‘El amante de Lady Chatterley’ de D. H. Lawrence

El amante de Lady Chatterley (1928) pudo cobrar popularidad en los años sesenta, después de estar censurada durante más de treinta años. La liberación sexual de la mujer es uno de los elementos que sigue haciendo de este texto una lectura obligada.

El amante de Lady Chatterley, una novela escrita en 1928 por D. H. Lawrence, sólo fue publicada en Florencia en una edición limitada mientras que se censuró en el Reino Unido y Estados Unidos; recién pudo publicarse allí en el último año de la década de los cincuenta, tras un proceso judicial, cuando el consenso social y moral que mantenían los vestigios de la época victoriana entre la Cámara de los Lores, había caducado. La dimensión sexual del libro fue unos de los motivos de la prohibición, ya que se la clasificó como pornográfica. También, las consideraciones clasistas y la vinculación sexual de la clase obrera con la aristocracia ponen de manifiesto en la novela la coyuntura política de la época. En ese sentido, el libro era sumamente peligroso para el espíritu conservador del momento por varios motivos: en principio, porque el ejercicio de la sexualidad está centrado en una mujer, Lady Chatterley; y en segundo lugar, porque el hombre con el que ella elige mantener los encuentros sexuales no es su marido, Sir Clifford, quien vuelve de la guerra parapléjico, sino su guardabosque Mellors, un hombre de clase baja que también está casado.

Censura sexual

En principio, la unión marital que surge entre Sir Clifford y Lady Chatterley pone en evidencia el lugar platónico y utópico de aquel sacramento. Por otro lado, el placer y goce sexual siempre queda relegado al hombre, a quien se lo animaliza por tales instintos. El sexo victoriano siempre es salvajismo. Representa lo impuro, aquello que debe ser mediatizado por el amor, por la cortesía. Sin embargo, es necesario para la reproducción, pero Clifford no puede saciar este imperativo por su condición física:

Clifford se casó con Connie a pesar de todo y pasó un mes de luna de miel con ella. Era el terrible año de 1917 y estaban tan unidos como dos personas juntas sobre un barco que se hunde. Él era virgen al casarse y la parte sexual no significaba mucho para él. Se entendían muy bien, él y ella, aparte de esto. A Connie le encantaba moderadamente aquella intimidad que estaba más allá del sexo, más allá de la «satisfacción» de un hombre. En todo caso, Clifford no buscaba simplemente su «satisfacción», como parecía suceder con tantos hombres. No, la intimidad era más profunda, más personal que eso. Y el sexo era simplemente un accidente, o un anexo, uno de los procesos orgánicos curiosamente caducos que persistían en su propia chabacanería, pero que no eran realmente necesarios. Connie, sin embargo, quería tener hijos: aunque sólo fuera para fortalecer su posición frente a su cuñada Emma.

Ser madre es algo necesario para ocupar un lugar importante incluso en su propio matrimonio, es más necesario que ser padre. La mujer siempre debe hacer un esfuerzo mayor para conseguir un lugar de respeto en la sociedad. Connie evidencia lo esencial que se vuelve este requisito, incluso en su propio matrimonio. La mirada de los otros genera en Clifford la propuesta que incentiva a Connie a quedar embarazada de otro hombre:

Él la miró fijamente, con sus ojos expresivos azul pálido.

–Casi sería bueno que tuvieras un hijo con otro hombre -dijo él-. Si lo educáramos en Wragby nos pertenecería a nosotros y a este lugar. No creo muy intensamente en la paternidad. Si tuviéramos un hijo que criar, sería nuestro y él continuaría. ¿No crees que vale la pena considerarlo?

Por fin Connie le miró. El niño, su niño, no era más que un «lo» para él. ¡Lo… lo… lo…!

–¿Y el otro hombre? -preguntó ella.

–¿Y eso importa mucho? ¿Es que esas cosas nos van a afectar a nosotros…? Tú tuviste aquel amante en Alemania… ¿Qué queda ahora de él? Casi nada. Yo creo que esos pequeños actos y esas pequeñas relaciones que tenemos en nuestras vidas no importan demasiado. Se terminan y ¿en qué quedan? ¿En qué? Sólo lo que dura toda nuestra vida tiene importancia; mi propia vida es lo que me importa, en su larga continuidad y en su desarrollo. ¿Pero qué importan las relaciones momentáneas? ¡Y especialmente las relaciones sexuales momentáneas! Si la gente no les da una importancia excesiva, pasan como el apareamiento de los pájaros. Y así debe ser. ¿Qué importancia tiene? Es la compañía de toda una vida lo que importa. Es el vivir juntos día a día, no dormir juntos una vez o dos. Tú y yo estamos casados, suceda lo que suceda. Tenemos cada uno la costumbre del otro. Y la costumbre, en mi opinión, es más vital que una excitación momentánea. Esa cosa larga, lenta, duradera…, eso es lo que nos hace vivir…; no un espasmo casual de la clase que sea.

