19 de enero de 2018

Mortal y rosa

Francisco Umbral

Tras la muerte de su hijo pequeño, Francisco Umbral escribe la novela lírica Mortal y rosa, una especie de diario y de lamento poético que recorre el cuerpo, la vida y la muerte para hablar finalmente de ese niño perdido. El texto, prosa poética, se ubica, sin lugar a dudas, en la literatura del dolor.

Mortal y rosa se trata de una novela experimental de Francisco Umbral. Cuesta situarla en un género preciso. No se trata de una novela al uso, pero tampoco de un gran poema en prosa, aunque muchos pasajes estén atendiendo a ciertas métricas, como el endecasílabo, el alejandrino, o versos sin metro fijo pero con rimas internas. Tampoco falta el poema dentro de la novela:

[…] Cuando no sabe el mundo
qué paso dar,
y todo está en suspenso,
como trabado,
saltas tú a pies juntillas,
salvas la zanja,
y vuelve el día a correr,
claro en tu agua.

Hacia mediados de la década del setenta, cuando Umbral escribió esta novela, la narrativa española estaba viviendo un momento de experimentación de la mano de autores como Delibes, Torrente Ballester o Juan Benet. Francisco Umbral hace su aporte con este libro, publicado en 1975.

El propio texto, sabiéndose raro, o cuanto menos híbrido, intenta situarse en un género y para ello arriesga por el diario. Pero este libro no podría ser un diario en el sentido en que se define el género puesto que no está fechado. Sin embargo, eso no detiene al autor a la hora de referirse al texto en esos términos:

He estado mucho tiempo sin escribir en este diario, y ahora me pregunto por qué lo empecé. […]. En otro momento de este diario me parece que lo digo: uno, con el tiempo, va siendo voyeur de trabajadores, como antes era voyeur de amantes. […]. ¿Por qué se escribe un diario íntimo?

No por vanidad, ya, a estas alturas y en mi caso, ni por egocentrismo, ni por vedetismo, sino por buscar la sencillez última, por huir de ese artificio que en último extremo suponen todos los géneros literarios. […].

Así las cosas, tengo que resignarme a hacer literatura en mi diario íntimo, y a que vaya resultando un poco el poema en prosa de unos graves meses de mi vida, o la novela de un mal novelista.

Como se puede leer en esta cita, también arriesga por otros géneros como el poema en prosa o la novela. Y de riesgo no tiene tanto, más bien es evidente que juega con todos esos géneros, que los mezcla, que hace el híbrido que desea y que un poco la corriente experimental espera, aunque declare que no quiere tender esas trampas, y que por eso, el diario:

No quiere uno que entre el lector y en él haya trucos de novela, efectos de poema, trampas del oficio, y se apela al diario íntimo como a las memorias. […]. El diario íntimo, en cambio, es lo inmediato, el presente exasperado, la confesión no solo sincera, sino urgente.

Lo primero y lo último, el cuerpo

El libro acaba con la muerte del hijo. O acaba en la muerte del hijo aunque el hijo haya muerto antes. El libro es por la muerte del hijo. Sin embargo, ese hijo no aparece en el texto hasta bastante avanzado el lamento, el poema, o el canto. El libro hace un recorrido, minucioso, y llega al hijo. Un recorrido que parte del cuerpo. Un cuerpo en fracciones. Parte por parte. Minucioso, también, el recorrido por el cuerpo. Primero el pelo. Y con rima:

Hay que cuidarse el pelo. Todo yo me convierto en un guardapelo, en un guardabosques del bosque raleado de mi pelo. Pero el pelo se irá y tendré que convivir con un calvo desconocido, silencioso y feo.

Sigue por la cara, luego el cuerpo blanco, y llega al pene, miembro al que se refiere como un «antropoide». Para acabar en las manos. Las describe, compara la derecha con la izquierda, las relaciona con el trabajo, con el amor, y hasta se refiere a las manos ajenas, a las manos de mujer. Pero también arrima las manos a la madre:

Las manos, en la infancia, fueron como garras que la madre, cada cierto tiempo, tenía que lavar, pulir, recortar, limar, para devolverles su calidad de manos, su humanidad.

