8 de junio de 2018

Zama

Antonio Di Benedetto

En Zama (1956), Antonio Di Benedetto aborda a través de un contexto específico, la colonia española en el Cono Sur de América, problemas que involucran a todo ser humano: la espera, el vacío, el poder impenetrable y la futilidad de la vida. Cuestiona una identidad propia frente a lo ajeno, una agonía que la novela trae consigo de forma tan pausada como amenazante.

Di Benedetto escapa de su trabajo habitual en el diario mendocino Los Andes del que era jefe de redacción para encerrarse en una casa vacía y escribir Zama. Frente al principio de realidad que implica el periodismo es necesariofugarse a un sitio-otro desprovisto del tiempo rutinario para escribir una ficción que retoma el pasado como centro neurálgico de la narración. Hoy renace Zama. Anacrónica: con prosa, colores y personajes que reinventan el acontecer del siglo XVIII y que ya eran atemporales para la fecha de su publicación. Actual: nos propone una lectura dedicada, lenta, a veces imposible frente a la volatilidad del tiempo posmoderno. Audaz: instala un pasado en tiempos de amnesia obligatoria.

Es cierto que, en el año 2016, el texto revive en gran parte por Lucrecia Martel, cineasta argentina, quien ha decidido rodar esta historia intrincada; también, porque se cumplen sesenta años de la fecha de su publicación y treinta de la muerte del escritor; además, de la reciente traducción al inglés de Esther Allen para New York Review of Books. En ese sentido, el texto conversa con distintos momentos históricos: por un lado, la publicación a mediados del siglo XX dialoga con un pasado narrativo del siglo XVIII y por el otro, todo ello conversa con el lenguaje cinematográfico que se presenta en el siglo XXI. Los tiempos en Zama tienen un alcance inquisidor, interrogante sobre la construcción del ser americano y de una nación pero también, instalan un existencialismo de alcance universal. Diego Zama, narrador protagonista, interpela, de esta forma, todos los tiempos y todos los seres humanos.

Zama, revisionista

Es cierto que el inicio de la novela nos propone una lectura concreta. El intertexto que versa: «A las víctimas de la espera», se vuelve un absoluto que es imposible de eludir. Diego Zama, funcionario de la colonia española, está esperando un traslado que nunca llega. Pero también, el tiempo de la narración nos propone otra lectura.

La novela se divide en tres apartados bajo el título de “1790”, “1794” y “1799”. Situar el existencialismo, los eventos alucinatorios, por momentos lo irreal, en la percepción de Diego Zama a fines del siglo XVIII, es un gesto que de forma inevitable cuestiona el romanticismo argentino que surge en el siglo XIX y en el que la literatura argentina comenzó a circunscribirse. La operación en Zama se instala poco antes de la aparición de ese movimiento literario en el que Esteban Echeverría fue pionero. Sin dudas, revisar ese canon desde mediados del siglo XX, donde la irrupción de lo fantástico pretendía cuestionar justamente la identificación romanticista de la literatura argentina y el acontecer de las problemáticas sociopolíticas del siglo XIX, de la coyuntura gauchesca, de la civilización y de la barbarie, significa desterritorializar la literatura argentina y la construcción del sujeto criollo.

Por citar algunos ejemplos: Jorge Luis Borges junto a Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo publican Antología de la literatura fantástica en 1940; también, dos de los libros más reconocidos de Borges: Ficciones en 1944 y El Aleph en 1949; Julio Cortázar, Bestiario en 1951 y Di Benedetto, Mundo Animal en 1953. Zama, con el tiempo narrativo que propone, instala una literatura propia cuando éramos los sujetos exóticos de las crónicas de América. Además, escribirla en el contexto del siglo XX, donde lo fantástico toma lugar para darle otro cauce a la literatura nacional, implica repensar toda la toda literatura argentina escrita hasta ese momento.

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Zama, universal

En cada sección de Zama, se pueden encontrar distintos núcleos narrativos, a saber: “1790” y el deseo, la experimentación sexual y el erotismo; “1794” y las apariciones, lo fantástico, la alucinación, y “1799” y la captura de Vicuña Porto, hombre “desleal” que contribuyó al alzamiento de los indios. No obstante, las respectivas secciones se ven interceptadas por la espera absurda, por los propósitos que se pone Diego Zama, o que le impone el contexto, para sobrevivir frente a un deseo imposible: su traslado a Buenos Aires. En el transcurso de la novela, el protagonista comparte la pasividad, la aceptación frente a su destino truncado e incluso la versatilidad que suponen buscar otras metas para poder vivir en una espera insoportable que hacen del personaje principal una biografía de su decadencia.

