18 de enero de 2019

La invención de Morel

Adolfo Bioy Casares

Con La invención de Morel (1940), Adolfo Bioy Casares logra algo poco usual: mediante una historia con tintes de realidad virtual nos presenta una idealización del amor. Un sentimiento que se genera en el protagonista y que no llegamos a saber si es correspondido pero que se perpetuará eternamente a través de una especie de hologramas. Amor, soledad, muerte y realidad virtual son los temas alrededor de esta fascinante novela de uno de los genios de la literatura de América Latina.

Al hablar de La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares es indispensable remitirse a algunas de las líneas con las que prologa la obra el genio argentino de Jorge Luis Borges:

Despliega una odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinación o que el símbolo, y plenamente los descifra mediante un solo postulado fantástico pero no sobrenatural.

Adolfo Bioy Casares nació en Buenos Aires, Argentina el 15 de septiembre de 1914. Dentro de los géneros que desarrolló se incluyen la literatura fantástica, la policial y la de ciencia ficción. Fue Premio Internacional Alfonso Reyes y Premio Miguel de Cervantes en 1990. Colaboró junto a Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo en la Antología de la literatura fantástica (1940) y realizó obras bajo el pseudónimo de H. Bustos Domecq en colaboración con Jorge Luis Borges como Seis problemas para Don Isidro Parodi (1942).

Algunos datos sobre el texto

Entre sus obras más conocidas se incluyen La invención de Morel (1940), El sueño de los héroes (1954), La trama celeste (1948) y Plan de evasión (1945). Con respecto a La invención de Morel, la obra ha sido analizada por muchos teóricos como uno de los primeros esfuerzos en la literatura latinoamericana por incursionar en el terreno de la realidad virtual. Para la investigadora Teresa López Pellisa, en su artículo titulado “Virtualidades distópicas en la ficción analógica: La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares” la obra del autor argentino se puede describir de la siguiente manera:

Con La invención de Morel (1940), el escritor de ciencia-ficción y literatura fantástica Adolfo Bioy Casares (1914-1999) nos presenta una distopía científica al tiempo que Morel –el científico protagonista de la ficción– simula su tecnoutopía: la inmortalidad junto a su amada virtual Faustine. La máquina de Morel genera una suerte de realidad virtual, basada en la fusión de tecnología cinematográfica y holográfica, inmersa en un atroz eterno retorno que reproduce una semana de vacaciones en la isla. Las lecturas multiformes que permite este artefacto literario incluyen el análisis de la nueva ecología mediática de principios de siglo XX en Argentina, y también del siglo XXI, donde el impacto de las nuevas tecnologías informáticas y los medios de representación han transformado nuestro espacio simbólico. Revista Iberoamericana, Vol. LXXVIII, Núms. 238-239, Enero-Junio 2012, pp. 73-89.

El texto comienza con la descripción de la isla donde trascurren los hechos desde el diario de un protagonista que se presenta como un fugitivo. El párrafo que nos introduce a la trama de la novela nos muestra casi de manera poética una escena donde naturaleza, ser humano y tecnología son protagonistas principales. También nos muestra la presencia de otros seres de los cuales el narrador/protagonista desconoce y desconfía. Leemos en el texto:

Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro: el verano se adelantó. Puse la cámara cerca de la pileta de natación y estuve bañándome, hasta muy tarde. Era imposible dormir. Dos o tres minutos bastaban para convertir en sudor el agua que debía protegerme de la espantosa calma. A la madrugada me despertó un fonógrafo. No pude volver al museo, a buscar las cosas. Hui por las barrancas. Estoy en los bajos del sur, entre plantas acuáticas, indignado por los mosquitos, con el mar o sucios arroyos hasta la cintura, viendo que anticipé absurdamente mi huida. Creo que esa gente no vino a buscarme; tal vez no me hayan visto. Pero sigo mi destino; estoy desprovisto de todo, confinado al lugar más escaso, menos habitable de la isla; a pantanos que el mar suprime una vez por semana.

Posteriormente se describe qué motivos llevaron a este fugitivo a llegar a esta isla, de la que no llegamos a saber nunca su nombre. También sabemos que llega a la misma huyendo de su pasado, en una condición de perseguido y gracias a las indicaciones de un italiano al que conoce en Calcuta. Las descripciones siempre se hacen desde un narrador protagonista que nos hace testigos de su vida en la isla y de las circunstancias que lo llevaron a ella.

¿Destinado a la soledad en una isla?