La cita anterior es de la página 67 de la edición de Cátedra/Destino a cargo de Miguel García-Posada. A partir de la página 142, cuando el niño, el hijo, ya ha entrado en el texto, ha entrado enfermo, ha entrado en el hospital, y va camino a la muerte, el cuerpo, cómo si no de otro modo, reaparece. También de a poco, primero el femenino: glúteo, culo, pies, uñas de los pies…

Muchacha, tu cuerpo era como un solo día de primavera tibia […], lucirá un poco más bajo la palidez sombría de mi cuerpo, porque la lámpara muda de tu carne es ignorada por los días de lluvia. […]

Estoy viendo vivir una esfericidad. Glúteo y culo son palabras que le van bien. […]. Ella va con su pantalón ceñido, generalmente rojo, y ni siquiera es necesario verle a la cara para saber que la tiene adorablemente vulgar, con el pelo marrón corriente, los ojos grandes, pero no profundos, la nariz pequeña y la boca descarada. […]

Ni siquiera le he visto la cara, apenas. Solo el perfil, en algún momento, el ojo bosquímano en el rabillo pintado. […]

Todo lo más, le haría a la niña las uñas de los pies. Y me pregunto si alguna vez le he hecho las uñas de los pies a una mujer. No sé. […]. Tomar sus pies blancos, de una materia pueril y saludable, hacer algo con aquellas uñas. Pintarlas, cortarlas, no sé.

Y así, de la mujer a la madre hay un solo paso. De los pies a las manos, otro. De uñas a uñas, lo mismo. Pero la madre de nuevo, y las manos. De la página 67 (antes) a la 154 (ahora):

Mi madre me cortaba las uñas […], la tarea íntima y delicada de recortarme las uñas, de reducir mis garras infantiles […]. También me recortaba la cutícula. […], y ahora soy yo, padre, madre […] quien recorta las uñas al hijo. […]. Mi madre en mí hace las uñas a su hijo, que es el mío. Como yo ya no soy yo, que soy ella, mi hijo es ya el suyo, directamente, desaparecido yo.

De esta manera, de puntillas sobre el cuerpo, el texto avanza como un círculo para llegar de nuevo al cuerpo, al muerto, que es el hijo, pero que es él:

Soy el único cadáver que ha escrito un libro en la historia de todos los tiempos…

Y de, o con, esta forma (se) regresa al lugar fundamental del cuerpo, a aquel que lleva al máximo, que explota al límite, el sentido del verbo “regresar”: al útero. De la madre, que es él:

[…] la cripta donde te llevo, entre dos costillas, entre el epigastrio y el sentimiento, y me veo en los espejos de los grandes almacenes y solo hay una imagen en un espejo porque vives en el útero que me ha nacido para ti.

En el centro del círculo, el conjunto de cosas

El texto es también una radiografía de la vida, una tomografía de las cosas que rellenan la vida, un escáner también atento a lo material, y hasta a lo incorpóreo.

Empezando por la casa:

Porque vives otras casas, las amueblas, las habitas, y algo te dice que no son tu casa. Entras y sales en ellas. Pero un día encuentras la casa, tu casa, la que te esperaba, esa que teje enseguida, en torno a ti, su silencio, sus sombras, su polvo, su tiempo, y de la que ya no vas a salir nunca, a la que volverás siempre. La casa que empieza a cerrarse como una tumba en torno de ti.

Como si hiciera falta desprenderse de un poco de cuerpo para llegar a la corporeidad de las cosas, Francisco Umbral termina el recorrido literario-anatómico en los pies, en la página 102, para entrar en la casa y en las cosas. A la casa le siguen los libros:

Los libros, cómo crecen los libros en la casa, aquellos primeros libros de la madre, secos y polvorientos, que me han acompañado por pensiones, viajes, noches, años, cómo proliferaron.

Y la madre transversalmente atravesándolo todo en un libro sobre el dolor de un padre.

Así el libro avanza por las cosas hasta llegar a la fruta, que no es más que fruto en el sentido amplio, fruto de la vida, sinónimo de hijo. Y la naranja la que devora, y no la que es devorada, como el hijo devora al padre porque un hijo siempre es devorado. De nuevo este juego de espejos, de cambios de roles, de alteración de las generaciones, de los vínculos, de los orígenes y las descendencias. El padre como árbol de frutos que da vida a una naranja, que a su vez da vida al árbol, al padre, porque el fruto es el sentido último de la existencia:

En rigor, una naranja me devora por dentro. Necesita de mí para poder transformarse en otra cosa, para sobrevivir, y cuelga ya, naranja otra vez, al final de los tiempos, del árbol dorado de la vida.

