‘La invención de Morel’ de Adolfo Bioy Casares

Con La invención de Morel (1940), Adolfo Bioy Casares logra algo poco usual: mediante una historia con tintes de realidad virtual nos presenta una idealización del amor. Un sentimiento que se genera en el protagonista y que no llegamos a saber si es correspondido pero que se perpetuará eternamente a través de una especie de hologramas. Amor, soledad, muerte y realidad virtual son los temas alrededor de esta fascinante novela de uno de los genios de la literatura de América Latina.

Al hablar de La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares es indispensable remitirse a algunas de las líneas con las que prologa la obra el genio argentino de Jorge Luis Borges:

Despliega una odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinación o que el símbolo, y plenamente los descifra mediante un solo postulado fantástico pero no sobrenatural.

Adolfo Bioy Casares nació en Buenos Aires, Argentina el 15 de septiembre de 1914. Dentro de los géneros que desarrolló se incluyen la literatura fantástica, la policial y la de ciencia ficción. Fue Premio Internacional Alfonso Reyes y Premio Miguel de Cervantes en 1990. Colaboró junto a Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo en la Antología de la literatura fantástica (1940) y realizó obras bajo el pseudónimo de H. Bustos Domecq en colaboración con Jorge Luis Borges como Seis problemas para Don Isidro Parodi (1942).

Algunos datos sobre el texto

Entre sus obras más conocidas se incluyen La invención de Morel (1940), El sueño de los héroes (1954), La trama celeste (1948) y Plan de evasión (1945). Con respecto a La invención de Morel, la obra ha sido analizada por muchos teóricos como uno de los primeros esfuerzos en la literatura latinoamericana por incursionar en el terreno de la realidad virtual. Para la investigadora Teresa López Pellisa, en su artículo titulado “Virtualidades distópicas en la ficción analógica: La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares” la obra del autor argentino se puede describir de la siguiente manera:

Con La invención de Morel (1940), el escritor de ciencia-ficción y literatura fantástica Adolfo Bioy Casares (1914-1999) nos presenta una distopía científica al tiempo que Morel –el científico protagonista de la ficción– simula su tecnoutopía: la inmortalidad junto a su amada virtual Faustine. La máquina de Morel genera una suerte de realidad virtual, basada en la fusión de tecnología cinematográfica y holográfica, inmersa en un atroz eterno retorno que reproduce una semana de vacaciones en la isla. Las lecturas multiformes que permite este artefacto literario incluyen el análisis de la nueva ecología mediática de principios de siglo XX en Argentina, y también del siglo XXI, donde el impacto de las nuevas tecnologías informáticas y los medios de representación han transformado nuestro espacio simbólico. Revista Iberoamericana, Vol. LXXVIII, Núms. 238-239, Enero-Junio 2012, pp. 73-89.

El texto comienza con la descripción de la isla donde trascurren los hechos desde el diario de un protagonista que se presenta como un fugitivo. El párrafo que nos introduce a la trama de la novela nos muestra casi de manera poética una escena donde naturaleza, ser humano y tecnología son protagonistas principales. También nos muestra la presencia de otros seres de los cuales el narrador/protagonista desconoce y desconfía. Leemos en el texto:

Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro: el verano se adelantó. Puse la cámara cerca de la pileta de natación y estuve bañándome, hasta muy tarde. Era imposible dormir. Dos o tres minutos bastaban para convertir en sudor el agua que debía protegerme de la espantosa calma. A la madrugada me despertó un fonógrafo. No pude volver al museo, a buscar las cosas. Hui por las barrancas. Estoy en los bajos del sur, entre plantas acuáticas, indignado por los mosquitos, con el mar o sucios arroyos hasta la cintura, viendo que anticipé absurdamente mi huida. Creo que esa gente no vino a buscarme; tal vez no me hayan visto. Pero sigo mi destino; estoy desprovisto de todo, confinado al lugar más escaso, menos habitable de la isla; a pantanos que el mar suprime una vez por semana.

