‘La importancia de vivir’ de Lin Yutang

La importancia de vivir desarrolla una filosofía de la simplicidad. Lin Yutang nos ofrece la sustancia del pensamiento chino, una que sirve a la vida y que por ello no es conocimiento sino sabiduría. Ir pasando las páginas se asemeja a una distendida conversación que nos recuerda buscar lo afable en cada acto, incluido el de leer.

Poética de la biología

Inclusive nuestras emociones, nuestros pensamientos más sublimes, nuestra capacidad de crear, se deben a leyes físicas, a intercambios químicos y a mecanismos biológicos. Las relaciones que mantenemos con lo que nos rodea se dan gracias a nuestro cuerpo y por medio de él. Somos materia que se alimenta de energía que se convierte en materia, y no existe tal distinción entre cuerpo y espíritu, sino que se trata de dos manifestaciones de lo mismo.

La vida implica estar en la tierra, poder caminar sobre ella, nutrirnos, crecer y envejecer como lo hacen todos los seres, aprehender las cosas a través de los sentidos; y son ellos, los sentidos, los que nos permiten experimentar la existencia, los que nos brindan las satisfacciones más básicas o las revelaciones más elevadas. El universo entero es un «ser sensorio», dice Lin Yutang, y plantea que toda filosofía práctica —como, se supone, debería calificarse toda filosofía, si estimamos que su fin es poner el pensamiento al servicio de la vida— «debe comenzar con el reconocimiento de que tenemos un cuerpo», porque de ese entendimiento de nuestro carácter terrenal depende la comprensión de toda experiencia humana.

La verdad sea dicha, tener un cuerpo es maravilloso. La naturaleza que encontramos inspiradora, con todo su insondable misterio, es la misma que nos conforma. «Creo que, desde un punto de vista biológico, la vida humana es casi como un poema. Tiene su ritmo y su cadencia, sus ciclos internos de crecimiento y decaimiento (…) Deberíamos ser capaces de sentir la belleza de ese ritmo de la vida…». Según este «criterio biológico de la vida» que refiere el filósofo chino, nuestra existencia es una armonía con sus propios tiempos, que se corresponde a su vez con los ciclos de la naturaleza.

No existe pensamiento chino sin poesía. La cultura china es sumamente poética, como lo es su forma de entender el mundo: «el criterio de la vida que tiene el filósofo chino es esencialmente el criterio de la vida que tiene el poeta» y, «en China, la filosofía está enlazada con la poesía más que con la ciencia». La admiración de Lin Yutang hacia Shakespeare sale a relucir más de una vez durante la lectura: para el autor, Shakespeare fue un poeta supremo porque «era como la Naturaleza misma»; porque fue capaz de observar el equilibrio entre comedia y tragedia de la vida humana; y porque logró capturar su dimensión de sueño.

Este carácter onírico de la vida que muchos otros poetas han sabido ver y transmitir, hace del hecho de existir un asunto estético. De ello, así como de la certeza de la finitud de nuestra carne, nacen nuestras facultades de poetizar o filosofar.

Así veo que la filosofía y la poesía comenzaron con el reconocimiento de nuestra mortalidad y un sentido de cómo es pasajero el tiempo (…) La vida, pues, es en verdad un sueño, y los seres humanos somos viajeros que flotamos por el eterno río del tiempo (…) La mitad de la poesía del mundo se habría perdido si no sintiéramos que la vida es un sueño.

Con qué se come la filosofía

Muchas veces, asociamos la filosofía con ideas complejas, con largas elucubraciones en torno a determinado tema. La filosofía occidental, dice Lin Yutang, se ha abocado a una búsqueda del conocimiento per se, y se ha olvidado del conocimiento que otorga sentido a la vida. Para el pensamiento chino, se trata de una filosofía «ociosa», al no ocuparse de lo que incumbe directamente al individuo, esto es, cómo vivir, y sobre todo cómo vivir bien, de acuerdo a lo que somos y al entorno.