Toda depredación es una redención. […]. Se reparte su sabor, su olor, su química, por todo mi cuerpo, y aprendo más de la vida, del mundo, del tiempo, gracias a la naranja, que en todos los libros de Kant y Platón.

Luego se acerca a lo escatológico: largos pasajes sobre los servicios públicos, los retretes, los váteres. Hasta llegar a la literatura. Al arte de la escritura. Al trabajo del escritor. Como última cosa. La cosa que dará paso a la aparición del hijo en el libro. Aparición que se enuncia en tres breves poemas, dos en prosa y uno en verso, donde la palabra «hijo» aparece en el primero de ellos así:

El bosque juega con mi hijo como un tigre verde con un jilguero.

Y tras el tercer poemas, el texto que le sigue está ya directamente en segunda persona, hablándole al hijo-fruto:

Vuelvo de los viajes, hijo, vuelvo del mundo, todo hierro y vino, y te encuentro aquí, en la entraña tierna, en el interior fresco de la fruta que es tu vida. Porque, cuando lejos, te siento siempre, detrás de todo lo que siento, te vivo, detrás de todo lo que vivo, y basta que me aleje en un país extraño para que te conviertas en el centro débil y cálido del mundo que gira.

Pero volvamos un paso atrás, a las cosas, a antes del hijo, a la creación, a la escritura. Mortal y rosa es un libro sobre la escritura. Francisco Umbral reflexiona sobre la tarea del escritor. Habla de transparencia, de escribir para desaparecer y de reaparecer en la escritura. Habla del libro como proyecto. Del oficio de escribir. Del trabajo: del que hace libros, o una tuerca, o un surco, dice; todos trabajos.

Escribo por el placer de desaparecer. Es mi forma de transparencia. Todos hemos querido ser invisibles alguna vez. El éxtasis, la levitación. El mundo y la escritura se intercambian reflejos, luces, y yo estoy en medio, entre dos fuegos, desaparecido, sin peso. Escribir es ausentarse. Escribir es perder peso. Un adelgazamiento súbito. Qué insoportables luego mis setenta u ochenta kilos. […]

¿Qué hago yo con un libro en la mano? ¿Qué es un libro? Un objeto rectangular, una caja practicable, una sucesión de signos monótonamente ordenados. El libro es solo el pentagrama del aria que ha de cantar el lector. En el libro no hay nada. Todo lo pongo yo. Leer es crear. Lo activo, lo creativo, es leer, no escribir.

Finalmente, la literatura aparece como lo opuesto a las cosas, como la apuesta más inmaterial o antimaterialista. De la casa a los libros, a la naranja y a la literatura, es como el desvanecerse de lo sólido en el aire, de todo lo sólido… Es el camino hacia la transparencia:

De muy pequeño la literatura fue para mí […] una configuración ideal del mundo, un alejamiento de la realidad. Luego, a medida que la literatura se realizó en mi vida y yo me realicé en ella, creí que era, por el contrario, mi instrumento de posesión del mundo, la espada de mis conquistas. Ahora, con mi media vida consumada en la literatura, ésta vuelve a ser para mí lo que fue en la infancia y lo que realmente ha sido siempre: mi manera de no estar en el mundo, mi repugnancia hacia la sociedad de los adultos, hacia sus trámites, sus compraventas, y sus transferencias. […]. Gracias a la literatura he podido mantenerme al margen de los mercados del hombre, e incluso cuando más de cerca parece que toco el mundo con mi prosa, estoy salvado y lejano en el mero arte de escribir, en el mundo cerrado que es la literatura.

El hijo que va muriendo hasta que muere

¿Hasta que muere quién? Hasta que muere el escritor, porque el que muere es el hijo. Esto es Mortal y rosa, ese lugar preciso en la literatura donde el mundo se hace muerte, donde muere el hijo y muere el padre, y la madre ya estaba muerta, ¿la madre de quién?, y entonces muere hasta el escritor:

Me moriré escribiendo páginas ilegibles, porque el muerto me crece, como un amigo triste, y revuelve mis cosas sin interés ni gana. Esto es vivir, esto es morir […]. No existe la muerte. Solo existe el muerto. El muerto vive…

Por el hijo, también el recorrido. Su esencia de niño: los juegos, los colores, la risa; y luego: el cuerpo, los pies, el cuerpo enfermo, la fiebre, la silla de ruedas, los pasillos blancos, la muerte.