Posteriormente se describe qué motivos llevaron a este fugitivo a llegar a esta isla, de la que no llegamos a saber nunca su nombre. También sabemos que llega a la misma huyendo de su pasado, en una condición de perseguido y gracias a las indicaciones de un italiano al que conoce en Calcuta. Las descripciones siempre se hacen desde un narrador protagonista que nos hace testigos de su vida en la isla y de las circunstancias que lo llevaron a ella.

¿Destinado a la soledad en una isla?

El narrador/protagonista menciona la existencia de un museo dentro de la isla, habitado por unos veraneantes, lo que supone para él algo extraño, ya que creía que la isla se encontraba desierta. Llega a pensar que la visión de estos seres es producto de su imaginación o de los efectos del calor. La descripción de los personajes es de seres que habitan en el pasado —por las características de su vestimenta sobre todo—; además pareciera que no les interesa la existencia del fugitivo o que aún no lo han notado. En este grupo de personas se encuentra una mujer que llama la atención de nuestro protagonista, el cual la presenta de la siguiente manera:

En las rocas hay una mujer mirando las puestas de sol todas las tardes. Tiene un pañuelo de colores atado en la cabeza; las manos juntas, sobre una rodilla; soles prenatales han de haber dorado su piel; por los ojos, el pelo negro, el busto, parece una de esas bohemias o españolas de los cuadros más detestables.

El hombre empieza a observar diariamente a la mujer, la cual muestra para con él una total indiferencia. Él hace de su avistamiento una rutina de la que muchas veces se siente víctima y por la que sufre. Otras veces decide él mismo ignorar a la mujer, que nunca parece interpelada ante su presencia. En ocasiones esta es acompañada de otras personas, hombres sobre todo, lo que genera que el protagonista sienta celos o molestias. Sin embargo, él mismo manifiesta que no se dejará perturbar por la presencia de estos otros hombres que parecen tener una relación con ella. Poco a poco el hombre hace más y más presente a esta mujer en su vida. Es su motivación, escribe de ella a diario y se da cuenta de que es la única razón que alimenta la esperanza en su interior, pero se percata de que también es motivo en ocasiones de amargura. El mismo protagonista nos describe estas situaciones en el siguiente fragmento:

Ha sido, otra vez, como si no me hubiera visto. No cometí otro error que el de permanecer callado y dejar que se restableciera el silencio.

Cuando la mujer llegó a las rocas, yo miraba el poniente. Estuvo inmóvil, buscando un sitio para extender la manta. Después caminó hacia mí. Con estirar el brazo, la hubiera tocado. Esta posibilidad me horrorizó (como si hubiera estado en peligro de tocar un fantasma). En su prescindencia de mí había algo espantoso. Sin embargo, al sentarse a mi lado me desafiaba y, en cierto modo, ponía fin a esa prescindencia.

Sacó un libro del bolso y estuvo leyendo. Aproveché la tregua, para serenarme.

Después, cuando la vi dejar el libro, levantar la mirada, pensé: “Prepara una interpelación”. Esta no se produjo. El silencio aumentaba, ineludible. Comprendí la gravedad de no interrumpirlo; pero, sin obstinación, sin motivo, permanecí callado.

Durante uno de esos episodios, el protagonista logra saber el nombre de la mujer, justo mediante un diálogo que ella entabla con un tenista, que no es la primera vez que la acompaña en su excursión en los alrededores de la isla: Faustine es su nombre. El hombre que la acompaña es ni más ni menos que Morel, el científico que se encuentra realizando el experimento que logrará plasmar a los habitantes de la isla de manera continuada durante la eternidad mediante el aparato creado por su autoría. Morel está enamorado de Faustine y su deseo es prolongar indefinidamente su amor y el contacto con ella en el tiempo a través del experimento.

