‘Opus Nigrum’ de Marguerite Yourcenar

Opus Nigrum, ambientada en la Europa del siglo XVI, narra la historia de Zenón, personaje inspirado en figuras como Da Vinci o Paracelso. Médico, estudioso de la alquimia, del cuerpo humano y de la naturaleza, el protagonista de la obra escudriña la sustancia de la vida en una época en la cual la ignorancia es victimaria de la sabiduría.

La observación de la naturaleza

Hijo bastardo, Zenón creció siendo clérigo. Desde muy joven, su curiosidad lo inclinó al estudio, en especial al de las ciencias, hacia las que inicia su acercamiento bajo la tutela de Bartholommé Campanus, canónigo de Brujas. También es a través de la Iglesia que el joven tiene sus primeras nociones sobre la alquimia.

Poco después, Zenón ingresa a la escuela de Teología, aunque del conocimiento sagrado lo seduce más su «hermana profana» —tal como Campanus se refiere a la filosofía—. Es entonces acogido por un círculo de estudiosos de la alquimia y la cábala. Pero la mente demasiado vivaz y demasiado libre de Zenón termina por hacerlo pasar de cualquier doctrina, incluso de estas, cuando ve a sus colegas imbuidos en libros, palabras incomprensibles y fórmulas que pueden parecer vacías.

Es a través del contacto directo con la realidad que se ofrece a sus ojos, que el joven comienza a trazar su propio camino y a adquirir las inestimables lecciones que siempre habrían de acompañarlo.

Se alejaba por el campo, a la búsqueda de no se sabe qué clase de conocimientos emanados directamente de las cosas.

Las enseñanzas que podrían atribuírsele a algunas disciplinas “ocultas”, o reservadas a cierto grupo (las cuales, en la mayor parte de los casos, eran consideradas heréticas), se revelan por sí mismas a Zenón, más allá de los libros.

En cada una de aquellas pirámides vegetales hallaba el jeroglífico hermético de las fuerzas ascendentes, el signo del aire, que baña y nutre estas bellas entidades silvestres; del fuego, cuya virtualidad llevan dentro de sí y que tal vez las destruya un día. Pero aquellas ascensiones se equilibraban con un descenso: bajo sus pies, el pueblo ciego y oloroso de las raíces imitaba, en la oscuridad, la infinita división de las ramitas en el cielo (…) Aquí y allá, una hoja que amarilleaba antes de tiempo delataba bajo el verde la presencia de los metales con que había formado su sustancia y cuya transmutación operaba.

Zenón termina por desdeñar a quienes buscan en el arte de la alquimia el puro afán de la transmutación de sustancias y metales. Pero, en modo alguno, se trata de un desprecio hacia el objeto de estudio per se: más bien condena la deficiente comprensión que sus compañeros tienen del mismo; la falta de luces para ver en esas “fórmulas” un conocimiento vivo, las leyes invisibles de los reinos complementarios de la carne y del espíritu.

El carácter antirreligioso de Zenón (inconfesable, por motivos evidentes) entiende toda realidad, incluso aquella en el lindero con lo mágico, como algo de este mundo. Todo fenómeno es natural. Los procesos de la materia le resultan fascinantes, mucho más en un cuerpo palpitante que en un laboratorio, e infunden en él una profunda reverencia por la existencia.

Yo profeso mi fe en un dios que no nació de una virgen, y que no resucitará al tercer día, pero cuyo reino es de este mundo.

Es así como, paradójicamente, alguien cuyo ateísmo puede significar su condena, es movido e impulsado por algún tipo de devoción, solo que una muy diferente a la planteada por el dogma religioso.

Todo libro es grimorio

Zenón escoge el oficio de la medicina, que ejerce con total entrega. Su profesión lo acompaña en sus peregrinaciones y es, siempre, la dimensión más honesta y real de sus diversas identidades (bajo las cuales se debe enmascarar, según la circunstancia, para poder llevar a cabo diversas investigaciones y publicarlas, a la vez que evade el peligro de la horca o la hoguera). Ve en el cuerpo una máquina de una sofisticación que no deja de maravillarlo, y estudia este complejo engranaje de sistemas, principalmente, a través de la observación de sí mismo.

Llenaba cuidadosamente de aire sus pulmones, se limitaba concienzudamente a no ser más que un saco de aire equilibrándose con las fuerzas del cielo (…) Meticulosamente, igual que se separan las fibras de un tallo, él separaba unas de otras aquellas diversas formas de voluntad.

Para él, el cuerpo es reflejo del universo y verdadero maestro del «Gran Arte»:

Mejores alquimistas de lo que él había sido nunca eran sus entrañas, que operaban la transmutación de cadáveres de animales o de plantas en materia viva, separando sin su ayuda lo útil de lo inútil.

En una nota final, Yourcenar hace algunos comentarios sobre lo que fue el proceso de escritura de la novela, así como de los puntos de encuentro entre Zenón y algunas personalidades contemporáneas al personaje, como Erasmo de Rotterdam, Éttiene Dolet, Miguel Servet, Paracelso, Da Vinci y Agrippa, entre otros. A algunos de ellos se hace referencia en la narración, como es el caso del también médico Servet, quemado por el Santo Oficio, y cuyo destino Zenón temía profundamente seguir; o como Dolet, cuya vida tuvo igual desenlace y que en la novela funge de librero del personaje.

