‘Los desposeídos’ de Ursula Le Guin

Una comunidad idealista ha colonizado un nuevo planeta y, al emprender la fundación de su sociedad ideal, crea un lenguaje que prescinde del posesivo. Todo un gesto. Pero tal vez Los desposeídos sea algo más que el contenedor de una curiosidad lingüística.

Los desposeídos es una novela enorme. Afincada en un género por mucho tiempo considerado menor, la ciencia ficción, no retrocede ante el objetivo de toda novelística ambiciosa: crear un mundo.

Ursula Le Guin, su autora, se pone al hombro la tarea no sólo de imaginar geografías exóticas o locaciones inexistentes, sino que encara el diseño completo de una sociedad establecida sobre nuevas premisas. En la segunda mitad del siglo XX, esta escritora norteamericana encara un ejercicio que la literatura occidental había ido descartando.

Al menos, la ciencia ficción ya había dado, para 1974, año en que se publica Los desposeídos, muestras claras de preocupación por la deriva distópica de las sociedades actuales. Para entonces, ya habían visto la luz obras como Un mundo Feliz (Huxley, 1932), 1984 (Orwell, 1949) o Farenheit 451 (Bradbury, 1953). Y será apenas diez años después que quedará inaugurado un ciclo que aún nos concierne con la aparición de Cyberpunk (Bethke, 1983), la novela que dará nombre a la nueva encarnación cínica y pesimista del género.

En cambio, Le Guin emprende la tarea de contar, a través de su protagonista Shevek, la historia de los odonianos, un movimiento político que tiene la oportunidad (pírrica) de llevar a cabo, en un planeta árido y hostil llamado Anarres, su plan para una sociedad ideal.

(…) Hacemos justicia aquí, o en ninguna parte. —Miró otra vez a Shevek y dijo, en un tono más tranquilo—: ¿Sabe lo que la sociedad de ustedes ha significado aquí para nosotros, en los últimos ciento cincuenta años? ¿Sabe que cuando alguien quiere desearle suerte a otro dice: Ojalá renazcas en Anarres?

Como a contramano de su tiempo, Le Guin escribe una utopía.

Ursula Le Guin: el qué y el cómo

En las reseñas de relatos de ciencia ficción es frecuente que la atención se vea atraída por las teorías científicas implícitas, más o menos rigurosamente esbozadas, antes que por los recursos empleados por el autor para contar, en definitiva, una historia.

Muchos comentaristas y lectores del género suelen condescender a la fantasía de que la ciencia ficción es más ciencia que literatura, una mera ilustración, casi un recurso didáctico.

El caso no es distinto con Le Guin. Se vincula a las ideas del protagonista Shevek, un científico dedicado al problema del tiempo, con abstrusas vertientes de la física cuántica.

-Bien, nosotros tenemos los elementos, sí. Pero usted puede decirnos cuando abandonar el esfuerzo… cuándo tirarlo por la borda.

-¿Tirarlo por la borda? ¿qué quiere decir?

-El viaje a una velocidad mayor que la de la luz -dijo Oegeo- La transimultaneidad. La física tradicional dice que no es posible. Los terranos dicen que no es posible. Pero los hainianos, que a fin de cuentas inventaron el sistema de propulsión que empleamos ahora, dicen que es posible, sólo que no saben cómo hacerlo, pues aún están aprendiendo de nosotros los rudimentos de la física temporal. Evidentemente, si alguien en los mundos conocidos tiene la clave, doctor Shevek, ese alguien es usted.

Es un camino transitable, sin dudas, porque quien busque esos vínculos seguramente podrá encontrarlos. Pero no deja de ser interesante observar también qué es lo que hace que estemos ante literatura, incluso si uno de los temas fuera, efectivamente, el tiempo.

Algún ensayista definió a la literatura como una “antropología especulativa”. Si así fuera, Le Guin la ha practicado.

Escrita en esa prosa transparente y rigurosa que uno asocia estereotipadamente con la narrativa norteamericana, Los desposeídos no es una novela compleja, no al menos por su estructura o su estrategia narrativa. Es, sí, una novela rica.

Se inicia con un primer capítulo que nos cuenta un episodio que podemos llamar “el momento cero del relato”. A partir de ahí, desarrolla, en dos arcos narrativos paralelos dispuestos en capítulos estrictamente alternados, los episodios que llevaron a ese momento cero y los que se sucedieron después.

Había un muro. (…)

Al igual que todos los muros era ambiguo, bifacético, Lo que había dentro, o fuera de él, dependía del lado en que uno se encontraba.

Visto desde uno de los lados, el muro cercaba un campo baldío de sesenta acres llamado el Puerto de Anarres. (…) El muro encerraba no sólo el campo de aterrizaje sino también las naves que descendían del espacio, y los hombres que llegaban a bordo de las naves, y los mundos de los que provenían, y el resto del universo. Encerraba el universo, dejando fuera a Anarres, libre.