De cualquier forma, no hay que confundir este pedido de desesperación con amplitud mental o con cualquier otro criterio. Esta propuesta no es más que el reflejo de la doble moral que trae consigo la época victoriana. Es decir, simular es más importante que ser, vivir para los otros se convierte en el lema inquebrantable de este matrimonio fraternal. De cualquier forma, Clifford muestra su poder como hombre cuando también pretende decidir la naturaleza del procreador: nada ni nadie puede permitir que de ese acto puro que consideran a la reproducción y el esfuerzo que implica hacerlo de forma extramatrimonial, arruine la clase social a la que pertenecen:

Quizás el alma humana necesite excursiones y no haya que negárselas. Pero lo que define una excursión es que luego se vuelve a casa.

–¿Y no te importaría con qué hombre tuviera el hijo? -preguntó ella.

–No, Connie, me fiaría de tu instinto natural de decencia y selección. Tú no permitirías que te tocara un individuo inadecuado.

La presencia de Mellors anticipa la blasfemia. Su contacto con Connie es lo que desgarra la utopía de la simulación. La atracción se torna irrefrenable y solo es el sexo lo que motiva sus encuentros furtivos:

Un hombre con una escopeta apareció rápido y silencioso tras la perra, enfrentándose a ellos como si fuera a atacar; en lugar de ello, se detuvo, saludó e iba a descender de nuevo por la pendiente. No era más que el nuevo guardabosque, pero había asustado a Connie al aparecer de forma tan repentina y amenazadora. Así es cómo le había visto, como una amenaza vertiginosa surgiendo de la nada.

Era un hombre vestido de pana verde, con polainas…, al viejo estilo; de cara colorada, bigote pelirrojo y ojos distantes. Bajaba ya la colina a paso rápido.

–¡Mellors! –gritó Clifford.

Además, del intenso amorío extramatrimonial que avanza gradualmente entre Connie y Mellors, lo que escandaliza más allá de la traición, es la difusión de sus encuentros clandestinos que comienzan cuando arriba la mujer de Mellors, Bertha Coutts. De nuevo, la hipocresía se pone de manifiesto cuando lo importante no es lo que en verdad ocurra y sus causas, sino el alcance de popularidad que cobra.

El gato ha saltado del saco y con él varios gatitos. Ya sabes que mi mujer, Bertha, volvió a mis brazos poco cariñosos y se estableció en la casa donde, por decirlo irrespetuosamente, notó el olor de la rata en forma de un frasquito de Coty. No encontró más pruebas, al menos durante algunos días, hasta que empezó a poner el grito en el cielo cuando descubrió la foto quemada. Había encontrado el cristal y el cartón de la tapa en el trastero. Desgraciadamente, alguien había hecho algunos dibujitos en el cartón y había escrito varias veces las iniciales C. S. R. Aquello, sin embargo, no daba ninguna pista. Hasta que forzó la puerta de la choza y se encontró uno de tus libros, una autobiografía de la actriz Judith con tu nombre, Constance Stewart Reid, en la primera página. Después de eso anduvo varios días pregonando a voces que mi amante era nada menos que Lady Chatterley en persona. La noticia acabó llegando a oídos del rector, del señor Burroughs y de Sir Clifford. Entonces tomaron medidas legales contra mi señora feudal, que se apresuró a desaparecer porque siempre ha tenido un miedo mortal a la policía.

Sin embargo, la novela comienza con un estadio anterior a la liberación de Constanza; ella antes de conocer a Mellors concebía al sexo como impulsos naturales del hombre sin atender a la dimensión placentera que ello le podía proveer:

Y, por mucho que se sentimentalizara, este asunto del sexo era una de las relaciones y ataduras más antiguas y sórdidas. Los poetas que lo glorificaban eran hombres, la mayoría. Las mujeres siempre habían sabido que había algo mejor, algo más elevado. Y ahora lo sabían con más certeza que nunca. La libertad hermosa y pura de una mujer era infinitamente más maravillosa que cualquier amor sexual. La única desgracia era que los hombres estuvieran tan retrasados en este asunto con respecto a las mujeres. Insistían en la cosa del sexo como perros.

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