El narrador/protagonista menciona la existencia de un museo dentro de la isla, habitado por unos veraneantes, lo que supone para él algo extraño, ya que creía que la isla se encontraba desierta. Llega a pensar que la visión de estos seres es producto de su imaginación o de los efectos del calor. La descripción de los personajes es de seres que habitan en el pasado —por las características de su vestimenta sobre todo—; además pareciera que no les interesa la existencia del fugitivo o que aún no lo han notado. En este grupo de personas se encuentra una mujer que llama la atención de nuestro protagonista, el cual la presenta de la siguiente manera:

En las rocas hay una mujer mirando las puestas de sol todas las tardes. Tiene un pañuelo de colores atado en la cabeza; las manos juntas, sobre una rodilla; soles prenatales han de haber dorado su piel; por los ojos, el pelo negro, el busto, parece una de esas bohemias o españolas de los cuadros más detestables.

El hombre empieza a observar diariamente a la mujer, la cual muestra para con él una total indiferencia. Él hace de su avistamiento una rutina de la que muchas veces se siente víctima y por la que sufre. Otras veces decide él mismo ignorar a la mujer, que nunca parece interpelada ante su presencia. En ocasiones esta es acompañada de otras personas, hombres sobre todo, lo que genera que el protagonista sienta celos o molestias. Sin embargo, él mismo manifiesta que no se dejará perturbar por la presencia de estos otros hombres que parecen tener una relación con ella. Poco a poco el hombre hace más y más presente a esta mujer en su vida. Es su motivación, escribe de ella a diario y se da cuenta de que es la única razón que alimenta la esperanza en su interior, pero se percata de que también es motivo en ocasiones de amargura. El mismo protagonista nos describe estas situaciones en el siguiente fragmento:

Ha sido, otra vez, como si no me hubiera visto. No cometí otro error que el de permanecer callado y dejar que se restableciera el silencio.

Cuando la mujer llegó a las rocas, yo miraba el poniente. Estuvo inmóvil, buscando un sitio para extender la manta. Después caminó hacia mí. Con estirar el brazo, la hubiera tocado. Esta posibilidad me horrorizó (como si hubiera estado en peligro de tocar un fantasma). En su prescindencia de mí había algo espantoso. Sin embargo, al sentarse a mi lado me desafiaba y, en cierto modo, ponía fin a esa prescindencia.

Sacó un libro del bolso y estuvo leyendo. Aproveché la tregua, para serenarme.

Después, cuando la vi dejar el libro, levantar la mirada, pensé: “Prepara una interpelación”. Esta no se produjo. El silencio aumentaba, ineludible. Comprendí la gravedad de no interrumpirlo; pero, sin obstinación, sin motivo, permanecí callado.

Durante uno de esos episodios, el protagonista logra saber el nombre de la mujer, justo mediante un diálogo que ella entabla con un tenista, que no es la primera vez que la acompaña en su excursión en los alrededores de la isla: Faustine es su nombre. El hombre que la acompaña es ni más ni menos que Morel, el científico que se encuentra realizando el experimento que logrará plasmar a los habitantes de la isla de manera continuada durante la eternidad mediante el aparato creado por su autoría. Morel está enamorado de Faustine y su deseo es prolongar indefinidamente su amor y el contacto con ella en el tiempo a través del experimento.

El fugitivo constantemente se cuestiona el origen y la naturaleza de estos seres que conviven con él pero que pareciera no se percatan de su presencia. En un momento del texto empieza a razonar las posibles hipótesis con respecto a su relación con los demás seres de la isla. Nosotros mismos como lectores sentimos que algo no anda bien, ya que pareciera que el hombre es invisible para estos seres. Sin embargo, para este momento de la novela Bioy Casares solo nos implanta la duda, aún no tenemos claro qué es lo que sucede en el espacio/tiempo de la isla.

El invento

La soledad que siente el protagonista a pesar de saberse acompañado, el perenne cuestionamiento alrededor de las razones por las cuales deciden los veraneantes no entablar conversación con él, son un tema constante a lo largo del texto. No obstante, la duda acerca de la indiferencia de estos seres, de la falta de contacto entre ellos y él mismo llega a su fin cuando Morel reúne a todos los habitantes de la isla y decide confesar cuál es la razón por la que se encuentran esa semana ahí. El hombre trascribe de manera literal las palabras de Morel:

Mi abuso consiste en haberlos fotografiado sin autorización. Es claro que no es una fotografía como todas; es mi último invento. Nosotros viviremos en esa fotografía, siempre. Imagínense un escenario en que se representa completamente nuestra vida en esos siete días. Nosotros representamos. Todos nuestros actos han quedado grabados.

—¡Qué impudor! —gritó un hombre de bigotes negros y dientes para afuera.

—Espero que sea broma —dijo Dora.

Faustine no sonreía. Parecía indignada.