Mi hijo en el mercado, entre el fragor de la fruta, quemado por todas las hogueras de lo fresco, iluminado por todos los olores del campo.

Dibuja, el niño, escribe, hace sus primeras letras, sus primeras figuras, y es como cuando el hombre primitivo comenzó a miniar la roca de la caverna.

El niño y los colores. El otro día se sentó a pintar, con un papel sujeto a una pizarra, y estuve mirando la naturalidad, la frescura, la novedad con que el niño obtiene los colores.

El niño y la risa. La risa del niño. Su risa triunfa de la muerte. Cuando el niño ríe, el mundo se espuma, la vida se aligera y el sol se enciende.

Hasta que las descripciones del niño se van apartando de la vida, de las cosas, de lo cotidiano, y se acercan a lo extraordinario, a la tragedia, a la muerte:

El niño en la prisión blanca de la clínica, en manos del dolor, manipulado, pinchado, dolorido, el niño entre los niños que sufren.

La fiebre, ese fuego secreto que mi madre buscaba en sí, que buscaba en mí, como luego me lo buscaba yo mismo, como lo busco ahora en mi hijo.

Aquí, tu madre y yo, hijo, entre biombos, entre cocinas apagadas, entre anuncios, letra menuda y medicinas, qué solos, qué sin juntura, y el universo, hijo, el universo, que organizaba sus mayúsculas en torno de ti, y ahora es como el resto disperso de un naufragio.

Aparece la madre en la fiebre, y aparece la madre del hijo, por fin, con la muerte, madre que no había aparecido antes, no al menos como madre sino solo insinuada como mujer. Aparece la familia, cuando desaparece el hijo, que no desaparece, pues Francisco Umbral solo dice y repite que está oyendo crecer a su hijo (muerto), que «Estoy oyendo crecer a mi hijo», y este verso es, además, el título del apéndice del libro, que ya había sido publicado como artículo en la revista Jano de Barcelona el 31 de diciembre de 1971.

Dice, entre otras cosas…

Estoy oyendo crecer a mi hijo en el silencio de los libros, en el monólogo de los juguetes, una batalla de trapo, una fiesta de muelles rotos, una catástrofe de automóviles sin pilas, porque en la vida de mi hijo de tres años, como el viejo tango, se han secado las pilas de todos los timbres que vos apretás…

Pero el tango también dice otras cosas. Y son todas las cosas sobre la muerte y la fraternidad, que puede ser una paternidad:

Cuando estén secas las pilas
de todos los timbres que vos apretás
buscando un pecho fraterno
para morir abrazao… (*)

Y lo que no muere: la palabra. La que nombra al hijo, rosa infancia, aunque esa vida sea mortal:

Y nosotros aquí, ensordecidos de tragedia, heridos de blancura, mortalmente vivos, diciéndote.

Tal vez lo inmortal sea la literatura, cuando el escritor, también hijo, también padre, ¡también madre!, habla de la escritura para poder hablar de él (¿de quién, de cuál?, ¿de cuál de los dos?, ¿de cuál de los tres?, ¿de cuál de los cuatro?, ¡¿de cuál de todos los mortales?!). ¿Y qué rosedad?

(*) Yira, yira, Enrique Santos Discépolo

Ficha del libro

TítuloMortal y rosa
AutorFrancisco Umbral
EditorialCátedra/Destino
Fecha de ediciónSeptiembre, 2007
GéneroNovela autobiográfica
FormatoPapel
Páginas234

Edición económica

TítuloMortal y rosa
AutorFrancisco Umbral
EditorialAustral
Fecha de ediciónOctubre, 2011
GéneroNovela autobiográfica
FormatoPapel
Páginas256
mm

Acerca de Florencia del Campo

Florencia del Campo nació en Buenos Aires en 1982. En el año 2013 se mudó a la ciudad de Madrid donde vive actualmente. Su primera novela para adultos publicada en España se titula La huésped (Base editorial, 2016), y más recientemente Madre mía (Caballo de Troya, 2017). Ha publicado, además, libros infantiles. Colabora en diversos medios culturales.

Categoría

Literatura, Novelas, Poesía