Las tres principales corrientes filosóficas en China son el budismo, el taoísmo y el confucianismo. Si bien el autor no se extiende en cuanto al budismo porque su punto de vista le parece «demasiado triste», plantea la importancia de las otras dos vertientes para el pensamiento chino. Frente a un mundo moderno occidentalizado, opina que necesitamos una dosis de cinismo que es propia del taoísmo, en cuanto a su desapego de todo lo superfluo, a la extrema simplificación de la existencia y a la identificación del individuo con los procesos de la naturaleza (no obstante, también agrega que «los chinos son cínicos y poetas solo cuando han fracasado»; el fracaso, así lo deja entrever, puede otorgarnos una visión mucho más clara y profunda). El confucianismo viene siendo una «perspectiva positiva de la vida», frente a la negativa del taoísmo, pero el autor concibe ambas visiones como complementarias y, más que propiamente chinas, «inherentes a toda la naturaleza humana». Conviene mantenerse entre una y otra vertiente: «los mejores cínicos, son cínicos a medias».

Sorprende que Lin Yutang, quien se declara «pagano», haya nacido y crecido en un hogar cristiano, con una educación religiosa, donde «pensar era siempre aliarse con el diablo». Esta crianza lo mantuvo apartado de la cultura y las tradiciones que después redescubriría con tanto entusiasmo, «con la frescura y deleite de un hijo de Occidente que se adentra en el país de la maravilla oriental».

El estrecho vínculo de Lin Yutang con el taoísmo se hace evidente prácticamente en cada uno de los muy diversos temas que toca a lo largo del libro. Pero algunas aseveraciones lo dejan más en claro, como esa de que «toda filosofía de la vida debe basarse en la armonía de nuestros instintos», o aquella de que «los chinos piensan con sus profundos intestinos». La importancia que se le otorga a la comida en la cultura china, como factor clave de esa «felicidad biológica» (que es toda felicidad), así como la forma en que el autor expone esta fascinante relación con el alimento, no alcanza a ser esbozado en unos cuantos párrafos. En todo caso merece, al menos, especial atención.

Mirar lo vivo con interés gastronómico

La gastronomía es probablemente el aspecto más relevante de muchas culturas. Nuestra vida entera, nuestros encuentros, conversaciones y negociaciones, nuestros afectos, giran en torno a la comida; de todas las necesidades, las de comer y beber son las más imperiosas y quizá las que, al ser satisfechas, generan mayor gozo. Nuestro autor plantea que todas las guerras y revoluciones han estado influidas en gran medida por la comida o la falta de ella. No sé si esta aseveración sea excesiva (Lin Yutang no deja de contemplar otros factores que entran en juego en la sempiterna dinámica humana de las relaciones de poder), lo que no podemos contradecir es que ningún individuo, ninguna familia, ninguna sociedad, funcionan y están a gusto si sus necesidades de alimento no están plena y adecuadamente satisfechas. La comida es fuente de bienestar y felicidad, y por lo tanto de paz.

Nuestra relación con los alimentos es sumamente importante, tanto en cuanto a la memoria personal como a la identidad colectiva: «¿qué es el patriotismo sino el amor por las buenas cosas que comimos en nuestra niñez?». Para los chinos, especialmente, la fascinación por la gastronomía se refleja en todo acto vital; sale a relucir en cualquier otra inclinación o actividad; está relacionada con todas las dimensiones de la vida. La comida es una fuente de felicidad en la que todo lo vivo participa, y la experiencia gastronónica se vincula con la experiencia estética, con una forma de conocimiento que no es puramente racional sino emotiva, incluso espiritual.