En ese sentido, la condición de súbdito de la corona española hace que él siempre busque una aspiración que lo vuelva a colocar en ese pasado ideal donde era un corregidor. Pero, no sólo no lo logra sino que también su vida se ve atravesada por una pérdida de identidad. Zama, además de trabajar sobre la espera, es un tratado del poder, un ensayo sobre el eurocentrismo y la aniquilación que supuso la colonia española en América a través de la vida y del pensamiento de Diego Zama. Pensar hoy en un Zama existencialista en el contexto del siglo XVIII instala la idea de lo universal, de aquello que nos emparenta como seres humanos a pesar de las circunstancias.

Las primeras oraciones del apartado “1790”, que da inicio a la novela, presenta una isotopía del paso del tiempo: el barco, el muelle, el puerto, el río, el viaje, la muerte. No obstante, esa imagen ilustra un paralelismo entre el tiempo real y la percepción del tiempo de Zama: quieto, estanco, nostálgico. Es decir, la imposibilidad del sujeto de hacerse cargo de su destino, lo coloca en un lugar pasivo, alienado, carcelario:

Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría.

Llegué hasta el muelle viejo, esa construcción inexplicable, puesto que la ciudad y su puerto siempre estuvieron donde están, un cuarto de legua arriba.

Entreverada entre sus palos, se manea la porción de agua del río que entre ellos recae.

Con su pequeña ola y sus remolinos, sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.

Ahí estábamos, por irnos y no.

La identificación con el cadáver del mono propone desde el comienzo la sensación de la imposibilidad, del estrago de la existencia. La observación del protagonista anticipa su destino como inevitable y a la vez, trágico. Durante el principio de esta primera parte, se muestra deseoso de recibir noticias de su esposa Marta y entusiasta por su traslado; pero luego, comienza a mantener relaciones con otras mujeres, tal vez, para apaciguar esa espera que lo desequilibra. Los vínculos que mantiene se presentan como nudos intermedios, grandes paréntesis narrativos para recrear la mente, para generar acción frente al gran absurdo que implica su vida:

En la calle me di con una berlina modesta, de gastados arneses y cansino tronco.

No le presté atención cuando pasó a mi lado. Pero reparé en una mano, carnudita y joven, muy blanca, guardada de encajes, que se tomaba de la portezuela. La cortina echada no permitía hacer público más que ese breve testimonio de donaire. El carruaje se alejaba y, por modesto, no podía distinguirlo de ningún otro.

Pensé buscar mi caballo; suspendí tal propósito.

Quizás era la mujer del sueño; seguramente no.

Al igual que ella, operó en mí como una perdurable caricia.

Por juntar pedacitos de esperanza, repasé las características del coche y de los animales de tiro, a fin de retenerlas. Sin duda, me dije, para la dama de la mano era un pobre medio de no ir a pie; sin embargo, tuve que decirme también, de menos dispondría ahora la que era en verdad mi dama, Marta, mi señora.

Me sentí traicionero de su amor, de su humildad y su sacrificio; mas pensé en la mano resguardada de encajes, pensé en Luciana y quise justificarme como ante tribunal: «Por lo menos, debo conservar el derecho de enamorarme».

Las mujeres de ensueño, de paso, y las españolas inalcanzables como Luciana y Rita instalan un amor platónico que se contrapone a tener relaciones sexuales con indias, mulatas o negras. Tal vez, este ideal pretende colocarlo en un lugar que no está pero que desea alcanzar: la posesión de mujeres europeas es una forma de cambiar, aunque sea de forma onírica, su condición de americano y súbdito:

¿Nunca sería el visitado del amor? No el amor de Luciana, si es que lo conseguía, sino el de una mujer de otras regiones, un ser de finezas y caricias como podía haberlo en Europa, donde siquiera unos meses hace frío y las mujeres usan abrigos suaves al tacto como los cuerpos que cobijan.

