‘Al faro’ de Virginia Woolf

Dos días en la vida de una familia inglesa, separados entre sí diez años, son el motivo de Al faro, de Virginia Woolf. Serán suficientes para retratar a dos mujeres temperamentales que se empecinan en pintar su propia visión en un mundo que les asigna roles secundarios.

Los hechos con los que se construye una biografía, e incluso la historia misma, pueden resumirse y hasta simplemente consignarse en una nota marginal, nos va a decir Virginia Woolf:

(…) de vez en cuando tintineaba en la alacena algún vaso, como si una voz de gigante hubiese chillado tanto en su agonía que las copas de alguna alacena hubiesen vibrado también. Todo quedaba en silencio otra vez; y entonces, noche tras noche, y a veces a plena luz del mediodía, cuando las rosas lucían, y la luz reflejaba su sombra en la tapia con claridad, parecía descender sobre este silencio, esta indiferencia, esta integridad, el golpe sordo de algo que se desprendía.

[Estalló una granada. Murieron veinte o treinta jóvenes en Francia; entre ellos, Andrew Ramsay; su muerte, caritativamente, fue instantánea.]

Entonces, brevemente: se trata de dos días en la historia de los Ramsay, una familia inglesa de clase media formada por Mr. Ramsay, un profesor universitario, Mrs. Ramsay, su esposa, y los ocho hijos de ambos.

Dividida en tres partes, la novela narra acontecimientos separados entre sí unos diez años. En la primera parte, se cuenta el día en que la familia recibe en su casa de campo, situada en la costa escocesa, a una media docena de amigos. Se ha planeado compartir un fin de semana, compartir una cena y también llevar a los más pequeños de la familia en una excursión a un faro situado en una isla cercana. Aunque el clima frustra la excursión, el día termina con la realización de la cena en la que invitados y anfitriones comparten la especialidad de la cocinera de la casa, una receta francesa.

Una muy breve sección intermedia resume íntegra la década que transcurre entre ese día y el que se nos contará inmediatamente en la tercera sección, en la que una parte de la familia regresa a la casa luego de mucho tiempo y concreta finalmente la excursión al faro.

Al faro, una novela modernista

Me dediqué a la lectura de Al Faro hace unos meses. Se dio por entonces una conversación con una amiga, ávida lectora, en la que me preguntó qué me parecía la novela. “Tiene todo lo bueno del modernismo, pero en menos de 200 páginas”, contesté.

Sin dudas, la respuesta tuvo la intención de ser un chiste para establecer una complicidad de lector a lector pero revela, claro está, algo de sarcasmo. Un sarcasmo que está más dirigido al modernismo, que nos ha legado célebres ladrillos como el Ulises o En busca del tiempo perdido, que a la hermosa concisión relativa de Woolf (que se tome, eso sí y por favor, la calificación de “ladrillo” con animus jocandi).

Pero la broma no deja de encerrar también algo de simple y honesta observación: Al faro es ciertamente una novela “modernista”, ya sea por su situación histórica (fue escrita en Inglaterra en 1920), por sus recursos técnicos (en particular, la abundancia de descripciones, la escasez de acción, la indagación en los mundos interiores de los personajes, la construcción de múltiples “voces” y puntos de vista, la prosa altamente “poética” y barroca) o por sus temas (la muerte, la elusividad del momento, la inaprehensibilidad de la vida misma, el paso del tiempo). Pero sin dudas es también ciertamente breve.

En menos de 200 páginas, Virginia Woolf plasma una parte sustancial de lo que la ha convertido en una de las mayores exponentes de ese momento literario, en una de las glorias de la literatura en inglés y en una de las pioneras que a inicios del siglo XX estableció el tono de una literatura feminista: en Al faro, como en tantos otros lugares de su obra, Virginia Woolf aborda el tema de la lucha de las mujeres por ser reconocidas como sujetos creativos y autónomos.