Podría haberles dicho, al llegar: Viviremos para la eternidad. Tal vez lo hubiéramos arruinado todo, forzándonos para mantener una continua alegría. Pensé: cualquier semana que nosotros pasemos juntos, si no sentimos la obligación de ocupar bien el tiempo, será agradable. ¿No fue así?

Entonces les he dado una eternidad agradable.

Al explicar el sistema operativo de la máquina, Morel advierte a los veraneantes de sus primeros intentos con otras personas y animales —fallidos por cierto— para trasplantar el alma y todas las características propias de estos seres a la especie de realidad virtual que busca generar mediante su invento. Al escuchar esto, los veraneantes comienzan a preguntar por el destino de estos seres y algunos comienzan a recordar muertes y desapariciones extrañas en los lugares donde Morel comenta haber realizado los primeros experimentos. Presos del pánico, la cólera, la impotencia, increpan a Morel, el cual se enoja y decide abandonar al grupo e interrumpir sus explicaciones. Al escuchar la narración de Morel, la primera actitud del fugitivo es el escepticismo:

Esto es absurdo, pero creo que puedo justificarlo. ¿Quién no desconfiaría de una persona que dijera: Yo y mis compañeros somos apariencias, somos una nueva clase de fotografías. En mi caso la desconfianza es aún más justificada: se me acusa de un crimen, he sido condenado a prisión perpetua y es posible que todavía mi captura sea la profesión de alguno, su esperanza de mejora burocrática.

Pero el hombre realiza a través de un sueño que lo dicho por Morel es verdad. Entonces no queda duda de que él es el único ser humano vivo de la isla, que está enamorado de una especie de holograma y que todas las personas que lo rodean no son más que imágenes proyectadas eternamente en el tiempo. Es entonces cuando el protagonista decide agregar en su diario personal algo que no alcanzaron a saber los veraneantes —que él encontró en unas páginas pertenecientes a Morel—:

Ante la imposibilidad de ejecutar mi primer proyecto —llevarla a casa y tomar una escena de felicidad mía o reciproca—concebí otro que es, seguramente, mejor.

Descubrimos esta isla en las circunstancias que ustedes conocen. Tres condiciones me la recomendaron: 1.a) las mareas; 2.a) los arrecifes; 3.a) la luminosidad.

Con lo cual, el hombre se da cuenta de que la máquina funciona de manera continuada porque el viento y las mareas le aportan energía cinética, lo que permite su funcionamiento ilimitado y proyectado a través del espacio/tiempo a la mejor manera arquetípica de un eterno retorno nietzscheano.

El fugitivo versus las imágenes de Morel

En un primer momento el hombre lo único que desea es deshacerse de estas imágenes proyectadas de seres que —lo sabe ya— físicamente podrían incluso estar muertos. Las imágenes lo atormentan, lo perturban, lo desconcentran ante sus verdaderas preocupaciones, que son alimentarse y tratar de sobrevivir en la isla. Poco a poco el protagonista se hace a la idea de la convivencia con las imágenes de los demás seres que lo acompañan en la isla. Sin embargo, aún se siente perturbado por Faustine, a la que ama, pero trata de visualizar como una cosa, para no seguir alimentado este sentimiento irracional ante una imagen:

Me he sobrepuesto a la repulsión nerviosa que sentía por las imágenes. No me preocupan. Vivo confortablemente en el museo, libre de las crecidas. Duermo bien, estoy descansado y tengo, nuevamente, la serenidad que me permitió burlar a los perseguidores, llegar a esta isla.

Es verdad que el roce de las imágenes me produce un ligero malestar (sobre todo, si estoy distraído); esto pasará también, y ya el hecho de poder distraerme supone que vivo con cierta naturalidad.

Estoy acostumbrándome a ver a Faustine, sin emoción, como a un simple objeto. Por curiosidad, la sigo desde hace unos veinte días. Tuve pocas dificultades, a pesar de que abrir las puertas —aún las cerradas sin llave— es imposible (porque si estaban cerradas cuando se grabó la escena, tienen que estarlo cuando se proyecta). Tal vez pudiera forzarlas, pero temo que una rotura parcial descomponga todo el aparato (no lo creo probable).