Las investigaciones que realiza el médico —algunas de las cuales, luego de ser publicadas, generan polémica en torno a su nombre— en parte están inspiradas en los Cuadernos de Da Vinci, comenta la autora. Otras ideas desarrolladas por Zenón parten, también, de distintos pensadores de la época. En la novela se mencionan algunos de los títulos de estos estudios, por ejemplo los Pronósticos de las cosas futuras, el Tratado del mundo físico (que, se deduce, fueron de sus primeros libros) o, ya en años posteriores, como uno de sus proyectos más significativos, un Liber Singularis.

Allí anotó todo cuanto sabía sobre el hombre, basándose en sí mismo, su complexión, su comportamiento, sus actos confesados o secretos, fortuitos o voluntarios, sus pensamientos y también sus sueños.

«Todo libro se convierte en grimorio» dice Zenón a su primo, Henri-Maximilien en medio de una charla, en referencia a aquellos manuales de magia, hechicería e invocaciones que habían sido comunes en la Edad Media. El flamenco entiende pronto que casi cualquier texto escrito puede significar una condena; pero, también, que existen «guiños» y formas de decir lo indecible a través de la escritura, mensajes transmisibles para un buen intérprete. No ignora que incluso muchos clérigos se valían de tales «subterfugios» para compartir conocimientos que podían ser condenables.

Las teorías e investigaciones del médico, al modo de Da Vinci, son increíblemente avanzadas para la época. Con agudeza, observa en el “pólipo” que presenta el prior de los Franciscanos de Brujas (quien probablemente fue su más entrañable amigo) un padecimiento con comportamiento semejante al que ya había visto en otros enfermos, y cuyo desenlace es capaz de pronosticar. Asimismo, realiza pruebas de transfusiones de sangre en pacientes y observa las compatibilidades o rechazos entre los fluidos vitales.

Como si existiera verdaderamente entre aquellos dos líquidos rojos, procedentes de individuos distintos, unos odios y unos amores que ignoramos. Los mismos acuerdos y los mismos rechazos explicaban seguramente la esterilidad o fecundidad de las parejas.

El médico y las pestes

El estudio de la anatomía del cuerpo humano, así como de sus procesos, apasiona al médico. Pero su entrega es mayor frente al paciente que acude en busca de alivio y sanación. Zenón demuestra tener un código ético inquebrantable, y su misión de servir a la vida va más allá de cualquier otra consideración, sin establecer miramientos sobre aquél al que presta su ayuda. Es así como opera y cuida de un fugitivo, lo cual eventualmente juega en su contra.

También se expone a esa sombra oscura y silenciosa que se esparce por las ciudades y, a su paso, va mermando la vida: la peste.

Procedente de Oriente, entró en Alemania por la Bohemia. Viajaba sin apresurarse, al toque de las campanas, como una emperatriz. Inclinada sobre el vaso del bebedor, apagando la vela del sabio sentado entre sus libros, ayudando a misa junto al sacerdote, escondida como una pulga en la camisa de las mujeres de la vida alegre, la peste aportaba a la vida de todos un elemento de insólita igualdad, un áspero y peligroso fermento de aventura. Las campanas que tocaban a muerto difundían por el aire un insistente rumor de fiesta negra.

Los médicos que se encargaban de cuidar a los enfermos de peste, por lo general aplicando cuidados paliativos, renunciaban a ver a otros pacientes y atendían a ricos y pobres por igual. Según la novela, llevaban una hopalanda roja —a diferencia de la versión del atuendo que figura en nuestro imaginario, y que consiste en esa horrible máscara con un gran pico de ave— para distinguirse del resto. Es el caso de Zenón, quien, durante su estadía en Colonia, se escabulle y oculta su identidad entre aquellos que se encuentran al borde de la muerte.

Pero la descomposición, ese nigredo o putrefacción que es una fase de la alquimia, no solo se manifiesta como enfermedad física en la época, sino también como enfermedad social y espiritual. Los procesos llevados por la Iglesia y las condenas a muerte eran pan de cada día, y en cada ciudad había una plaza con una horca. El pueblo acudía a los ahorcamientos o a las hogueras como si de un espectáculo se tratara, deseosos de ver el padecimiento de quienes fungían de monstruos y chivos expiatorios.

Un episodio histórico particularmente perturbador narrado en la novela es el de la Rebelión de Münster, durante la cual los anabaptistas tomaron la ciudad alemana en un intento de fundar un gobierno aislado, con sus propios principios y leyes. Este lugar, donde reinaría la bondad, termina convirtiéndose en una pesadilla de histeria colectiva, hambre y muerte. Jean de Leyde, quien asume el liderazgo de la comunidad y se autoproclama “Cristo viviente”, exige poseer sexualmente a cualquier mujer que elija, y ejecuta a aquellos que se oponen al régimen.

Posteriormente, cuando la ciudad es sitiada, el castigo de Leyde termina por ser un entretenimiento brutal.