(…) la planta era de violeta intenso, la pared era asombrosamente blanca. Creía que era poco honesto no reflejar fielmente el violeta intenso y el blanco esplendoroso, puesto que así los veía; aunque la moda era, desde la visita de Paunceforte, ver todo con matices pálidos, refinados, semitransparentes. Y junto al color estaba lo de la forma. Veía ella todo con tanta claridad, con tanta seguridad, cuando dirigía la mirada a la escena; pero todo cambiaba cuando tomaba el pincel. Era en ese momento fugaz que se interponía entre la visión y el lienzo cuando la asaltaban los demonios que, con frecuencia, la dejaban al borde de echarse a llorar y convertían ese trayecto entre concepción y trabajo en algo tan espantoso como un pasillo oscuro para un niño. Le ocurría con frecuencia: luchaba en inferioridad de condiciones para mantener el valor; tenía que decirse: “lo veo así, lo veo así” (…)

Mrs. Ramsay, Lily Briscoe, Virginia Woolf

Dos personajes, femeninos, constituyen los puntos de pivote de la trama: la señora Ramsay, dama de fuerte carácter, imponente belleza y espíritu dominante, y Lily Briscoe, una mujer que está en sus treinta, aún no se ha casado, desea ser reconocida como pintora y vive la angustia de ser cuestionada en su vocación por ser mujer.

Estas dos mujeres entrarán en duelos sutiles con dos hombres en especial, el propio señor Ramsay, un académico inseguro y narcisista, y el señor Tansey, colega y amigo de Mr. Ramsay que a lo largo de toda la novela será el encargado de poner en palabras el centro de la cuestión:

Era Charles Tansley quien acostumbraba a decirlo, se acordaba, lo de que las mujeres no sabían pintar, no sabían escribir. Se le acercaba por detrás, mientras ella pintaba en este mismo lugar, y ahí permanecía, cerca; y ella lo odiaba.

Es interesante cómo, aunque el personaje de Tansey expresa en palabras el prejuicio que concierne personalmente a la propia Woolf (las mujeres “no saben escribir”), el drama es presentado indirectamente como un asunto que afecta a Lily Briscoe (puesto que las mujeres tampoco “saben pintar”).

Algunos biógrafos ven en este personaje una referencia a Vanessa Bell, hermana de Virginia Woolf, quien luchó por consagrarse en las artes plásticas.

Pero este humilde lector ve algo que vá más allá de una simple referencia biográfica y un abordaje al sesgo de las propias reivindicaciones de Woolf, algo que parece constituir un noble homenaje a esa hermana y una exploración sobre su mundo seguramente, y ante todo, visual.

Una novela que es un cuadro

Porque la novela está atravesada por algo que me atrevería a llamar “deseo pictórico”. Tal vez “deseo” traiga de otras disciplinas algunas resonancias exageradas, pero en ese caso quizás quepa hablar al menos de “aspiración”: una aspiración pictórica.

Se describe frecuentemente a Al Faro como una novela en la cual, si bien tal vez no podamos afirmar livianamente que no pasa nada, habría que reconocer que en todo caso no pasa mucho. Cierta crítica ha señalado que no es la acción o la riqueza de la trama lo más notable de esta novela. Tal vez se deba a que su impulso (o su “aspiración”, como dijimos) no es narrativo: Al Faro no sería, desde este punto de vista, propiamente, una novela sino, tal vez, un cuadro.

De pronto se oyó un grito (…). Lo oyó como si hubieran gritado junto a su oído, y se volvió como si tuviera miedo de que alguien estuviera oyéndolo. Sólo estaba Lily Briscoe, no ocurría nada. Pero contemplar a la muchacha al otro lado del jardín, pintando, le hizo pensar en algo; recordó que tenía que mantener la cabeza en la misma posición para el retrato de Lily. ¡El retrato de Lily! Mrs. Ramsay esbozó una sonrisa. Con esos ojillos rasgados, con tantas arrugas, no se casaría jamás; no había que tomarse muy en serio lo de su pintura; pero era una muchacha liberal, y por eso le gustaba a Mrs. Ramsay, así que al recordar la promesa, inclinó la cabeza.

Sí, un cuadro, una obra pictórica, un esfuerzo por plasmar la visión de una o varias escenas significativas, plenas, como las que descubriremos que desvelan al personaje de Lily Briscoe, el cual, por esto, se transforma en una clave cifrada con la que puede interpretarse al conjunto.

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Comentarios

  1. Estupendo artículo. Claro y a la vez amplio en su apreciación de esta gran novela. Me gusta mucho la comparación con un cuadro o varios cuadros, que imagino muy expresionistas.

  2. Muy buen artículo. Ayuda a comprender que la lectura de este libro se hace más amena en cuanto se torna lenta y contemplativa.

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