastará con pies ligeros. En mi cabeza, solo hay lugar para el ruido de mis pasos. Los escucho en el inmenso subterráneo de mi cabeza como de todos lados, de una granja y también de aquí paf, paf, mis pasos.

Cuando acaba el monólogo interior en cursivas, la letra redonda vuelve a la primera persona que regresa a Bugues. Allí se reencuentra con Tiène, y se cierra el círculo en un regreso al lugar de siempre, del que no se puede escapar, como tampoco se escapa del cuerpo, ni de la muerte.

La vida tranquila es una novela profundamente amarga sobre la imposibilidad de un amor: el de ella y Nicolas; sobre la posibilidad de otro, de ella y Tiène, y sobre las traiciones. Pero sobre todo, es una novela sobre ese momento siniestro de la existencia en el que un sujeto, un cuerpo, es capaz de desencadenar una serie de catástrofes al tiempo de percibirlas como se contempla un atardecer. Como ella cuando observa a un nadador hundirse como si fuera el sol en el horizonte, así, provoca que su hermano mate a su tío, que su hermano se mate por amor a Luce, que Clémence abandone al bebé, y parece no sentir culpa ni remordimiento, ni siquiera darse cuenta, si no fuera por las preguntas de Tiène que le hacen reflexionar al respecto. Como El extranjero de Camus, cuando dispara en la playa simplemente porque el sol le da en la cara y hace mucho calor, esta narradora rompe una familia entera simplemente porque, tal vez, ya estaba destrozada:

Sabía que irían a pelearse porque alentó a Nicolas a provocar a Jérôme. En el momento en que denunció a Jérôme y Clémence, sabía muy bien por qué lo deseaba. Quisiera saber si esa intención persistió clara en usted todo el tiempo que siguió al instante en que decidió lanzar a Nicolas contra Jérôme.

En ese momento […] creí que me amaba. No podía explicarme de otro modo la curiosidad que sentía por mí. […] si me hacía esas preguntas era porque en vano había intentado responderlas por sí solo, después de la pelea. Pensaba en mí, se interesaba en mí. Tal vez no era sino yo quien lo retenía en Bugues. […].

Contesté que no sabía. No había tenido intención alguna salvo la de ver a Nicolas ya harto. Y nada más.

Casi gritó: era inadmisible y había que forzarme a reflexionar.

La vida tranquila es la promesa de esa vida tranquila, que queda en Bugues, en T…, o en su cabeza, y que no existe sino como una vida imposible:

Quedaba que nos gustábamos a nosotros mismos y que no deseábamos otra cosa, en el fondo, que continuar creyéndonos destinados a una vida imposible.

Ficha del libro

TítuloLa vida tranquila
AutorMarguerite Duras
EditorialMardulce Editora
Fecha de ediciónAbril, 2017
GéneroNovela
FormatoPapel
Páginas200
mm

Acerca de Florencia del Campo

Florencia del Campo nació en Buenos Aires en 1982. En el año 2013 se mudó a la ciudad de Madrid donde vive actualmente. Su primera novela para adultos publicada en España se titula La huésped (Base editorial, 2016), y más recientemente Madre mía (Caballo de Troya, 2017). Ha publicado, además, libros infantiles. Colabora en diversos medios culturales.

Categoría

Literatura, Novelas