El fugitivo constantemente se cuestiona el origen y la naturaleza de estos seres que conviven con él pero que pareciera no se percatan de su presencia. En un momento del texto empieza a razonar las posibles hipótesis con respecto a su relación con los demás seres de la isla. Nosotros mismos como lectores sentimos que algo no anda bien, ya que pareciera que el hombre es invisible para estos seres. Sin embargo, para este momento de la novela Bioy Casares solo nos implanta la duda, aún no tenemos claro qué es lo que sucede en el espacio/tiempo de la isla.

El invento

La soledad que siente el protagonista a pesar de saberse acompañado, el perenne cuestionamiento alrededor de las razones por las cuales deciden los veraneantes no entablar conversación con él, son un tema constante a lo largo del texto. No obstante, la duda acerca de la indiferencia de estos seres, de la falta de contacto entre ellos y él mismo llega a su fin cuando Morel reúne a todos los habitantes de la isla y decide confesar cuál es la razón por la que se encuentran esa semana ahí. El hombre trascribe de manera literal las palabras de Morel:

Mi abuso consiste en haberlos fotografiado sin autorización. Es claro que no es una fotografía como todas; es mi último invento. Nosotros viviremos en esa fotografía, siempre. Imagínense un escenario en que se representa completamente nuestra vida en esos siete días. Nosotros representamos. Todos nuestros actos han quedado grabados.

—¡Qué impudor! —gritó un hombre de bigotes negros y dientes para afuera.

—Espero que sea broma —dijo Dora.

Faustine no sonreía. Parecía indignada.

Podría haberles dicho, al llegar: Viviremos para la eternidad. Tal vez lo hubiéramos arruinado todo, forzándonos para mantener una continua alegría. Pensé: cualquier semana que nosotros pasemos juntos, si no sentimos la obligación de ocupar bien el tiempo, será agradable. ¿No fue así?

Entonces les he dado una eternidad agradable.

Al explicar el sistema operativo de la máquina, Morel advierte a los veraneantes de sus primeros intentos con otras personas y animales —fallidos por cierto— para trasplantar el alma y todas las características propias de estos seres a la especie de realidad virtual que busca generar mediante su invento. Al escuchar esto, los veraneantes comienzan a preguntar por el destino de estos seres y algunos comienzan a recordar muertes y desapariciones extrañas en los lugares donde Morel comenta haber realizado los primeros experimentos. Presos del pánico, la cólera, la impotencia, increpan a Morel, el cual se enoja y decide abandonar al grupo e interrumpir sus explicaciones. Al escuchar la narración de Morel, la primera actitud del fugitivo es el escepticismo:

Esto es absurdo, pero creo que puedo justificarlo. ¿Quién no desconfiaría de una persona que dijera: Yo y mis compañeros somos apariencias, somos una nueva clase de fotografías. En mi caso la desconfianza es aún más justificada: se me acusa de un crimen, he sido condenado a prisión perpetua y es posible que todavía mi captura sea la profesión de alguno, su esperanza de mejora burocrática.

Pero el hombre realiza a través de un sueño que lo dicho por Morel es verdad. Entonces no queda duda de que él es el único ser humano vivo de la isla, que está enamorado de una especie de holograma y que todas las personas que lo rodean no son más que imágenes proyectadas eternamente en el tiempo. Es entonces cuando el protagonista decide agregar en su diario personal algo que no alcanzaron a saber los veraneantes —que él encontró en unas páginas pertenecientes a Morel—:

Ante la imposibilidad de ejecutar mi primer proyecto —llevarla a casa y tomar una escena de felicidad mía o reciproca—concebí otro que es, seguramente, mejor.

Descubrimos esta isla en las circunstancias que ustedes conocen. Tres condiciones me la recomendaron: 1.a) las mareas; 2.a) los arrecifes; 3.a) la luminosidad.

Con lo cual, el hombre se da cuenta de que la máquina funciona de manera continuada porque el viento y las mareas le aportan energía cinética, lo que permite su funcionamiento ilimitado y proyectado a través del espacio/tiempo a la mejor manera arquetípica de un eterno retorno nietzscheano.

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