Europa, nieve, mujeres aseadas porque no transpiran con exceso y habitan casas pulidas donde ningún piso es de tierra. Cuerpos sin ropa en habitaciones caldeadas, con lumbre y alfombras. Rusia, las princesas… Y yo ahí, sin unos labios para mis labios, en un país que infinidad de francesas y de rusas, que infinidad de personas en el mundo jamás oyeron mentar; yo ahí, consumido por la necesidad de amar, sin que millones y millones de mujeres y de hombres como yo pudiesen imaginar que yo vivía, que había un tal Diego de Zama, o un hombre sin nombre con unas manos poderosas para capturar la cabeza de una muchacha y morderla hasta hacerle sangre.

Yo, en medio de toda tierra de un continente, que me resultaba invisible, aunque lo sentía en torno, como un paraíso desolado y excesivamente inmenso para mis piernas. Para nadie existía América, sino para mí; pero no existía sino en mis necesidades, en mis deseos y en mis temores.

Cuando el protagonista piensa en conservar el derecho a enamorarse implica que tal vez sea lo único que pueda lograr. En esta primera parte, la presencia de la mujer proyecta, en Zama, su deseo de fuga de la realidad a la que está sometido; pero también, su condición de inferioridad frente a la colonia española. Así es como las cartas de Marta dejan de ser el motivo principal de la espera en la primera parte y ocupa el gran centro de la narración el desamor de Luciana: lejana e intocable. Ella, los sueños, las mujeres europeas que imagina funcionan como metáfora de esa otredad que lo constituye tanto como lo niega: América. No obstante, lejos de sus pretensiones amorosas, Zama puede concretar un efímero amorío con una mulata; de esa forma, se confirma su condición social en el imperio. El avasallamiento de identidad que sufre América, ese “Nuevo Mundo” que implica una apropiación, es lo que genera un vacío irremediable en el personaje. El poder se vuelve impenetrable, Zama es nadie en ese estadio colonial y su inferioridad se confirma con ese deseo de reconocimiento imperioso:

Hacia el Plata, después a la mar y hacia España, donde nunca fui más que un hombre anotado en papeles, se extendería un pensamiento, una sensibilidad accionada por mí. Alguien, en Europa, sabría quién era yo, cómo era Diego de Zama, y lo creería bueno y noble, un letrado sabio, un hombre de amor. Estaba dignificado.

El primer apartado termina con un Zama en busca de la esperanza. Pero en “1794”, segunda parte, nuevamente a través del cuerpo femenino, Zama prepara el escape de su realidad infame en forma de alucinación. En ese contexto y con un Zama lleno de deudas, aparece la presencia de lo fantástico. En su visión encuentra a mujeres por las que se siente acompañado pero a la vez proyecta en ellas su absoluta soledad, la instalación de lo ausente:

Percibí que, a pesar de todo, no estaba solo.

Miré hacia donde supe que debía mirar: detrás de la misma ventana de antes, una joven blanca me miraba con quietud, sin fijeza, como sin interés.

Algo, la sorpresa o no sé qué, me impedía reaccionar con naturalidad. Cuando quise asentarme en mí mismo, la primera sensación fue de inelegancia, con la pavita en la mano. Me agaché para dejarla en el suelo, en el rincón de la puerta. Al alzarme, la joven ya no estaba.

Entonces me esforcé por captar rápidamente algo que había visto, y que temía que se escapara de mi cabeza sin haberlo precisado. No era algo aún palpable o real. Era… una ausencia. Sí. Lo que faltaba, tras los vidrios, era un vestido rosado. La joven vestía de rosa.

La otra mujer, la de un momento antes pasó ante mí, estaba vestida de verde.

No era, pues, la misma. No tuvo tiempo de mudar ropa.

No obstante, frente a lo irreal irrumpe la presencia casi naturalista de la prosa; lo precario, lo enfermo, la violencia demuestra el fin de sus pretensiones:

Quise ser padre. Ser padre nuevamente, con hijo allí mismo, donde yo estaba, que pudiese entregarme una mirada de cariño cuando yo pusiese en él mis ojos y mi desolación.

Emilia, la mujer que me atendía, una española viuda y pobre, que no me superaba en edad pero sí en carácter, se resistió y me insultaba en cada ocasión que yo volvía sobre mis propósitos.

Por cuidar apariencias, yo conservaba mi cuarto en la posada, aunque dormía en su rancho, con ella, naturalmente.