Creo que la razón por la cual los chinos no han desarrollado la botánica y la zoología es que el estudioso chino no puede mirar fríamente, sin emoción, a un pez, sin pensar inmediatamente qué sabor tendrá y sin querer comerlo. (…) Veo que un chino no puede mirar a un puercoespín sin pensar inmediatamente en medios y modos de cocerlo y comer su carne sin emponzoñarse. No emponzoñarse es para los chinos el único aspecto práctico, importante (…) El canto del pájaro, el color de la flor, los pétalos de la orquídea, el sabor de la carne de pollo son las cosas que nos interesan.

Podríamos decir que la cultura china es especialmente sensorial. Y del placer de los sentidos obtiene una felicidad simple y prosaica, pero a la vez poética. Lin Yutang habla, siempre con una buena dosis de humor, de los «malos modales en la mesa» de los chinos; de la fiesta que representa unirse en torno a los alimentos, ser ruidosos, tomar una pata de pollo con las manos o sorber la sopa con entusiasmo, sin remilgos. Los que hemos visto a un grupo de chinos sentarse a la mesa y compartir una buena y abundante comida, sabemos que su alegría es contagiosa.

No hay cultura sin holganza y sin humor

La hiperproductividad es un mal de las sociedades occidentales que parece acentuarse y expandirse cada vez más. Lin Yutang menciona como representantes de dicha «era mecánica» países como Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y Rusia. Hoy, habría que mencionar también sociedades como la japonesa y, paradójicamente, a la propia China (recordemos que La importancia de vivir fue publicado por primera vez en 1937), aunque en forma paralela a su modo de vida industrializado se conserven, en gran medida, su sabiduría milenaria y sus valores tradicionales. Hoy en día, Oriente está cada vez más «occidentalizado».

Lin Yutang hace una importante crítica a este patrón hiperproductivo. No obstante, al mencionar casos como el estadounidense, plantea que se trata de un «temperamento» continuamente presto a cambiar, porque siempre existen individuos que lo contradicen, sin dejar por ello de encarnar valores profundamente arraigados a su cultura. Para el escritor, personalidades como Whitman y Thoreau encarnan esa otra cara del norteamericano, más dada a la contemplación y a la holganza y, podríamos agregar, más humilde y respetuosa frente a otras formas de vida (el autor también pone de relieve el profundo «ideal democrático», de Whitman).

La cultura «es esencialmente un producto de la holganza»: no puede florecer plenamente en sociedades abocadas ante todo al «desarrollo» y la industrialización. El ser humano necesita del ocio y el sosiego para poder ser creativo y pensar libremente. Una sociedad verdaderamente humana es aquella en la cual el tiempo libre no es un privilegio, donde lo natural es disponer de tiempo «no utilitario», donde no se mida el valor del tiempo en términos de desempeño y los individuos no vivan obsesionados con completar tareas.

Asimismo, el humor es un factor clave en cualquier grupo humano con relaciones saludables y, sobre todo, donde no exista tiranía de unos sobre otros. La falta de humor, bien lo ilustra el pensador chino, es un rasgo dictatorial. Los dictadores no ríen, al menos no naturalmente, y nunca de sí mismos: para el autócrata, el humor que va tanto de la mano con la reflexión y la crítica, resulta una ofensa.

La función del humor «es química, más que física, altera la textura de nuestro pensamiento y experiencia». Las ideas tomadas con cierto humor y ligereza son siempre más claras que las ideas presentadas seriamente.

Los humoristas manejan los pensamientos y las ideas como los campeones de golf o de billar manejan sus palos o tacos (…) Hay en ellos una facilidad, una seguridad, una ligereza de toque que proviene de la maestría. Al fin y al cabo, solo el que maneja ligeramente sus ideas es dueño de sus ideas; y solo el que es dueño de sus ideas no se ve esclavizado por ellas.

Una vez más, lo simple es más elevado, más dueño de sí que lo complejo. Esa «Edad Razonable» que nuestro autor desea para el futuro de la humanidad, solo puede estar a cargo de hombres y mujeres que hayan entendido la grandeza de lo simple, que puedan hacer cultura desde la sabiduría de quien ríe, descansa y es apacible, y no desde el esfuerzo, la gravedad y la intransigencia.

