‘El americano tranquilo’ de Graham Greene
En El americano tranquilo, Graham Green pone el foco en el carácter peligroso y destructivo que puede encarnar la inocencia en el paisaje convulsionado de la Indochina francesa.
En su paradójico estilo, un escritor vanguardista planteaba no hace mucho que los jóvenes novelistas de hoy día, al carecer de conflictos en sus vidas, los inventaban en sus ficciones. Esto es lo único que no deberían inventarse –escribía–, ya que así queda obstruida la genuina invención novelesca, el submarino del capitán Nemo o la locura de Don Quijote, que es lo que se inventa para huir del conflicto.
El caso de Graham Greene, para el que tanto sus viajes como el acto de la escritura, según propone en su autobiografía, eran vías de escape, parece en este sentido un ejemplo de manual, y también otra paradoja, ya que sus viajes como corresponsal, de manera invariable, lo llevaban a puntos de conflicto: al Haití del“Doc”Duvalier, al Kenia agitado por el levantamiento de los Mau Mau, a las turbulencias de la Cuba revolucionaria, o al castigado Vietnam en el que se derrumbaba el imperio colonial francés. Este último es el escenario de la novela que quiero comentar: El americano tranquilo. Y lo primero que puede decirse es que comenzada su lectura, el mundo que rodea al lector se desvanece como un murmullo de fondo.
Pyle, el americano tranquilo
La historia se sitúa en la Indochina francesa en la década del cincuenta. Las fuerzas coloniales están perdiendo ante el Vietming y Estados Unidos busca posicionarse en la zona para combatir el avance del comunismo. Esta triada está encarnada en los tres personajes principales de la novela. Thomas Fowler, el narrador de la historia, es un corresponsal de guerra británico, de mediana edad, que ya lleva cinco años cubriendo el conflicto y dos de convivencia con Phuong, su joven amante vietnamita. Esta situación más o menos estable, condimentada por unas periódicas pipas de opio, se ve amenazada con la llegada de Alden Pyle, un agente encubierto de la CIA. Así describe Fowler la primera impresión que le dejó el norteamericano:
Lo había visto en septiembre pasado cruzar la plaza hacia el bar del Continental: una cara inequívocamente joven y sin usar, lanzada hacia nosotros como un dardo. Con sus piernas desgarbadas y su corte de pelo militar y su amplia mirada de universitario, parecía incapaz de hacer daño.
Valga aclarar que Pyle tiene treinta y dos años, su cara sin usar no es fruto de una corta edad sino un rasgo de carácter, y ya desde un primer momento se muestra como un personaje peculiar. Amable y respetuoso en el trato, poco propenso a las efusiones de sus colegas norteamericanos, no bebe alcohol y la única vez que entra en un cabaret le aflige que unas chicas tan jóvenes tuvieran que prostituirse.
Le dije a Phuong:
—Me gusta ese tipo, Pyle.
—Es tranquilo —contestó, y el adjetivo que fue ella la primera en usar se le adhirió como un mote escolar, hasta el extremo de que se lo oí usar incluso a Vigot, cuando me contó la muerte de Pyle, sentado allí con su visera verde.
Detuve nuestro trishaw frente al chalet y le dije a Phuong:
—Entra y busca una mesa. Es mejor que yo me ocupe de Pyle.
Ése fue mi primer instinto: protegerlo. Nunca se me ocurrió que había una necesidad mayor de protegerme a mí mismo. La inocencia siempre reclama tácitamente protección cuando haríamos mucho mejor en protegernos contra ella: la inocencia es como un leproso mudo que ha perdido su campanilla y que se pasea por el mundo sin querer hacer daño.
Para entonces Graham Greene ya es un narrador experto, con diecisiete novelas a su espalda, y sabe cómo mantener el interés del lector. La candidez de Pyle es un rasgo inesperado en un espía y tiene consecuencias inmediatas. Se enamora de Phuong nada más verla, y dado que admira y aprecia a Fowler, se siente en la obligación moral de advertirle que le pedirá la mano a su amante para que se case con él. La escena en la que finalmente le propone casamiento resulta memorable. Como el francés de Pyle es muy malo y Phuong no comprende el inglés, Fowler termina oficiando de traductor.
Traduje lo que decía con meticuloso cuidado —sonaba peor así—, y Phuong estaba sentada en silencio con las manos en su regazo como si estuviera escuchando una película.