Una noche, lunar, muy pasada la medianoche, estábamos desvelados y sin gusto el uno por el otro. Emilia gárrula y yo con el pensamiento en mi teogonía, el oro del Perú y los caballos de las carreras. Ella hacía inventario de los parientes que había perdido, y en realidad, creo, no le quedaba ninguno. Este cálculo ha de haber sacado, porque de pronto se echó a llorar y me dijo que yo era su único amparo, que me quería más que a su marido difunto y otras confidencias plañideras y ablandadoras. Me besó mucho en la boca y esa noche fue la primera de la cuenta, hasta ser madre.

En el tiempo de las náuseas, ni yo la toleraba ni ella me soportaba. Sólo me daba acceso cuando le llevaba dinero, en oportunidades cada vez más ralas, porque mis disponibilidades eran ya muy magras y debía administrarlas con sabiduría.

El niño nació enteco, sin duda porque la madre había gastado todas sus energías hacia fuera, gritándome.

En “1799”, tercer y último apartado, Zama es incluido en la búsqueda de Vicuña Porto, pero descubre y calla que el bandido está camuflado en las mismas tropas que lo buscan. El encuentro con Vicuña Porto anticipa el final. La no identidad, la identidad falsa, la figura de lo enmascarado para sobrevivir son los mismos recursos que utilizó Diego Zama para soportar toda su frustración: disfrazar su condición de súbdito a través de las pretensiones amorosas que tenía o a través de la captura de Vicuña Porto. En definitiva, las formas de pensar de Zama, las características que incluso él mismo se adjudica, como “fanfarrón”, es una máscara con la que se quiere autoconvencer de su inminente progreso. No obstante, Zama nunca deja de ser eso: un americano con aires europeos, un americano que busca ser pero que no es. Al desvelarle el secreto al Capitán Parrilla, es apresado junto con Vicuña Porto. Sin embargo, Porto logra la liberación tras el asesinato de Parrilla y Zama es torturado:

Antes del primer tajo, me sopló al oído: «Hunde los muñones en la ceniza del fogón. Si no te desangras, si te encuentra un indio, sobrevivirás».

Alguien me dijo:

—¿Quieres vivir?

Alguien me preguntaba si deseaba vivir.

Era, entonces, que mi sangre no se fue toda. Era, también, que había llegado el indio.

Podía, pues, no morir. No morir aún.

Me desgarró la ropa.

Después sentí la prisión del torniquete en los brazos y supe que mis manos sin dedos ya no manarían sangre.

Tal vez dormité, tal vez no.

Volvía de la nada.

Quise reconstruir el mundo.

Despegué los párpados tan pausadamente como si elaborara el alba.

Él me contemplaba.

No era un indio. Era el niño rubio. Sucio, estragadas las ropas, todavía no mayor de doce años.

Comprendí que era yo, el de antes, que no había nacido de nuevo, cuando pude hablar con mi propia voz, recuperada, y le dije a través de una sonrisa de padre:

—No has crecido…

A su vez, con irreductible tristeza, él me dijo:

—Tú tampoco.

La presencia del niño rubio no es casual. En otras ocasiones también se ha manifestado como un elemento que conecta y cuestiona el pasado, el presente y el futuro de Diego Zama. Así es como se instala la idea del tiempo ido aunque estanco y sin cambios, Zama no ha crecido: sólo ha esperado diez años, y en vano. El paralelismo que surge entre el protagonista y la región, América, es total. Zama busca a un alzador de indios pero ese destino es el que lo traiciona y hace que su vida sea absurda.

Zama es un texto sobre la espera, sí. Pero también es un texto que propone un duelo del hombre actual con el hombre pasado, de la idea de soberanía actual con la colonia, de lo americano con lo europeo. Por eso, Zama es un texto que instala el choque de identidad nativa en un contexto que pretende ser cosmopolita. A Diego Zama le cortaron las manos, nada más simbólico para pensar el acontecer de una región, de un sujeto y de una literatura americana: la mutilación.

Ficha del libro

TítuloZama
AutorAntonio Di Benedetto
EditorialAdriana Hidalgo
Fecha de ediciónDiciembre, 2017
GéneroNovela/td>
FormatoPapel
Páginas290
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Acerca de María Ayelén Spinelli

Es Profesora y Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Ejerce la docencia en el nivel secundario y universitario. A su vez, participa en diversas actividades académicas y escribe en distintos medios digitales.

Categoría

Literatura, Novelas