La belleza de hacernos mayores

Una sociedad que mide todo y a todos en términos de productividad, deja de sentir respeto por aquello que se encuentra por fuera de tal dinámica. Lo nuevo o novedoso es envestido de mayor valor respecto a lo viejo; objetos y personas son desplazados continuamente por «el último modelo», lo viejo sufre el olvido y el desdén de quienes viven de la velocidad y de lo momentáneo.

La lentitud no se tolera. Quien no produce o no es «útil» parece no tener ya nada que ofrecer. Nuestras sociedades no ven la belleza de lo viejo. Y no envejecemos con gracia porque solemos estar en malos términos con el tiempo.

La sociedad china es de una profunda reverencia hacia los ancestros, hacia la familia (con un sistema familiar a veces excesivamente tradicional y conservador, aún hoy en día) y hacia los ancianos. En cuanto este último punto, es decir, a la concepción de la vejez, Lin Yutang observa que esa es la mayor diferencia (y la única que le resulta «absoluta») entre Oriente y Occidente. Los occidentales no queremos envejecer; no obstante, los chinos entienden el «ocaso de la vida como el período más feliz», e incluso anhelan esa edad de gloria y satisfactorio descanso, en que serán respetados por su sabiduría y tratados por todos con mayor dulzura y bondad.

Gozar de buena salud en la ancianidad, o ser viejo y sano, es la mayor suerte humana (…) Después de todo, no hay nada más hermoso en este mundo que un anciano lleno de salud y sabiduría, con ʽsonrosadas mejillas y blancos cabellosʼ y que habla con voz calmosa de la vida según la conoce.

Esa imagen de la ancianidad, agrega, representa «la final felicidad humana». Mientras más años se cumplen, con mayor alegría se celebra la edad alcanzada, y una autoridad en términos de experiencia reviste la imagen de quien se hace mayor. Quien envejece tiene más tiempo y disposición para disfrutar de tranquilos placeres, también abordados por el autor, y cuya esmerada y aguda descripción no lograremos abarcar: el té que «permite olvidar el ruido del mundo»; el tabaco (al que Lin Yutang era devoto) o el arte de quemar incienso; la belleza de las flores; la lectura y la conversación. El goce de los sentidos es un fin en sí mismo: no requiere que nos apuremos o lleguemos a ninguna parte, devuelve a cada instante su textura y su real presencia.

Por otro lado, podría decirse que quien envejece «bien» se complica menos y ríe más, por aquello que dice el autor, palabras más palabras menos, de que solo quien ha conocido de cerca la tragedia humana puede ver más allá de la misma. Los años conllevan amarguras, pero por suerte, también, nos llevan a comprender que ninguna de ellas es realmente trascendente.

Quien se hace viejo contempla la inminencia de su propio fin, su mortalidad se hace completamente evidente, como la fugacidad de todo lo que está sobre la tierra. «La paz de espíritu proviene de la aceptación de lo peor»: si aceptamos, entonces, que en un momento dejaremos de estar en este mundo, no podemos sino encontrar una paz profunda y redimensionar la vida en toda su profunda, inherente belleza.

Comentarios

  1. Me ha encantado encontrar esta lectura por sorpresa! Me doy cuenta de que practico el hedonismo sin caer en la cuenta de seguir esa filosofía oriental.. La diferencia cultural en cuanto al reconocimiento que tenemos a los anciano y a los jóvenes es abismal.. por eso la motivación decae en nuestro país al cumplir años, parece que nos estén dando el pésame a medida que pasamos ciertas cifras ! Eso influye mucho en un envejecimiento saludable.. Voy a comprar el libro , tengo mucha curiosidad ..

  2. Creo que vivo en esta concepción de la vida que muestra Lin Yutang.Me interesaría profundizar el tema .Tengo 72 años y mí gran deleite es la cocina,los sabores y disfrutar lo simple de la vida.

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