‘La vida tranquila’ de Marguerite Duras

La vida tranquila es la segunda novela de Marguerite Duras, una historia que explora un tema recurrente y autobiográfico en la autora: el incesto. Deseo y familia acaban en muerte. Pero el discurso pretende decirnos sobre «una vida tranquila».

¿Qué es la vida tranquila? Acaso el campo, acaso el mar. O tal vez lo que pueda la mente, lo que pueda el cuerpo. La novela de Marguerite Duras se organiza en tres partes: la primera transcurre en un escenario rural; la segunda, en la playa; la tercera, gran parte escrita en cursiva, es un monólogo interior, y la otra mitad de esta última parte regresa al punto de partida. Entonces, ¿dónde está la vida tranquila?, ¿en el campo, en el mar, en el cuerpo?… O siempre en la búsqueda, que es a través de todos esos espacios, pero también atravesando el lenguaje. La narradora sabe de los primeros, Duras de lo último.

Dice el monólogo interior del final en cursivas:

Soy la más abandonada. La más pesada, con mis pensamientos. Por más que estén en desorden, por más que me las arregle. Estoy habituada. Ya las reconozco cada vez a cada una con su carita de rata. No habrán más que sean nuevas. Tendré la vida tranquila. Doy vueltas en mi cabeza. Es la más pesada. Nadie lo sabe. Soy la que debe ser más compadecida, parecida a todos, la que debe ser más compadecida. Me importa un cuerno ser la más compadecida, la menos compadecida. Tendré la vida tranquila, la tendré.

El campo

La vida tranquila transcurre en un ambiente rural cargado de hastío, casi despoblado, y muy humilde. Las descripciones del trabajo de campo, así como del paisaje a través de los olores y de la luz, aunque también puestos todos los demás sentidos, son de una fotografía documental escalofriante. Narrada en primera persona, dice la narradora, por ejemplo:

Olía a flor caída, un olor, casi un sabor, muy dulce, y algo podrido ya.

Pero también están las personas. La familia. Si esta es una novela sobre la muerte, lo es mucho más sobre la familia y sobre el amor descontrolado –entre la pasión, el cariño y el desprecio, tomando forma en el incesto incluso– que se enmaraña en su interior. La muerte no llega más que como la evidencia de que los límites son inexistentes, de que la locura late, de que la venganza está dispuesta a pagar el remordimiento, de que a la infancia no se regresa, de que madre y padre van caducando mientras los jóvenes con fuerza se matan.

Cuando comienza la novela, Nicolas, el hermano de la narradora, acaba de golpear a Jérôme, el tío de ambos, para matarlo. Jérôme agoniza diez días y luego muere, según lo planeado. Mientras tanto, en esa espera, el campo:

Los días fluían, iguales en apariencia. Sin embargo, la muerte de Jérôme no podía tardar. […]. Me acuerdo de esa obstinación y esa delicadeza que todos poníamos en no hablar de eso. Como si cada uno desconfiara del otro. Y al contrario; estábamos unidos como nunca.

Los hombres guardaron el trigo. Además, cortaron leña en el bosque. Había que pensar en el invierno. Ya estábamos a fines de agosto.

Lo rural cotidiano es el escenario donde sucede también la muerte. El contraste entre lo ordinario y lo extraordinario es casi como el que existe entre la vida tranquila y la vida imposible. Si la narradora habla de una vida tranquila (aunque en futuro), no menos dice que estaban destinados a una vida imposible. Del mismo modo, Jérôme agoniza a gritos y luego muere en la calma, en la cámara lenta, de este campo que de nuevo, siempre, se describe desde la sinestesia:

Matamos dos hermosos pollos de los que nos llegaba un olor dorado y alegre. Teníamos esa hambre que acontece después de las jornadas al aire libre, cuando se siente la necesidad de huir del horizonte humeante de los campos, en donde la mirada no encuentra en qué posarse, a fin de sentirse cernidos por cuatro paredes cercanas.

La misma noche de la muerte de Jérôme llega Luce a Bugues, adonde viven. Ahora en la casa están madre, padre, Nicolas, Luce, Clémence, ella y Tiène. Luce, que viene del pasado, entabla con Nicolas una relación amorosa que arrastran. Tiène, por su parte, es el amante de ella, aunque ella desea a su hermano y tanto más si está con Luce. Clémence y Nicolas tienen un hijo, y ella es, además, un poco la llave del motor del asesinato de Jérôme: es la amante de él, y por eso Nicolas lo mata, ya que se entera de la aventura gracias a la narradora. Bugues es el escenario, es lo que los envuelve a todos, es el campo, pero es también la ruina, el declive, el laberinto, la norma aunque la locura:

Terminada la comida, observé que Tiène estaba distraído. También él miraba la galería. Dijo que debía ser muy tarde y que jamás, antes de esa noche, había sentido tan profundamente qué lejos uno se sentía de todo, en Bugues.

En un flashback, se cuenta el momento en que Tiène, amigo de Nicolas, llega a Bugues a vivir. Ella no puede evitar preguntarse por qué una persona, sin motivo aparente, iría a vivir allí. Es una pregunta que no propone solución para ella a lo largo de la historia. Ella rememora ese primer diálogo entre ambos, y de esas palabras se desprende toda la desolación del sitio:

Le revelé que era una idea extraña; aquí sería siempre como si no hubiese nadie cerca de él. Me contestó que no, que era falso, y que, por otra parte, incluso, si fuera cierto, su deseo era quedarse con nosotros. “Hay el domingo por la tarde donde no hay nada que hacer. Hay la noche, noche tras noche, y son largas, del invierno, y no hay café cercano, no hay vecinos.” Sonreía. Lo que le decía yo parecía divertirlo. “¿Y ustedes?”, me dijo. “¿Y usted?” Nosotros estamos acostumbrados. Para nosotros, la cuestión del aburrimiento no se planteaba, ni siquiera el domingo.

Bugues es otro personaje más en la historia. Bugues encierra la vida imposible de la vida tranquila; Bugues es el mismísimo pozo donde toda la trama cae y es absorbida hasta las entrañas, para luego ser escupida hasta la playa. Hay una duda originaria, como un dolor originario (el dolor que se gesta en la familia y se percibe desde la infancia) que siempre está rondando la pregunta de por qué Bugues:

¿Qué hacía Tiène acá, en Bugues? ¿Qué quería de mí? ¿Qué hacía con estar vivo? Lo miré de pronto sin reconocerlo, sin amor, en su soledad inabordable.

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