—¿Lo ha comprendido? —me preguntó Pyle.
—Hasta donde yo puedo saberlo, sí. ¿No querrá usted que yo le añada un poco de fuego, verdad?
—Oh, no —dijo—, sólo traduzca. No quiero perturbarla emocionalmente.
—Ya entiendo.
—Dígale que quiero casarme con ella.
—Se lo dije.
—¿Qué fue lo que dijo?
—Me preguntó si hablaba usted en serio. Y le he dicho que es usted de ese tipo de personas serias.
—Supongo que ésta es una situación extraña —me dijo—, que tenga que pedirle a usted que me traduzca.
—Bastante extraña.
—Y sin embargo, parece tan natural. Después de todo, usted es mi mejor amigo.
—Es muy amable de su parte decirme eso.
—No hay nadie por quien aceptaría meterme en problemas excepto por usted —me dijo.
—¿Y supongo que enamorarse de mi chica es como meterse en problemas?
—Desde luego. Ojalá fuera cualquier otra persona, Thomas.
—Bueno, ¿qué le digo ahora?, ¿que no puede usted vivir sin ella?
—No, eso es demasiado emotivo. Y tampoco es toda la verdad. Tendría que irme, por supuesto, pero uno lo supera todo.
El Saigón de Graham Greene
Graham Greene pasó cuatro inviernos en Saigón entre 1951 y 1954 como corresponsal para Le Figaro, The Times y The New Republic. En palabras del propio autor: «Quizá haya en El americano tranquilo un reportaje más directo que en cualquiera de mis otras novelas». De esta entrenada capacidad de observación surgen frescos callejeros como estos:
Me detuve en la entrada y miré hacia la calle. Bajo los árboles del centro de la avenida los peluqueros se entregaban a su labor; un trozo de espejo colgado de un tronco reflejaba el resplandor del sol. Pasó una muchacha trotando bajo su sombrero de molusco, con dos canastas en los extremos de un palo. El adivino sentado en cuclillas contra la pared de Simón Frères había encontrado por fin a un cliente: un viejo con una barbita mínima, como la de Ho Chi Minh, que lo contemplaba impasible barajar y volver las viejas cartas. ¿Qué futuro podía esperarlo que valiera una piastra? En el bulevar de la Somme uno vivía al aire libre; todos los vecinos sabían todo lo que se podía saber sobre el señor Muoi, pero la policía no poseía ninguna llave que le abriera la confianza de esa gente. A este nivel de vida, todo se sabía, pero uno no podía bajar a ese nivel como quien baja a la calzada.
El personaje de Pyle siente un enorme respeto por lo que llama escritores serios (término que excluye a los novelistas y a los poetas) y York Harding es uno de sus principales referentes. Este es un escritor poco informado sobre la compleja situación del sudeste asiático cuya especialidad es escribir libros sobre política exterior. De su lectura viene el convencimiento de Pyle de que la solución a los problemas del tercer mundo no estaría en el colonialismo ni obviamente en el comunismo, sino en una tercera fuerza que se perfilase hacia una democracia liberal. Y aquí es donde entra en juego el general Thé.
En los años veinte, un funcionario vietnamita, Ngo Van Chieu, que servía al gobierno francés, sufrió una revelación directa de Dios durante una sesión de espiritismo. Este sería el origen del caodaísmo, una religión sincrética que integra elementos del cristianismo, el islamismo, el hinduismo, el budismo, el taoísmo y el confucianismo. Durante el momento histórico en el que se sitúa la historia, el caodaísmo contaba con un ejército propio de unos veinticinco mil hombres, armados con morteros construidos con los tubos de escape de coches viejos, «que era aliado de los franceses, pero se volvía neutral en los momentos de peligro». El general Thé había sido el jefe de estado mayor del caodaísmo, pero había abandonado luego la iglesia para irse a la montaña y combatir los dos bandos, a los franceses y a los comunistas. Esta es la tercera fuerza por la que apuesta Pyle.
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Muy buena síntesis. Agradable, con trozos literales que dan ganas de leer el libro.
Además con aire de época y lugar encantador. Que hace sentir nostalgia por la ciudad hoy seguramente cambiada.
Notable
Muy interesantes tus comentarios. Excelente novela!