Las gentes de Münster se habían cansado ya del espectáculo, pero los niños que se apretaban contra los barrotes persistían en arrojarle dentro de la jaula alfileres, boñigas, huesos puntiagudos, y el cautivo se veía obligado a andar por encima de todo aquello con los pies descalzos…

Acababan de enjaular al prisionero tras una sesión de tortura; encogido en un rincón, todavía temblaba. Un olor fétido se desprendía de su casaca y de sus llagas.

Es posible que la crueldad de Leyde fuese semejante a la que aplicaron sus verdugos. No obstante, se sabe que eran incontables los casos de inocentes condenados por exponer un pensamiento que difiriera de la doctrina de la Iglesia, o por despertar cualquier otra sospecha de herejía.

En cualquier caso, Zenón no concebía ese tipo de castigos, y temía la posibilidad de verse expuesto a los mismos. Incluso algunos eclesiásticos se oponían a tales prácticas, pero lo más prudente ante esa “normalidad” injusta y sanguinaria era el silencio, si se quería conservar la propia vida.

Opus Nigrum

Llegado un punto, Zenón atraviesa una serie de transformaciones internas que podrían compararse con la ya mencionada fase de nigredo de la alquimia, pero también con la “noche oscura del alma” del misticismo cristiano, o con el proceso de individuación de Jung, el cual propone la necesidad de integrar aspectos relegados del inconsciente para poder alcanzar la luz (o, en términos simples, para llegar a un profundo autoconocimiento, y por lo tanto a un entendimiento más amplio de lo que nos rodea). Durante esta temporada, que se alarga y comprende varios capítulos de la novela, el médico recorre su vida en retrospectiva, tiene una cierta clarividencia de su futuro y llega casi, en medio del dolor, a un estado de éxtasis que lo hace mirar de frente la unión indisoluble de todo lo existente.

Zenón tiene importantes revelaciones mientras se observa a sí mismo disolverse.

SOLVE ET COAGULA… Él sabía lo que significaba aquella ruptura de las ideas, aquella resquebrajadura en el seno de las cosas. Siendo un joven clérigo, había leído en Nicolás Flamel la descripción del OPUS NIGRUM, la experiencia de la disolución y calcinación de las formas, que es la parte más difícil de la Gran Obra.

El término Solve et coagula, que significa, literalmente, disolver y coagular, se dice que fue propuesto por Paracelso. En su intento por recrear la Gran Obra, los alquimistas descomponían o separaban la materia en sus matraces, hasta obtener las distintas dimensiones de la misma. Posteriormente, lograrían algo más puro y elevado a partir de una nueva unión1 de estas sustancias. Esto es una metáfora de la danza entre fuerzas opuestas que comprende toda forma de vida: luz y oscuridad, masculino y femenino, muerte y nacimiento. Mediante la reconciliación de lo antagónico surge lo más límpido y verdadero. La máxima alquímica Opus Nigrum (Opus: obra y Nigrum: negra, en alusión al nigredo) comprende esos principios.

En la creación o Ánima Mundi coexisten estos opuestos. Visto así, no hay nada que sea en realidad execrable, «bajo» o impuro, puesto que todo tiene su lugar dentro de un equilibrio; cada cosa es una manifestación de lo único, de la totalidad.

Cuando se decía una verdad, en ella se incurría en algo falso (…) Por otra parte (…) la verdad pura también hubiera sido mentir.

Dejando un poco de lado a Zenón y a su destino, que tal vez todo lector merece descubrir por sí mismo, podríamos observar que este juego de espejos de la realidad se nos presenta bajo distintos conceptos, desde diferentes corrientes filosóficas o místicas. Además de los ya aludidos planteamientos junguianos o cristianos, podríamos traer a colación al tantra, que halla a la divinidad incluso en aspectos que parecerían contrarios a ella; o al taoísmo y su dualidad representada con el yin y el yang. Estas contradicciones o enfrentamientos intrínsecos, si los vemos a nivel histórico, se hacen evidentes en todas las épocas, y en especial en la recreada en la novela. Aunque, en teoría, ya hubiese quedado atrás la terrible Edad Media, para dar paso al Renacimiento, el mundo aún parecía sumido en la oscuridad; pero incluso en los siglos más cruentos hubo lumbreras: personajes, corrientes artísticas y de pensamiento, creaciones que significaron hitos en la humanidad, huellas imborrables sobre las que hemos regresado una y otra vez.

¿No estamos siempre, de alguna forma, atravesando la noche? ¿No tenemos, también ahora, nuestras propias pestes con sus diferentes manifestaciones? Valdría la pena detenernos a observar ese, nuestro nigredo actual, tan profundamente como podamos. Tal vez arroje, asimismo, algunas pistas sobre nuestra luz.

  1. Martínez Gallardo, Alejandro (6 de abril de 2019). Solve et coagula: la fórmula esencial que resume la alquimia y el sacrificio védico. Pijama Surf. Recuperado de: https://pijamasurf.com/2019/06/solveetcoagulalaformulaesencialqueresumelaalquimiayelsacrificiovedico/ ↩︎

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