Si se lo miraba desde el otro lado, el muro contenía a Anarres (…)

Ahora bien, es cierto que esta estructura “con dos lados” está al servicio de hacer experimentar al lector algunas intuiciones. Esta organización ya por sí misma dice algo acerca de dos nociones clave de la trama: la idea de simultaneidad, contraria a la concepción intuitiva del tiempo como secuencia, y la cuestión del retorno, el regreso, como paradoja.

Pero además de esta simple solución arquitectónica con que se evoca la idea de que todo en realidad pasa al mismo tiempo, la novela tiene una enorme riqueza al nivel de las anécdotas. Cada capítulo se concentra en algún punto del periplo del protagonista y cuenta no uno, sino dos, tres, cuatro episodios, todos absolutamente necesarios para la coherencia del sistema de referencias y reenvíos que resulta la trama, todos realizados con un nivel de detalle asombroso.

(…) tampoco la mudanza fue complicada. Shevek llevó una caja con papeles, y la manta anaranjada. Takver tuvo que hacer tres viajes. Primero a la proveeduría de ropas del distrito a conseguir un conjunto de prendas nuevas para cada uno, algo que ella sentía oscura pero intensamente como indispensable para iniciar la sociedad. Luego fue a su antiguo dormitorio, una vez en busca de ropas y papeles, y otra, con Shevek, para llevarse una cantidad de objetos curiosos: complejas formas concéntricas de alambre que se movían y se transformaban lentamente hacia adentro cuando las colgaba del techo. Las había hecho con restos de alambres y las herramientas del depósito de material de artesanía, y las llamaba Ocupantes del Espacio Deshabitado. Una de las dos sillas del cuarto estaba decrépita, de modo que la llevaron al taller de reparaciones, donde consiguieron una sólida. Con esto completaron el mobiliario.

El detallismo no es accidental: es indispensable para llevar a buen término el desafío que Le Guin se ha planteado de dar entidad a un inventado mundo nuevo.

Los desposeídos: en estos mundos vive gente

El retrato de los personajes y su vida cotidiana será otro gran trabajo de Le Guin. A diferencia de lo que es frecuente en la ciencia ficción, donde los personajes pueden parecer muy estereotipados (“el capitán de la nave”, “el científico”, “el ingeniero”, “el explorador”, “el combatiente”, incluso “el contrabandista”), los personajes de Los Desposeídos no se agotan en sus roles.

(…) Shevek comprendió que sin duda la había conocido antes en alguna parte y que tendría que saber cómo se llamaba. Las orejas se le pusieron rojas.

—¿Te estás haciendo el gracioso? —le preguntó Bedap, acercándose por la izquierda—. Takver estaba con nosotros en el Instituto de Poniente del Norte. Hace dos años que vive en Abbenay. ¿No os habéis visto nunca hasta ahora?

—Yo lo vi un par de veces —dijo la joven, y se rió de Shevek. Tenía la risa de una persona a quien le gusta comer bien (…)

De hecho, esto expresa otro rasgo de la sociedad nueva: en ella, nadie permanece en forma fija en un mismo trabajo y, aunque es posible especializarse, se cumplen períodos regulares de trabajos voluntarios en áreas productivas, pero también geográficas, distintas a la propia.

Esto tendrá un impacto dramático importante: las amistades, los vínculos sexo-afectivos y las relaciones parentales presupondrán la incidencia disruptiva de la separación frecuente. Esto tampoco es accidental: el regreso, dijimos, es un tema crítico de la novela.

Otro aspecto que suele dejarse al margen al hablar de Los desposeídos es la enorme atención que dedica Le Guin a indagar qué consecuencias tendría este diseño de una sociedad nueva en las estructuras vinculares y en la subjetividad de sus integrantes.

Hay once bebés en la sala, la mayoría en pares o tríos, dentro de grandes corrales acolchados, y aprontándose, conmocionados y elocuentes, para la siesta. (…)

En la antesala el aya, una mujer tuerta y canosa, conversa con un hombre alto de unos treinta años y cara triste.

—A la madre la han destinado a Abbenay —dice el hombre—. Ella desea que el niño se quede aquí.

—¿Entonces, Palat, lo tendremos en el parvulario como permanente?

—Sí, yo volveré a mudarme a un dormitorio.

—No te preocupes, él nos conoce bien a todos, aquí. Pero sin duda la Divtrab no tardará en ponerte cerca de Rulag. Puesto que estáis asociados, y sois ingenieros los dos.

—Sí, pero ella… Es el Instituto Central de Ingeniería el que la pide, ¿entiendes? Yo no soy tan competente. Rulag tiene que hacer trabajos importantes…

Desde el inicio, veremos que los habitantes de Anarres tienen un nombre único de cinco o seis letras, a diferencia de los habitantes del planeta madre del cual procuran distinguirse. En el viejo mundo se usan nombres similares a los nuestros, compuestos por un nombre de pila y un patronímico.

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