Entonces el hombre empieza a concebir otro tipo de máquina: una no que reproduzca las imágenes de una vida, sino un aparato capaz de analizar si realmente estas imágenes son capaces de sentir y vivir las emociones que proyectan. Así tendría sentido la existencia de Faustine y el invento de Morel, ya que sí que sería posible trasmitir el hálito vital y vivir de manera eterna a través de una proyección de un momento de nuestra existencia. Al respecto leemos en el texto:

Razones lógicas nos autorizan a desechar las esperanzas de Morel. Las imágenes no viven. Sin embargo, me parece que teniendo este aparato, conviene inventar otro, que permita averiguar si las imágenes sienten y piensan (o, por lo menos, si tienen los pensamientos y las sensaciones que pasaron por los originales durante la exposición; es claro que la relación de sus conciencias con estos pensamientos y sensaciones no podrá averiguarse). El aparato, muy parecido al actual, estará dirigido a los pensamientos y sensaciones del emisor; a cualquier distancia de Faustine, podremos tener sus pensamientos y sensaciones, visuales, auditivas, táctiles, olfativas, gustativas.

Sin embargo, tanto el proyecto de destrucción de la invención de Morel como el de la creación de otra máquina capaz de mejorarla son desplazados por la idea de que un eterno retorno garantiza una vida libre de todo lo que el destino, al final, siempre al ser humano le depara: desilusión, enfermedad y muerte… Eternizar un momento de felicidad será ser dichoso de manera ilimitada, ya que cada inicio que revive ese momento se experimenta como la primera vez. El protagonista nos dice acerca de esto lo siguiente:

La eternidad rotativa puede parecer atroz al espectador; es satisfactoria para sus individuos. Libres de malas noticias y de enfermedades, viven siempre como si fuera la primera vez, sin recordar las anteriores. Además, con las interrupciones impuestas por el régimen de las mareas, la repetición no es implacable.

Acostumbrado a ver una vida que se repite, encuentro la mía irreparablemente casual. Los propósitos de enmienda son vanos: yo no tengo próxima vez, cada momento es único, distinto, y muchos se pierden en los descuidos. Es cierto que para las imágenes tampoco hay próxima vez (todas son iguales a la primera).

Una alegoría del amor platónico

A partir de este pensamiento el hombre aprende a operar la máquina de Morel con la intención de insertarse dentro de la proyección, esto con el objetivo de mostrar ante un futuro espectador el amor entre él y Faustine, que quedará plasmado —a pesar del engaño— durante toda la eternidad. A pesar de este final idílico, el protagonista está convencido de que la máquina hace daño a quien se expone a ella, ya que al trasplantar el alma a la imagen proyectada por la máquina de Morel esta produce eventualmente la muerte. A pesar de esto, el fugitivo desea más eternizar su amor virtual por Faustine que continuar viviendo sin ella. Sus últimas palabras en el diario, al ver su imagen proyectada junto a la de su amada son las siguientes:

Aún veo mi imagen en compañía de Faustine. Olvido que es una intrusa; un espectador no prevenido podría creerlas igualmente enamoradas y pendientes una de otra. Tal vez este parecer requiera la debilidad de mis ojos. De todos modos consuela morir asistiendo a un resultado tan satisfactorio.

Mi alma no ha pasado, aún, a la imagen; si no, yo habría muerto, habría dejado de ver (tal vez) a Faustine, para esta con ella en una visión que nadie recogerá.

Al hombre que, basándose en este informe, invente una máquina capaz de reunir las presencias disgregadas, haré una súplica: Búsquenos a Faustine y a mí, hágame entrar en el cielo de la conciencia de Faustine. Será un acto piadoso.

A través de La invención de Morel Adolfo Bioy Casares crea una historia de amor más allá del tiempo y el espacio. Idealiza un amor capaz de repetirse eternamente sin la presencia de la cotidianidad, la costumbre y el eventual dolor de la pérdida. Tal vez es su manera de decirnos que el amor jamás será para siempre, que lo único que nos queda de los idilios pasados es el recuerdo de su vivencia, de sus momentos dulces, que son el combustible que alimenta nuestros sueños, dándole valor a nuestra existencia. No podría terminarse esta introducción a La invención de Morel sin recordar las últimas palabras del prólogo del gran Borges, que resume en unas cuantas palabras, todo lo que se pudiera decir de este libro:

He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión calificarla de perfecta.

Ficha del libro

TítuloLa invención de Morel
AutorAdolfo Bioy Casares
EditorialAustral
Fecha de ediciónNoviembre, 2010
GéneroNovela
FormatoPapel
Páginas160
mm

Acerca de Lucía Leandro Hernández

Nace a las faldas de los volcanes Irazú y Turrialba en Cartago, Costa Rica. Es licenciada en música por la Universidad de Costa Rica y posee un professional performance certificate por Penn State University, EEUU. Ha realizado estudios de educación musical y literatura latinoamericana en la Universidad de Costa Rica. Es máster en teoría de la literatura y literatura comparada por la Universitat de Barcelona, institución donde actualmente es doctoranda del programa en estudios lingüísticos, literarios y culturales.

Categoría

Literatura, Novelas